Fuente Hondera (Capileira)

25 febrero 2026

Sobre la tecnología 4/8


Querido amigo José Luis,

copio esta pregunta que has dejado escrita en tu anterior carta (¿quién va a dudar de la veracidad de un buen plato de fabada asturiana en lata?), que tiene mucha más enjundia de lo que parece, y la tomo como síntoma de un aspecto relevante de nuestra relación habitual con la tecnología de nuestro tiempo. ¿Quién va a cuestionar que sea un buen plato de fabada, si viene enlatada, hermética, sin contaminar ni adulterar, producto de un estricto proceso de fabricación, controlado sistemáticamente a partir de garantías racionales de la máxima eficacia?

Y sin embargo, nos puede sentar mal, y sin embargo, puede aparecer contaminada, y sin embargo, puede ser poco saludable, y sin embargo, sus nutrientes pueden estar sobrepasados por los conservantes, estabilizantes, colorantes y aromatizantes, los aditivos que la industria y la distribución necesitan añadir para que el producto aguante en las estanterías durante meses, y esto permita comercializarlo y planificar de una manera rentable (lo máximo que se pueda) la inversión económica. Y lo más preocupante, por lo esencial que se esconde debajo: que pensemos que un plato de fabada que preparas en tu casa no es tan buen plato de fabada; y, poco a poco, vayamos prefiriendo, por comodidad o falta de tiempo (decimos), comprar la fabada enlatada que está dispuesta en la estantería del supermercado.

A esto se refiere el filósofo alemán Jürgen Habermas, cuando analiza, en multitud de contextos, el fenómeno contemporáneo de la invasión del mundo de la vida por parte de los medios (dinero y poder, básicamente). Penetran en la vida natural y social, gestada la primera durante milenios y milenios, y la segunda durante generaciones y generaciones, y la ponen a su servicio, adulterándola o deformándola. La tecnociencia serviría aquí de vehículo para dicha invasión, otorgando a tales métodos industriales, de origen capitalista, el marchamo de prestigio que necesita para expandirse de manera infinita, ciega y sin oposición. ¡La tecnociencia puesta al servicio del capitalismo a toda máquina! ¡Ya ves todo (o algo de) lo que puede esconderse en una simple lata de fabada, fabricada y conservada a través de métodos industriales!

Continúo hablando en esta carta de casos particulares, y esto te lo propongo para las próximas cartas de esta serie sobre la tecnología (que hagamos aterrizar los principios, que ya hemos expuesto entre los dos, en el terreno de lo concreto y de la vida cotidiana). Por ejemplo, estamos experimentando, en nuestras propias carnes, los efectos que las nuevas tecnologías tienen en el desarrollo de nuestras capacidades. Y esto no es un asunto menor, como señalas en tu carta, el que una tecnología nos haga menos capaces, autosuficientes y autónomos, y no digamos, si hablamos específicamente de nuestros jóvenes.

Giovanni Sartori, ya hace varias décadas, nos advirtió de algo que comenzaba a mostrar sus efectos: la especie homo-sapìens estaba girando hacia una especie de homo-videns. Su tesis, muy sencilla, la podemos contrastar por nosotros mismos: el exceso de imágenes en nuestro mundo (y su veneración) atrofia nuestra capacidad de imaginar (genuinamente humana) y, sin ella, disminuye nuestra capacidad de pensar, que no es otra cosa que la capacidad de enlazar imágenes mentales para formar conceptos; si ya lo estás viendo delante de tus ojos y tus oídos, ¿para qué imaginar... para qué pensar? Esto, referido a niños y niñas y adolescentes, es una calamidad. Y encima, va la escuela, con sus buenas intenciones, y les sirve a la mesa más de lo mismo, ¡No sé de qué nos extrañamos, cuando decimos que ya no pensamos y necesitamos tenerlo todo delante de las narices para poder entender algo y reconocerlo, sus posibilidades y sus límites!

Y ahora, extiende esta tesis hacia el abuso de calculadoras, tablets, smarphones, redes sociales o del chat GPT, medios tecnológicos mucho más potentes. Por cierto, prometo hablar de esto último y de la mal llamada “inteligencia artificial”, muy seriamente, en mi próxima carta.

Para acabar mi respuesta, dos puntualizaciones. En primer lugar, “centrar nuestra atención hacia nuestro interior” no es lo mismo que centrar nuestra atención en nosotros mismos; nuestro interior profundo, compartido con todo otro ser humano, no es lo mismo que nuestro egocentrismo construido y superficial. Y era a esto lo que se refería, creo, Daniel Goleman.

En segundo lugar, los principios o fines que debemos acordar entre todos nosotros, como seres humanos, no pueden provenir de las ciencias sociales; éstas pueden ayudar, pero no siempre, ya que, en numerosas ocasiones, sus conclusiones están plagadas de sesgos cientificistas y tecno-excluyentes que alejan de nosotros las posibilidades de decidir por nosotros mismos, volviéndonos no aptos, pues se habrían convertido los asuntos que nos atañen en una cuestión de expertos. Sin embargo, los expertos sólo saben de medios y no de los fines que orientan una vida digna, buena y verdadera. Esta es nuestra tarea (de todos nosotros) inaplazable, inalienable e intransferible, si queremos vivir en un mundo más humano y más natural y más sostenible. Un ejemplo sencillo: los expertos (médicos, psicólogos, juristas...) pueden informar a una mujer de los múltiples aspectos del embarazo, el parto o el aborto, pero la decisión de abortar o no abortar es siempre una decisión personal, de índole moral y no técnica.

Además, y ya acabo, los descubrimientos de estas ciencias sociales (incluida la psicología), a menudo, son puestos también al servicio de los medios dinero y poder y del capitalismo salvaje, que penetra así, como te decía, en el mundo de la vida, le da la vuelta, lo deforma, pervierte y lo pone a su servicio, hasta el extremo de perseguir fines espurios y peligrosos para la propia vida. ¿O no lo estamos sufriendo ahora mismo, en diversos contextos?


Antonio Sánchez

15 febrero 2026

Sobre la tecnología 3/8


       Amigo Antonio:
Creo firmemente que el problema en origen es no haber establecido como sociedad una escala de prioridades de dimensión humana o humanista. Si los fines se establecen bajo un acuerdo amplio, quedan perfectamente definidos y son de conocimiento público, no pueden ser subvertidos por una innovación o una involución. 
Además, para establecer los fines deberíamos rescatar todo el conocimiento disponible desde la psicología social o la sociología. Porque hay mecanismos en nuestra naturaleza, que se han desarrollado desde la infancia de la humanidad, que establecen ciertas garantías para la vida social e individual.
¿Sería, en tal caso, conveniente el desarrollo de una tecnología que alienara mecanismos sociales tan esenciales como la empatía o la compasión? Parece razonable que, entre las prioridades sociales, el objetivo de preservar el buen funcionamiento de esos mecanismos debería estar por encima de cualquier otro. Lo cierto es que no es así.
Dice Daniel Goleman en su estimulante libro Inteligencia social que «Cuando la atención se centra en nosotros mismos, nuestro mundo se contrae, al tiempo que nuestros problemas y preocupaciones adquieren dimensiones amenazadoras. Cuando, por el contrario, centramos la atención en los demás, nuestro mundo se expande. En este último caso, nuestros problemas se dirigen hacia la periferia de nuestra mente y parecen empequeñecer, con el consiguiente aumento de la capacidad de establecer contacto con los demás, es decir, de actuar compasivamente.»
¿Qué tecnologías centran nuestra atención hacia nuestro interior y qué otras centran nuestra atención hacia los demás? Quizá este sea una pregunta válida para esa «evaluación social de tecnologías».
Por otra parte, la implantación de una tecnología suele significar un cierto grado de atrofia en alguna de nuestras capacidades. Por poner un ejemplo: desde que utilizamos calculadoras hemos perdido capacidad o agilidad para hacer mentalmente esas operaciones básicas. ¿Es realmente un objetivo plausible perder capacidades? ¿Somos conscientes de esa pérdida? 
Hemos perdido capacidad de cálculo, de memoria, de discurso, de escucha, de orientación, etc. Incluso yo diría que hemos perdido la capacidad de dudar, dado que toda la información que nos llega tiene ese aspecto de paquete recién envasado y listo para consumir, como la comida precocinada. ¿Quién va a dudar de la veracidad de un buen plato de fabada asturiana en lata?
Dices que todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad (CTS), pero yo creo que hay un elemento nuevo que interviene en esta ecuación y que distorsiona su resultado: el marketing. Y esa es una de las mayores diferencias entre las técnicas tradicionales que identificaba Ortega y las actuales.
Tenemos que comenzar esa evaluación cuanto antes, desnudar las tecnologías de artificios publicitarios y establecer las prioridades, para crear un orden nuevo en el que conciliemos el desarrollo con las prioridades esenciales del ser humano. Podemos hacerlo individualmente, no cabe duda. Pero de nada servirá si no se afronta como sociedad. Y hay que repetirlo tantas veces como sea necesario: en estos momentos las prioridades están muy lejos de defender la esencia del ser humano.

José Luis Campos

05 febrero 2026

Sobre la tecnología 2/8

 

Amigo José Luis,

qué bien que nos sigamos cuestionando el mundo que nos ha tocado vivir. ¿Qué otra cosa podemos hacer como ciudadanos, sino tomar conciencia juntos y que esto contribuya a vivir de otra manera, mejor, si es posible? No sé si te das cuenta, pero te estás convirtiendo en un filosofo de los buenos, de los que piensan por sí mismos y no esos que usan sus “filosofías” para justificar con lo que dicen algún interés particular. En este sentido, necesitamos ciudadanos-filósofos, lúcidos, y no solamente clientes, consumidores, votantes u hombres-masa. Y somos ya esos ciudadanos, pero hay que practicarlo para desarrollarlo.

Así que, en esta ocasión, en esta carta, únicamente me limitaré a ponerle nombre a algunos de tus comentarios, desde el ámbito de la filosofía de la tecnología, una reflexión filosófica que tanta falta nos hace. Somos conscientemente inconscientes de cómo las tecnologías moldean nuestro mundo y lo importante que sería relacionarnos adecuadamente con ellas. Hay un triángulo mágico que no puede descuidarse, para comprender qué nos pasa con la tecnología y qué podemos hacer con ella: todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad. Y esto lo intuimos: la tecnología no sería la misma sin el modo moderno de la ciencia que la sustenta, ni viceversa, y ellas no serían como son sin la sociedad de la que emergen en la forma de intereses, que luego mutan en objetivos rentables o estratégicos a perseguir. Y te traigo una pequeña muestra de esta preocupación social por la tecnología: en los dos últimos cafés filosóficos que he dirigido ha sido esta temática de la tecnología la elegida por los participantes, y no han sido las únicas ocasiones.

En la propia naturaleza de la tecnología, que no es lo mismo que la técnica, las técnicas tradicionales (como distinguía muy bien Ortega y Gasset en su conocido ensayo Meditación de la técnica), está su capacidad de impactar y transformar el mundo en el que nace. Un sencillo ejemplo, ya clásico: el ferrocarril para ser viable necesita vías por las que discurrir, pero éstas modifican el entono natural, peinando las excavadoras el paisaje con rayas artificiales.

Y sí, como dices, la utopía ilustrada del progreso social y moral mediante una constante innovación tecnológica, lo que se llama muchas veces desarrollo científico-tecnológico, fácilmente puede transmutarse en distopía, generando tantos problemas (sociales, medioambientales, a nosotros y a las generaciones futuras) como sufrimos en la actualidad. Es verdad que nuestra sociedad no sería la misma sin la tecnología... pero miremos con atención: para bien y para mal.

No se trata de ser catastrofistas, ni tampoco tecnófobos, pero tampoco lo contrario: ingenuos tecnofanáticos. Es necesaria una cuidadosa evaluación de esas tecnologías antes, durante y después de su desarrollo. Esto dijeron los participantes en uno de esos cafés filosóficos que antes te decía... Una evaluación social de tecnologías, y no solamente, economicista o pragmática, cortoplacista e interesada. ¿Quién debe decidir? Acudiendo al sentido común, a la máxima sensatez de que seamos capaces, las personas o colectivos afectados (tanto a escala local como planetaria, según el caso), que van a padecer las consecuencias, los peligros o riesgos de la implantación de una nueva tecnología (sin lo que parecen no poder subsistir nuestras sociedades, que basan su desarrollo económico en la innovación constante, como decíamos, que tantas veces permanece ciega respecto a sí misma y sus efectos, adónde nos lleva y qué mundo queremos construir.

Una imagen muy conocida del filósofo de la tecnología Langdon Winner describe perfectamente nuestra dinámica habitual con la tecnología, consecuencia también de su ritmo vertiginoso: dejar que una apisonadora te aplaste y luego incorporarte para medir sus huellas o efectos sobre ti. Suena gracioso, y absurdo, o más bien trágico, pero es lo que sucede con cada proceso de I+D+I (investigación, desarrollo e innovación tecnológica). Basta mirar, de nuevo, con atención.

Y ya para acabar esta carta, otra imagen iluminadora, con pregunta explícita: ¿se parecerán estos procesos a una locomotora que baja por una pendiente a toda velocidad, sin frenos y sin conductor? Pues a ver qué podemos hacer con todo esto, querido amigo. ¿O no podemos hacer nada, lo que podría describirse como una suerte de determinismo tecnológico? ¿Es inevitable, como planteabas, que los medios se conviertan en fines, es decir, que los medios tecnológicos impongan sus propios fines y nos pongan a nosotros, los seres humanos (y al planeta entero) a su servicio? En este sentido, ¿te parece acertado ese tópico popular (incluidos muchos expertos) que dice que la tecnología es siempre neutra, y que es su uso lo que la convierte en buena o mala?


Antonio Sánchez