qué bien que nos sigamos cuestionando el mundo que nos ha tocado vivir. ¿Qué otra cosa podemos hacer como ciudadanos, sino tomar conciencia juntos y que esto contribuya a vivir de otra manera, mejor, si es posible? No sé si te das cuenta, pero te estás convirtiendo en un filosofo de los buenos, de los que piensan por sí mismos y no esos que usan sus “filosofías” para justificar con lo que dicen algún interés particular. En este sentido, necesitamos ciudadanos-filósofos, lúcidos, y no solamente clientes, consumidores, votantes u hombres-masa. Y somos ya esos ciudadanos, pero hay que practicarlo para desarrollarlo.
Así que, en esta ocasión, en esta carta, únicamente me limitaré a ponerle nombre a algunos de tus comentarios, desde el ámbito de la filosofía de la tecnología, una reflexión filosófica que tanta falta nos hace. Somos conscientemente inconscientes de cómo las tecnologías moldean nuestro mundo y lo importante que sería relacionarnos adecuadamente con ellas. Hay un triángulo mágico que no puede descuidarse, para comprender qué nos pasa con la tecnología y qué podemos hacer con ella: todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad. Y esto lo intuimos: la tecnología no sería la misma sin el modo moderno de la ciencia que la sustenta, ni viceversa, y ellas no serían como son sin la sociedad de la que emergen en la forma de intereses, que luego mutan en objetivos rentables o estratégicos a perseguir. Y te traigo una pequeña muestra de esta preocupación social por la tecnología: en los dos últimos cafés filosóficos que he dirigido ha sido esta temática de la tecnología la elegida por los participantes, y no han sido las únicas ocasiones.
En la propia naturaleza de la tecnología, que no es lo mismo que la técnica, las técnicas tradicionales (como distinguía muy bien Ortega y Gasset en su conocido ensayo Meditación de la técnica), está su capacidad de impactar y transformar el mundo en el que nace. Un sencillo ejemplo, ya clásico: el ferrocarril para ser viable necesita vías por las que discurrir, pero éstas modifican el entono natural, peinando las excavadoras el paisaje con rayas artificiales.
Y sí, como dices, la utopía ilustrada del progreso social y moral mediante una constante innovación tecnológica, lo que se llama muchas veces desarrollo científico-tecnológico, fácilmente puede transmutarse en distopía, generando tantos problemas (sociales, medioambientales, a nosotros y a las generaciones futuras) como sufrimos en la actualidad. Es verdad que nuestra sociedad no sería la misma sin la tecnología... pero miremos con atención: para bien y para mal.
No se trata de ser catastrofistas, ni tampoco tecnófobos, pero tampoco lo contrario: ingenuos tecnofanáticos. Es necesaria una cuidadosa evaluación de esas tecnologías antes, durante y después de su desarrollo. Esto dijeron los participantes en uno de esos cafés filosóficos que antes te decía... Una evaluación social de tecnologías, y no solamente, economicista o pragmática, cortoplacista e interesada. ¿Quién debe decidir? Acudiendo al sentido común, a la máxima sensatez de que seamos capaces, las personas o colectivos afectados (tanto a escala local como planetaria, según el caso), que van a padecer las consecuencias, los peligros o riesgos de la implantación de una nueva tecnología (sin lo que parecen no poder subsistir nuestras sociedades, que basan su desarrollo económico en la innovación constante, como decíamos, que tantas veces permanece ciega respecto a sí misma y sus efectos, adónde nos lleva y qué mundo queremos construir.
Una imagen muy conocida del filósofo de la tecnología Langdon Winner describe perfectamente nuestra dinámica habitual con la tecnología, consecuencia también de su ritmo vertiginoso: dejar que una apisonadora te aplaste y luego incorporarte para medir sus huellas o efectos sobre ti. Suena gracioso, y absurdo, o más bien trágico, pero es lo que sucede con cada proceso de I+D+I (investigación, desarrollo e innovación tecnológica). Basta mirar, de nuevo, con atención.
Y ya para acabar esta carta, otra imagen iluminadora, con pregunta explícita: ¿se parecerán estos procesos a una locomotora que baja por una pendiente a toda velocidad, sin frenos y sin conductor? Pues a ver qué podemos hacer con todo esto, querido amigo. ¿O no podemos hacer nada, lo que podría describirse como una suerte de determinismo tecnológico? ¿Es inevitable, como planteabas, que los medios se conviertan en fines, es decir, que los medios tecnológicos impongan sus propios fines y nos pongan a nosotros, los seres humanos (y al planeta entero) a su servicio? En este sentido, ¿te parece acertado ese tópico popular (incluidos muchos expertos) que dice que la tecnología es siempre neutra, y que es su uso lo que la convierte en buena o mala?
Antonio Sánchez
