Fuente Hondera (Capileira)

05 noviembre 2026

Sobre la verdad 7/8


  Querido amigo Antonio,

Comparto contigo la convicción de que la verdad debe ser, ante todo, un ejercicio de búsqueda permanente y compartido. Como todo ejercicio, requiere de nuestro empeño, compromiso y esfuerzo en mantener en forma los músculos necesarios para perseverar en ello. ¿Y qué otra cosa, si no, es este intercambio de misivas entre nosotros? Nos ejercitamos y, por cierto, con una gran exigencia mutua que implica no desfallecer y ceder el paso? con la mayor cortesía y lealtad posible.

Desde esa exigencia, he de reconocer que el siguiente paso que me planteas es delicado y, como es habitual en mí, no veo otra manera de aproximarme a él que no sea desde la observación de lo que no es. Veamos.

¿Tiene algún sentido buscar la verdad en el mal? Entiendo que sería conveniente definir qué entendemos por bien y mal previamente, pero ya puedes observar que la verdad no es un caldo en el que pueda cocinarse el mal ni mucho menos a la inversa.

Sin entrar en un tema que tal vez necesitaría de una nueva serie de cartas, estoy de acuerdo en que buscar el bien y la verdad es revolucionario, siempre que sea desde una dimensión que ya hemos venido definiendo en anteriores cartas: el silencio, la reverencia por lo desconocido, la desconfianza en la razón y la palabra, la confianza en la duda, el énfasis en el proceso de búsqueda y en que esta sea compartida, etc., etc. Si bien, más que buscar el bien y la verdad, en la mayoría de escenarios lo revolucionario realmente va a ser destaparla, descubrirla.

Soy muy fan de una frase que hizo famosa la película Todos los hombres del presidente: Sigue el dinero. Nada es más peligroso para el dinero que el bien y la verdad, por tanto, es inmensa la cantidad de dinero que los que realmente detentan el poder gastan en esconder la verdad y retorcer el concepto de «bien» en provecho propio. Para eso crearon los lobbys, ¿no?

En realidad es muy fácil lograrlo. Es tan fácil que parece mentira que todavía no lo hayan conseguido por completo. Todos los mecanismos psicológicos de un ser humano desubicado, enfermo, descompuesto, desconectado apuntan hacia la sumisión ante una promesa tan deslumbrante como vacía. Todo es posible si quiero. El mundo gira en torno a mí. Pronto seré tan brillante como el sol. Yo, yo, yo... Y todo lo que niegue eso se convierte en una amenaza: hay que destruirlo, hay que esconderlo.

Sí, es muy fácil conseguirlo y, sin embargo, ¿por qué no lo han hecho todavía? ¿Qué es lo que alimenta íntimamente la resistencia? Tal vez las naturalezas profundas tanto del bien como de la verdad se resistan a ser barridas de la conciencia colectiva. Dejan un rastro indeleble que cualquiera con suficiente valor y honestidad puede perseguir y sacar a la luz. Aunque solo sea una vieja melodía casi olvidada.

Quiero ser franco contigo, Antonio. No me siento portador de la verdad, y no sé si todo lo que hago apunta al bien. Tan solo estoy seguro de que no estoy solo y no soy el centro de ningún universo. Caminar a tu lado, a vuestro lado es lo único que me conforta. Y, sí, ese camino que compartimos conduce a la verdad y al bien, porque es nuestra pulsión profunda. Hagámoslo juntos. Sin miedo.

José Luis Campos


26 octubre 2026

Sobre la verdad 6/8

 

Celebro tu pronta respuesta, con la alegría que se desprende de la vida, cuando algo es percibido con claridad. Así que, querido amigo José Luis, te hago partícipe de algunas de las intuiciones e ideas que me han venido al leerte. La verdad también se construye juntos. De acuerdo que puede incluir un componente individual e íntimo, como dices al principio de tu carta, pero también es muy cierto que se construye en compañía, como indicas al final... Y no hay ninguna contradicción en esto, pues los dos aspectos son complementarios. Como el escribir, que es una tarea solitaria, pero dirigida a “un otro”, a través de un código compartido; de manera que la escritura lleva consigo una pretensión de verdad que, como tal, tiende a lo universal. Aunque lo universal no sea nunca algo cerrado o acabado o absoluto, ni pueda ser concebido de antemano en una sola mente, sino algo que se intuye o barrunta, esperando su revelación.

Y esto me pone en contacto con una comprensión fundamental que se desprende de lo que dices en tu carta, muchas veces a través de imágenes, tan atractivas. Y me refiero a la verdad como actitud, más allá de su concepción habitual, como dices muy bien al principio: la verdad entendida como una mercancía que se acumula, se transmite, se vende y se compra, con vistas a obtener ganancias o una huera tranquilidad de espíritu (“yo ya sé todo lo que tengo que saber”). Efectivamente, lo que sea verdadero en un caso determinado, o bien, en un ámbito más general, siempre queda balbuciendo, abierto, por descubrir, de manera que los volúmenes no leídos (según tu propia imagen) bien pudieran ser los libros más cruciales, los más importantes. Lo decisivo, pues, en la búsqueda de la verdad, sería la propia actitud de búsqueda de la verdad. Pues entender la verdad como una búsqueda constante y viva, esto, en sí mismo, nos permite situarnos adecuadamente en la realidad, siempre por descubrir. No sé si me explico... Quiero decir que, en la expresión “la búsqueda de la verdad”, es mejor poner el acento en “la búsqueda” misma y no tanto en “la verdad” que, en último término, siempre permanece ignota para nosotros, dados nuestros condicionamientos y limitaciones.

Esta idea (o, mejor decir, actitud) ya la hemos tratado en nuestras cartas dedicadas a la duda, hablando de los escépticos antiguos. Y no respetarla, u olvidarla con facilidad, ha tenido en nuestra historia terribles consecuencias. David Hume, el empirista inglés, que despertó a Immanuel Kant de su “sueño dogmático” (según el testimonio del propio Kant), venía a decirnos que, si los seres humanos tomaran conciencia de que ideas tales como “yo”, “mundo” o "Dios" (que tantas veces se vuelven sagradas, totalidades completas y definitivas), no son más que ficciones nuestras, quizás esto impediría que se aferrasen a estas presuntas verdades últimas hasta llegar a matarse por ellas, como sucede por desgracia en tantos casos.

Para concluir mi carta, que espero recibas con buena salud y, a ser posible, también con alegría, querría tomar conciencia (contigo), además, de algo que pasa desapercibido. Tan cegados estamos por lo que predomina en este mundo (y nos domina), por lo que triunfa y se nos presenta como lo único valioso, que dejamos de lado lo más obvio. Y para eso estamos aquí, con estas nuestras misivas, ¿no es cierto? Tratando de la ceguera y de la lucidez, que nos permita ver un poco más claro, en medio de tanta turbidez, en la sociedad de las prisas y de lo inmediato, por donde se despeñan nuestras vidas a menudo. Te planteo una revolución, un giro copernicano, un cambio de rumbo, una crisis y una resurrección: en el mundo de hoy, empeñarse uno en buscar el bien y la verdad, a pesar de las circunstancias, a pesar de que no esté de moda, aunque sea yendo a contracorriente... Y no te doy más pistas sobre tan obvia revolución necesaria, según mi percepción, por ver cómo excita tu imaginación y tus ideas. ¡Un abrazo!


Antonio Sánchez


15 octubre 2026

Sobre la verdad 5/8

 


Querido amigo Antonio, de todo lo apuntado hasta ahora podríamos afirmar sin riesgo a equivocarnos que la verdad no puede ser una mercancía, un paquete de información, un producto. No es un bien patrimonial. No se puede transmitir o heredar. Es, por tanto un bien intangible, pero también inalienable.

Si para llegar a la verdad necesitamos, según apunta María Zambrano, «desarrollar las habilidades activas y receptivas del corazón», solamente nos acercaremos a ella de manera individual e íntima. Es, por tanto, una experiencia integradora que comprende lo que somos: lo que sentimos, lo que creemos entender y lo que intuimos. 

Tal como yo lo he experimentado, la verdad suele formar parte de lo desconocido, de lo que todavía debemos alcanzar. Por el camino vamos vislumbrando sutiles destellos que apuntan el camino sin desvelarlo por completo. Nuestra actitud solo puede ser de humildad ante la evidencia de nuestra ignorancia y ante la necesidad de operar con unas certidumbres tan limitadas como las de alguien que avanza de noche, en la espesura y a la luz de un candil.

Me gusta rescatar la idea de que los volúmenes no leídos de una biblioteca son los más importantes. En ellos descansa la promesa de una luz que nos es muy necesaria en este camino que nos queda por delante. Esto vale en el ámbito individual y también en el social. La ciencia, por ejemplo, debería mantener esa única certidumbre socrática a cal y canto: son más los volúmenes pendientes de lectura que los leídos.

Por otra parte, siento que cualquiera que trate de vendernos la verdad como una mercancía no hace otra cosa que soplar hasta apagar la llama de ese tímido candil que nos sustenta en el camino.

En el fondo, la contradicción es querer llegar a la verdad de manera rápida y definitiva. Para que se «manifieste la verdad», como tú apuntas, probablemente haga falta toda una vida. Y para «des-cubrir la verdad», probablemente necesitemos muchas manos y una perseverancia infinita. (No dejo de pensar en los procesos vertiginosos que ha generado la acumulación y el procesamiento de información de las nuevas tecnologías, de los que ya hemos hablado. Esa «prisa» no conduce a la verdad, sino todo lo contrario).

La cuestión es: ¿qué nos inspira esa parte del camino que nos queda por recorrer? Sí, el que está a oscuras, el que se manifiesta sutilmente a través de susurros inciertos, de claroscuros, de presencias o de abismos que se intuyen. Si lo que nos inspira es miedo, no vamos a rascar ni un ápice de verdad. Si nos despierta un espíritu audaz, tendremos alguna posibilidad de éxito. Cualquier mapa que pretenda representar este camino deshabilita su valor, su naturaleza profunda. Ninguna semilla germina con un mapa del suelo que la envuelve; solamente intuye el calor de la radiación del sol más allá de lo inmediato. Y en el camino, por cierto, establece vínculos con ese suelo a través de las micorrizas que formarán parte de su esencia durante el resto de su vida.

Así que no se me ocurre nada mejor que seguir caminando y sujetar bien fuerte el candil para que todos los que vamos por esta parte del sendero tengamos algo de luz y evitemos quebrantos o tropiezos. Y, por cierto, me apetece mucho seguir leyendo los libros pendientes de esta biblioteca, si puede ser en compañía.

José Luis Campos


05 octubre 2026

Sobre la verdad 4/8


Querido amigo José Luis,

con tu respuesta de ahora entiendo mejor lo que me querías decir, respecto a la afirmación “la vida merece la pena”, que era punto de partida y no punto de llegada (como yo te respondía), para una vida verdadera, vivida con sentido. Porque debe quedar claro, para el lector posible de estas cartas, que nuestra indagación actual sobre lo que sea la verdad se aleja de un planteamiento puramente racional o lingüístico, como tú dices. Por eso decíamos que no separábamos, en nuestra búsqueda, verdad y vida.

En ayuda de mi comprensión de lo que (creo que) quieres decir, no sólo de lo que dices (y esto, creo que es fundamental para que haya una buena conversación), pongo por delante la afirmación que hacía el viejo Aristóteles sobre los “principios últimos y primeros”. Lo último (la meta, la finalidad, el desenlace, la concreción resultante) de un proceso físico o vital está ya, desde el comienzo, como capacidad o potencia, como esencia que busca realizarse a través de su propio desenvolvimiento o desarrollo. Lo último y lo primero de un proceso solamente estaría separado en nuestra conciencia limitada, dado que lo primero en el orden del ser es lo último (a lo que se llega) en el orden del conocer. Y de esto podríamos poner multitud de ejemplos, propios de cualquier naturaleza (o físis): el fruto ya está en la semilla, el hombre en el niño, la respuesta en la pregunta, la muerte en la vida, el deseo de plenitud en la carencia, etc., etc.

Así que tienes razón: para que la vida merezca la pena vivirse tiene que partir de (o reconectar con) una convicción previa, una certeza que intuimos, que sentimos, que ya está en nosotros, balbuciendo, queriendo expresarse, realizarse. Mira el caso paradigmático de una vocación personal: algo (una meta) que ya está en mí, me llama y me moviliza, me pide expresarse en mi realidad, realizar mi identidad (que no está dada de antemano) de una manera determinada en el mundo. Y esto es una maravilla, cuando lo escucho y lo dejo realizarse. Mi vida cobra verdadero sentido y un sentimiento subterráneo de felicidad me inunda y llega para salvarme.

También necesitamos (tal como lo siento ahora mismo) distinguir en nuestra búsqueda tres aproximaciones básicas de la verdad, que nos llevarían por caminos y derroteros muy diferentes para la vida (personal, social o de toda una época): la verdad como adecuación, la verdad como desvelamiento y la verdad como revelación. Respectivamente, concordancia entre lo que decimos de la realidad y la realidad misma (éste sería el significado habitual de la verdad, el que manejamos tanto en la vida cotidiana como en la investigación científica); la verdad como des-cubrimiento o des-ocultamiento (alezéia, la llamaban los primeros filósofos griegos), que se alcanza cuando quitamos lo que la cubre, generalmente, nuestra ignorancia, nuestros condicionamientos psicológicos y mentales; dentro de esta concepción de la verdad. se nos pide que hagamos algo, que hagamos un trabajo de desbroce para poder dejar el terreno despejado, pero a la vez que adoptemos una actitud de receptividad y escucha, hasta cierto punto pasiva, de modo que se manifieste la verdad de algo en nosotros. Por aquí iría la “verdad como revelación”. Esta actitud en la búsqueda de la verdad (como sucede en la contemplación filosófica, estética o espiritual) nos solicita desarrollar no ya nuestras capacidades racionales o lingüísticas, lógicas o sensoriales, sino las habilidades activas y receptivas del corazón (María Zambrano), nuestra intuición o comprensión profundas. Y creo que esto es a lo que apuntas en tu carta.

¿Y cómo expandir en nosotros dicha capacidad receptiva, de manera que las verdades (o revelaciones) aparezcan, se conviertan en presencia activa? Tú has dado una clave fundamental (y también hablamos de ello en la serie de nuestras cartas “sobre el sufrimiento humano”): deshacer la desconexión básica, con el fondo de nosotros mismos y con el fondo de los demás seres y el mundo como totalidad. En la medida en que nos sintamos (y nos vivamos como) separados (esa conciencia de separatividad, que dijimos), frutos separados del árbol que nos ha dado la savia y podamos ir madurando, no habrá verdad que nos sacie ni acción nuestra que nos satisfaga; si es que no reproducimos en el mundo o en nosotros mismos, una y otra vez, un daño o un sufrimiento evitables. Miremos a nuestro alrededor y preguntémonos si no es posible vivir de otra manera. ¿Y cómo podemos volver a conectarnos con la realidad, con la verdad, con la vida? Esta es la cuestión... Seguimos hablando, querido amigo.


Antonio Sánchez

25 septiembre 2026

Sobre la verdad 3/8

 


Amigo Antonio, agradezco el planteamiento de tus últimas reflexiones cuando hablas que «aquellas ocasiones en las que nos hemos sentido muy bien y “todo tenía verdadero sentido”».

La cuestión de la verdad suele aparecer contaminada de una premisa que todos damos por cierta: que a la verdad se llega a través del discurso, del lenguaje, de la razón. Haces muy bien en recordarnos que el sentido de la vida no se aprende, sino que se «siente». Si no, estaríamos hablando de la razón de vivir, que yo creo que no es lo que estamos buscando.

Ya has visto en mi primera carta de esta serie que he planteado varias preguntas: ¿Hay una verdad o varias absolutas? ¿Hay verdades relativas? ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida? ¿Las verdades son eternas e inmutables? Podríamos plantear muchas más, pero lo que me interesa es cómo debemos enfrentar estas cuestiones. Si el lenguaje no es la herramienta idónea, ¿cómo lo podemos hacer?

Veamos el ejemplo anterior. Es cierto que la afirmación «La vida merece la pena» tiene, como tú dices, un sentido que puedo experimentar. Sin embargo no estoy de acuerdo en que no pueda ser el punto de partida. Desde la experiencia sensorial, inconsciente, no verbal, no racional este es el único punto de partida posible. Del mismo modo, «sentir» que la vida espera algo de nosotros es esencial. Y no podemos llegar a estas verdades desde la razón.

Para abrir camino voy a permitirme afirmar algo radical: el verdadero responsable que propaga la infección de la mentira es la desconexión. No es un problema de estos tiempos. Ya comenzó hace mucho.

Nuestra programación evolutiva se construyó en la relación con un entorno en el que el orden natural estaba presente por doquier y el orden antropológico se regía por dimensiones comunitarias de ámbito local. Pero algunas instituciones comenzaron a entrometerse en este orden hace milenios, y sustituyeron la experiencia ancestral por el discurso, por la palabra: la justicia, la iglesia, etc. Esta perversión nos fue aislando como individuos y nos fue convirtiendo en receptores pasivos de doctrinas. Es decir, nos fue desconectando de nuestros semejantes de modo que las relaciones ya no eran directas, sino vicarias, ya que estaban permanentemente tuteladas por la institución. Y nos fue desconectando de nosotros mismos, ya que nuestra percepción directa de la realidad dejaba de ser fiable, frente a la interpretación dictada por la institución.

En estos tiempos esa desconexión se ha visto intensificada dramáticamente por los medios de masas y las redes sociales, que no son más que el brazo propagandístico de las instituciones de control.

Por tanto ¿qué debemos hacer para buscar la verdad?: volver a conectar. En primer lugar con nosotros mismos. Respetar los ritmos de un cuerpo y una mente que tienen unas necesidades imperativas. ¿Es posible hallar la verdad desde el ruido, la explotación, el aislamiento o la violencia? Supongo que no es imposible, pero se convierte en tarea de titanes. Como bien dices, para que haya una total integración, nuestro interior y nuestro exterior deben ser uno: deben estar íntimamente conectados. Eso no se consigue con dogmas ni consignas. Internet está lleno de dogmas y consignas de tres al cuarto.

También debemos conectar con la comunidad; al menos con una comunidad, aunque sea reducida. Establecer vínculos de la mayor calidad posible. Alimentar iniciativas que nos liberen de las múltiples ataduras del sistema para ofrecer espacios donde el silencio, la libertad, el respeto, la empatía nos permitan acercarnos a esa percepción de la verdad de la que te hablaba antes. Y tolerar la duda —que ya hemos analizado— como herramienta compartida para llegar a esa verdad.

Podríamos argumentar en este punto que algunas verdades que hemos percibido como absolutas pueden estar mutando, por ejemplo: que el planeta Tierra es nuestro hogar y nos ofrece todo lo que necesitamos para vivir y progresar. Si estamos desconectados de todo, es posible que no lleguemos a percibir que esta verdad está a punto de saltar por los aires. Si queremos seguir creyendo que nuestro «Titanic» es indestructible, es comprensible que sigamos tocando una bella melodía junto a la orquesta. Y es posible que fundamentar nuestra vida en una falsedad de tal calado nos obligue a condimentar toda nuestra realidad con un buen repertorio de reajustes que acaban siendo el corolario de una seria patología falsaria. Es decir: nos vamos a estar mintiendo para sostener una convicción primordial que, nunca mejor dicho, hace aguas.

Por tanto, desde la intuición, desde el sentimiento, desde el silencio, desde la serenidad, desde la vinculación enriquecedora se puede llegar a la verdad. 

José Luis Campos


15 septiembre 2026

Sobre la verdad 2/8


Querido amigo José Luis, he de confesarte que tu modo de plantear el tema (o el problema) de la verdad es muy vitalista, es decir, que está muy unido a la vida, no sé si te das cuenta. Y eso me gusta. ¿De qué otro modo podria ser? Muchos han buscado la verdad por la verdad (de un modo lógico, científico o lúdico), eso dicen, pero en el fondo tratan de vivir buscando la verdad y eso les hace sentirse mejor. Por lo tanto, no han dejado de ser humanos que, para sentirse vivos, buscan la verdad por la verdad, sin un más allá de la verdad... eso dicen. Realmente, no debemos separar la verdad y la vida. Cuando esta separación se ha llevado a la práctica, las aberraciones humanas y los descalabros históricos han venido servidos en bandeja. Así que, amigo mío, hablemos de la verdad sin escamotear la vida (la cosa también funciona al revés: ¿qué sería de una vida desligada de la verdad, de la realidad, de una búsqueda honesta y sincera de la verdad?).

Y me temo que hablar apropiadamente de la verdad no sería posible sin una buena dosis de actitud sképtica, en el sentido antiguo que hemos referido en nuestra anterior serie de cartas sobre la duda, entendida como una continua investigación... Vivir desde el no-saber nos capacita para saber, sin creernos que ya hemos encontrado la verdad, convirtiendo lo que sería una creencia u opinión (una representación o interpretación particular de la realidad) en esas logopatías que nos has traído de la mano de Salvador Pániker, y que tanto daño hacen y nos hacen. Comienza Nietzsche su ensayo breve, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, de esta forma inusitada: «En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y falaz de la Historia Universal». Basta fijarse en su título para apreciar el fondo del problema de la verdad, cuando deja de ser una búsqueda para convertirse en una ilusión, una necesidad compulsiva o una preferencia.

Realmente, el problema de la verdad tiene muchas vertientes, que trataremos de ir desgranando, poco a poco, a lo largo de nuestro intercambio, si somos capaces y nada lo impide. Te haces algunas preguntas, pero habría muchas más; y las que te haces ya les pones coto tú mismo al hablar del riesgo de las logopatías: la tendencia humana, demasiado humana, que convierte un concepto en una realidad, para, de ese modo, poder “sobrevivir” en un mundo tan diverso y tan cambiante, tan difícil de apresar con nuestras manos; el querer adquirir seguridades como sea, completas, absolutas.

Y es curioso el fenómeno actual: con renovadas ganas –y paradójicamente– en la era de la posverdad, en la que parece que todo vale igual y da lo mismo, mucho más que en otras épocas, nos acabamos aferrando a una “boya salvadora”; «podrá haber muchas boyas, pero eso me importa un pimiento, “la mía” es la buena y no quiero saber nada de las otras» (cuando, en realidad, todas las boyas flotan en el mismo mar). El relativismo radicalizado se convierte en el dogmatismo más atroz, intolerante y violento. De manera que muchas gracias, José Luis, por plantear este tema... nos va la vida en ello; poder vivir nuestra vida con una plenitud y autenticidad suficientes.

Antes de ir hacia la respuesta que das a tu pregunta («¿cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida?»), querría detenerme un poco en la pregunta misma. No sé bien si en la cuestión de la verdad “nos interesa” preguntarnos por las cantidades... ¿Es la verdad una cuestión de cantidad o cantidades de verdad? ¿Cuántas más verdades encontremos, más sabremos? Aunque sean verdades esenciales (mejor si son esenciales, claro, y no superficiales o accidentales), ¿necesitamos “cantidades de verdades o de verdad” para dar sentido a nuestra vida? ¿Acumular (supuestas) verdades, nos hará sentirnos mejor? Mira lo que sucede hoy día con la información, con la sobreabundancia de información: ¿somos por ello más sabios, vivimos mejor, vivimos con una mayor convicción y sentido, desarrollamos, por eso, nuestro propio criterio y somos más capaces de vivir de un modo más consciente y crítico? Como tú, quizá por la edad, me he vuelto selectivo con los estímulos que me llegan de fuera (no así con los de dentro, pues que hay que sentirlo todo, a fondo), sí, para no acabar intoxicado, como bien dices; por eso, hace tiempo que ya no persigo saber mucho, sino saber bien. Y he aprehendido el fondo de una frase que me repetía mi padre (ante mis protestas habituales), cuando me enseñaba alguna tarea agrícola: “niño, las cosas hay que aprenderlas por su sitio”.

“La vida merece la pena” (tiene un sentido que puedo experimentar), estoy convencido. Pero esto no puede ser el punto de partida, pues sería un supuesto, una suposición, algo a lo que aferrarnos, sino que me parece que dicha afirmación solamente puede ser una verdad verdadera si la entendemos como el punto de llegada. ¿Y cómo acceder a ella para que pueda ser una verdad operativa, que pueda ejercerse en nuestra vida de una manera real o integrada en nosotros? “Que somos necesarios para los demás” puede ser una iluminación para algunas personas y eso hacerles recapacitar sobre su actitud vital, pero seguiría siendo una justificación externa, y no una genuina y profunda comprensión interna. ¿No tendría la vida, primero, que merecer la pena, en sí, en nosotros mismos? ¿Y cómo puedo acceder a este sentido de la vida en uno mismo, por sí misma? Pues bien, observemos aquellas ocasiones en las que nos hemos sentido muy bien y “todo tenía verdadero sentido”, y comprobemos si no hemos estado “todo nosotros” ahí, presentes, conscientes, diciendo lo que teníamos que decir, haciendo lo que teníamos que hacer, una total transparencia, una total integración, entre lo exterior y lo interior... nuestro. O mejor dicho, que no había ni exterior ni interior... ¿A que, en esos momentos (y solamente por esos momentos únicos) la vida merece la pena ser vivida? Y esto, creo, es lo que la vida puede esperar de nosotros... nuestro crecimiento, nuestro desarrollo. Como dirían Aristóteles, Spinoza o Nietzsche (esta línea de pensamiento), referido a cualquier existencia: que lleguemos a ser los que somos, actualizando nuestras capacidades, nuestra potencia, desplegando todas nuestras posibilidades (lo que seamos capaces).

En fin, querido amigo, que espero que hayas pasado una buena noche de san Juan y renovado en ti la vida. En mi caso, ya ves.


Antonio Sánchez

05 septiembre 2026

Sobre la verdad 1/8

Amigo Antonio,

Llevo unos cuantos días sin leer noticias de las que podríamos llamar «generales», a pesar de que en los últimos diez/doce años era lo primero que hacía por la mañana. Lo hacía de manera concienzuda, como una auténtica labor de investigación. Pero la cantidad de toxicidad que consumía me estaba afectando seriamente.

He tenido que «quitarme» de ese vicio como de algunos otros que alteran mi salud física. Supongo que es cosa de la edad o de los tiempos que nos han tocado vivir. Lo cierto es que me encuentro mejor.

Eso no quiere decir que me haya desconectado de la realidad, ni mucho menos. También es cosa de la edad que vayamos simplificando los estímulos a los que debemos prestar atención para, a cambio, dedicar una atención más plena a aquello que nos ocupa. Y en nuestro caso, ayer nos ocupaba la duda, y hoy buscamos aire fresco para ventilar el concepto de verdad. 

Para empezar en este nuevo empeño he vuelto a beber del oráculo del maestro Pániker y sus Asimetrías. Dice don Salvador: 

«El “pecado original” de la humanidad es el lenguaje hablado. Se comienza “hablando” y se acaba reificando las palabras, “adorando” las grandes abstracciones absolutizadas —Verdad, Ser, Dios, Patria, Historia, Revolución, etc., palabras siempre en mayúsculas—. Buena parte de la tarea filosófica ha consistido, últimamente, en la destrucción de semejantes logopatías. Todos los teoremas de la limitación —Gödel, Tarski, Turing, Church, etc.— tienen ese factor higiénico común.»

Creo que esta argumentación nos permite recuperar algunas de nuestras reflexiones de anteriores cartas y nos invita sanear reflexiones futuras con esta consideración previa: evitar logopatías. Por tanto, ¿qué te parece si comenzamos a hacernos preguntas?

Admitir que hay verdad frente a falsedad, o que la verdad sea siempre lo deseable y conveniente es un posible punto de partida, pero no suficiente. ¿Hay una verdad o varias absolutas? ¿Hay verdades relativas? ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida? ¿Las verdades son eternas e inmutables? 

Habría muchas preguntas más por plantear. Seguro que surgirán en nuestras cartas. Pero de momento voy a comenzar con la tercera: ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida?

Como he comentado al principio, estoy en una etapa de simplificación de estímulos. Creo que me conformaría con una sola verdad esencial para ir tirando, una verdad que sea útil e incontestable a cualquiera que se encuentre en un estado de duda existencial (volvemos a la duda). Una verdad que sirviera aquí, en París, en Tokio, en Gaza, en Jersón o en los campamentos de Tinduf. 

Por no buscar la situación más desafiante, voy a poner tres ejemplos de comportamiento desbordado por la vida en una sociedad equivalente a la nuestra: la japonesa. Los johatsu, los karoshi y los hikikomori. Los primeros, ante un revés serio de la vida, abandonan su identidad, su familia, su trabajo, su nombre; desaparecen sin dejar rastro. Los segundos fallecen por fatiga laboral. Y los terceros deciden confinarse durante años en su hogar, en una habitación.

Solo se me ocurre una verdad absoluta que pueda ayudar a todas estas personas: QUE LA VIDA MERECE LA PENA. Ahora lo complicado es comprobar la veracidad de esta afirmación, que no es cuestión menor.

Normalmente cuando hacemos comparaciones cometemos el error de no comparar «iguales». Si alguien ha llegado a la conclusión de que la vida no merece la pena es porque en el lado de la balanza que se precipita hay más consideraciones de peso que en el otro platillo. Pero ¿qué hemos puesto en el otro lado?

Generalmente no estamos cualificados para percibir de manera clara y sensata cómo afectan nuestras acciones, nuestro ser al mundo que nos rodea, a las personas con las que interactuamos. Nuestra capacidad de percepción está desbordada registrando cómo nos afectan a nosotros esas cosas que nos rodean. Y esto hace que muchas de nuestras decisiones se vean condicionadas por una realidad sesgada. ¿Qué ocurriría si los johatsu, los karoshi y los hikikomori fueran plenamente conscientes de la necesidad de muchas personas de su entorno cercano de contar con su presencia? ¿Qué ocurriría en una situación dramática si pudiéramos vislumbrar ese horizonte de posibilidades en que nuestra aportación será esencial? 

Como decía Víctor Frankl: «No importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros».

José Luis Campos