Fuente Hondera (Capileira)

05 julio 2026

Sobre la duda 1/6

 


    Después de unas cuantas cartas, amigo Antonio, me parece que podemos plantearnos qué hemos ganado con todo esto, si es que algo hay que ganar: tal vez unos cuantos amigos nuevos que leen estas filípicas con cierta regularidad. Probablemente una amistad más fuerte y más estimulante entre nosotros, lo cual no está nada mal. Quizás un lugar en la historia, al menos en la historia personal de quienes leen algo en nuestras cartas que impacta de manera positiva en sus vidas. Ojalá.

Pero lo que se dice beneficio, poco vamos a rascar. Y visto que todo son conjeturas, no se me ocurre otra cosa más sensata que apelar al único beneficio que tenemos al alcance: el de la duda. (¿Apreciamos el presunto oxímoron?)

Cuando somos jóvenes, cuando estamos construyendo nuestra personalidad, buscamos referentes sólidos que constituyan un anclaje para nuestro desarrollo. Buscamos un porqué en cada cosa que se nos presenta ante nosotros. Creemos que hay una sola explicación a cada cuestión y que esa explicación nos la va a proporcionar alguien con la etiqueta de experto o sabio. Esa es la condición de la inmadurez. 

Luego descubrimos que la vida no viene con un libro de instrucciones, que nuestros referentes también tienen debilidades y contradicciones, y parece que el mundo se viene abajo. En ese momento la tentación de seguir dogmas o líderes indiscutidos es una manera de alargar la comodidad del retoño inmaduro. Es mucho más confortable, claro. No cuestionar, no seguir buscando incansable, agotadoramente. Disponer de una cosmología completa, rígida, incuestionable. Y contar con la guía de sacerdotes instituidos por un poder superior, ya sea Dios, el capital o cualquier otro demiurgo, que marquen el camino con absoluta claridad.

Algunos, sin embargo, cuando descubren la fragilidad de sus referentes infantiles, comprenden que la vida es eso: un mar de dudas sobre el que ir navegando, el compromiso de una búsqueda constante sobre un camino que solamente queda trazado cuando es hollado y del que apenas se atisba la circunstancia de una humilde expectativa: la de seguir viviendo, la de seguir caminando («Caminante, no hay camino: se hace camino al andar»). Esta es la condición de la madurez.

Llegar a la convicción de que la duda es un ejercicio beneficioso no parece estar al alcance de todos. El miedo a enfrentarse a ese camino inexplorado durante el resto de nuestras vidas puede conducir a la rendición. ¿Qué podemos hacer, Antonio, para demostrar a nuestros amigos que merece la pena hacer de la duda un pilar de nuestro devenir?

En principio parece razonable reconocer que el «Solo sé que no sé nada» es un fundamento incuestionable. Nuestro conocimiento ha avanzado de manera exponencial en los últimos siglos gracias al método científico y, sin embargo, parece que cada vez que se abre una nueva puerta, detrás de esta se esconde otro vacío, otras preguntas sin respuesta. Por tanto, no hay verdades absolutas. ¿Es eso malo?

Imaginemos que la vida tuviera ese manual de instrucciones y que todos supiéramos qué es, de dónde venimos, hacia dónde vamos, el porqué de todo. Imaginemos que no hubiera dudas, que todo tuviera una explicación y un propósito. ¿Sería mejor? No lo creo, francamente. Y este es el caso en el que podemos afirmar con rotundidad que la duda es un beneficio. De hecho, el método científico se beneficia de este cuestionamiento perpetuo.

En teoría todo queda muy bonito. Otra cosa es asumir íntimamente el axioma. Volvamos a la pregunta: ¿Puede haber alguna manera de convertir algo a priori desestabilizador (la duda) en un pilar para la vida? Bueno, yo tengo al menos un ejemplo bastante revelador, y todo arranca de una convicción personal profundamente arraigada: creo, desde hace mucho tiempo, que la humanidad no tiene remedio, y que su demolición se llevará por delante buena parte de la vida de este planeta en el que vivimos. 

Respiremos un poco. Lo sé, ha sonado muy radical. No sé si es pesimismo o realismo más o menos bien informado, pero es mi conclusión, y me duele. 

Así, puede parecer que estoy inmerso en una contradicción cuando, por ejemplo, me dedico a cruzar estar cartas contigo, Antonio, desde la premisa de una desesperanza tan profunda. El mensaje de nuestras misivas tiene una finalidad entre edificante y divulgativa. ¿Cómo casa esto con una visión catastrófica? Realmente no puede casar.

Aquí es donde la duda surte su efecto revolucionario, la duda que a mí personalmente me ha salvado: De acuerdo, estoy seguro de que esto no tiene remedio por más que nos empeñemos en ello, por más que nuestro diagnóstico sea acertado, por más que consiguiéramos que miles de millones de personas revirtieran el desastre de nuestros días. Estoy seguro de que no va a ser posible, pero ¿y si me equivoco?

Debo reconocer que la máxima de que no hay verdades absolutas es —gran paradoja— una verdad absoluta en sí o no vale. Por tanto, ya lo ves, mi convicción apocalíptica puede ser cuestionada sin ningún problema, y sin ningún trauma. Desde la humildad de aceptar que probablemente hay otras posibilidades que desconozco, que simplemente no están a mi alcance, y aunque me siga doliendo el mundo, debo reconocer que la vida todavía puede esconder claves más allá de lo evidente. 

Es solamente un ejemplo, sin embargo es poderoso, al menos tanto como el peso del absurdo que nos envuelve. Y es sanador. Nos puede hacer más resistentes, lo cual, vista la magnitud del desafío, no es desdeñable.

Por tanto, puedo afirmar que (afortunadamente) sigue teniendo sentido compartir estas reflexiones contigo. Con vosotros.


25 junio 2026

Sobre la libertad 8/8


 ¡Juguemos pues, querido amigo! Y esto no es una salida graciosa, sino algo de mucha trascendencia para nuestro futuro como sociedades, tal como tú has destacado en tu carta. Porque, entender la vida como juego no es baladí, ni en lo personal, ni lo social, ni, incluso, en sentido profundo, en el orden del ser.

El hombre nuevo, que habría de vivir desde valores que afirman la vida, que no la encorseten o repriman o la nieguen, es “un niño que juega”, según Nietzsche (disculpa mi alusión, otra vez, a este pensador, pero es que él estaba hablando de nosotros, de nuestra época y su desánimo nihilista, y cómo salir de ahí), un niño que juega, creativamente, pues vive cada momento como si fuera la primera vez. Donde cada momento sería único.

Pero también, para la tradición hindú, la manifestación cósmica no es más que el resultado del juego (līlā), en el que el Todo (Brahman) juega a perderse y a encontrarse a Sí mismo, expresándose a través de las múltiples formas en que aparece el mundo, como en el juego infantil del escondite, y que mientras juega olvida que juega, por lo que, para el niño, eso que “juega” se constituye en la Realidad.

Por lo tanto, una ética auténtica dejaría el mundo abierto, pues fijaría unos límites, solamente, en la medida en que permitan el desarrollo libre de nuestras facultades o posibilidades.

Y claro, si esto no es comprendido, esencialmente, como punto de partida, y no aprendemos a vivir desde ahí, será difícil que podamos actuar libremente y ser más creativos, a la hora de responder a los retos de nuestro tiempo y a sus negros nubarrones. Nos saldrán las respuestas de siempre, ya históricas. Y esto es lo que viene a recoger el conocido libro de Erich Fromm que tú citas, nuestras respuestas habituales a lo que nos pasa: autoritarismo, obediencia ciega, gregarismo pasivo, destrucción, auto-destrucción, tendencias “sádicas” y “masoquistas” que se complementan a la perfección... por desgracia. Pero no son libres en su sentido genuino, es decir, no son resultado de un despliegue de nuestras cualidades esenciales, como hemos ido viendo, sino que, más bien, serían reacciones compulsivas a lo que sentimos como un daño que nos lleva a sufrir.

Así que celebro el concepto revolucionario que citas, que no conocía con ese nombre (“revolución divertida”). Y, realmente, es posible. Y no porque vaya a ser posible o no su materialización en la sociedad, sino porque ya ha sucedido en infinidad de ocasiones históricas... todas esas revoluciones silenciosas (de fondo, lentas y no violentas) en las que aquello que cambia no son, en primer lugar, las estructuras socio-políticas o jurídicas, sino la manera de ver el mundo y de estar en él. Cuando esto sucede, el otro cambio, el exterior... cae por su propio peso (y no siempre ocurre al revés, de ahí la persistencia de ciertos modelos de vida tan destructivos o auto-destructivos). Todos podemos pensar en ejemplos relevantes que confirman, desde lo que nos ha pasado, esta esperanza del cambio interior que arrastraría el cambio exterior. Como decía con ironía una famosa viñeta que ha circulado mucho por Internet, todos queremos el cambio, pero ¡muy pocos quieren cambiar (ellos mismos)!

Nuestra capacidad para vivir libremente no se sustenta sobre ausencia de condiciones o limitaciones, sino que lo hace a partir de nuestra conciencia (individual y colectiva), cuando llega un punto en que comprendemos que se puede vivir de otra manera. Otra manera mejor... si es posible, lo que sea posible, según nuestro nivel de conciencia actual, y que podemos ir revisando sobre la marcha hasta incluir las nuevas realidades que nos vayan apareciendo, contando con que el mundo siempre será nuevo, cambiante y diverso.

¿Es esto una utopía? Pues claro. Una utopía es una situación social e histórica que no existe, pero que orienta nuestras acciones hacia lo mejor que seamos capaces en cada momento. Y no es lo mismo perderse por el camino (en el uso de nuestra libertad) en la buena dirección que andar desorientados, caminando a ciegas por aguas cenagosas, tenebrosas...

Pero, además, contamos ya con mucho, con una copiosa relación de casos históricos, de las andanzas por este mundo del homo sapiens (tantas veces, homo-no-sapiens), tanto las andanzas que se han mostrado preferibles y como las que han sido desastrosas. ¿Por qué nos empeñamos en caer en la misma piedra: la violencia (que no es lo mismo que la combatividad), el autoritarismo, el dominio de unos hombres sobre otros, la domesticación de nuestras capacidades, la depredación de los recursos, el descontrol de las pasiones, que decían los clásicos, etc.?

En fin y resumiendo: Spinoza (“no hay nada más útil para el hombre que el hombre”) contra Hobbes (“el hombre es un lobo para el hombre”). En fin, ¿o nosotros nos ponemos a favor de nosotros mismos o nos convertimos en nuestros peores enemigos? “Je est un autre”, nos recordaba Rimbaud; yo soy el otro tratando de entenderse y, ambos (y muchos y todos los seres humanos) tratando de ser felices, cada uno por su cuenta pero no todos juntos. Pues nada de lo humano nos es ajeno, como también nos recuerda el clásico.


Antonio Sánchez

15 junio 2026

Sobre la libertad 7/8


 

Amigo Antonio:

Me gusta mucho la idea de límites posibilitantes. ¿Es la ética uno de ellos? 

Si tuviéramos que jugar un partido de fútbol (algo tan simple como inmortal para muchos), deberíamos aceptar que el «arte» de una o un gran futbolista debe desarrollarse dentro de los límites de las reglas del juego. 

Si convenimos que la vida es un juego, además de instalarnos en la idea de un sentido lúdico —cosa que no está nada mal—, debemos aceptar que tiene unas reglas sobre las que es posible crear algo maravilloso, algo artístico. Eso solo es posible cuando se desarrolla con un gran esfuerzo y una impagable satisfacción eso que tú llamas «confianza en el organismo», de manera que el desarrollo de nuestro potencial sea un objetivo en sí mismo.

Recuerdo la intensa emoción con que leí hace muchos años el libro de Erich Fromm El miedo a la libertad. Creo que no deberíamos terminar esta serie de cartas sin mencionarlo. Muy resumidamente: la libertad, dice Fromm, no es solo un derecho, sino también una responsabilidad que puede generar miedo. La necesidad de forjar dentro de ese marco una identidad propia provoca ansiedad y sentimientos de inseguridad (a esto contribuye, sin duda, la «sociedad líquida» de Bauman). La solución no puede ser, como bien apunta Fromm, la huída hacia el autoritarismo, la obediencia ciega, el gregarismo pasivo o la destructividad.

Aquí se hace necesario recuperar el componente lúdico del que hablaba más arriba. Se ha hablado, en relación al propio Erich Fromm y otros pensadores, de un concepto apasionante: la «Revolución divertida». Esta revolución propone una transformación social y política que sea alegre, creativa y liberadora, en contraste con las revoluciones tradicionales que suelen estar marcadas por la violencia, el sufrimiento y la opresión.

Combina dicha revolución conceptos tan poderosos como: 

    • la participación activa, entusiasta y creativa de las personas, desde la alegría y la creatividad; 

    • una autorrealización y una libertad auténtica, donde las personas se sientan motivadas a cambiar sus vidas y la sociedad desde un lugar de esperanza y compromiso positivo; 

    • evitar los patrones de dominación y destrucción que han marcado muchas revoluciones históricas, proponiendo un cambio basado en la cooperación y el respeto; 

    • y, por último, el respeto de la dignidad humana y el equilibrio con la naturaleza, apuntando a una sociedad más justa y sostenible.

Si «jugamos» este partido, que sea limpiamente, ¿no?, buscando la belleza, disfrutándolo, admirando al adversario —que no es más que un compañero de juegos—. Las posibilidades de vivir/jugar en libertad son inmensas. 

Jugar desde una actitud activa, entusiasta y creativa, desde la esperanza y el compromiso positivo, evitando los patrones de dominación y destrucción del oponente y respetando la dignidad humana y el equilibrio con la naturaleza. 

El reto es profundamente estimulante. El resultado puede ser delicadamente delicioso.

Juguemos, pues.

José Luis Campos


05 junio 2026

Sobre la libertad 6/8

Querido amigo José Luis, cuántos límites, infinitos, que podríamos ir añadiendo. Claro que sí. Esto me recuerda el primer año de licenciatura de Filosofía, cuando tuve que estudiar una asignatura (creo que se llamaba Bases fisiológicas de la conducta). Después de horas de empollar la extenuante realidad microscópica del sistema nervioso y su multitud de elementos, impulsos, conexiones, sustancias, endorfinas que podían fallar en cualquier momento, dado su delicadísimo engranaje e inestable equilibrio –o al menos eso es lo que llegué a sentir... tan fuertemente–, me vino una ansiedad, mezclada de un estado tal de fragilidad nadeante, que casi pierdo el resuello y me vuelvo hipocondríaco crónico de por vida.

Y claro, con demasiada facilidad (compulsividad, diría yo), perdemos de vista el conjunto y, al poner nuestra atención en las partes de un rompecabezas, al que vamos añadiendo más y más piezas, la idea de “lo que está compuesto” nos arroja en el temor de lo que puede descomponerse en cualquier momento. Decían los clásicos que solamente lo simple puede ser inmortal, como el alma, porque el cuerpo ha de morir, que no es otra cosa que descomponerse en sus partes. Y así podemos visualizarnos: descomponiéndonos, desfalleciendo... falleciendo, vamos. Es tremendo, a lo que nos puede llevar el conocimiento parcial y acumulativo, por muy científico y cuantificado que sea, o quizás por eso mismo.

Pero el todo es más que las partes, o mejor dicho, no es reducible a las partes. Ponemos, en todo aquello que conocemos, la distancia de un telescopio y, cuando miramos al microscopio, hacemos lo mismo. Pero un telescopio nunca ve la realidad actual de un galaxia, sino su estado de hace millones y millones de años. En fin, que necesitamos otra mirada, o mejor dicho, mirar desde otro lugar, si no queremos desfallecer o morirnos en vida. ¿Y cuál es ese lugar? Ese hogar es la confianza. Confianza en el organismo, que no es lo mismo que un mecanismo, como ya hemos estudiado en otras cartas. Un todo ordenado (un kosmos, como dirían nuestros viejos griegos) que se autorregula a sí mismo, por sí mismo, y que nuestra tendencia mental egocentrada tiende a hacer saltar por los aires, a base de desconfianza; en el fondo, auto-desconfianza. Porque... el cosmos está continuamente expresándose en el microcosmos que somos (esto también lo creían a pies juntillas esos mismos griegos).

En fin, que los límites de los que hablas no son límites, limitantes o incapacitantes, sino el marco de todas nuestras posibilidades irresueltas, dado que están siempre por expresarse o desarrollarse. ¿Te deja esto más tranquilo? ¿O al menos te permite vivir mejor? ¡Mira que nos empeñamos en morir antes de tiempo! Así, se decía muy sabiamente, en la película Cadena perpetua que la cuestión (del vivir) no es otra cosa que “empeñarse en morir o empeñarse en vivir”.

Total que, si los límites, en los que tanto abundas en tu texto, extraído de tu libro Instinción Rebelión, son nuestras posibilidades, ¡cuán libres que somos! Porque los límites serán indefinidos o interminables, pero las posibilidades que, a partir de ahí se nos abren, son inagotables e infinitas, ¿no es verdad? Cuando esto lo descubrimos, lo sentimos en nuestras propias carnes, ¿quién nos va a parar? Tú mismo lo has sentido, cuando al final de tu carta agradeces, en los demás y en ti mismo, cuánto has crecido dentro de esos límites posibilitantes. Y ahora, imagina esta misma conclusión aplicada a nuestras relaciones sociales y humanas. ¡Qué extraordinaria visión!

¡Qué sabio, que era Spinoza! ¡Y qué sabio era Nietzsche, con esa intuición suya disparada! “Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello –así, seré de los que vuelven bellas las cosas”. ¿O qué me dices del heterónimo pessoano Álvaro de Campos? “Ser posible haber de ser es mayor que todos los dioses”.


Antonio Sánchez

25 mayo 2026

Sobre la libertad 5/8

 



Amigo mío,

Si, como dices, «el individuo orgánico evalúa, cada uno según su biología o constitución, desde de lo más instintivo o pre-programado a lo más consciente, lo que es importante de su medio, para perseguirlo o para evitarlo», deberemos reconocer que estas elecciones se realizan entre unos límites muy estrictos que las condicionan absolutamente.

Hace unos años —pocos— escribí un texto bastante inspirado sobre los límites y creo que vale la pena traerlo aquí para comprender en qué escenario se mueve la libertad:

«Breve como intensa, dulce como lacerante, en algún momento de cuya memoria quisiera tener conciencia llegó a mis oídos una canción que decía así: “Mi vida limita al norte con la muerte, al sur con mi madre herida, a la derecha mi amo contabilizando el aire, y a la izquierda tu sonrisa, amiga de amar, amante”. No supe hasta mucho después que el autor de esta glosa era León Felipe, porque, en realidad, yo lo escuchaba en las voces de un maravilloso grupo coral que algunos tal vez recordaréis: Aguaviva. 

»No deja de ser curioso que venga a mi memoria esta canción en días como estos, con temperaturas de un calor extremo tanto de día como de noche, con incendios forestales de consecuencias catastróficas, con regiones polares acelerando el ritmo de un deshielo definitivo. 

»Los límites se van estrechando. Sabíamos que nuestra madre solo era fértil en determinadas condiciones, que esas condiciones eran delicadamente frágiles y constreñidas. Vivimos, por ejemplo, en el interior una fina capa de siete a diecisiete kilómetros, según se mida en los polos o en el ecuador. Todo sucede entre los cinco mil metros de altitud y los dos mil metros de profundidad. Fuera de ella no hay vida, no es posible la vida. 

»Por no hablar de frío y de calor. Por debajo de -18ºC y por encima de 50ºC, las condiciones para la vida son casi insalvables. Más allá de estos límites solo se puede encontrar vida en estado latente, en márgenes definidos entre -200ºC y 80ºC/110ºC. Pero es testimonial.

»También podríamos anotar los límites del aire. Ya sabéis: nitrógeno, al 78%, oxígeno, al 21%, gases nobles, al 1% (argón, neón, criptón y helio), dióxido de carbono, al 0,04% y vapor de agua, más o menos al 0,97%. Cualquier alteración de esta composición significa un riesgo para la vida. El aumento de partículas de polvo, por ejemplo, cambia la carga eléctrica de los iones produciendo un deterioro importante en la salud. Además, no hemos dejado de inyectar nuevas sustancias a su composición en las últimas centurias y lo peor es que algunas de esas sustancias que contiene ahora el aire son altamente reactivas, son más propensas a interactuar con otras para formar nuevas sustancias. Cuando algunas de estas sustancias reaccionan con otras, pueden formar contaminantes muy peligrosos.

»Es en ese mismo aire en el que necesitamos respirar entre las 44 veces por minuto de un bebé y las 8 a 16 de un adulto, todo ello en estado de reposo. No parece aconsejable intentar batir el récord de apnea, aunque el aire no sea de la mejor calidad.

    »Con la comida tenemos más margen. Podemos dejar de comer hasta 45 o 60 días, pero los resultados serán funestos. Si queremos que todo vaya bien, mejor comer entre tres y cinco veces al día.

»Necesitamos en definitiva tierra firme, fuentes de agua potable, suelo orgánico, lluvia en su cantidad justa, vegetación y fauna, etc. Y necesitamos que todo ello se relacione de una determinada manera en que la convivencia entre todos los factores favorezca la fertilidad y la reproducción de millones de formas de vida que conocemos y, sobre todo, que no conocemos. Todas ellas forman parte del engranaje.

»Si abusamos del sedentarismo nuestro cuerpo abandona sus condiciones óptimas. Si abusamos del esfuerzo físico, se colapsa. Si vivimos en soledad, nuestra mente sufre. Si nos sumergimos en un gregarismo extremo, nos asfixiamos psíquicamente. 

»Si nuestros emolumentos están por encima del sueldo mínimo interprofesional podremos sobrevivir modestamente. Por debajo de este, seremos más o menos pobres —en esto también hay grados—. Si estamos muy por encima, seremos económicamente ricos, pero nuestra tasa de necesidades a cubrir experimentará un alza incontrolable.

»Es de locos. ¿Cómo ha sido posible que prospere la vida en estas condiciones Y, sobre todo, ¿cómo es posible que algunos iluminados piensen que pueden controlar este mecanismo? Los límites son muy marcados y, sin embargo, el engranaje es de una complejidad inimaginable.» 

(Instinción Rebelión, 2022)

Nunca podré dar las gracias a todos aquellos seres maravillosos que me han ayudado a vislumbrar lo extraordinario, dentro de esos límites. Sería justo que lo supieran. Que supieran qué importante fue su libro, su composición, su pintura, su inspiración para alguien como yo, o como tú. Porque la soledad en la estrechez de estos límites puede llegar a ser extenuante, y más la soledad de quienes andan siempre en esa estrecha vereda que ensancha la sensación de finitud. 

Caminante, no hay camino, sino estelas infinitas en un mar imaginario... ¿Tal vez es eso la libertad?

José Luis Campos


15 mayo 2026

Sobre la libertad 4/8


Querido amigo, tu carta me ha hecho sentir que estamos llegando al núcleo del problema de la libertad. Poco a poco conseguiremos, eso espero, aclarar y aclararnos, de cara a cualquier inteligencia que se precie de tal (me ha hecho gracia eso de que una IA pueda leernos). Y no es sobre el tema de los límites de la IA de lo que hablamos, pero, como estamos hablando de lo propio de una inteligencia natural (me encanta la expresión), creo que una inteligencia artificial ni se va a enterar (o eso esperamos).

En efecto, has nombrado, directa o indirectamente, dos ingredientes fundamentales de la libertad... humana. Uno sería la conciencia o capacidad de ser conscientes, y el otro ingrediente la búsqueda de la felicidad, de la que hablas afortunadamente en tu carta (o también la risa que, efectivamente, podemos dejar para otro momento).

Quizá no me expliqué bien. Esa condición de lo inteligente, que necesita interactuar con su entorno para poder sobrevivir, no se cumple mecánicamente, como los relojes de los que hablábamos en la carta anterior, y que simplemente funcionan o no funcionan (si sus piezas no interactúan convenientemente se avería, pero no tiene la capacidad de auto-crearse sobre la marcha), sino que el individuo orgánico evalúa, cada uno según su biología o constitución, desde de lo más instintivo o pre-programado a lo más consciente, lo que es importante de su medio para perseguirlo o para evitarlo.

Así que tranquilo... una (mal-llamada) “inteligencia” artificial no se convertirá en orgánica cuando “sienta” la necesidad de protegerse de amenazas exteriores. Puede que algún día sea posible que una máquina “se defienda”, pero no lo va a sentir ni lo va decidir de una manera consciente, ni siquiera instintivamente. Puede que lo haga, pero como resultado de una función o un conjunto de funciones, que es algo muy distinto. Esto no significa que no pueda llegar a ser más eficaz (en algún sentido) que una inteligencia natural, pero, simplemente, sería otra cosa: hay un salto entre lo natural y lo artificial (según Aristóteles, lo natural es un principio (physis) que constituye el propio ser, se halla en sí mismo, por sí mismo y no por otro, el artífice).

La inteligencia es un atributo del ser natural (que es según physis), que le permite ser capaz de ordenarse y reordenarse a sí mismo continuamente, si nada se lo impide. Volviendo a Spinoza, tan incisivo como siempre, nos dice de nuevo en su Ética: “todo ser se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo”.

Planteas muy bien la cuestión de la libertad ligándola a la felicidad, porque una auténtica felicidad solamente puede venir de una auténtica libertad. Pero no hay libertad sin liberación de nuestros condicionamientos internos (deseos y temores, huidas y compensaciones, compulsiones y resistencias, consecuencia de heridas o vacíos, impregnados éstos de ideas limitadas o erróneas que nos llevan a sufrir), no solamente condicionamientos externos, que es lo que suele entenderse por libertad. Si esta liberación interior no está presente, o no ha sido trabajada suficientemente, no es de extrañar que acabemos convirtiéndonos en sujetos hedonistas que, si se descuidan, acabarán siendo esclavos de sus propias compulsiones, muchas veces creadas desde fuera, como bien alude la cita de Anabel Palomares, que traes en tu carta.

Así que, de ninguna manera, en mi opinión, el bienestar de tipo hedónico que mencionas podrá conducir a un bienestar superior de tipo eudaimónico (de nuevo Aristóteles), pues está claro que no nos libera, sino todo lo contrario. Precisamente el proceso de autoconocimiento que conlleva esa liberación es lo que nos aproxima a la auténtica libertad: ser yo mismo en lo que hago, en lo que pienso, en lo que siento, en lo que digo... Algo con lo cual tú acabas tu carta. Así que estamos de acuerdo en el fondo.

Pues bien, con todo esto que hemos discutido hasta ahora, nos hemos referido, más bien, a la vertiente ontológica de la libertad, en el individuo, base de cualquier discurso sobre la libertad en el contexto social. Pero quiero retomar, querido amigo, una idea que mencioné de pasada en mi carta anterior. Siendo como es la libertad tan importante para concebirnos como seres humanos (según Kant, hay dos evidentes realidades: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí, cuyo fundamento es la libertad), ¿cómo podemos contribuir a que la libertad no sea una palabra gastada, que todos mencionan o usan, pero en la que casi nadie cree ya, si no es como una palabra mágica con que movilizar el voto o aumentar los beneficios, un medio y no un fin? Y esto no lo podemos permitir, creo yo... que campe a sus anchas esta tendencia. ¿Cómo orientar nuestra libertad para construir un mundo mejor?


Antonio Sánchez

05 mayo 2026

Sobre la libertad 3/8

 


Amigo Antonio:

Hagamos una «previa» en esta respuesta, al margen del tema que nos ocupa. Extraigo de una idea que expones en tu carta una conclusión inquietante. Si llamamos inteligencia a la necesidad de interactuar para sobrevivir, ¿es oportuno pensar que una inteligencia artificial pasará a ser orgánica cuando sienta la necesidad de defender su existencia [sobrevivir] interactuando con el entorno «libremente»? No me negarás que es una perspectiva delicada. Porque, en todo caso, ¿seremos capaces de «explicar» a una inteligencia artificial qué es exactamente la libertad?

Sospecho que ha de ser muy difícil sobrellevar la cualidad de inteligente sin tener algunos atributos necesarios como el de la expectativa de libertad, o el del humor y la risa (eso da para otra serie, ¿verdad?).

Dicho esto, perseveremos en explicar a la IA o cualquier otra IN qué es la libertad, por si acaso se da una vuelta por este blog.

Pensemos qué ocurriría si a un organismo libre pudiéramos convencerlo de que lo deseable para su supervivencia fuera algo realmente perjudicial. 

Hay una idea de libertad básica que está firmemente ligada a la idea de felicidad. Se fundamenta, no en el instinto de supervivencia, sino en el anhelo de poder alcanzar cualquier tipo de bienestar hedónico. Me remito a un buen artículo de Anabel Palomares en la revista Trendencias en el que parte de las teorías de Zygmunt Bauman y dice: «La psicología asegura que existe una diferencia entre bienestar hedónico y bienestar eudaimónico. El primero está relacionado con el placer, la comodidad y el disfrute y el segundo, con el sentido de la vida, las relaciones o el crecimiento personal. El consumismo actual estimula el primero y olvida el segundo, y eso es un problema.»

Creo entender que para muchas personas buscar bienestar eudaimónico pueda plantearse como un objetivo complicado o incómodo, y resulte mucho más sencillo y gratificante a corto plazo buscar un bienestar hedónico. Pero es evidente que lo que se pierde por el camino es la soberanía de darle uno mismo sentido a su vida. ¿Puede ser esto una explicación al incremento exponencial de los problemas existenciales de muchas personas en nuestra sociedad?

Queda planteada, pues, una primera cuestión para quien pudiere estar interesad@, sea IA o IN en esta cuestión: ¿Queremos libertad para elegir el coche de nuestros sueños o para dar sentido a esos sueños? ¿Queremos que la libertad nos conduzca a consumirnos en deseos o a consumar una felicidad liberada de deseos fútiles?

Tal vez me has contestado ya cuando planteas que «la aceptación e integración  de lo necesario, te permite liberarte». Y tal vez haya quedado un poco más claro en mi respuesta qué es lo necesario. ¿Podría ser que el  bienestar hedónico conduzca a la liberación y el bienestar eudaimónico a la libertad?

Rezaba el viejo mantra jainista: «Me postro a los pies de todos aquellos que se han conocido a sí mismos.» ¿Se puede realmente llegar a ser libre sin este conocimiento?

José Luis Campos