Amigo Antonio:
Hay algo que me preocupa especialmente en estos tiempos y que creo que sobrevuela cualquier tema que hayamos tratado o tratemos en el futuro en esta relación epistolar nuestra: es el impacto de la tecnología en la sociedad.
Desde lo más simple, el palo o la piedra, hasta la inteligencia artificial, cada herramienta tiene un objetivo práctico primigenio, pero genera con el uso otros objetivos que nunca fueron la razón de su creación. La piedra se fue convirtiendo en hacha para desarrollar una enorme ventaja evolutiva en la caza y, sin embargo, también se convirtió en un instrumento de guerra y muerte entre semejantes. Así ha sido con muchas otras de estas herramientas que hemos ido creando.
Tal vez el único sistema de control que ha creado el ser humano frente a ese peligro ha sido una combinación de moral, instituciones comunes, corpus legislativo y monopolio policial de la violencia. De esto creo que habla extensamente Foucault.
El problema es que la evolución de la tecnología es tan rápida que deja atrás a cualquier sistema de control que antaño fuera útil. Ese es uno de los problemas al que nos enfrentamos.
El otro es que la concentración de poder propia del sistema capitalista está propiciando que tecnologías como la IA o la computación cuántica estén en manos privadas y estén forzando a una amplia desrregulación que va justamente en contra de la única herramienta de control que tenemos frente al uso improcedente de la tecnología.
Por otro lado, el relato imperante defiende la bondad inequívoca de la evolución ilimitada del poder de la tecnología y justifica como conveniente, por supuesta eficiencia, que esa evolución esté en manos de media docena de compañías o de personas concretas. Las promesas de un futuro sin necesidades, sin enfermedades, sin problemas de ningún tipo son un bálsamo alienador que consigue adeptos a precio de saldo.
Es evidente que la posesión de estas tecnologías no garantizará en el futuro el control adecuado de las mismas. Son demasiado potentes y están alcanzando la propia independencia. Y aun si no fuera así, el hecho de que estén en manos de personas cuyo única virtud es la capacidad de hacer negocio, nos dejan al pie de los caballos.
Cabe pues plantearse si estamos transfiriendo todas nuestras capacidades como sociedad a manos de un mecanismo sin control cuyos objetivos no tienen por qué coincidir con los nuestros. En el mejor de los casos, las sociedades humanas estarían transitando hacia sistemas autoritarios de un poder desconocido por la historia. En el peor, cabría plantearse si el ser humano creó la herramienta, ¿es ahora la herramienta la que puede llegar a destruir al ser humano?
Pero ¿crees que aún es posible establecer unos protocolos que nos permitan tener el control de la situación? Me gustaría saber qué piensas de todo esto, amigo. Nos jugamos lo mejor de la civilización e, incluso, la supervivencia del planeta.
José Luis Campos


