Querido amigo José Luis,
copio esta pregunta que has dejado escrita en tu anterior carta (¿quién va a dudar de la veracidad de un buen plato de fabada asturiana en lata?), que tiene mucha más enjundia de lo que parece, y la tomo como síntoma de un aspecto relevante de nuestra relación habitual con la tecnología de nuestro tiempo. ¿Quién va a cuestionar que sea un buen plato de fabada, si viene enlatada, hermética, sin contaminar ni adulterar, producto de un estricto proceso de fabricación, controlado sistemáticamente a partir de garantías racionales de la máxima eficacia?
Y sin embargo, nos puede sentar mal, y sin embargo, puede aparecer contaminada, y sin embargo, puede ser poco saludable, y sin embargo, sus nutrientes pueden estar sobrepasados por los conservantes, estabilizantes, colorantes y aromatizantes, los aditivos que la industria y la distribución necesitan añadir para que el producto aguante en las estanterías durante meses, y esto permita comercializarlo y planificar de una manera rentable (lo máximo que se pueda) la inversión económica. Y lo más preocupante, por lo esencial que se esconde debajo: que pensemos que un plato de fabada que preparas en tu casa no es tan buen plato de fabada; y, poco a poco, vayamos prefiriendo, por comodidad o falta de tiempo (decimos), comprar la fabada enlatada que está dispuesta en la estantería del supermercado.
A esto se refiere el filósofo alemán Jürgen Habermas, cuando analiza, en multitud de contextos, el fenómeno contemporáneo de la invasión del mundo de la vida por parte de los medios (dinero y poder, básicamente). Penetran en la vida natural y social, gestada la primera durante milenios y milenios, y la segunda durante generaciones y generaciones, y la ponen a su servicio, adulterándola o deformándola. La tecnociencia serviría aquí de vehículo para dicha invasión, otorgando a tales métodos industriales, de origen capitalista, el marchamo de prestigio que necesita para expandirse de manera infinita, ciega y sin oposición. ¡La tecnociencia puesta al servicio del capitalismo a toda máquina! ¡Ya ves todo (o algo de) lo que puede esconderse en una simple lata de fabada, fabricada y conservada a través de métodos industriales!
Continúo hablando en esta carta de casos particulares, y esto te lo propongo para las próximas cartas de esta serie sobre la tecnología (que hagamos aterrizar los principios, que ya hemos expuesto entre los dos, en el terreno de lo concreto y de la vida cotidiana). Por ejemplo, estamos experimentando, en nuestras propias carnes, los efectos que las nuevas tecnologías tienen en el desarrollo de nuestras capacidades. Y esto no es un asunto menor, como señalas en tu carta, el que una tecnología nos haga menos capaces, autosuficientes y autónomos, y no digamos, si hablamos específicamente de nuestros jóvenes.
Giovanni Sartori, ya hace varias décadas, nos advirtió de algo que comenzaba a mostrar sus efectos: la especie homo-sapìens estaba girando hacia una especie de homo-videns. Su tesis, muy sencilla, la podemos contrastar por nosotros mismos: el exceso de imágenes en nuestro mundo (y su veneración) atrofia nuestra capacidad de imaginar (genuinamente humana) y, sin ella, disminuye nuestra capacidad de pensar, que no es otra cosa que la capacidad de enlazar imágenes mentales para formar conceptos; si ya lo estás viendo delante de tus ojos y tus oídos, ¿para qué imaginar... para qué pensar? Esto, referido a niños y niñas y adolescentes, es una calamidad. Y encima, va la escuela, con sus buenas intenciones, y les sirve a la mesa más de lo mismo, ¡No sé de qué nos extrañamos, cuando decimos que ya no pensamos y necesitamos tenerlo todo delante de las narices para poder entender algo y reconocerlo, sus posibilidades y sus límites!
Y ahora, extiende esta tesis hacia el abuso de calculadoras, tablets, smarphones, redes sociales o del chat GPT, medios tecnológicos mucho más potentes. Por cierto, prometo hablar de esto último y de la mal llamada “inteligencia artificial”, muy seriamente, en mi próxima carta.
Para acabar mi respuesta, dos puntualizaciones. En primer lugar, “centrar nuestra atención hacia nuestro interior” no es lo mismo que centrar nuestra atención en nosotros mismos; nuestro interior profundo, compartido con todo otro ser humano, no es lo mismo que nuestro egocentrismo construido y superficial. Y era a esto lo que se refería, creo, Daniel Goleman.
En segundo lugar, los principios o fines que debemos acordar entre todos nosotros, como seres humanos, no pueden provenir de las ciencias sociales; éstas pueden ayudar, pero no siempre, ya que, en numerosas ocasiones, sus conclusiones están plagadas de sesgos cientificistas y tecno-excluyentes que alejan de nosotros las posibilidades de decidir por nosotros mismos, volviéndonos no aptos, pues se habrían convertido los asuntos que nos atañen en una cuestión de expertos. Sin embargo, los expertos sólo saben de medios y no de los fines que orientan una vida digna, buena y verdadera. Esta es nuestra tarea (de todos nosotros) inaplazable, inalienable e intransferible, si queremos vivir en un mundo más humano y más natural y más sostenible. Un ejemplo sencillo: los expertos (médicos, psicólogos, juristas...) pueden informar a una mujer de los múltiples aspectos del embarazo, el parto o el aborto, pero la decisión de abortar o no abortar es siempre una decisión personal, de índole moral y no técnica.
Además, y ya acabo, los descubrimientos de estas ciencias sociales (incluida la psicología), a menudo, son puestos también al servicio de los medios dinero y poder y del capitalismo salvaje, que penetra así, como te decía, en el mundo de la vida, le da la vuelta, lo deforma, pervierte y lo pone a su servicio, hasta el extremo de perseguir fines espurios y peligrosos para la propia vida. ¿O no lo estamos sufriendo ahora mismo, en diversos contextos?
Antonio Sánchez



