Querido amigo, ¡que éste 2026
sea un venturoso año para todos! Y como esto va a ser muy difícil
de cumplir, que cada uno se afane lo que pueda dentro de su esfera, y
así pueda unirse a la esfera de otros muchos, y que esto se
convierta en un orbe que abarque el mundo entero. Otra cosa no
podemos hacer, dado que tantas situaciones no dependen de nosotros,
aunque es cierto que otras muchas sí. Y bueno, creo que de esto va
lo que intentamos hacer desde aquí con nuestra comunicación
epistolar, a la vieja usanza. Al menos ayudar a crear una conciencia
nueva, el primer eslabón de la cadena de un cambio a mejor en
nuestro modo de vivir...
Y este tema que nos traemos
entre manos, creo que es fundamental por las consecuencias para el
mundo (humano y no humano) que se derivan de nuestras acciones
tecnológicas. Así, hemos de recuperar el principio de
responsabilidad que proponía Hans Jonas en su libro homónimo, y
que reformula el conocido imperativo kantiano: “Obra
de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la
permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra”. Y yo lo
extendería, con él, al cuidado de toda vida en general.
Comienzo
comentando los matices que introduces al principio de tu carta
anterior. “¿Para cuándo una revolución en ciencias sociales
equivalente a la Física cuántica?”. Mi respuesta rápida: cuando
las ciencias sociales y humanas dejen de mirarse en las ciencias
naturales, de querer parecerse a ellas y de valorarse a sí mismas a
partir de ellas; que no tienen por objeto de estudio a seres que
pueden llegar a ser conscientes de sí, y cuya conducta o biología
no es reducible a lo que puede ser cuantificado matemáticamente u
observado a través de los órganos sensoriales externos.
Incluso,
más bien (porque lo necesita el mundo y nosotros con él) habría
que humanizar
a la ciencia.
“Humanizar la ciencia sería, por definición, hacerla amable,
dulce y cordial”, dice la neurocientífica y divulgadora española
Nazareth Castellanos, en el libro que estoy leyendo y disfrutando
estos días: El
puente donde habitan las mariposas. Biosofía de la respiración.
Y también podríamos citar aquella “Soleá de la ciencia” de
Enrique Morente, tan certera y expresiva: “Presumes
que eres la ciencia / Yo no lo comprendo así / Como siendo tú la
ciencia / No me has comprendido a mí.”
Y,
sobre la equívoca generalización a la que aludes, con ocasión del
predominio actual de los medios dinero y poder, no me interesa si
este predominio posee un mayor o menor peso en unos lugares que en
otros, sino el hecho de que cada vez más se los considera, a esos
medios, como un fin en sí mismo, digno de ser perpetuado y que todo
lo otro (valioso en nuestras vidas) se ponga a su servicio... algo de
lo que tú también te das cuenta.
Y
me ha encantado que aludas a diversas tecnologías que están
generando riesgos
en el mundo que tratamos de habitar humanamente. Pero haces un repaso
tan rápido que me ha sabido a poco. Te voy respondiendo y, si me
queda espacio, me explayaré algo más sobre alguna de esas
tecnologías.
Sí,
desde la pandemia al menos, tendríamos que haber tomado conciencia
de lo efímero de muchos de los hábitos o costumbres (en el fondo)
que damos por sentados, inconscientemente, en el vivir diario, como
si los recursos que requieren fueran eternos o infinitos. Y,
precisamente, las nuevas tecnologías (de todo tipo, en las
comunicaciones, el transporte, la producción, en las relaciones...)
parecen prestarnos esa sensación de imperturbable seguridad y
precisión, cuando en realidad, tantas veces, nos hacen dependientes
de su “buen funcionamiento”. Sin embargo, siempre pueden fallar y
esto lo olvidamos. Recordemos el apagón eléctrico del día 28 de
abril del año pasado. Pero, además de generarnos dependencia,
disminuye la tecnología (por cómo la configuramos y nos
relacionamos con ella) nuestras capacidades (que hay que ejercitar)
para adaptarnos a las situaciones adversas y cambiantes, tan propias
del mundo y de la vida.
No
conozco esa manera concreta, que dices, de blanquear deuda, pero hay
muchas, así como trucos financieros de todo tipo para trasladar a
diversos paraísos fiscales, bien repartidos por todo el mundo, las
ganancias más o menos legales u opacas y de orígenes dudosos o muy
cuestionables. La minoría de ricos necesita leyes muy restrictivas
para la mayoría de la población, y métodos y lugares permisivos
para ellos, a donde poder trasladar sin dificultad su dinero o sus
beneficios lícitos o ilícitos. Y qué duda cabe que las nuevas
tecnologías digitales, llevadas a escala global, son la herramienta
más poderosa que hasta ahora hemos tenido (mejor dicho, que han
tenido).
No
sorprenden, entonces, las estratosféricas desigualdades entre
territorios y entre las personas del planeta. Una vez más,
comprobamos que lo crucial en este tema de los avances tecnológicos,
no es cómo se usen y para qué, sino las
virtudes morales y políticas (si se han desarrollado o no y hasta
qué grado) de quienes las usan,
o mejor decir, de aquellos que las implementan. Así pues, por muy
buena (a priori)
que pueda parecer una tecnología, en el contexto del orden mundial
que nos domina y manejada por aquellos que lo dominan, cuyos
intereses pueden ser tan simples, primitivos y ciegos como el ganar
más y más dinero y el poseer cada vez más y más poder o recursos
para hacer negocio, ¿qué nos cabe esperar?
De
la ciencia ya te he hablado... y de la creatividad, no nos engañemos:
cuando sea difícil distinguir entre lo que ha creado un ser humano y
una máquina (o así lo parezca), ¿quién va a tener la paciencia de
esperar a que su creatividad se manifieste, si tendrá que ganarse el
pan al ritmo en que produce una máquina?
Y
no te engañes, quién
eres no ha cambiado en
ti, lo que ha cambiado, en esos nueve o diez años, es cómo
eres y el
tipo de vida que llevas,
y en todo caso, algunas de tus capacidades que aparentemente habrán
variado, no porque hayan evolucionado, sino porque las usas (las
usamos) menos, por las prisas o la comodidad, y se estarían (se nos
estarían) atrofiando; recuerda la tesis del homo
videns, que te refería
en la carta anterior.
Sabiendo
algo de lo que nos cabe esperar, y que quizás no sea muy halagüeño,
¿qué podemos hacer, querido amigo? Pues lo que estamos haciendo.
Para empezar, ser lo más conscientes posible de lo que pasa, de lo
que nos está pasando. Y, como solían decir, al acabar su
espectáculo, Tip y Coll (“¡El próximo día, hablaremos del
gobierno!”), en mi próxima carta, ¡prometo hablar de la
inteligencia artificial! Y no sólo como ellos, que sin llegar a
hablar, hablaban...
Antonio Sánchez