Fuente Hondera (Capileira)

05 agosto 2026

Sobre la duda 4/6


Querido amigo, he disfrutado mucho tu carta anterior; me ha llevado a considerar el núcleo del escepticismo, nombre que recibe históricamente la posición filosófica que presenta a la duda como motor del conocimiento, aunque la mala fama haya precedido a esta escuela de pensamiento, manifestada de numerosas formas a lo largo de nuestra historia. Pero no se trata solamente de una actitud filosófica, sino que es una actitud completamente mundana, pues nos la tropezamos en nuestras conversaciones, en nuestras lecturas o a la hora de llevar a cabo nuestras acciones. La duda emerge siempre como un grano en el terso cutis de un adolescente.

El problema de la duda o, más bien, la naturaleza (de la actitud) del dudar, se dirige a la línea de flotación de nuestro conocimiento humano: si éste puede llegar a ser objetivo, es decir, si escapa a los riesgos de la influencia subjetiva (individual o social) y puede (o hasta qué punto) puede reflejar fielmente la realidad.

Pues bien, ¿cuál es el conocimiento más objetivo, al que podemos acceder como seres humanos? La vivencia, esa “sensación íntima” que refieres en tu carta. El nombre no nos importa mucho, porque los nombres no son la cosa y, más bien, lo que consiguen es alejarnos de ella y llevarnos a lo que Rainer Maria Rilke llamaba “el mundo interpretado”, nuestro mundo habitual, marcado por nuestras representaciones de la realidad (y no la realidad).

Nos referimos (torpemente) a la sensación de que “eso es así”, porque así lo siento, así lo intuyo, así lo vivo, así lo experimento. Y puedo dudar, claro que sí, del significado o la interpretación de lo que he experimentado (o mejor decir: de lo que estoy experimentando, porque, si ya es pasado, ya ha sido pasado por mis deseos y temores, ¿me explico?). Puedo dudar del juicio que me suscita una percepción o experiencia de la realidad, de mi interacción con la realidad, pero no puedo dudar de lo que estoy sintiendo, comprendiendo de un modo sentido, porque eso soy yo aquí y ahora, y no puedo experimentarlo de otro modo, ni puedo negar que lo estoy experimentando, sea lo que sea. Incluso, aquel Descartes de la duda metódica, del que ya hemos hablado, experimentó esto mismo; solamente que luego se perdió en sus interpretaciones racionalistas de esa misma experiencia.

Entonces, ¿por qué no permanecer en esa experiencia? Quizá (y con este “quizá” solamente estoy suspendiendo el juicio sobre la experiencia, pero no la experiencia misma), quizá descansar ahí nos permita comprender mejor dicha experiencia, ver de qué está hecha y apreciar eso mismo con respecto a otras realidades que se me presenten de una manera inequívoca e inmediata, estar más preparado para recibirlas. Un estado de ánimo necesario para la búsqueda de la verdad. Mira lo que nos decía Sexto Empírico (s. II d. C.) en sus Esbozos pirrónicos, sobre el estado de la mente que practica la suspensión del juicio o epojé: “La suspensión del juicio es ese equilibrio de la mente por el que ni rechazamos ni ponemos nada. Y la ataraxia es bienestar y serenidad de espíritu”. Y ahora, apliquemos este punto de partida a las seguridades (no dudosas) que manifiestas en tu carta.

No podemos dudar de estar vivos, pero sí en qué consiste “estar vivos” o “qué es la vida”. Y esta duda nos podría llevar a vivir la vida con una mayor profundidad y riqueza de matices. Esta evidencia del vivir aquí y ahora, momento a momento, emerge con igual fuerza tanto si disfruto como si sufro, a condición de que mantenga mi conciencia presente o consciente de ello. Todo es vida, tanto si me gusta como si no me gusta, si es más larga o es más corta, según mis deseos o expectativas (individuales o inducidas socialmente); como nos decía Séneca, no es tan relevante el tiempo que vivo, sino cómo lo vivo.

¿Y qué hay de esas discusiones interminables: si el mundo es uno o es muchos, si cambia o permanece, si el corazón o la razón, si el ser o el deber ser, si el cuerpo o el alma...? ¡Qué ingenuos que somos, qué simples, qué humanos! Experimenta, vive, siente, sé consciente de lo que sientes... uno y muchos, cambio y permanencia, las razones del corazón, que si algo es, entonces debe ser, así lo acepto y, a partir de dicha integración mía con lo que hay, actúo, pienso o digo; ¿cuerpo o alma?, por favor, ¡qué pérdida de vida, de energía! En fin, ¡cómo me salva la sana duda de tanta tontería o miopía humana!

¿Podemos creer en el amor o la amistad, en el bien y la verdad y la belleza, como te (me/nos) preguntas en tu carta? El problema aquí está en la palabra (y el concepto) “creer”, en las creencias, esas construcciones humanas auto-diseñadas para sobrevivir en este mundo lo mejor posible y que tantas limitaciones (o falta de adecuación a la realidad) muestran en su seno cuando sufrimos (un sufrimiento mental, evitable). Deja de pensar, deja de hablar tanto: ¡ama, vive, experimenta, abraza tu experiencia!

Y me objetarás, escéptico: ¿pero, qué es eso de “la realidad”? Y dejo que te responda la poeta polaca Wislawa Szymborska: La realidad es realidad y ese es su mayor misterio”. Y nos digo a todos nosotros: “Si no sabes vivir, ¡vive!; si no sabes mirar, ¡mira!; si no sabes amar, ¡ama!; si quieres ser, ¡prueba a ser!; y si ya lo sabes, ¡deja de actuar como si no lo supieras!”.


Antonio Sánchez

25 julio 2026

Sobre la duda 3/6

 


Amigo Antonio, después de haber sentado unas mínimas bases sobre nuestra percepción de la duda, creo que también sería útil saber de qué no deberíamos dudar. Sé que no va a ser fácil, pero siento que es necesario y conveniente hacer este ejercicio valorativo. ¿Vamos con él?

Si estamos evaluando, desde un punto de vista cartesiano habremos de admitir que no podemos dudar de estar vivos, sea lo que sea eso, porque el simple hecho de dudar o de confirmar nuestras certezas, nos concede la naturaleza de agente activo. 

En este punto, ¿deberíamos dudar de la utilidad de la vida? Aquí ya entramos en terreno pantanoso, porque si nuestra vida es pacífica y confortable nadie dudará en encontrarle sentido. Sin embargo, ante una vida repleta de sufrimiento podemos llegar a dudar de su sentido profundo. Solamente considerando la vida como un proceso en el que nuestro yo es una ínfima parte, podemos encontrar el sentido entre el sufrimiento. Y es claramente conveniente, ya que la primera premisa nos ha convertido en agentes activos. Debemos encontrar un sentido más allá del yo para seguir adelante.

Pero hay más: incluso en la peor de las circunstancias podemos creer firmemente en algunas de las cosas que nos rodean. 

Evidentemente no cabe duda sobre la brevedad de la vida, por ejemplo, sobre los procesos naturales en general. En cuanto a los procesos psicológicos y sociales, todos tenemos un desempeño complejo por delante. Es ahí donde la duda puede inocular un «virus» de degradación personal. Y es justo ahí donde tenemos que establecer puertos seguros. 

¿Podemos creer en la unidad de todo lo que existe sin dudar? Este es un ejercicio más complejo, más del mundo de la intuición. Cuando una vida está inmersa en procesos de sufrimiento es difícil creer que todo es uno, porque eso implica que aquello que nos hace sufrir es parte sustancial de ese todo. Y sin embargo, la sensación íntima está muchas veces por encima de este posible cuestionamiento. La imagen de un todo como equilibrio de fuerzas antagónicas está muy presente en la filosofía oriental, y no por ello ha de tener  menos sentido.

¿Podemos creer en el amor o la amistad, por ejemplo, sin dudar? Por definición, no sería amor o amistad verdaderos si dudásemos de ellos, ¿verdad? Dudar del amor o de la amistad desintegra automáticamente el sentido de ambas, si bien esta relación pueda vivir altos y bajos. En esencia ambas vivencias se manifiestan desde una convicción profunda que las habilita como tales.

¿Y el sentido de hacer el bien, de ofrecer nuestra vida a causas nobles? Bueno, tendríamos que definir qué causas son nobles. Pero podemos aceptar que cualquier causa que opere contra el sufrimiento de alguien sin provocar otro modo de sufrimiento sería noble, o cualquier causa que ofrezca una evolución positiva en la vida de alguien, de nuevo sin provocar otro modo de sufrimiento, sería noble. 

En definitiva, podemos afirmar lo siguiente: no cabe dudar de que la vida es vida, de que tiene sentido vivirla, de que estamos inmersos en un todo que negocia equilibrios diversos, de que los procesos naturales básicos son irreversibles, de que podemos contar con el apoyo del amor o la amistad, entre otras cosas, de que vale la pena procurar el bien a todo cuanto nos rodea. Y evidentemente, de que es lícito dudar, porque eso nos hace ser quienes somos.

Cabe pensar que una vida concebida desde estas certidumbres pueda desarrollarse con una alta capacidad de desempeño ante cualquier condicionante.

José Luis Campos


15 julio 2026

Sobre la duda 2/6


Querido amigo, celebro contigo el que todavía sigas viéndole sentido a este compartir nuestras cartas exploratorias, en un mundo en donde parece que todo está ya dispuesto y que no controlamos nada. Sin embargo, espero que nuestras indagaciones anteriores nos puedan ayudar a aclararnos algo nuestras dudas, como tales dudas, en este caso.

Porque no seguiríamos con nuestras cartas si no se derivara de ellas algún beneficio (todavía no sabemos bien de qué clase, aunque lo intuimos, notamos su sabor...). Y esto es lo valioso de la duda, que no es cómoda, que sería mejor no dudar, pero cuando la saboreamos y le tomamos el gustillo nos salva, al menos, de caer siempre en la misma piedra; al menos, somos más conscientes cuando vemos la piedra en medio del camino.

Es decir, que no dudar tiene sus peligros, a los que tú apuntas muy bien en tu carta (y que pueden resumirse en los efectos dañinos del dogmatismo y sus diversas variantes, como la intolerancia, el integrismo o la incapacidad para mirar de otro modo la realidad y a nosotros mismos). Por su parte, dudar parece que te deja a la intemperie y sin saber a qué atenerte o qué hacer, en manos de un escepticismo que puede llegar a ser tan radical como auto-contradictorio (dado que el escepticismo, llevado hasta sus últimas consecuencias, debería dudar de su propio escepticismo); aunque, puede muy bien salvarnos (si no es tan radical) de la pesadumbre más aplastante, como tú nos has descubierto de un modo personal en la parte final de tu carta: ¿y si este mundo que estamos construyendo los seres humanos tuviera algún remedio? Porque, mientras las cosas se están fraguando (y esto es literalmente así, todo está en continuo movimiento), la realidad puede llegar a ser de otra manera... Hoy es siempre todavía, cito yo también a nuestro Poeta.

Los obstáculos para una ciudadanía madura e ilustrada, consciente de sí, capaz de pensar y actuar por sí misma, decía Immanuel Kant, eran la pereza y la cobardía, que tú señalas: «Y por eso es tan fácil para otros erigirse en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc., entonces, no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mi tan fastidiosa tarea». Y esta tarea, propia de una ciudadanía lúcida y despiert, nos exige aprender a dudar, poner en cuestión, no creernos todo de primeras, claro que sí.

Pero, ¿qué es dudar? Pues, en el fondo, aceptar que no podemos saber lo que nos vendrá después ni qué es lo que entonces consideraremos más valioso. Y esta duda de origen socrático, que tú mencionas, mira si no tiene un alcance cósmico. Una galaxia “no sabe” en qué se convertirá millones y millones de años después de su nacimiento. La luna “no sabe” a dónde le llevará su gradual separación de la tierra, parece ser que 3,8 centímetros al año. Y tú y yo no tenemos ni idea de lo que nos deparará nuestra vida dentro de unos minutos o unas horas. ¿Y qué hacer con eso? Continuar viviendo... mientras lo vivimos, como las estrellas de cualquier galaxia.

Sin embargo, sentimos ese estado mental de la duda de una manera dramática, tal como tú manifiestas en tu carta. Y es que somos hijos de la modernidad europea, gestada en plena crisis barroca, cuando los efectos de la caída de las seguridades anteriores, procedentes de la época clásica y medieval, se manifestaron plenamente: recordemos el monólogo final de Segismundo, en la calderoniana La vida es sueño. Pongamos también el caso (muy instructivo) de Descartes, padre del pensamiento moderno.

René Descartes vivió con angustia la conciencia de que, quizás, no todo era como se lo habían enseñado sus mayores. Y, efectivamente, esta es la actitud propia de un adolescente que se plantea el sentido de su mundo, dado por válido durante la infancia. Él quiso partir de cero, puso todo el saber adquirido en cuestión (la llamada “duda metódica”), para comprobar si había algo en los contenidos de su mente de lo que no pudiera dudar en absoluto. Y, así era, no había nada absolutamente seguro y firme, salvo el hecho mismo de que estaba dudando: si dudo, pienso; y mientras pienso, al menos, sé que existo como cosa pensante. A partir de esta intuición existencial, esta evidencia, comenzó a reconstruir el saber humano... pero se sintió tan satisfecho de sus descubrimientos, parecían tan firmes y definitivos, puesto que se basaban en el método correcto (el “método cartesiano”), que acabó cayendo a la postre, y por otra vía, en el dogmatismo del quería escapar al comienzo de su investigación: todo aquello que no fuera reducible a racionalidad matemática, no era fiable ni valioso. Incluso, en un momento dado, se vio obligado a recurrir a la idea de Dios, para poder escapar así de su solipsismo.

Realmente, vivir más allá del dogmatismo consolador, pero destructivo de la diferencia, la diversidad y la vida, pero también vivir más allá del escepticismo descorazonador que nos corroe como una carcoma y no nos dejar ser nosotros mismos, constituye uno de nuestros mayores retos en la actualidad, como personas y como ciudadanos. Pero mira cómo nos movemos de uno a otro extremo, como en un péndulo. Una sociedad humana que hace poco era tildada de postmoderna, ahora nos vemos obligados a considerar de ella su tendencia totalitaria, con el continuo ascenso de los autoritarismos. Del “todo vale” estamos pasando al “solo lo mío vale” que, en el fondo, ambas posturas no suponen una actitud tan diferente, por el rastro de sus destrozos sociales o individuales. Necesitamos desarrollar juntos, como personas y como ciudadanos, el sano ejercicio de la duda, del no-saber, sin caer en tales extremos, que acaban convirtiéndose en extremismos y exageraciones, a veces dramáticas. Algo de lo que ya tenemos conocimiento a lo largo de la Historia (una triste historia, tantas veces). Amigo José Luis: seguimos dialogando, por favor.


Antonio Sánchez

05 julio 2026

Sobre la duda 1/6

 


    Después de unas cuantas cartas, amigo Antonio, me parece que podemos plantearnos qué hemos ganado con todo esto, si es que algo hay que ganar: tal vez unos cuantos amigos nuevos que leen estas filípicas con cierta regularidad. Probablemente una amistad más fuerte y más estimulante entre nosotros, lo cual no está nada mal. Quizás un lugar en la historia, al menos en la historia personal de quienes leen algo en nuestras cartas que impacta de manera positiva en sus vidas. Ojalá.

Pero lo que se dice beneficio, poco vamos a rascar. Y visto que todo son conjeturas, no se me ocurre otra cosa más sensata que apelar al único beneficio que tenemos al alcance: el de la duda. (¿Apreciamos el presunto oxímoron?)

Cuando somos jóvenes, cuando estamos construyendo nuestra personalidad, buscamos referentes sólidos que constituyan un anclaje para nuestro desarrollo. Buscamos un porqué en cada cosa que se nos presenta ante nosotros. Creemos que hay una sola explicación a cada cuestión y que esa explicación nos la va a proporcionar alguien con la etiqueta de experto o sabio. Esa es la condición de la inmadurez. 

Luego descubrimos que la vida no viene con un libro de instrucciones, que nuestros referentes también tienen debilidades y contradicciones, y parece que el mundo se viene abajo. En ese momento la tentación de seguir dogmas o líderes indiscutidos es una manera de alargar la comodidad del retoño inmaduro. Es mucho más confortable, claro. No cuestionar, no seguir buscando incansable, agotadoramente. Disponer de una cosmología completa, rígida, incuestionable. Y contar con la guía de sacerdotes instituidos por un poder superior, ya sea Dios, el capital o cualquier otro demiurgo, que marquen el camino con absoluta claridad.

Algunos, sin embargo, cuando descubren la fragilidad de sus referentes infantiles, comprenden que la vida es eso: un mar de dudas sobre el que ir navegando, el compromiso de una búsqueda constante sobre un camino que solamente queda trazado cuando es hollado y del que apenas se atisba la circunstancia de una humilde expectativa: la de seguir viviendo, la de seguir caminando («Caminante, no hay camino: se hace camino al andar»). Esta es la condición de la madurez.

Llegar a la convicción de que la duda es un ejercicio beneficioso no parece estar al alcance de todos. El miedo a enfrentarse a ese camino inexplorado durante el resto de nuestras vidas puede conducir a la rendición. ¿Qué podemos hacer, Antonio, para demostrar a nuestros amigos que merece la pena hacer de la duda un pilar de nuestro devenir?

En principio parece razonable reconocer que el «Solo sé que no sé nada» es un fundamento incuestionable. Nuestro conocimiento ha avanzado de manera exponencial en los últimos siglos gracias al método científico y, sin embargo, parece que cada vez que se abre una nueva puerta, detrás de esta se esconde otro vacío, otras preguntas sin respuesta. Por tanto, no hay verdades absolutas. ¿Es eso malo?

Imaginemos que la vida tuviera ese manual de instrucciones y que todos supiéramos qué es, de dónde venimos, hacia dónde vamos, el porqué de todo. Imaginemos que no hubiera dudas, que todo tuviera una explicación y un propósito. ¿Sería mejor? No lo creo, francamente. Y este es el caso en el que podemos afirmar con rotundidad que la duda es un beneficio. De hecho, el método científico se beneficia de este cuestionamiento perpetuo.

En teoría todo queda muy bonito. Otra cosa es asumir íntimamente el axioma. Volvamos a la pregunta: ¿Puede haber alguna manera de convertir algo a priori desestabilizador (la duda) en un pilar para la vida? Bueno, yo tengo al menos un ejemplo bastante revelador, y todo arranca de una convicción personal profundamente arraigada: creo, desde hace mucho tiempo, que la humanidad no tiene remedio, y que su demolición se llevará por delante buena parte de la vida de este planeta en el que vivimos. 

Respiremos un poco. Lo sé, ha sonado muy radical. No sé si es pesimismo o realismo más o menos bien informado, pero es mi conclusión, y me duele. 

Así, puede parecer que estoy inmerso en una contradicción cuando, por ejemplo, me dedico a cruzar estar cartas contigo, Antonio, desde la premisa de una desesperanza tan profunda. El mensaje de nuestras misivas tiene una finalidad entre edificante y divulgativa. ¿Cómo casa esto con una visión catastrófica? Realmente no puede casar.

Aquí es donde la duda surte su efecto revolucionario, la duda que a mí personalmente me ha salvado: De acuerdo, estoy seguro de que esto no tiene remedio por más que nos empeñemos en ello, por más que nuestro diagnóstico sea acertado, por más que consiguiéramos que miles de millones de personas revirtieran el desastre de nuestros días. Estoy seguro de que no va a ser posible, pero ¿y si me equivoco?

Debo reconocer que la máxima de que no hay verdades absolutas es —gran paradoja— una verdad absoluta en sí o no vale. Por tanto, ya lo ves, mi convicción apocalíptica puede ser cuestionada sin ningún problema, y sin ningún trauma. Desde la humildad de aceptar que probablemente hay otras posibilidades que desconozco, que simplemente no están a mi alcance, y aunque me siga doliendo el mundo, debo reconocer que la vida todavía puede esconder claves más allá de lo evidente. 

Es solamente un ejemplo, sin embargo es poderoso, al menos tanto como el peso del absurdo que nos envuelve. Y es sanador. Nos puede hacer más resistentes, lo cual, vista la magnitud del desafío, no es desdeñable.

Por tanto, puedo afirmar que (afortunadamente) sigue teniendo sentido compartir estas reflexiones contigo. Con vosotros.

José Luis Campos



25 junio 2026

Sobre la libertad 8/8


 ¡Juguemos pues, querido amigo! Y esto no es una salida graciosa, sino algo de mucha trascendencia para nuestro futuro como sociedades, tal como tú has destacado en tu carta. Porque, entender la vida como juego no es baladí, ni en lo personal, ni lo social, ni, incluso, en sentido profundo, en el orden del ser.

El hombre nuevo, que habría de vivir desde valores que afirman la vida, que no la encorseten o repriman o la nieguen, es “un niño que juega”, según Nietzsche (disculpa mi alusión, otra vez, a este pensador, pero es que él estaba hablando de nosotros, de nuestra época y su desánimo nihilista, y cómo salir de ahí), un niño que juega, creativamente, pues vive cada momento como si fuera la primera vez. Donde cada momento sería único.

Pero también, para la tradición hindú, la manifestación cósmica no es más que el resultado del juego (līlā), en el que el Todo (Brahman) juega a perderse y a encontrarse a Sí mismo, expresándose a través de las múltiples formas en que aparece el mundo, como en el juego infantil del escondite, y que mientras juega olvida que juega, por lo que, para el niño, eso que “juega” se constituye en la Realidad.

Por lo tanto, una ética auténtica dejaría el mundo abierto, pues fijaría unos límites, solamente, en la medida en que permitan el desarrollo libre de nuestras facultades o posibilidades.

Y claro, si esto no es comprendido, esencialmente, como punto de partida, y no aprendemos a vivir desde ahí, será difícil que podamos actuar libremente y ser más creativos, a la hora de responder a los retos de nuestro tiempo y a sus negros nubarrones. Nos saldrán las respuestas de siempre, ya históricas. Y esto es lo que viene a recoger el conocido libro de Erich Fromm que tú citas, nuestras respuestas habituales a lo que nos pasa: autoritarismo, obediencia ciega, gregarismo pasivo, destrucción, auto-destrucción, tendencias “sádicas” y “masoquistas” que se complementan a la perfección... por desgracia. Pero no son libres en su sentido genuino, es decir, no son resultado de un despliegue de nuestras cualidades esenciales, como hemos ido viendo, sino que, más bien, serían reacciones compulsivas a lo que sentimos como un daño que nos lleva a sufrir.

Así que celebro el concepto revolucionario que citas, que no conocía con ese nombre (“revolución divertida”). Y, realmente, es posible. Y no porque vaya a ser posible o no su materialización en la sociedad, sino porque ya ha sucedido en infinidad de ocasiones históricas... todas esas revoluciones silenciosas (de fondo, lentas y no violentas) en las que aquello que cambia no son, en primer lugar, las estructuras socio-políticas o jurídicas, sino la manera de ver el mundo y de estar en él. Cuando esto sucede, el otro cambio, el exterior... cae por su propio peso (y no siempre ocurre al revés, de ahí la persistencia de ciertos modelos de vida tan destructivos o auto-destructivos). Todos podemos pensar en ejemplos relevantes que confirman, desde lo que nos ha pasado, esta esperanza del cambio interior que arrastraría el cambio exterior. Como decía con ironía una famosa viñeta que ha circulado mucho por Internet, todos queremos el cambio, pero ¡muy pocos quieren cambiar (ellos mismos)!

Nuestra capacidad para vivir libremente no se sustenta sobre ausencia de condiciones o limitaciones, sino que lo hace a partir de nuestra conciencia (individual y colectiva), cuando llega un punto en que comprendemos que se puede vivir de otra manera. Otra manera mejor... si es posible, lo que sea posible, según nuestro nivel de conciencia actual, y que podemos ir revisando sobre la marcha hasta incluir las nuevas realidades que nos vayan apareciendo, contando con que el mundo siempre será nuevo, cambiante y diverso.

¿Es esto una utopía? Pues claro. Una utopía es una situación social e histórica que no existe, pero que orienta nuestras acciones hacia lo mejor que seamos capaces en cada momento. Y no es lo mismo perderse por el camino (en el uso de nuestra libertad) en la buena dirección que andar desorientados, caminando a ciegas por aguas cenagosas, tenebrosas...

Pero, además, contamos ya con mucho, con una copiosa relación de casos históricos, de las andanzas por este mundo del homo sapiens (tantas veces, homo-no-sapiens), tanto las andanzas que se han mostrado preferibles y como las que han sido desastrosas. ¿Por qué nos empeñamos en caer en la misma piedra: la violencia (que no es lo mismo que la combatividad), el autoritarismo, el dominio de unos hombres sobre otros, la domesticación de nuestras capacidades, la depredación de los recursos, el descontrol de las pasiones, que decían los clásicos, etc.?

En fin y resumiendo: Spinoza (“no hay nada más útil para el hombre que el hombre”) contra Hobbes (“el hombre es un lobo para el hombre”). En fin, ¿o nosotros nos ponemos a favor de nosotros mismos o nos convertimos en nuestros peores enemigos? “Je est un autre”, nos recordaba Rimbaud; yo soy el otro tratando de entenderse y, ambos (y muchos y todos los seres humanos) tratando de ser felices, cada uno por su cuenta pero no todos juntos. Pues nada de lo humano nos es ajeno, como también nos recuerda el clásico.


Antonio Sánchez

15 junio 2026

Sobre la libertad 7/8


 

Amigo Antonio:

Me gusta mucho la idea de límites posibilitantes. ¿Es la ética uno de ellos? 

Si tuviéramos que jugar un partido de fútbol (algo tan simple como inmortal para muchos), deberíamos aceptar que el «arte» de una o un gran futbolista debe desarrollarse dentro de los límites de las reglas del juego. 

Si convenimos que la vida es un juego, además de instalarnos en la idea de un sentido lúdico —cosa que no está nada mal—, debemos aceptar que tiene unas reglas sobre las que es posible crear algo maravilloso, algo artístico. Eso solo es posible cuando se desarrolla con un gran esfuerzo y una impagable satisfacción eso que tú llamas «confianza en el organismo», de manera que el desarrollo de nuestro potencial sea un objetivo en sí mismo.

Recuerdo la intensa emoción con que leí hace muchos años el libro de Erich Fromm El miedo a la libertad. Creo que no deberíamos terminar esta serie de cartas sin mencionarlo. Muy resumidamente: la libertad, dice Fromm, no es solo un derecho, sino también una responsabilidad que puede generar miedo. La necesidad de forjar dentro de ese marco una identidad propia provoca ansiedad y sentimientos de inseguridad (a esto contribuye, sin duda, la «sociedad líquida» de Bauman). La solución no puede ser, como bien apunta Fromm, la huída hacia el autoritarismo, la obediencia ciega, el gregarismo pasivo o la destructividad.

Aquí se hace necesario recuperar el componente lúdico del que hablaba más arriba. Se ha hablado, en relación al propio Erich Fromm y otros pensadores, de un concepto apasionante: la «Revolución divertida». Esta revolución propone una transformación social y política que sea alegre, creativa y liberadora, en contraste con las revoluciones tradicionales que suelen estar marcadas por la violencia, el sufrimiento y la opresión.

Combina dicha revolución conceptos tan poderosos como: 

    • la participación activa, entusiasta y creativa de las personas, desde la alegría y la creatividad; 

    • una autorrealización y una libertad auténtica, donde las personas se sientan motivadas a cambiar sus vidas y la sociedad desde un lugar de esperanza y compromiso positivo; 

    • evitar los patrones de dominación y destrucción que han marcado muchas revoluciones históricas, proponiendo un cambio basado en la cooperación y el respeto; 

    • y, por último, el respeto de la dignidad humana y el equilibrio con la naturaleza, apuntando a una sociedad más justa y sostenible.

Si «jugamos» este partido, que sea limpiamente, ¿no?, buscando la belleza, disfrutándolo, admirando al adversario —que no es más que un compañero de juegos—. Las posibilidades de vivir/jugar en libertad son inmensas. 

Jugar desde una actitud activa, entusiasta y creativa, desde la esperanza y el compromiso positivo, evitando los patrones de dominación y destrucción del oponente y respetando la dignidad humana y el equilibrio con la naturaleza. 

El reto es profundamente estimulante. El resultado puede ser delicadamente delicioso.

Juguemos, pues.

José Luis Campos


05 junio 2026

Sobre la libertad 6/8

Querido amigo José Luis, cuántos límites, infinitos, que podríamos ir añadiendo. Claro que sí. Esto me recuerda el primer año de licenciatura de Filosofía, cuando tuve que estudiar una asignatura (creo que se llamaba Bases fisiológicas de la conducta). Después de horas de empollar la extenuante realidad microscópica del sistema nervioso y su multitud de elementos, impulsos, conexiones, sustancias, endorfinas que podían fallar en cualquier momento, dado su delicadísimo engranaje e inestable equilibrio –o al menos eso es lo que llegué a sentir... tan fuertemente–, me vino una ansiedad, mezclada de un estado tal de fragilidad nadeante, que casi pierdo el resuello y me vuelvo hipocondríaco crónico de por vida.

Y claro, con demasiada facilidad (compulsividad, diría yo), perdemos de vista el conjunto y, al poner nuestra atención en las partes de un rompecabezas, al que vamos añadiendo más y más piezas, la idea de “lo que está compuesto” nos arroja en el temor de lo que puede descomponerse en cualquier momento. Decían los clásicos que solamente lo simple puede ser inmortal, como el alma, porque el cuerpo ha de morir, que no es otra cosa que descomponerse en sus partes. Y así podemos visualizarnos: descomponiéndonos, desfalleciendo... falleciendo, vamos. Es tremendo, a lo que nos puede llevar el conocimiento parcial y acumulativo, por muy científico y cuantificado que sea, o quizás por eso mismo.

Pero el todo es más que las partes, o mejor dicho, no es reducible a las partes. Ponemos, en todo aquello que conocemos, la distancia de un telescopio y, cuando miramos al microscopio, hacemos lo mismo. Pero un telescopio nunca ve la realidad actual de un galaxia, sino su estado de hace millones y millones de años. En fin, que necesitamos otra mirada, o mejor dicho, mirar desde otro lugar, si no queremos desfallecer o morirnos en vida. ¿Y cuál es ese lugar? Ese hogar es la confianza. Confianza en el organismo, que no es lo mismo que un mecanismo, como ya hemos estudiado en otras cartas. Un todo ordenado (un kosmos, como dirían nuestros viejos griegos) que se autorregula a sí mismo, por sí mismo, y que nuestra tendencia mental egocentrada tiende a hacer saltar por los aires, a base de desconfianza; en el fondo, auto-desconfianza. Porque... el cosmos está continuamente expresándose en el microcosmos que somos (esto también lo creían a pies juntillas esos mismos griegos).

En fin, que los límites de los que hablas no son límites, limitantes o incapacitantes, sino el marco de todas nuestras posibilidades irresueltas, dado que están siempre por expresarse o desarrollarse. ¿Te deja esto más tranquilo? ¿O al menos te permite vivir mejor? ¡Mira que nos empeñamos en morir antes de tiempo! Así, se decía muy sabiamente, en la película Cadena perpetua que la cuestión (del vivir) no es otra cosa que “empeñarse en morir o empeñarse en vivir”.

Total que, si los límites, en los que tanto abundas en tu texto, extraído de tu libro Instinción Rebelión, son nuestras posibilidades, ¡cuán libres que somos! Porque los límites serán indefinidos o interminables, pero las posibilidades que, a partir de ahí se nos abren, son inagotables e infinitas, ¿no es verdad? Cuando esto lo descubrimos, lo sentimos en nuestras propias carnes, ¿quién nos va a parar? Tú mismo lo has sentido, cuando al final de tu carta agradeces, en los demás y en ti mismo, cuánto has crecido dentro de esos límites posibilitantes. Y ahora, imagina esta misma conclusión aplicada a nuestras relaciones sociales y humanas. ¡Qué extraordinaria visión!

¡Qué sabio, que era Spinoza! ¡Y qué sabio era Nietzsche, con esa intuición suya disparada! “Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello –así, seré de los que vuelven bellas las cosas”. ¿O qué me dices del heterónimo pessoano Álvaro de Campos? “Ser posible haber de ser es mayor que todos los dioses”.


Antonio Sánchez