Interesantes cuestiones me planteas, querido amigo y, a la vez, inquietantes. Como lo es todo lo que nos hace estar vivos. El ser vivo, en cierto sentido, no es más que un ser inquieto que busca la quietud y vivir lo mejor que pueda desde ahí. Tú lo expresas de un modo poético, cuando dices que buscamos “abrevaderos frescos” para apagar o mitigar nuestra sed... no sé si de conocimiento o sed de ser, nosotros mismos. Luego volveremos sobre esto.
Explícitamente, y más adelante en tu carta, quieres que tratemos sobre la libertad. Y comienzas distinguiendo entre mecanismo y organismo. ¡Excelente comienzo! En un ensayo de Karl Popper, que trabajé hace mucho tiempo, cuando terminaba mis estudios de Filosofía, él planteaba la cuestión a tu manera, señalando las diferencias entre relojes y nubes; y de este modo discutía, respectivamente, la verdad del determinismo y del indeterminismo. ¿Todo es determinable o predecible en nuestro mundo, o bien, siempre permanece un resto de indeterminación y, por lo tanto, queda margen para la libertad, la novedad, la sorpresa, lo impredecible? Si en el Universo hay hueco para la libertad, y nosotros, pobres seres inconstantes de este Universo, podemos ser algo más que el resultado de un mero juego de leyes necesarias. Pues bien, observemos los relojes y las nubes...
Las dificultades con la predicción del movimiento y los efectos de las nubes podemos comprobarlas todos los días, a la hora del tiempo (atmosférico) en la tele; Pero, los relojes, por su lado, ¿no se atrasan o se adelantan, por muy sofisticados y cuánticos que sean, si están hechos de materia degradable o entrópica, como es toda la materia? Si estimamos que hay en el mundo relojes y nubes, fenómenos de ambos tipos, como hace Popper, no creo que esto nos lleve muy lejos... Es más interesante fijarse en el hecho de que, efectivamente, hay en el mundo todavía nubes. “El infinito ataca, pero una nube salva”, decía René Char.
Volviendo a lo que directamente recoges en tu carta, lo que el organismo hace, a diferencia del mecanismo, “interactuar para sobrevivir”, yo a eso lo llamaría inteligencia. Y esto no nos aparta ni un ápice de la posibilidad de la libertad. Porque no hay inteligencia en el mecanismo (algo de esto hemos hablado en nuestra serie sobre la tecnología y en torno a la IA). Sin embargo, el organismo sobrevive creando nuevas soluciones a partir de su interacción con aquello que le rodea, dentro y fuera de sí mismo. Así pues, si detectamos en un ser vivo algún tipo de creatividad, por muy sutil y simple que ésta sea, no podríamos dejar de usar la palabra “libertad”, por muy gastada que ella esté, como tendremos ocasión de discutir más adelante, quizá, en esta serie de cartas... Si te parece, vamos a intentar dar lustre juntos a la palabra “libertad”, revitalizando su sentido en un mundo como el de hoy.
De todos modos, tú ya anuncias algo en esa dirección, cuando te preguntas: “¿por qué la multitud de caminantes bebe una libertad estancada y putrefacta?”. Pero luego, acto seguido, también te preguntas: “¿por qué compran el discurso de una libertad ilimitada y simple?”. Y lo que te puedo decir por ahora, amigo José Luis, es que para entender (más bien que para conocer) esa aparente contradicción de la vida sometida o sojuzgada que busca redención, aunque sea de una manera ciega y desbocada, habríamos de distinguir entre libertad y liberación. Estamos hablando, claro, dentro del contexto humano. O quizá no solamente... quién sabe.
Me gusta tu imagen de la orquesta. Yo la convierto en una orquesta, o un grupo, de jazz, si te parece bien. ¿Cómo tocan juntos, cómo se armonizan y, a la vez, improvisan y están creado, mientras ejecutan un ritmo o una melodía? ¿No es eso libertad, aunque no todo sea libre? Cuando están tocando, cada uno de los miembros del grupo, ¿no tiene que estar súper concentrado en el conjunto y en su parte? Pero si alguno de ellos está atrapado por sus propios temores y juicios de valor, ¿no se resentirá todo el grupo en su creación armónica? Claro, lo que estaba pasando, y por eso no sonaba bien el grupo, era que uno de los músicos no estaba centrado, no se sentía libre, estaba aprisionado dentro de sus barrotes interiores.
No hay libertad en marcar las horas, como dices, a no ser que sean marcadas con algo conciencia de lo que se hace, como es lo propio de los organismos, cada uno a su manera según sus capacidades. Así, afirma Spinoza: “Se llama libre a aquella cosa que existe en virtud de la sola necesidad de su naturaleza y es determinada por sí sola a obrar”. Cuando uno actúa de acuerdo con su naturaleza profunda y no atado por condicionamientos tanto internos como externos, entonces es libre. Dicho de otro modo: la aceptación o integración de lo necesario, te permite liberarte y, a partir de ahí, poder actuar más libremente. No sé si esto te sirve, querido amigo.
Antonio Sánchez



