Fuente Hondera (Capileira)

15 marzo 2026

Sobre la tecnología 6/8



Querido amigo, ¡que éste 2026 sea un venturoso año para todos! Y como esto va a ser muy difícil de cumplir, que cada uno se afane lo que pueda dentro de su esfera, y así pueda unirse a la esfera de otros muchos, y que esto se convierta en un orbe que abarque el mundo entero. Otra cosa no podemos hacer, dado que tantas situaciones no dependen de nosotros, aunque es cierto que otras muchas sí. Y bueno, creo que de esto va lo que intentamos hacer desde aquí con nuestra comunicación epistolar, a la vieja usanza. Al menos ayudar a crear una conciencia nueva, el primer eslabón de la cadena de un cambio a mejor en nuestro modo de vivir...

Y este tema que nos traemos entre manos, creo que es fundamental por las consecuencias para el mundo (humano y no humano) que se derivan de nuestras acciones tecnológicas. Así, hemos de recuperar el principio de responsabilidad que proponía Hans Jonas en su libro homónimo, y que reformula el conocido imperativo kantiano: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra”. Y yo lo extendería, con él, al cuidado de toda vida en general.

Comienzo comentando los matices que introduces al principio de tu carta anterior. “¿Para cuándo una revolución en ciencias sociales equivalente a la Física cuántica?”. Mi respuesta rápida: cuando las ciencias sociales y humanas dejen de mirarse en las ciencias naturales, de querer parecerse a ellas y de valorarse a sí mismas a partir de ellas; que no tienen por objeto de estudio a seres que pueden llegar a ser conscientes de sí, y cuya conducta o biología no es reducible a lo que puede ser cuantificado matemáticamente u observado a través de los órganos sensoriales externos.

Incluso, más bien (porque lo necesita el mundo y nosotros con él) habría que humanizar a la ciencia. “Humanizar la ciencia sería, por definición, hacerla amable, dulce y cordial”, dice la neurocientífica y divulgadora española Nazareth Castellanos, en el libro que estoy leyendo y disfrutando estos días: El puente donde habitan las mariposas. Biosofía de la respiración. Y también podríamos citar aquella “Soleá de la ciencia” de Enrique Morente, tan certera y expresiva: “Presumes que eres la ciencia / Yo no lo comprendo así / Como siendo tú la ciencia / No me has comprendido a mí.”

Y, sobre la equívoca generalización a la que aludes, con ocasión del predominio actual de los medios dinero y poder, no me interesa si este predominio posee un mayor o menor peso en unos lugares que en otros, sino el hecho de que cada vez más se los considera, a esos medios, como un fin en sí mismo, digno de ser perpetuado y que todo lo otro (valioso en nuestras vidas) se ponga a su servicio... algo de lo que tú también te das cuenta.

Y me ha encantado que aludas a diversas tecnologías que están generando riesgos en el mundo que tratamos de habitar humanamente. Pero haces un repaso tan rápido que me ha sabido a poco. Te voy respondiendo y, si me queda espacio, me explayaré algo más sobre alguna de esas tecnologías.

Sí, desde la pandemia al menos, tendríamos que haber tomado conciencia de lo efímero de muchos de los hábitos o costumbres (en el fondo) que damos por sentados, inconscientemente, en el vivir diario, como si los recursos que requieren fueran eternos o infinitos. Y, precisamente, las nuevas tecnologías (de todo tipo, en las comunicaciones, el transporte, la producción, en las relaciones...) parecen prestarnos esa sensación de imperturbable seguridad y precisión, cuando en realidad, tantas veces, nos hacen dependientes de su “buen funcionamiento”. Sin embargo, siempre pueden fallar y esto lo olvidamos. Recordemos el apagón eléctrico del día 28 de abril del año pasado. Pero, además de generarnos dependencia, disminuye la tecnología (por cómo la configuramos y nos relacionamos con ella) nuestras capacidades (que hay que ejercitar) para adaptarnos a las situaciones adversas y cambiantes, tan propias del mundo y de la vida.

No conozco esa manera concreta, que dices, de blanquear deuda, pero hay muchas, así como trucos financieros de todo tipo para trasladar a diversos paraísos fiscales, bien repartidos por todo el mundo, las ganancias más o menos legales u opacas y de orígenes dudosos o muy cuestionables. La minoría de ricos necesita leyes muy restrictivas para la mayoría de la población, y métodos y lugares permisivos para ellos, a donde poder trasladar sin dificultad su dinero o sus beneficios lícitos o ilícitos. Y qué duda cabe que las nuevas tecnologías digitales, llevadas a escala global, son la herramienta más poderosa que hasta ahora hemos tenido (mejor dicho, que han tenido).

No sorprenden, entonces, las estratosféricas desigualdades entre territorios y entre las personas del planeta. Una vez más, comprobamos que lo crucial en este tema de los avances tecnológicos, no es cómo se usen y para qué, sino las virtudes morales y políticas (si se han desarrollado o no y hasta qué grado) de quienes las usan, o mejor decir, de aquellos que las implementan. Así pues, por muy buena (a priori) que pueda parecer una tecnología, en el contexto del orden mundial que nos domina y manejada por aquellos que lo dominan, cuyos intereses pueden ser tan simples, primitivos y ciegos como el ganar más y más dinero y el poseer cada vez más y más poder o recursos para hacer negocio, ¿qué nos cabe esperar?

De la ciencia ya te he hablado... y de la creatividad, no nos engañemos: cuando sea difícil distinguir entre lo que ha creado un ser humano y una máquina (o así lo parezca), ¿quién va a tener la paciencia de esperar a que su creatividad se manifieste, si tendrá que ganarse el pan al ritmo en que produce una máquina?

Y no te engañes, quién eres no ha cambiado en ti, lo que ha cambiado, en esos nueve o diez años, es cómo eres y el tipo de vida que llevas, y en todo caso, algunas de tus capacidades que aparentemente habrán variado, no porque hayan evolucionado, sino porque las usas (las usamos) menos, por las prisas o la comodidad, y se estarían (se nos estarían) atrofiando; recuerda la tesis del homo videns, que te refería en la carta anterior.

Sabiendo algo de lo que nos cabe esperar, y que quizás no sea muy halagüeño, ¿qué podemos hacer, querido amigo? Pues lo que estamos haciendo. Para empezar, ser lo más conscientes posible de lo que pasa, de lo que nos está pasando. Y, como solían decir, al acabar su espectáculo, Tip y Coll (“¡El próximo día, hablaremos del gobierno!”), en mi próxima carta, ¡prometo hablar de la inteligencia artificial! Y no sólo como ellos, que sin llegar a hablar, hablaban...


Antonio Sánchez

05 marzo 2026

Sobre la tecnología 5/8

 


Querido amigo Antonio

Comienzo con tu referencia final a las ciencias sociales, porque coincido plenamente en tu diagnosis. La psicología y la sociología, especialmente, han vendido su conocimiento de manera ilegítima al mercado de la publicidad y del poder. Eso es evidente. Además, son ciencias torpes y caducas. ¿Para cuándo una revolución en ciencias sociales equivalente a la Física cuántica?

En otro orden de cosas, cuando hablas de la invasión del mundo de la vida por parte de los medios (dinero y poder, básicamente), citando a  Jürgen Habermas, creo que se establece una generalización que puede resultar equívoca. Me explico. Hay una diferencia esencial entre el mundo anglosajón y Europa (continental) en cuanto a tolerancia a las intromisiones del dinero y el poder en nuestras vidas. El mundo anglosajón tolera con cierta aquiescencia las intromisiones en su intimidad por parte de empresas, pero es radicalmente intolerante a las intromisiones por parte del Estado. En cambio, en Europa toleramos más las intromisiones del estado y recelamos de las que perpetran las empresas. Aunque eso está cambiando conforme se extiende la uniformización que promueve el propio mercado.

Dicho lo cual, estoy de acuerdo en que pasemos a los casos concretos. Y comienzo por uno que nos confirma la condición de efímero de todo aquello que hoy creemos inalterable, por ejemplo, la red de Internet como canal de conexión internacional. Ya sabemos que hay países que establecen cortafuegos para filtrar todo el aluvión de publicaciones que se vuelcan en dicha red. Es el caso de China. Pero las cosas no van a quedarse aquí. Ya es conocido que Rusia está preparándose para una desconexión total, en caso de necesidad. Y esa necesidad puede venir forzada por el hecho de que un enemigo de guerra utilice tu propia infraestructura de internet para asestar durísimos golpes estratégicos. 

Otro ejemplo: las stablecoins. Es algo que ya está aquí. Se acaba el monopolio bancario y se socava la predominancia de la moneda oficial. Cualquier gran empresa podrá crear su propia moneda, eso sí, referenciada a una equivalencia estable con otra moneda oficial (que va a ser casi siempre el dólar). De paso, deberán comprar deuda pública en cantidad equivalente a la moneda emitida. ¿Hay una manera más eficiente de blanquear deuda? Es una jugada maestra.

Y en cuanto a las empresas que desarrollan inteligencia artificial, la necesidad de recursos económicos es ilimitada, por eso invierten entre ellas creando una situación de potencial estafa piramidal que puede reventar en cualquier momento. ¿Y qué decir de la insostenible necesidad de energía? Todo esto está empujando a recuperar empresas e instalaciones de generación altamente contaminantes, porque es lo único que hay disponible para cubrir ese crecimiento exponencial.

En ámbitos más cotidianos, la realidad es que vamos a entrar en una era de gran inseguridad en todo lo referente a nuestros datos. La potencia de la IA y la futura computación cuántica serán un ariete poderoso para vencer cualquier sistema de seguridad de los sistemas informáticos. Vaya perspectiva, sobre todo para ciudadanos sin conocimientos avanzados de todas esas nuevas tecnologías. Y ante la perspectiva de que incluso puedan llegar a obligarnos a que todos nuestros datos de identificación oficial estén disponibles en una App. No sé, no sé.

Verás, tengo un amigo periodista que dice que él no utiliza smartphone, sino estupidphone (ahora los llaman dumbphones). No sé si tendremos que llegar a eso. Lo que sí sé es que toda esta tecnología tiene propietarios y quieren apropiarse además de nuestras vidas. 

La cuestión es que las tecnologías también tienen una dimensión positiva. La ciencia, por ejemplo, está avanzando como nunca gracias a la IA en ámbitos muy prometedores. Y en lo particular, por decir algo, tenemos unas herramientas fabulosas para sentirnos conectados con aquellos seres queridos que están lejos, o podemos satisfacer instantáneamente nuestra curiosidad casi de manera ilimitada. En cuanto a la faceta creativa, las posibilidades son increíbles. Imagen, vídeo, diseño… La contrapartida es que a partir de ahora nadie va a poder demostrar que es autor único de su obra, y que no ha intervenido en el proceso la IA.

En fin, ¿qué hacer ante todo esto? ¿Qué debo hacer como ciudadano, como padre, como hijo, como amigo, como amante, como vecino, como profesor, como alumno o como alma errante? ¿Quién quiero ser? ¿Hasta dónde quiero elevar mi potencial o consentir mi dependencia? En mi caso, reconozco la necesidad de reducir el ruido, la prisa, la dependencia de la tecnología, las necesidades, la prepotencia, el egoísmo, etc, etc. Ya comencé a desprenderme de algunas de esas lacras, pero el camino es largo y los errores frecuentes. Creo que si hoy me pregunto eso que tú sugieres en tus charlas: ¿quién soy yo?, ya no podría contestar lo mismo que hace nueve o diez años. 

Tal vez tengamos que ir más lejos y preguntarnos también, ante todo este mundo desconocido y desafiante, ¿qué podemos, qué debemos hacer?

José Luis Campos



25 febrero 2026

Sobre la tecnología 4/8


Querido amigo José Luis,

copio esta pregunta que has dejado escrita en tu anterior carta (¿quién va a dudar de la veracidad de un buen plato de fabada asturiana en lata?), que tiene mucha más enjundia de lo que parece, y la tomo como síntoma de un aspecto relevante de nuestra relación habitual con la tecnología de nuestro tiempo. ¿Quién va a cuestionar que sea un buen plato de fabada, si viene enlatada, hermética, sin contaminar ni adulterar, producto de un estricto proceso de fabricación, controlado sistemáticamente a partir de garantías racionales de la máxima eficacia?

Y sin embargo, nos puede sentar mal, y sin embargo, puede aparecer contaminada, y sin embargo, puede ser poco saludable, y sin embargo, sus nutrientes pueden estar sobrepasados por los conservantes, estabilizantes, colorantes y aromatizantes, los aditivos que la industria y la distribución necesitan añadir para que el producto aguante en las estanterías durante meses, y esto permita comercializarlo y planificar de una manera rentable (lo máximo que se pueda) la inversión económica. Y lo más preocupante, por lo esencial que se esconde debajo: que pensemos que un plato de fabada que preparas en tu casa no es tan buen plato de fabada; y, poco a poco, vayamos prefiriendo, por comodidad o falta de tiempo (decimos), comprar la fabada enlatada que está dispuesta en la estantería del supermercado.

A esto se refiere el filósofo alemán Jürgen Habermas, cuando analiza, en multitud de contextos, el fenómeno contemporáneo de la invasión del mundo de la vida por parte de los medios (dinero y poder, básicamente). Penetran en la vida natural y social, gestada la primera durante milenios y milenios, y la segunda durante generaciones y generaciones, y la ponen a su servicio, adulterándola o deformándola. La tecnociencia serviría aquí de vehículo para dicha invasión, otorgando a tales métodos industriales, de origen capitalista, el marchamo de prestigio que necesita para expandirse de manera infinita, ciega y sin oposición. ¡La tecnociencia puesta al servicio del capitalismo a toda máquina! ¡Ya ves todo (o algo de) lo que puede esconderse en una simple lata de fabada, fabricada y conservada a través de métodos industriales!

Continúo hablando en esta carta de casos particulares, y esto te lo propongo para las próximas cartas de esta serie sobre la tecnología (que hagamos aterrizar los principios, que ya hemos expuesto entre los dos, en el terreno de lo concreto y de la vida cotidiana). Por ejemplo, estamos experimentando, en nuestras propias carnes, los efectos que las nuevas tecnologías tienen en el desarrollo de nuestras capacidades. Y esto no es un asunto menor, como señalas en tu carta, el que una tecnología nos haga menos capaces, autosuficientes y autónomos, y no digamos, si hablamos específicamente de nuestros jóvenes.

Giovanni Sartori, ya hace varias décadas, nos advirtió de algo que comenzaba a mostrar sus efectos: la especie homo-sapìens estaba girando hacia una especie de homo-videns. Su tesis, muy sencilla, la podemos contrastar por nosotros mismos: el exceso de imágenes en nuestro mundo (y su veneración) atrofia nuestra capacidad de imaginar (genuinamente humana) y, sin ella, disminuye nuestra capacidad de pensar, que no es otra cosa que la capacidad de enlazar imágenes mentales para formar conceptos; si ya lo estás viendo delante de tus ojos y tus oídos, ¿para qué imaginar... para qué pensar? Esto, referido a niños y niñas y adolescentes, es una calamidad. Y encima, va la escuela, con sus buenas intenciones, y les sirve a la mesa más de lo mismo, ¡No sé de qué nos extrañamos, cuando decimos que ya no pensamos y necesitamos tenerlo todo delante de las narices para poder entender algo y reconocerlo, sus posibilidades y sus límites!

Y ahora, extiende esta tesis hacia el abuso de calculadoras, tablets, smarphones, redes sociales o del chat GPT, medios tecnológicos mucho más potentes. Por cierto, prometo hablar de esto último y de la mal llamada “inteligencia artificial”, muy seriamente, en mi próxima carta.

Para acabar mi respuesta, dos puntualizaciones. En primer lugar, “centrar nuestra atención hacia nuestro interior” no es lo mismo que centrar nuestra atención en nosotros mismos; nuestro interior profundo, compartido con todo otro ser humano, no es lo mismo que nuestro egocentrismo construido y superficial. Y era a esto lo que se refería, creo, Daniel Goleman.

En segundo lugar, los principios o fines que debemos acordar entre todos nosotros, como seres humanos, no pueden provenir de las ciencias sociales; éstas pueden ayudar, pero no siempre, ya que, en numerosas ocasiones, sus conclusiones están plagadas de sesgos cientificistas y tecno-excluyentes que alejan de nosotros las posibilidades de decidir por nosotros mismos, volviéndonos no aptos, pues se habrían convertido los asuntos que nos atañen en una cuestión de expertos. Sin embargo, los expertos sólo saben de medios y no de los fines que orientan una vida digna, buena y verdadera. Esta es nuestra tarea (de todos nosotros) inaplazable, inalienable e intransferible, si queremos vivir en un mundo más humano y más natural y más sostenible. Un ejemplo sencillo: los expertos (médicos, psicólogos, juristas...) pueden informar a una mujer de los múltiples aspectos del embarazo, el parto o el aborto, pero la decisión de abortar o no abortar es siempre una decisión personal, de índole moral y no técnica.

Además, y ya acabo, los descubrimientos de estas ciencias sociales (incluida la psicología), a menudo, son puestos también al servicio de los medios dinero y poder y del capitalismo salvaje, que penetra así, como te decía, en el mundo de la vida, le da la vuelta, lo deforma, pervierte y lo pone a su servicio, hasta el extremo de perseguir fines espurios y peligrosos para la propia vida. ¿O no lo estamos sufriendo ahora mismo, en diversos contextos?


Antonio Sánchez

15 febrero 2026

Sobre la tecnología 3/8


       Amigo Antonio:
Creo firmemente que el problema en origen es no haber establecido como sociedad una escala de prioridades de dimensión humana o humanista. Si los fines se establecen bajo un acuerdo amplio, quedan perfectamente definidos y son de conocimiento público, no pueden ser subvertidos por una innovación o una involución. 
Además, para establecer los fines deberíamos rescatar todo el conocimiento disponible desde la psicología social o la sociología. Porque hay mecanismos en nuestra naturaleza, que se han desarrollado desde la infancia de la humanidad, que establecen ciertas garantías para la vida social e individual.
¿Sería, en tal caso, conveniente el desarrollo de una tecnología que alienara mecanismos sociales tan esenciales como la empatía o la compasión? Parece razonable que, entre las prioridades sociales, el objetivo de preservar el buen funcionamiento de esos mecanismos debería estar por encima de cualquier otro. Lo cierto es que no es así.
Dice Daniel Goleman en su estimulante libro Inteligencia social que «Cuando la atención se centra en nosotros mismos, nuestro mundo se contrae, al tiempo que nuestros problemas y preocupaciones adquieren dimensiones amenazadoras. Cuando, por el contrario, centramos la atención en los demás, nuestro mundo se expande. En este último caso, nuestros problemas se dirigen hacia la periferia de nuestra mente y parecen empequeñecer, con el consiguiente aumento de la capacidad de establecer contacto con los demás, es decir, de actuar compasivamente.»
¿Qué tecnologías centran nuestra atención hacia nuestro interior y qué otras centran nuestra atención hacia los demás? Quizá este sea una pregunta válida para esa «evaluación social de tecnologías».
Por otra parte, la implantación de una tecnología suele significar un cierto grado de atrofia en alguna de nuestras capacidades. Por poner un ejemplo: desde que utilizamos calculadoras hemos perdido capacidad o agilidad para hacer mentalmente esas operaciones básicas. ¿Es realmente un objetivo plausible perder capacidades? ¿Somos conscientes de esa pérdida? 
Hemos perdido capacidad de cálculo, de memoria, de discurso, de escucha, de orientación, etc. Incluso yo diría que hemos perdido la capacidad de dudar, dado que toda la información que nos llega tiene ese aspecto de paquete recién envasado y listo para consumir, como la comida precocinada. ¿Quién va a dudar de la veracidad de un buen plato de fabada asturiana en lata?
Dices que todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad (CTS), pero yo creo que hay un elemento nuevo que interviene en esta ecuación y que distorsiona su resultado: el marketing. Y esa es una de las mayores diferencias entre las técnicas tradicionales que identificaba Ortega y las actuales.
Tenemos que comenzar esa evaluación cuanto antes, desnudar las tecnologías de artificios publicitarios y establecer las prioridades, para crear un orden nuevo en el que conciliemos el desarrollo con las prioridades esenciales del ser humano. Podemos hacerlo individualmente, no cabe duda. Pero de nada servirá si no se afronta como sociedad. Y hay que repetirlo tantas veces como sea necesario: en estos momentos las prioridades están muy lejos de defender la esencia del ser humano.

José Luis Campos

05 febrero 2026

Sobre la tecnología 2/8

 

Amigo José Luis,

qué bien que nos sigamos cuestionando el mundo que nos ha tocado vivir. ¿Qué otra cosa podemos hacer como ciudadanos, sino tomar conciencia juntos y que esto contribuya a vivir de otra manera, mejor, si es posible? No sé si te das cuenta, pero te estás convirtiendo en un filosofo de los buenos, de los que piensan por sí mismos y no esos que usan sus “filosofías” para justificar con lo que dicen algún interés particular. En este sentido, necesitamos ciudadanos-filósofos, lúcidos, y no solamente clientes, consumidores, votantes u hombres-masa. Y somos ya esos ciudadanos, pero hay que practicarlo para desarrollarlo.

Así que, en esta ocasión, en esta carta, únicamente me limitaré a ponerle nombre a algunos de tus comentarios, desde el ámbito de la filosofía de la tecnología, una reflexión filosófica que tanta falta nos hace. Somos conscientemente inconscientes de cómo las tecnologías moldean nuestro mundo y lo importante que sería relacionarnos adecuadamente con ellas. Hay un triángulo mágico que no puede descuidarse, para comprender qué nos pasa con la tecnología y qué podemos hacer con ella: todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad. Y esto lo intuimos: la tecnología no sería la misma sin el modo moderno de la ciencia que la sustenta, ni viceversa, y ellas no serían como son sin la sociedad de la que emergen en la forma de intereses, que luego mutan en objetivos rentables o estratégicos a perseguir. Y te traigo una pequeña muestra de esta preocupación social por la tecnología: en los dos últimos cafés filosóficos que he dirigido ha sido esta temática de la tecnología la elegida por los participantes, y no han sido las únicas ocasiones.

En la propia naturaleza de la tecnología, que no es lo mismo que la técnica, las técnicas tradicionales (como distinguía muy bien Ortega y Gasset en su conocido ensayo Meditación de la técnica), está su capacidad de impactar y transformar el mundo en el que nace. Un sencillo ejemplo, ya clásico: el ferrocarril para ser viable necesita vías por las que discurrir, pero éstas modifican el entono natural, peinando las excavadoras el paisaje con rayas artificiales.

Y sí, como dices, la utopía ilustrada del progreso social y moral mediante una constante innovación tecnológica, lo que se llama muchas veces desarrollo científico-tecnológico, fácilmente puede transmutarse en distopía, generando tantos problemas (sociales, medioambientales, a nosotros y a las generaciones futuras) como sufrimos en la actualidad. Es verdad que nuestra sociedad no sería la misma sin la tecnología... pero miremos con atención: para bien y para mal.

No se trata de ser catastrofistas, ni tampoco tecnófobos, pero tampoco lo contrario: ingenuos tecnofanáticos. Es necesaria una cuidadosa evaluación de esas tecnologías antes, durante y después de su desarrollo. Esto dijeron los participantes en uno de esos cafés filosóficos que antes te decía... Una evaluación social de tecnologías, y no solamente, economicista o pragmática, cortoplacista e interesada. ¿Quién debe decidir? Acudiendo al sentido común, a la máxima sensatez de que seamos capaces, las personas o colectivos afectados (tanto a escala local como planetaria, según el caso), que van a padecer las consecuencias, los peligros o riesgos de la implantación de una nueva tecnología (sin lo que parecen no poder subsistir nuestras sociedades, que basan su desarrollo económico en la innovación constante, como decíamos, que tantas veces permanece ciega respecto a sí misma y sus efectos, adónde nos lleva y qué mundo queremos construir.

Una imagen muy conocida del filósofo de la tecnología Langdon Winner describe perfectamente nuestra dinámica habitual con la tecnología, consecuencia también de su ritmo vertiginoso: dejar que una apisonadora te aplaste y luego incorporarte para medir sus huellas o efectos sobre ti. Suena gracioso, y absurdo, o más bien trágico, pero es lo que sucede con cada proceso de I+D+I (investigación, desarrollo e innovación tecnológica). Basta mirar, de nuevo, con atención.

Y ya para acabar esta carta, otra imagen iluminadora, con pregunta explícita: ¿se parecerán estos procesos a una locomotora que baja por una pendiente a toda velocidad, sin frenos y sin conductor? Pues a ver qué podemos hacer con todo esto, querido amigo. ¿O no podemos hacer nada, lo que podría describirse como una suerte de determinismo tecnológico? ¿Es inevitable, como planteabas, que los medios se conviertan en fines, es decir, que los medios tecnológicos impongan sus propios fines y nos pongan a nosotros, los seres humanos (y al planeta entero) a su servicio? En este sentido, ¿te parece acertado ese tópico popular (incluidos muchos expertos) que dice que la tecnología es siempre neutra, y que es su uso lo que la convierte en buena o mala?


Antonio Sánchez

25 enero 2026

Sobre la tecnología 1/8

 


Amigo Antonio:

Hay algo que me preocupa especialmente en estos tiempos y que creo que sobrevuela cualquier tema que hayamos tratado o tratemos en el futuro en esta relación epistolar nuestra: es el impacto de la tecnología en la sociedad.

Desde lo más simple, el palo o la piedra, hasta la inteligencia artificial, cada herramienta tiene un objetivo práctico primigenio, pero genera con el uso otros objetivos que nunca fueron la razón de su creación. La piedra se fue convirtiendo en hacha para desarrollar una enorme ventaja evolutiva en la caza y, sin embargo, también se convirtió en un instrumento de guerra y muerte entre semejantes. Así ha sido con muchas otras de estas herramientas que hemos ido creando.

Tal vez el único sistema de control que ha creado el ser humano frente a ese peligro ha sido una combinación de moral, instituciones comunes, corpus legislativo y monopolio policial de la violencia. De esto creo que habla extensamente Foucault.

El problema es que la evolución de la tecnología es tan rápida que deja atrás a cualquier sistema de control que antaño fuera útil. Ese es uno de los problemas al que nos enfrentamos.

El otro es que la concentración de poder propia del sistema capitalista está propiciando que tecnologías como la IA o la computación cuántica estén en manos privadas y estén forzando a una amplia desrregulación que va justamente en contra de la única herramienta de control que tenemos frente al uso improcedente de la tecnología.

Por otro lado, el relato imperante defiende la bondad inequívoca de la evolución ilimitada del poder de la tecnología y justifica como conveniente, por supuesta eficiencia, que esa evolución esté en manos de media docena de compañías o de personas concretas. Las promesas de un futuro sin necesidades, sin enfermedades, sin problemas de ningún tipo son un bálsamo alienador que consigue adeptos a precio de saldo.

Es evidente que la posesión de estas tecnologías no garantizará en el futuro el control adecuado de las mismas. Son demasiado potentes y están alcanzando la propia independencia. Y aun si no fuera así, el hecho de que estén en manos de personas cuyo única virtud es la capacidad de hacer negocio, nos dejan al pie de los caballos.

Cabe pues plantearse si estamos transfiriendo todas nuestras capacidades como sociedad a manos de un mecanismo sin control cuyos objetivos no tienen por qué coincidir con los nuestros. En el mejor de los casos, las sociedades humanas estarían transitando hacia sistemas autoritarios de un poder desconocido por la historia. En el peor, cabría plantearse si el ser humano creó la herramienta, ¿es ahora la herramienta la que puede llegar a destruir al ser humano?

Pero ¿crees que aún es posible establecer unos protocolos que nos permitan tener el control de la situación? Me gustaría saber qué piensas de todo esto, amigo. Nos jugamos lo mejor de la civilización e, incluso, la supervivencia del planeta.


José Luis Campos


15 enero 2026

Sobre la educación 6/6


Querido amigo,

creo que es obvio cuánto estamos malogrando en nuestras comunidades (más pequeñas o más amplias) por no hacer las cosas bien. ¡Cuánta falta hace desarrollar una visión crítica (que ya sabemos que, primero, ha de ser autocrítica) de lo que nos pasa, de lo que no está pasando! Nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, es lo que estamos haciendo aquí, con este nuestro intercambio epistolar. Pero, ese “hacer las cosas bien”, que en educación es vital, tiene una sombra: ¿en qué consiste?, ¿cuáles serían sus contenidos? Y aquí vale aquello que ya decíamos, en cartas anteriores (sobre la democracia): lo que debemos hacer tendríamos que vislumbrarlo entre todos, todos nosotros. De ahí que sea tan importante tener muy claros los principios básicos, los valores que consideramos esenciales, que nos parecen auténticas guías de nuestra acción colectiva, de todos y de cada uno de nosotros. Así que celebro contigo esos objetivos básicos que tú propones, y a los que podríamos añadir otros más, juntos, todos nosotros. Y esto sería dialogar. Yo, por mi parte, pongo por delante ese aprendizaje del cuidado del que hablas, en todas sus vertientes (el cuidado de sí o el autoconocimiento, el cuidado de los otros, en su singularidad y en su hermandad, y el cuidado del mundo, su preservación para las generaciones futuras, una mirada más allá de lo inmediato, lo que interesa solamente aquí y ahora).

Y claro que esos contenidos más concretos que recoges mejorarían, seguramente, nuestro mundo (¡imagina, por ejemplo, desarrollar la creatividad en el aula en lugar del aprendizaje imitativo y repetitivo, imagina desarrollar el pensamiento propio, el criterio propio, en lugar del estropicio del todo vale o da lo mismo, y sólo perseguir, al modo sofista, que mi verdad se convierta en tu verdad y pueda manejarte así al antojo de mis deseos, imagina, por ejemplo...!). Pero, como siempre, lo decisivo sería la puesta en práctica de esos contenidos, ¿cómo llevarlos a cabo, y quién y desde dónde los llevaría a cabo? (Algo de lo que ya hemos hablado).

Puedo decirte, por mi experiencia como docente, que de nada sirven los buenos propósitos de los preámbulos de las sucesivas leyes educativas y las propuestas didácticas innovadoras, primero, si el educador no ha cambiado, si él mismo no ha desarrollado sus capacidades educadoras (la verdadera formación del profesorado no consiste en la realización de cursos meramente formales, vacíos o espurios) y si el contexto de la educación establecida continúa asfixiado por currículos inabordables por su extensión o especialización, o bien, por la toxicidad de los requerimientos burocráticos que les caen encima a los docentes, como una plaga, desde una Administración que ni colabora ni comprende desde el corazón, y ni siquiera administra con cabeza, sino siguiendo las exigencias internas del propio aparato burocrático, que tiende a su propia autorreproducción. ¡Esto sí que necesita un buen cambio y una buena desinfección! Así que dejemos tranquilita a la Pedagogía oficial, que ha necesitado abrirse paso y hacerse su nicho en la educación de nuestros niños y adolescentes, pues será mejor para el tono tranquilo de estas cartas... querido amigo.


Antonio Sánchez