Fuente Hondera (Capileira)

25 mayo 2026

Sobre la libertad 5/8

 



Amigo mío,

Si, como dices, «el individuo orgánico evalúa, cada uno según su biología o constitución, desde de lo más instintivo o pre-programado a lo más consciente, lo que es importante de su medio, para perseguirlo o para evitarlo», deberemos reconocer que estas elecciones se realizan entre unos límites muy estrictos que las condicionan absolutamente.

Hace unos años —pocos— escribí un texto bastante inspirado sobre los límites y creo que vale la pena traerlo aquí para comprender en qué escenario se mueve la libertad:

«Breve como intensa, dulce como lacerante, en algún momento de cuya memoria quisiera tener conciencia llegó a mis oídos una canción que decía así: “Mi vida limita al norte con la muerte, al sur con mi madre herida, a la derecha mi amo contabilizando el aire, y a la izquierda tu sonrisa, amiga de amar, amante”. No supe hasta mucho después que el autor de esta glosa era León Felipe, porque, en realidad, yo lo escuchaba en las voces de un maravilloso grupo coral que algunos tal vez recordaréis: Aguaviva. 

»No deja de ser curioso que venga a mi memoria esta canción en días como estos, con temperaturas de un calor extremo tanto de día como de noche, con incendios forestales de consecuencias catastróficas, con regiones polares acelerando el ritmo de un deshielo definitivo. 

»Los límites se van estrechando. Sabíamos que nuestra madre solo era fértil en determinadas condiciones, que esas condiciones eran delicadamente frágiles y constreñidas. Vivimos, por ejemplo, en el interior una fina capa de siete a diecisiete kilómetros, según se mida en los polos o en el ecuador. Todo sucede entre los cinco mil metros de altitud y los dos mil metros de profundidad. Fuera de ella no hay vida, no es posible la vida. 

»Por no hablar de frío y de calor. Por debajo de -18ºC y por encima de 50ºC, las condiciones para la vida son casi insalvables. Más allá de estos límites solo se puede encontrar vida en estado latente, en márgenes definidos entre -200ºC y 80ºC/110ºC. Pero es testimonial.

»También podríamos anotar los límites del aire. Ya sabéis: nitrógeno, al 78%, oxígeno, al 21%, gases nobles, al 1% (argón, neón, criptón y helio), dióxido de carbono, al 0,04% y vapor de agua, más o menos al 0,97%. Cualquier alteración de esta composición significa un riesgo para la vida. El aumento de partículas de polvo, por ejemplo, cambia la carga eléctrica de los iones produciendo un deterioro importante en la salud. Además, no hemos dejado de inyectar nuevas sustancias a su composición en las últimas centurias y lo peor es que algunas de esas sustancias que contiene ahora el aire son altamente reactivas, son más propensas a interactuar con otras para formar nuevas sustancias. Cuando algunas de estas sustancias reaccionan con otras, pueden formar contaminantes muy peligrosos.

»Es en ese mismo aire en el que necesitamos respirar entre las 44 veces por minuto de un bebé y las 8 a 16 de un adulto, todo ello en estado de reposo. No parece aconsejable intentar batir el récord de apnea, aunque el aire no sea de la mejor calidad.

    »Con la comida tenemos más margen. Podemos dejar de comer hasta 45 o 60 días, pero los resultados serán funestos. Si queremos que todo vaya bien, mejor comer entre tres y cinco veces al día.

»Necesitamos en definitiva tierra firme, fuentes de agua potable, suelo orgánico, lluvia en su cantidad justa, vegetación y fauna, etc. Y necesitamos que todo ello se relacione de una determinada manera en que la convivencia entre todos los factores favorezca la fertilidad y la reproducción de millones de formas de vida que conocemos y, sobre todo, que no conocemos. Todas ellas forman parte del engranaje.

»Si abusamos del sedentarismo nuestro cuerpo abandona sus condiciones óptimas. Si abusamos del esfuerzo físico, se colapsa. Si vivimos en soledad, nuestra mente sufre. Si nos sumergimos en un gregarismo extremo, nos asfixiamos psíquicamente. 

»Si nuestros emolumentos están por encima del sueldo mínimo interprofesional podremos sobrevivir modestamente. Por debajo de este, seremos más o menos pobres —en esto también hay grados—. Si estamos muy por encima, seremos económicamente ricos, pero nuestra tasa de necesidades a cubrir experimentará un alza incontrolable.

»Es de locos. ¿Cómo ha sido posible que prospere la vida en estas condiciones Y, sobre todo, ¿cómo es posible que algunos iluminados piensen que pueden controlar este mecanismo? Los límites son muy marcados y, sin embargo, el engranaje es de una complejidad inimaginable.» 

(Instinción Rebelión, 2022)

Nunca podré dar las gracias a todos aquellos seres maravillosos que me han ayudado a vislumbrar lo extraordinario, dentro de esos límites. Sería justo que lo supieran. Que supieran qué importante fue su libro, su composición, su pintura, su inspiración para alguien como yo, o como tú. Porque la soledad en la estrechez de estos límites puede llegar a ser extenuante, y más la soledad de quienes andan siempre en esa estrecha vereda que ensancha la sensación de finitud. 

Caminante, no hay camino, sino estelas infinitas en un mar imaginario... ¿Tal vez es eso la libertad?

José Luis Campos


15 mayo 2026

Sobre la libertad 4/8


Querido amigo, tu carta me ha hecho sentir que estamos llegando al núcleo del problema de la libertad. Poco a poco conseguiremos, eso espero, aclarar y aclararnos, de cara a cualquier inteligencia que se precie de tal (me ha hecho gracia eso de que una IA pueda leernos). Y no es sobre el tema de los límites de la IA de lo que hablamos, pero, como estamos hablando de lo propio de una inteligencia natural (me encanta la expresión), creo que una inteligencia artificial ni se va a enterar (o eso esperamos).

En efecto, has nombrado, directa o indirectamente, dos ingredientes fundamentales de la libertad... humana. Uno sería la conciencia o capacidad de ser conscientes, y el otro ingrediente la búsqueda de la felicidad, de la que hablas afortunadamente en tu carta (o también la risa que, efectivamente, podemos dejar para otro momento).

Quizá no me expliqué bien. Esa condición de lo inteligente, que necesita interactuar con su entorno para poder sobrevivir, no se cumple mecánicamente, como los relojes de los que hablábamos en la carta anterior, y que simplemente funcionan o no funcionan (si sus piezas no interactúan convenientemente se avería, pero no tiene la capacidad de auto-crearse sobre la marcha), sino que el individuo orgánico evalúa, cada uno según su biología o constitución, desde de lo más instintivo o pre-programado a lo más consciente, lo que es importante de su medio para perseguirlo o para evitarlo.

Así que tranquilo... una (mal-llamada) “inteligencia” artificial no se convertirá en orgánica cuando “sienta” la necesidad de protegerse de amenazas exteriores. Puede que algún día sea posible que una máquina “se defienda”, pero no lo va a sentir ni lo va decidir de una manera consciente, ni siquiera instintivamente. Puede que lo haga, pero como resultado de una función o un conjunto de funciones, que es algo muy distinto. Esto no significa que no pueda llegar a ser más eficaz (en algún sentido) que una inteligencia natural, pero, simplemente, sería otra cosa: hay un salto entre lo natural y lo artificial (según Aristóteles, lo natural es un principio (physis) que constituye el propio ser, se halla en sí mismo, por sí mismo y no por otro, el artífice).

La inteligencia es un atributo del ser natural (que es según physis), que le permite ser capaz de ordenarse y reordenarse a sí mismo continuamente, si nada se lo impide. Volviendo a Spinoza, tan incisivo como siempre, nos dice de nuevo en su Ética: “todo ser se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo”.

Planteas muy bien la cuestión de la libertad ligándola a la felicidad, porque una auténtica felicidad solamente puede venir de una auténtica libertad. Pero no hay libertad sin liberación de nuestros condicionamientos internos (deseos y temores, huidas y compensaciones, compulsiones y resistencias, consecuencia de heridas o vacíos, impregnados éstos de ideas limitadas o erróneas que nos llevan a sufrir), no solamente condicionamientos externos, que es lo que suele entenderse por libertad. Si esta liberación interior no está presente, o no ha sido trabajada suficientemente, no es de extrañar que acabemos convirtiéndonos en sujetos hedonistas que, si se descuidan, acabarán siendo esclavos de sus propias compulsiones, muchas veces creadas desde fuera, como bien alude la cita de Anabel Palomares, que traes en tu carta.

Así que, de ninguna manera, en mi opinión, el bienestar de tipo hedónico que mencionas podrá conducir a un bienestar superior de tipo eudaimónico (de nuevo Aristóteles), pues está claro que no nos libera, sino todo lo contrario. Precisamente el proceso de autoconocimiento que conlleva esa liberación es lo que nos aproxima a la auténtica libertad: ser yo mismo en lo que hago, en lo que pienso, en lo que siento, en lo que digo... Algo con lo cual tú acabas tu carta. Así que estamos de acuerdo en el fondo.

Pues bien, con todo esto que hemos discutido hasta ahora, nos hemos referido, más bien, a la vertiente ontológica de la libertad, en el individuo, base de cualquier discurso sobre la libertad en el contexto social. Pero quiero retomar, querido amigo, una idea que mencioné de pasada en mi carta anterior. Siendo como es la libertad tan importante para concebirnos como seres humanos (según Kant, hay dos evidentes realidades: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí, cuyo fundamento es la libertad), ¿cómo podemos contribuir a que la libertad no sea una palabra gastada, que todos mencionan o usan, pero en la que casi nadie cree ya, si no es como una palabra mágica con que movilizar el voto o aumentar los beneficios, un medio y no un fin? Y esto no lo podemos permitir, creo yo... que campe a sus anchas esta tendencia. ¿Cómo orientar nuestra libertad para construir un mundo mejor?


Antonio Sánchez

05 mayo 2026

Sobre la libertad 3/8

 


Amigo Antonio:

Hagamos una «previa» en esta respuesta, al margen del tema que nos ocupa. Extraigo de una idea que expones en tu carta una conclusión inquietante. Si llamamos inteligencia a la necesidad de interactuar para sobrevivir, ¿es oportuno pensar que una inteligencia artificial pasará a ser orgánica cuando sienta la necesidad de defender su existencia [sobrevivir] interactuando con el entorno «libremente»? No me negarás que es una perspectiva delicada. Porque, en todo caso, ¿seremos capaces de «explicar» a una inteligencia artificial qué es exactamente la libertad?

Sospecho que ha de ser muy difícil sobrellevar la cualidad de inteligente sin tener algunos atributos necesarios como el de la expectativa de libertad, o el del humor y la risa (eso da para otra serie, ¿verdad?).

Dicho esto, perseveremos en explicar a la IA o cualquier otra IN qué es la libertad, por si acaso se da una vuelta por este blog.

Pensemos qué ocurriría si a un organismo libre pudiéramos convencerlo de que lo deseable para su supervivencia fuera algo realmente perjudicial. 

Hay una idea de libertad básica que está firmemente ligada a la idea de felicidad. Se fundamenta, no en el instinto de supervivencia, sino en el anhelo de poder alcanzar cualquier tipo de bienestar hedónico. Me remito a un buen artículo de Anabel Palomares en la revista Trendencias en el que parte de las teorías de Zygmunt Bauman y dice: «La psicología asegura que existe una diferencia entre bienestar hedónico y bienestar eudaimónico. El primero está relacionado con el placer, la comodidad y el disfrute y el segundo, con el sentido de la vida, las relaciones o el crecimiento personal. El consumismo actual estimula el primero y olvida el segundo, y eso es un problema.»

Creo entender que para muchas personas buscar bienestar eudaimónico pueda plantearse como un objetivo complicado o incómodo, y resulte mucho más sencillo y gratificante a corto plazo buscar un bienestar hedónico. Pero es evidente que lo que se pierde por el camino es la soberanía de darle uno mismo sentido a su vida. ¿Puede ser esto una explicación al incremento exponencial de los problemas existenciales de muchas personas en nuestra sociedad?

Queda planteada, pues, una primera cuestión para quien pudiere estar interesad@, sea IA o IN en esta cuestión: ¿Queremos libertad para elegir el coche de nuestros sueños o para dar sentido a esos sueños? ¿Queremos que la libertad nos conduzca a consumirnos en deseos o a consumar una felicidad liberada de deseos fútiles?

Tal vez me has contestado ya cuando planteas que «la aceptación e integración  de lo necesario, te permite liberarte». Y tal vez haya quedado un poco más claro en mi respuesta qué es lo necesario. ¿Podría ser que el  bienestar hedónico conduzca a la liberación y el bienestar eudaimónico a la libertad?

Rezaba el viejo mantra jainista: «Me postro a los pies de todos aquellos que se han conocido a sí mismos.» ¿Se puede realmente llegar a ser libre sin este conocimiento?

José Luis Campos


25 abril 2026

Sobre la libertad 2/8


 Interesantes cuestiones me planteas, querido amigo y, a la vez, inquietantes. Como lo es todo lo que nos hace estar vivos. El ser vivo, en cierto sentido, no es más que un ser inquieto que busca la quietud y vivir lo mejor que pueda desde ahí. Tú lo expresas de un modo poético, cuando dices que buscamos “abrevaderos frescos” para apagar o mitigar nuestra sed... no sé si de conocimiento o sed de ser, nosotros mismos. Luego volveremos sobre esto.

Explícitamente, y más adelante en tu carta, quieres que tratemos sobre la libertad. Y comienzas distinguiendo entre mecanismo y organismo. ¡Excelente comienzo! En un ensayo de Karl Popper, que trabajé hace mucho tiempo, cuando terminaba mis estudios de Filosofía, él planteaba la cuestión a tu manera, señalando las diferencias entre relojes y nubes; y de este modo discutía, respectivamente, la verdad del determinismo y del indeterminismo. ¿Todo es determinable o predecible en nuestro mundo, o bien, siempre permanece un resto de indeterminación y, por lo tanto, queda margen para la libertad, la novedad, la sorpresa, lo impredecible? Si en el Universo hay hueco para la libertad, y nosotros, pobres seres inconstantes de este Universo, podemos ser algo más que el resultado de un mero juego de leyes necesarias. Pues bien, observemos los relojes y las nubes...

Las dificultades con la predicción del movimiento y los efectos de las nubes podemos comprobarlas todos los días, a la hora del tiempo (atmosférico) en la tele; Pero, los relojes, por su lado, ¿no se atrasan o se adelantan, por muy sofisticados y cuánticos que sean, si están hechos de materia degradable o entrópica, como es toda la materia? Si estimamos que hay en el mundo relojes y nubes, fenómenos de ambos tipos, como hace Popper, no creo que esto nos lleve muy lejos... Es más interesante fijarse en el hecho de que, efectivamente, hay en el mundo todavía nubes. “El infinito ataca, pero una nube salva”, decía René Char.

Volviendo a lo que directamente recoges en tu carta, lo que el organismo hace, a diferencia del mecanismo, “interactuar para sobrevivir”, yo a eso lo llamaría inteligencia. Y esto no nos aparta ni un ápice de la posibilidad de la libertad. Porque no hay inteligencia en el mecanismo (algo de esto hemos hablado en nuestra serie sobre la tecnología y en torno a la IA). Sin embargo, el organismo sobrevive creando nuevas soluciones a partir de su interacción con aquello que le rodea, dentro y fuera de sí mismo. Así pues, si detectamos en un ser vivo algún tipo de creatividad, por muy sutil y simple que ésta sea, no podríamos dejar de usar la palabra “libertad”, por muy gastada que ella esté, como tendremos ocasión de discutir más adelante, quizá, en esta serie de cartas... Si te parece, vamos a intentar dar lustre juntos a la palabra “libertad”, revitalizando su sentido en un mundo como el de hoy.

De todos modos, tú ya anuncias algo en esa dirección, cuando te preguntas: “¿por qué la multitud de caminantes bebe una libertad estancada y putrefacta?”. Pero luego, acto seguido, también te preguntas: “¿por qué compran el discurso de una libertad ilimitada y simple?”. Y lo que te puedo decir por ahora, amigo José Luis, es que para entender (más bien que para conocer) esa aparente contradicción de la vida sometida o sojuzgada que busca redención, aunque sea de una manera ciega y desbocada, habríamos de distinguir entre libertad y liberación. Estamos hablando, claro, dentro del contexto humano. O quizá no solamente... quién sabe.

Me gusta tu imagen de la orquesta. Yo la convierto en una orquesta, o un grupo, de jazz, si te parece bien. ¿Cómo tocan juntos, cómo se armonizan y, a la vez, improvisan y están creado, mientras ejecutan un ritmo o una melodía? ¿No es eso libertad, aunque no todo sea libre? Cuando están tocando, cada uno de los miembros del grupo, ¿no tiene que estar súper concentrado en el conjunto y en su parte? Pero si alguno de ellos está atrapado por sus propios temores y juicios de valor, ¿no se resentirá todo el grupo en su creación armónica? Claro, lo que estaba pasando, y por eso no sonaba bien el grupo, era que uno de los músicos no estaba centrado, no se sentía libre, estaba aprisionado dentro de sus barrotes interiores.

No hay libertad en marcar las horas, como dices, a no ser que sean marcadas con algo conciencia de lo que se hace, como es lo propio de los organismos, cada uno a su manera según sus capacidades. Así, afirma Spinoza: “Se llama libre a aquella cosa que existe en virtud de la sola necesidad de su naturaleza y es determinada por sí sola a obrar”. Cuando uno actúa de acuerdo con su naturaleza profunda y no atado por condicionamientos tanto internos como externos, entonces es libre. Dicho de otro modo: la aceptación o integración de lo necesario, te permite liberarte y, a partir de ahí, poder actuar más libremente. No sé si esto te sirve, querido amigo.


Antonio Sánchez

15 abril 2026

Sobre la libertad 1/8

 


Querido amigo:

En estos tiempos en que nuestras cartas se cruzan buscando abrevaderos frescos para nuestra sed de conocimiento, todo parece indicar que una multitud de caminantes apagan la suya con aguas estancadas y putrefactas vertidas en sus sedientos gaznates por aguadores que hacen pingües beneficios de esa estafa recurrente.

El agua fresca que buscamos no nace de la simplicidad; es un milagro escaso que requiere arte, esfuerzo y compromiso. El verdadero conocimiento nunca está estancado: es una fuente y fluye, y se derrama, haciendo fértil el páramo o la espesura. 

Nuestra actitud para encontrarlo se parece a la del zahorí que extiende ante sí un péndulo buscando manifestaciones sensibles de energía que atraviesen todo su ser, hasta el momento en que el péndulo se mueva. El flujo del conocimiento se «siente» primero y se entiende después. Primero nos atraviesa como una descarga y luego nutre nuestro espíritu y lo transforma. No basta con la herramienta; hace falta un ser vivo, y muy vivo, para ello.

Y ya que hablamos de herramientas y seres vivos, permíteme que haga hincapié ahora en la diferencia fundamental entre un mecanismo y un organismo: el organismo nace, crece, tiene el don de saber y poder reproducirse, y finalmente muere. En ese devenir asume de manera imprecisa multitud de funciones biológicas frente a su entorno: es decir, interactúa para sobrevivir. 

Por eso un organismo no está construido con la precisión de un reloj, porque no responde a una función única perfectamente delimitada. La supervivencia exige al organismo competir y colaborar, a partir de una interpretación acertada, tanto de las condiciones de la propia naturaleza como de las del «ilimitado» medio en que actúa. Y esto es así para organismos simples y para organismos complejos, por ejemplo un grupo social.

Dicho esto, amigo Antonio, ¿cómo encontrar una interpretación correcta de lo que significa la libertad? ¿Cómo explicar a propios y extraños la complejidad de definir y delimitar su fundamento y su funcionalidad? No parece fácil.

Entonces ¿por qué la multitud de caminantes bebe una libertad estancada y putrefacta? ¿Por qué compran el discurso de una libertad ilimitada y simple?

Si pensamos en un grupo social, por ejemplo, una orquesta sinfónica, puede intentar funcionar como un mecanismo y, sí, la música irá apareciendo mientras todos ejecutan a la perfección la partitura. Pero ¿es eso realmente lo que debe hacer una orquesta? ¿Está viva esa música? 

Si la orquesta intenta funcionar como un organismo, además de seguir la partitura, deberá cada cual interpretar innumerables estímulos del medio: sus compañeros, su estado de ánimo, su memoria, su estado físico, etc. para así adaptarse y ejecutar una interpretación de la música en un tiempo, una circunstancia y un espacio determinados. ¿Qué papel juega la libertad en ese caso?

Me gustaría pensar que la sociedad es como esa orquesta «orgánica» y no un mecanismo perfecto aunque muerto. Porque, veamos, ¿puede un reloj encontrar alguna explicación al tiempo que lo habita? No hay libertad alguna en marcar las horas, por tanto algo tendrá que ver la libertad con la cualidad del conocimiento, vamos, digo yo.

José Luis Campos 



05 abril 2026

Sobre la tecnología 8/8

 


Querido amigo, ¡tantas ganas tenías de leerme sobre la (mal llamada) inteligencia artificial, que ya te has lanzado tú mismo a escribir sobre ello! ¿O ha sido para provocarme? ¡Me encanta! Pero no te hacía falta... ya me provoca reflexión este artefacto, este nuevo juguete de la humanidad en manos de una parte ínfima de la humanidad, sus tendencias más irracionales (y eso que está compuesta la IA de algoritmos lógicos; pero, la racionalidad humana contiene mucho más que la mera lógica deductiva). Como decía Nietzsche con su habitual vehemencia, sólo critico lo que triunfa (acuérdate de la broma que te hacía sobre el gobierno, en el final de mi carta anterior, remedando a Tip y Coll). Porque, además, eso parece: que nos puede llegar a gobernar la IA y no al revés. Y por esto, por su intromisión, cada vez mayor y más flagrante, en todos los órdenes de la vida (tú te has referido a ello), como ciudadanos, hemos de someterla a crítica; ser críticos con la IA consiste en tratar de ser muy conscientes de su naturaleza y de sus efectos a medio y largo plazo, contando con el tipo de concreciones de la tecnología que suele regir en nuestro mundo, como ya hemos hablado.

Es muy digno de estudiarse, y algo se ha estudiado, cómo los relatos de ciencia-ficción (literarios, cinematográficos, publicitarios de todo tipo) condicionan nuestros deseos y preparan nuestras expectativas para la aceptación acrítica de ciertas tendencias en el diseño posible de las nuevas tecnologías. Una especie de determinismo tecnológico nos atenaza: estamos (parece) abocados a esos mundos que nos adelantan dichos relatos utópicos o distópicos. En el mejor de los casos, están pensados para hacernos reflexionar y prevenirnos sobre lo que se nos viene encima, si perseveramos en unos determinados desarrollos sociales de los los “avances” científico-técnológicos, pero provocan, quizá sin quererlo, el efecto contrario: que nos aferremos a esa (aparente) única posibilidad y nos entreguemos a ella de forma ciega y sin reservas.

Esta peculiaridad de los efectos no deseados la comprendí hace años, cuando un grupo de voluntarios de una asociación contra el abuso de las drogas se presentaron en mi Centro educativo y mostraron sus efectos dañinos para la salud usando unos medios audiovisuales tan atractivos que, subliminalmente, provocaban en el alumnado un efecto muy diferente del que se pretendía: que les atrajese el probar las drogas si, como aparecía en el vídeo que proyectaron, por la música y el ambiente, el mundo de la droga “daba tanta marcha”). De nuevo, los medios que usamos pervierten los fines que nos proponemos (la forma de llevarlos a cabo), por muy loables que éstos puedan ser inicialmente. Y esto vale para todo, también, y muy especialmente, para la política actual, por ejemplo.

Así que ya tenemos preparado el advenimiento sumiso de la IA (esto unido al mito del progreso, algo de lo que ya hemos hablado) y así, ¿cómo extrañarnos de que esté penetrando la IA, tan rápida y persistentemente, en nuestra vida cotidiana? Basta mirar en el menú desplegable de una “red social” de Internet la gran cantidad de usos (“benéficos”) que puede ofrecernos. ¡Todas nuestras necesidades quedarán cubiertas! Organizar un cumpleaños, aconsejar a un amigo, tomar decisiones en situaciones complejas, satisfacer mis inquietudes existenciales, escribir un poema o un discurso, investigar la verdad, ser feliz, conocerme, resolver mis traumas, ayudarme con mi trastorno de personalidad, qué cocinar hoy, en qué invertir mi dinero, diagnosticar un problema de salud... en fin, todo lo que me preocupe, inquiete o interese en mi vida ya se me da resuelto... y acabado. Y sin haberlo solicitado, ahí, servido en bandeja y gratis, por lo menos por ahora; marketing del más puro: primero creamos la necesidad, que ya vendrá detrás el beneficio, cuando millones de personas estén enganchadas a un objeto o sustancia o situación y les resulte “vital” su uso.

Pero hablemos de la inteligencia natural versus inteligencia artificial, ya que lo mencionas en tu carta. Lo primero, ¿es la IA inteligente? Claro, depende de lo que entendamos por “inteligencia”. Si inteligencia es realizar funciones, seguir unas órdenes programadas de antemano, resolver ecuaciones, reducir la complejidad de lo real a conexiones de la lógica formal binaria (lo que no es blanco es negro y viceversa, la puerta solamente puede estar abierta o cerrada, pero no entre-abierta, con todos sus matices...), deducir, encajar piezas ya preexistentes o conocidas... entonces se puede decir que la IA es inteligente. Pero el riesgo mayor es el reduccionismo: pensar que la inteligencia humana o animal o de la vida o del cosmos... es eso y nada más que eso. Cualquier cosa no puede ser inteligencia. Será inteligencia, pero no inteligente. Esto es otra cosa. Platón distinguía muy claramente entre dianoia y nous: razonamiento y entendimiento o comprensión directa. Y dice el filosófo contemporáneo Luis Sáez Rueda: “Nuestras máquinas jamás pensarán. Jamás comprenderán "sentido", es decir, acontecimientos. Solo pueden llevar a cabo procesos "ciegos". Y su peligro radica en esto último. Los procesos ciegos que podemos provocar son tan vastos e inerciales, que constituyen el nuevo "destino" esperable de nuestro tiempo, si continúa en esta senda”.

La verdadera naturaleza de un ser está en lo que es de suyo, de manera esencial y no accidental, que le hace ser lo que es, aclara Aristóteles. Así pues, una inteligencia es inteligente si lo es de modo esencial y no accidental y, por ello, en el caso que nos ocupa de la inteligencia, está siempre (esta posibilidad de ser y de vivir inteligentemente) en el artífice y no en el artefacto, que ha sido creado artificialmente. Aquí radica una de las confusiones habituales respecto a este tema: una máquina no puede ser más inteligente que el tipo de inteligencia que la ha diseñado y desarrollado, a través de unos materiales y unos circuitos. Y continúan las confusiones...

El poder de la máquina no es el de crear realidad, sino el de fingir la realidad. Y ya que no puede crear vida sino fingirla, tratamos (nosotros con la máquina) de crear la ficción, creernos, que una vida recreada o fingida es real. Y esto no debemos olvidarlo. Recomiendo una película (Sully, dirigida por Clint Eastwood) sencilla pero honda por su alcance (además, basada en un caso real), que contrasta la realidad (siempre nueva, diversa y cambiante, llena de matices insondables, con lo que hay que contar siempre) con una simulación de la realidad, que pretende emitir un juicio “técnico” acerca de la oportunidad o no del aterrizaje forzoso que tuvo que realizar el capitán Sully en el río Hudson con su avión lleno de pasajeros.

Y me dices en tu carta: “Insisto en que es el conocimiento y el autoconocimiento la clave. Saber hacer las preguntas oportunas, saber buscar las respuestas adecuadas, sentir la manifestación de la vida en el propio yo, dialogar verbal y emocionalmente con todo lo que nos rodea. Entender, interpelarse, dudar, sorprenderse, gozar del crecimiento. ¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en todo eso?”. Eso mismo me pregunto yo, querido amigo. Pero mira: ¿todo eso no es en lo que consiste filosofar? ¿Y no estamos filosofando... juntos, ahora? Solamente, necesitamos ser más de dos...


Antonio Sánchez

25 marzo 2026

Sobre la tecnología 7/8

Estoy deseando que me expliques tus reflexiones finales sobre la inteligencia artificial, y después de todo lo mucho o poco que hemos ido desgranando en este capítulo sobre la tecnología debo decirte que solo me queda un aspecto a considerar.

Creo que todos tenemos claro que el esfuerzo en inversión para el desarrollo de la IA es incalculable, desproporcionado. Llevará a donde lleve —no sé si a buen puerto—, pero el proceso en sí es algo nuevo y desconocido. Significa un desequilibrio que provoca una gran incertidumbre. Cuando hablo de desequilibrio me refiero a que puede alterar dinámicas de poder y escenarios de relación que eran más o menos estables. Cuando hablo de incertidumbre me refiero a que sentimos que va a generar realidades nuevas y desconocidas a las que tendremos que adaptarnos o contra las que tendremos que batallar.

Pero todo eso está fuera de nuestro alcance, al menos como individuos. Si queremos influir en este juego, vamos a tener que ingresar en comunidades organizadas y conscientes que hagan frente a los abusos por venir y que influyan en el proceso, velando por el bien común.

Sin embargo, creo que la apuesta más sensata que podemos hacer —individual y socialmente— es invertir mucho más en inteligencia natural. Muchas de tus aportaciones van también en este sentido. Si la inversión en inteligencia natural se incrementara a valores equivalentes a los que se está gastando en desarrollar la IA, el problema sería menor. ¿Y qué es invertir en inteligencia natural (IN)? Básicamente, desarrollar al máximo el potencial de nuestra mente y de nuestras herramientas sensoriales para establecer relaciones fructíferas con nuestros semejantes y nuestro entorno natural, de modo que aporten conocimiento, autoconocimiento, capacidad de adaptación y capacidad de enriquecimiento del medio en el que vivimos.

Insisto en que es el conocimiento y el autoconocimiento la clave. Saber hacer las preguntas oportunas, saber buscar las respuestas adecuadas, sentir la manifestación de la vida en el propio yo, dialogar verbal y emocionalmente con todo lo que nos rodea. Entender, interpelarse, dudar, sorprenderse, gozar del crecimiento. ¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en todo eso? 

Tengo que hacer mención aquí a la inquietante demolición incontrolada de nuestras redes de apoyo emocional. Nos hemos precipitado sin rubor en una dinámica de aversión a la fricción social. Cualquier interacción que no esté mediada por una pantalla, cualquier interrupción fuera de los canales establecidos por las redes sociales son considerados con desagrado o como una amenaza. Escuchamos antes el consejo de un chatbot que de una amiga o un conocido. Estamos desechando esas excusas para el contacto, de modo que los vínculos se atrofian. Y no lo digo yo. Lo dice, por ejemplo, Javier Jiménez en este artículo que vale la pena leer.

Sospecho, en definitiva, que el proceso de desarrollo de la IA incluye entre sus objetivos provocar el subdesarrollo de la IN y las redes de apoyo emocional de sus clientes o usuarios para inducir dependencia, y que esa dependencia genere el mayor nicho de negocio conocido. Tienen mucho ganado a priori desde que el mundo transita por los oscuros derroteros de la civilización de consumo. De ese modo conseguirán que la IN sea una manifestación egocéntrica, prepotente y estúpida que se estrangula y se engaña a sí misma. 

Quiero pensar que algún día, de algún modo, podamos llegar a ver el gigantesco potencial de la IN y seamos capaces de desarrollarlo. Y espero que no tardemos mucho.

José Luis Campos