Amigo Antonio,
Llevo unos cuantos días sin leer noticias de las que podríamos llamar «generales», a pesar de que en los últimos diez/doce años era lo primero que hacía por la mañana. Lo hacía de manera concienzuda, como una auténtica labor de investigación. Pero la cantidad de toxicidad que consumía me estaba afectando seriamente.
He tenido que «quitarme» de ese vicio como de algunos otros que alteran mi salud física. Supongo que es cosa de la edad o de los tiempos que nos han tocado vivir. Lo cierto es que me encuentro mejor.
Eso no quiere decir que me haya desconectado de la realidad, ni mucho menos. También es cosa de la edad que vayamos simplificando los estímulos a los que debemos prestar atención para, a cambio, dedicar una atención más plena a aquello que nos ocupa. Y en nuestro caso, ayer nos ocupaba la duda, y hoy buscamos aire fresco para ventilar el concepto de verdad.
Para empezar en este nuevo empeño he vuelto a beber del oráculo del maestro Pániker y sus Asimetrías. Dice don Salvador:
«El “pecado original” de la humanidad es el lenguaje hablado. Se comienza “hablando” y se acaba reificando las palabras, “adorando” las grandes abstracciones absolutizadas —Verdad, Ser, Dios, Patria, Historia, Revolución, etc., palabras siempre en mayúsculas—. Buena parte de la tarea filosófica ha consistido, últimamente, en la destrucción de semejantes logopatías. Todos los teoremas de la limitación —Gödel, Tarski, Turing, Church, etc.— tienen ese factor higiénico común.»
Creo que esta argumentación nos permite recuperar algunas de nuestras reflexiones de anteriores cartas y nos invita sanear reflexiones futuras con esta consideración previa: evitar logopatías. Por tanto, ¿qué te parece si comenzamos a hacernos preguntas?
Admitir que hay verdad frente a falsedad, o que la verdad sea siempre lo deseable y conveniente es un posible punto de partida, pero no suficiente. ¿Hay una verdad o varias absolutas? ¿Hay verdades relativas? ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida? ¿Las verdades son eternas e inmutables?
Habría muchas preguntas más por plantear. Seguro que surgirán en nuestras cartas. Pero de momento voy a comenzar con la tercera: ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida?
Como he comentado al principio, estoy en una etapa de simplificación de estímulos. Creo que me conformaría con una sola verdad esencial para ir tirando, una verdad que sea útil e incontestable a cualquiera que se encuentre en un estado de duda existencial (volvemos a la duda). Una verdad que sirviera aquí, en París, en Tokio, en Gaza, en Jersón o en los campamentos de Tinduf.
Por no buscar la situación más desafiante, voy a poner tres ejemplos de comportamiento desbordado por la vida en una sociedad equivalente a la nuestra: la japonesa. Los johatsu, los karoshi y los hikikomori. Los primeros, ante un revés serio de la vida, abandonan su identidad, su familia, su trabajo, su nombre; desaparecen sin dejar rastro. Los segundos fallecen por fatiga laboral. Y los terceros deciden confinarse durante años en su hogar, en una habitación.
Solo se me ocurre una verdad absoluta que pueda ayudar a todas estas personas: QUE LA VIDA MERECE LA PENA. Ahora lo complicado es comprobar la veracidad de esta afirmación, que no es cuestión menor.
Normalmente cuando hacemos comparaciones cometemos el error de no comparar «iguales». Si alguien ha llegado a la conclusión de que la vida no merece la pena es porque en el lado de la balanza que se precipita hay más consideraciones de peso que en el otro platillo. Pero ¿qué hemos puesto en el otro lado?
Generalmente no estamos cualificados para percibir de manera clara y sensata cómo afectan nuestras acciones, nuestro ser al mundo que nos rodea, a las personas con las que interactuamos. Nuestra capacidad de percepción está desbordada registrando cómo nos afectan a nosotros esas cosas que nos rodean. Y esto hace que muchas de nuestras decisiones se vean condicionadas por una realidad sesgada. ¿Qué ocurriría si los johatsu, los karoshi y los hikikomori fueran plenamente conscientes de la necesidad de muchas personas de su entorno cercano de contar con su presencia? ¿Qué ocurriría en una situación dramática si pudiéramos vislumbrar ese horizonte de posibilidades en que nuestra aportación será esencial?
Como decía Víctor Frankl: «No importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros».
José Luis Campos


