Querido amigo Antonio, de todo lo apuntado hasta ahora podríamos afirmar sin riesgo a equivocarnos que la verdad no puede ser una mercancía, un paquete de información, un producto. No es un bien patrimonial. No se puede transmitir o heredar. Es, por tanto un bien intangible, pero también inalienable.
Si para llegar a la verdad necesitamos, según apunta María Zambrano, «desarrollar las habilidades activas y receptivas del corazón», solamente nos acercaremos a ella de manera individual e íntima. Es, por tanto, una experiencia integradora que comprende lo que somos: lo que sentimos, lo que creemos entender y lo que intuimos.
Tal como yo lo he experimentado, la verdad suele formar parte de lo desconocido, de lo que todavía debemos alcanzar. Por el camino vamos vislumbrando sutiles destellos que apuntan el camino sin desvelarlo por completo. Nuestra actitud solo puede ser de humildad ante la evidencia de nuestra ignorancia y ante la necesidad de operar con unas certidumbres tan limitadas como las de alguien que avanza de noche, en la espesura y a la luz de un candil.
Me gusta rescatar la idea de que los volúmenes no leídos de una biblioteca son los más importantes. En ellos descansa la promesa de una luz que nos es muy necesaria en este camino que nos queda por delante. Esto vale en el ámbito individual y también en el social. La ciencia, por ejemplo, debería mantener esa única certidumbre socrática a cal y canto: son más los volúmenes pendientes de lectura que los leídos.
Por otra parte, siento que cualquiera que trate de vendernos la verdad como una mercancía no hace otra cosa que soplar hasta apagar la llama de ese tímido candil que nos sustenta en el camino.
En el fondo, la contradicción es querer llegar a la verdad de manera rápida y definitiva. Para que se «manifieste la verdad», como tú apuntas, probablemente haga falta toda una vida. Y para «des-cubrir la verdad», probablemente necesitemos muchas manos y una perseverancia infinita. (No dejo de pensar en los procesos vertiginosos que ha generado la acumulación y el procesamiento de información de las nuevas tecnologías, de los que ya hemos hablado. Esa «prisa» no conduce a la verdad, sino todo lo contrario).
La cuestión es: ¿qué nos inspira esa parte del camino que nos queda por recorrer? Sí, el que está a oscuras, el que se manifiesta sutilmente a través de susurros inciertos, de claroscuros, de presencias o de abismos que se intuyen. Si lo que nos inspira es miedo, no vamos a rascar ni un ápice de verdad. Si nos despierta un espíritu audaz, tendremos alguna posibilidad de éxito. Cualquier mapa que pretenda representar este camino deshabilita su valor, su naturaleza profunda. Ninguna semilla germina con un mapa del suelo que la envuelve; solamente intuye el calor de la radiación del sol más allá de lo inmediato. Y en el camino, por cierto, establece vínculos con ese suelo a través de las micorrizas que formarán parte de su esencia durante el resto de su vida.
Así que no se me ocurre nada mejor que seguir caminando y sujetar bien fuerte el candil para que todos los que vamos por esta parte del sendero tengamos algo de luz y evitemos quebrantos o tropiezos. Y, por cierto, me apetece mucho seguir leyendo los libros pendientes de esta biblioteca, si puede ser en compañía.
José Luis Campos


