Fuente Hondera (Capileira)

15 agosto 2026

Sobre la duda 5/6

 


Me gusta que hayas introducido el concepto de ataraxia en tu carta, Antonio, porque cada vez estoy más convencido de que el propósito de una buena vida no es buscar la felicidad, sino el equilibrio. Y más si admitimos, como propone la cosmología budista, que vivir es estar inmerso en un océano de sufrimiento, al que denomina samsara. Desde su perspectiva, la Iluminación solo puede llegar cuando comprendemos la impermanencia de toda la existencia; y, en esencia, que las cosas no son independientes, sino interdependientes.

A mí estas reflexiones me sugieren una imagen: la de un niño, la de un bebé que todavía no ha desarrollado una conciencia de su propio yo, que observa el mundo que le rodea como si fuera parte de su propia esencia. Es dependiente, pero no lo sabe, porque esa conciencia de su yo incluye a todo lo que le rodea. Y no duda, simplemente interactúa. Como tú propones, simplemente vive.

Y en este punto vuelvo a recordar las enseñanzas de Salvador Pániker cuando nos habla del «Testigo»: «Más allá del ego está lo que los hindúes llaman el Testigo, es decir, el margen de libertad que contempla “desde fuera” la película de la propia vida. […] Este Testigo es el que ve el ego, pero sin identificarse con él. […] El Testigo se encuentra ya presente en cualquier estado de conciencia; sólo se trata de reconocerlo. Y en eso, sólo en eso, consiste la meditación.»

El niño es más testigo que ego. ¿Puede eso contribuir a descartar la toxicidad de la duda compulsiva? Entender nuestro yo como un vacío en el interactúan diversas energías o materias de manera circunstancial e impermanente me conduce a concebir dos roles muy interesantes para dar sentido —modestamente— a nuestra vida: el navegante y el pastor/cultivador, y todas encajan perfectamente en el ámbito de ese «Testigo».

Si el Testigo es el navegante, el yo es la nave. En este caso el equilibrio es siempre frágil puesto que hay que negociar permanentemente con el estado de la mar. No cabe dudar sobre la pertinencia de navegar o no navegar. No cabe dudar sobre la capacidad de la nave, sino procurar su mantenimiento. No cabe dudar sobre cuándo vendrá la próxima tormenta, sino prepararse para afrontarla.

Si el Testigo es el pastor/cultivador, el yo es el campo. En este caso, el equilibrio se consigue dejando que los elementos interactúen contigo: el rebaño, el agua, la vegetación, el clima. No cabe dudar sobre nuestra condición esencialmente limitada y dependiente, la de ser una parte de un todo, un receptáculo, un terreno de juego. No cabe dudar sobre el sentido o la conveniencia de la fertilidad. No cabe dudar sobre el fundamento de acoger.

Alcanzar el equilibrio no es un destino, sino un propósito en continua evolución. Está al alcance del Testigo, mientras el ego continúa sometido al samsara (y en él se precipita normalmente el chubasco de las dudas). Hay que aceptar las dudas y afrontarlas como la mala mar, como la sequía, como la inundación, como el calor abrasador, siempre que el navegante o el pastor/cultivador se mantengan firmes en su cometido.

Y tal vez recuperar la inocencia de la infancia, aunque solo sea en sueños.


José Luis Campos


05 agosto 2026

Sobre la duda 4/6


Querido amigo, he disfrutado mucho tu carta anterior; me ha llevado a considerar el núcleo del escepticismo, nombre que recibe históricamente la posición filosófica que presenta a la duda como motor del conocimiento, aunque la mala fama haya precedido a esta escuela de pensamiento, manifestada de numerosas formas a lo largo de nuestra historia. Pero no se trata solamente de una actitud filosófica, sino que es una actitud completamente mundana, pues nos la tropezamos en nuestras conversaciones, en nuestras lecturas o a la hora de llevar a cabo nuestras acciones. La duda emerge siempre como un grano en el terso cutis de un adolescente.

El problema de la duda o, más bien, la naturaleza (de la actitud) del dudar, se dirige a la línea de flotación de nuestro conocimiento humano: si éste puede llegar a ser objetivo, es decir, si escapa a los riesgos de la influencia subjetiva (individual o social) y puede (o hasta qué punto) puede reflejar fielmente la realidad.

Pues bien, ¿cuál es el conocimiento más objetivo, al que podemos acceder como seres humanos? La vivencia, esa “sensación íntima” que refieres en tu carta. El nombre no nos importa mucho, porque los nombres no son la cosa y, más bien, lo que consiguen es alejarnos de ella y llevarnos a lo que Rainer Maria Rilke llamaba “el mundo interpretado”, nuestro mundo habitual, marcado por nuestras representaciones de la realidad (y no la realidad).

Nos referimos (torpemente) a la sensación de que “eso es así”, porque así lo siento, así lo intuyo, así lo vivo, así lo experimento. Y puedo dudar, claro que sí, del significado o la interpretación de lo que he experimentado (o mejor decir: de lo que estoy experimentando, porque, si ya es pasado, ya ha sido pasado por mis deseos y temores, ¿me explico?). Puedo dudar del juicio que me suscita una percepción o experiencia de la realidad, de mi interacción con la realidad, pero no puedo dudar de lo que estoy sintiendo, comprendiendo de un modo sentido, porque eso soy yo aquí y ahora, y no puedo experimentarlo de otro modo, ni puedo negar que lo estoy experimentando, sea lo que sea. Incluso, aquel Descartes de la duda metódica, del que ya hemos hablado, experimentó esto mismo; solamente que luego se perdió en sus interpretaciones racionalistas de esa misma experiencia.

Entonces, ¿por qué no permanecer en esa experiencia? Quizá (y con este “quizá” solamente estoy suspendiendo el juicio sobre la experiencia, pero no la experiencia misma), quizá descansar ahí nos permita comprender mejor dicha experiencia, ver de qué está hecha y apreciar eso mismo con respecto a otras realidades que se me presenten de una manera inequívoca e inmediata, estar más preparado para recibirlas. Un estado de ánimo necesario para la búsqueda de la verdad. Mira lo que nos decía Sexto Empírico (s. II d. C.) en sus Esbozos pirrónicos, sobre el estado de la mente que practica la suspensión del juicio o epojé: “La suspensión del juicio es ese equilibrio de la mente por el que ni rechazamos ni ponemos nada. Y la ataraxia es bienestar y serenidad de espíritu”. Y ahora, apliquemos este punto de partida a las seguridades (no dudosas) que manifiestas en tu carta.

No podemos dudar de estar vivos, pero sí en qué consiste “estar vivos” o “qué es la vida”. Y esta duda nos podría llevar a vivir la vida con una mayor profundidad y riqueza de matices. Esta evidencia del vivir aquí y ahora, momento a momento, emerge con igual fuerza tanto si disfruto como si sufro, a condición de que mantenga mi conciencia presente o consciente de ello. Todo es vida, tanto si me gusta como si no me gusta, si es más larga o es más corta, según mis deseos o expectativas (individuales o inducidas socialmente); como nos decía Séneca, no es tan relevante el tiempo que vivo, sino cómo lo vivo.

¿Y qué hay de esas discusiones interminables: si el mundo es uno o es muchos, si cambia o permanece, si el corazón o la razón, si el ser o el deber ser, si el cuerpo o el alma...? ¡Qué ingenuos que somos, qué simples, qué humanos! Experimenta, vive, siente, sé consciente de lo que sientes... uno y muchos, cambio y permanencia, las razones del corazón, que si algo es, entonces debe ser, así lo acepto y, a partir de dicha integración mía con lo que hay, actúo, pienso o digo; ¿cuerpo o alma?, por favor, ¡qué pérdida de vida, de energía! En fin, ¡cómo me salva la sana duda de tanta tontería o miopía humana!

¿Podemos creer en el amor o la amistad, en el bien y la verdad y la belleza, como te (me/nos) preguntas en tu carta? El problema aquí está en la palabra (y el concepto) “creer”, en las creencias, esas construcciones humanas auto-diseñadas para sobrevivir en este mundo lo mejor posible y que tantas limitaciones (o falta de adecuación a la realidad) muestran en su seno cuando sufrimos (un sufrimiento mental, evitable). Deja de pensar, deja de hablar tanto: ¡ama, vive, experimenta, abraza tu experiencia!

Y me objetarás, escéptico: ¿pero, qué es eso de “la realidad”? Y dejo que te responda la poeta polaca Wislawa Szymborska: La realidad es realidad y ese es su mayor misterio”. Y nos digo a todos nosotros: “Si no sabes vivir, ¡vive!; si no sabes mirar, ¡mira!; si no sabes amar, ¡ama!; si quieres ser, ¡prueba a ser!; y si ya lo sabes, ¡deja de actuar como si no lo supieras!”.


Antonio Sánchez

25 julio 2026

Sobre la duda 3/6

 


Amigo Antonio, después de haber sentado unas mínimas bases sobre nuestra percepción de la duda, creo que también sería útil saber de qué no deberíamos dudar. Sé que no va a ser fácil, pero siento que es necesario y conveniente hacer este ejercicio valorativo. ¿Vamos con él?

Si estamos evaluando, desde un punto de vista cartesiano habremos de admitir que no podemos dudar de estar vivos, sea lo que sea eso, porque el simple hecho de dudar o de confirmar nuestras certezas, nos concede la naturaleza de agente activo. 

En este punto, ¿deberíamos dudar de la utilidad de la vida? Aquí ya entramos en terreno pantanoso, porque si nuestra vida es pacífica y confortable nadie dudará en encontrarle sentido. Sin embargo, ante una vida repleta de sufrimiento podemos llegar a dudar de su sentido profundo. Solamente considerando la vida como un proceso en el que nuestro yo es una ínfima parte, podemos encontrar el sentido entre el sufrimiento. Y es claramente conveniente, ya que la primera premisa nos ha convertido en agentes activos. Debemos encontrar un sentido más allá del yo para seguir adelante.

Pero hay más: incluso en la peor de las circunstancias podemos creer firmemente en algunas de las cosas que nos rodean. 

Evidentemente no cabe duda sobre la brevedad de la vida, por ejemplo, sobre los procesos naturales en general. En cuanto a los procesos psicológicos y sociales, todos tenemos un desempeño complejo por delante. Es ahí donde la duda puede inocular un «virus» de degradación personal. Y es justo ahí donde tenemos que establecer puertos seguros. 

¿Podemos creer en la unidad de todo lo que existe sin dudar? Este es un ejercicio más complejo, más del mundo de la intuición. Cuando una vida está inmersa en procesos de sufrimiento es difícil creer que todo es uno, porque eso implica que aquello que nos hace sufrir es parte sustancial de ese todo. Y sin embargo, la sensación íntima está muchas veces por encima de este posible cuestionamiento. La imagen de un todo como equilibrio de fuerzas antagónicas está muy presente en la filosofía oriental, y no por ello ha de tener  menos sentido.

¿Podemos creer en el amor o la amistad, por ejemplo, sin dudar? Por definición, no sería amor o amistad verdaderos si dudásemos de ellos, ¿verdad? Dudar del amor o de la amistad desintegra automáticamente el sentido de ambas, si bien esta relación pueda vivir altos y bajos. En esencia ambas vivencias se manifiestan desde una convicción profunda que las habilita como tales.

¿Y el sentido de hacer el bien, de ofrecer nuestra vida a causas nobles? Bueno, tendríamos que definir qué causas son nobles. Pero podemos aceptar que cualquier causa que opere contra el sufrimiento de alguien sin provocar otro modo de sufrimiento sería noble, o cualquier causa que ofrezca una evolución positiva en la vida de alguien, de nuevo sin provocar otro modo de sufrimiento, sería noble. 

En definitiva, podemos afirmar lo siguiente: no cabe dudar de que la vida es vida, de que tiene sentido vivirla, de que estamos inmersos en un todo que negocia equilibrios diversos, de que los procesos naturales básicos son irreversibles, de que podemos contar con el apoyo del amor o la amistad, entre otras cosas, de que vale la pena procurar el bien a todo cuanto nos rodea. Y evidentemente, de que es lícito dudar, porque eso nos hace ser quienes somos.

Cabe pensar que una vida concebida desde estas certidumbres pueda desarrollarse con una alta capacidad de desempeño ante cualquier condicionante.

José Luis Campos


15 julio 2026

Sobre la duda 2/6


Querido amigo, celebro contigo el que todavía sigas viéndole sentido a este compartir nuestras cartas exploratorias, en un mundo en donde parece que todo está ya dispuesto y que no controlamos nada. Sin embargo, espero que nuestras indagaciones anteriores nos puedan ayudar a aclararnos algo nuestras dudas, como tales dudas, en este caso.

Porque no seguiríamos con nuestras cartas si no se derivara de ellas algún beneficio (todavía no sabemos bien de qué clase, aunque lo intuimos, notamos su sabor...). Y esto es lo valioso de la duda, que no es cómoda, que sería mejor no dudar, pero cuando la saboreamos y le tomamos el gustillo nos salva, al menos, de caer siempre en la misma piedra; al menos, somos más conscientes cuando vemos la piedra en medio del camino.

Es decir, que no dudar tiene sus peligros, a los que tú apuntas muy bien en tu carta (y que pueden resumirse en los efectos dañinos del dogmatismo y sus diversas variantes, como la intolerancia, el integrismo o la incapacidad para mirar de otro modo la realidad y a nosotros mismos). Por su parte, dudar parece que te deja a la intemperie y sin saber a qué atenerte o qué hacer, en manos de un escepticismo que puede llegar a ser tan radical como auto-contradictorio (dado que el escepticismo, llevado hasta sus últimas consecuencias, debería dudar de su propio escepticismo); aunque, puede muy bien salvarnos (si no es tan radical) de la pesadumbre más aplastante, como tú nos has descubierto de un modo personal en la parte final de tu carta: ¿y si este mundo que estamos construyendo los seres humanos tuviera algún remedio? Porque, mientras las cosas se están fraguando (y esto es literalmente así, todo está en continuo movimiento), la realidad puede llegar a ser de otra manera... Hoy es siempre todavía, cito yo también a nuestro Poeta.

Los obstáculos para una ciudadanía madura e ilustrada, consciente de sí, capaz de pensar y actuar por sí misma, decía Immanuel Kant, eran la pereza y la cobardía, que tú señalas: «Y por eso es tan fácil para otros erigirse en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc., entonces, no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mi tan fastidiosa tarea». Y esta tarea, propia de una ciudadanía lúcida y despiert, nos exige aprender a dudar, poner en cuestión, no creernos todo de primeras, claro que sí.

Pero, ¿qué es dudar? Pues, en el fondo, aceptar que no podemos saber lo que nos vendrá después ni qué es lo que entonces consideraremos más valioso. Y esta duda de origen socrático, que tú mencionas, mira si no tiene un alcance cósmico. Una galaxia “no sabe” en qué se convertirá millones y millones de años después de su nacimiento. La luna “no sabe” a dónde le llevará su gradual separación de la tierra, parece ser que 3,8 centímetros al año. Y tú y yo no tenemos ni idea de lo que nos deparará nuestra vida dentro de unos minutos o unas horas. ¿Y qué hacer con eso? Continuar viviendo... mientras lo vivimos, como las estrellas de cualquier galaxia.

Sin embargo, sentimos ese estado mental de la duda de una manera dramática, tal como tú manifiestas en tu carta. Y es que somos hijos de la modernidad europea, gestada en plena crisis barroca, cuando los efectos de la caída de las seguridades anteriores, procedentes de la época clásica y medieval, se manifestaron plenamente: recordemos el monólogo final de Segismundo, en la calderoniana La vida es sueño. Pongamos también el caso (muy instructivo) de Descartes, padre del pensamiento moderno.

René Descartes vivió con angustia la conciencia de que, quizás, no todo era como se lo habían enseñado sus mayores. Y, efectivamente, esta es la actitud propia de un adolescente que se plantea el sentido de su mundo, dado por válido durante la infancia. Él quiso partir de cero, puso todo el saber adquirido en cuestión (la llamada “duda metódica”), para comprobar si había algo en los contenidos de su mente de lo que no pudiera dudar en absoluto. Y, así era, no había nada absolutamente seguro y firme, salvo el hecho mismo de que estaba dudando: si dudo, pienso; y mientras pienso, al menos, sé que existo como cosa pensante. A partir de esta intuición existencial, esta evidencia, comenzó a reconstruir el saber humano... pero se sintió tan satisfecho de sus descubrimientos, parecían tan firmes y definitivos, puesto que se basaban en el método correcto (el “método cartesiano”), que acabó cayendo a la postre, y por otra vía, en el dogmatismo del quería escapar al comienzo de su investigación: todo aquello que no fuera reducible a racionalidad matemática, no era fiable ni valioso. Incluso, en un momento dado, se vio obligado a recurrir a la idea de Dios, para poder escapar así de su solipsismo.

Realmente, vivir más allá del dogmatismo consolador, pero destructivo de la diferencia, la diversidad y la vida, pero también vivir más allá del escepticismo descorazonador que nos corroe como una carcoma y no nos dejar ser nosotros mismos, constituye uno de nuestros mayores retos en la actualidad, como personas y como ciudadanos. Pero mira cómo nos movemos de uno a otro extremo, como en un péndulo. Una sociedad humana que hace poco era tildada de postmoderna, ahora nos vemos obligados a considerar de ella su tendencia totalitaria, con el continuo ascenso de los autoritarismos. Del “todo vale” estamos pasando al “solo lo mío vale” que, en el fondo, ambas posturas no suponen una actitud tan diferente, por el rastro de sus destrozos sociales o individuales. Necesitamos desarrollar juntos, como personas y como ciudadanos, el sano ejercicio de la duda, del no-saber, sin caer en tales extremos, que acaban convirtiéndose en extremismos y exageraciones, a veces dramáticas. Algo de lo que ya tenemos conocimiento a lo largo de la Historia (una triste historia, tantas veces). Amigo José Luis: seguimos dialogando, por favor.


Antonio Sánchez

05 julio 2026

Sobre la duda 1/6

 


    Después de unas cuantas cartas, amigo Antonio, me parece que podemos plantearnos qué hemos ganado con todo esto, si es que algo hay que ganar: tal vez unos cuantos amigos nuevos que leen estas filípicas con cierta regularidad. Probablemente una amistad más fuerte y más estimulante entre nosotros, lo cual no está nada mal. Quizás un lugar en la historia, al menos en la historia personal de quienes leen algo en nuestras cartas que impacta de manera positiva en sus vidas. Ojalá.

Pero lo que se dice beneficio, poco vamos a rascar. Y visto que todo son conjeturas, no se me ocurre otra cosa más sensata que apelar al único beneficio que tenemos al alcance: el de la duda. (¿Apreciamos el presunto oxímoron?)

Cuando somos jóvenes, cuando estamos construyendo nuestra personalidad, buscamos referentes sólidos que constituyan un anclaje para nuestro desarrollo. Buscamos un porqué en cada cosa que se nos presenta ante nosotros. Creemos que hay una sola explicación a cada cuestión y que esa explicación nos la va a proporcionar alguien con la etiqueta de experto o sabio. Esa es la condición de la inmadurez. 

Luego descubrimos que la vida no viene con un libro de instrucciones, que nuestros referentes también tienen debilidades y contradicciones, y parece que el mundo se viene abajo. En ese momento la tentación de seguir dogmas o líderes indiscutidos es una manera de alargar la comodidad del retoño inmaduro. Es mucho más confortable, claro. No cuestionar, no seguir buscando incansable, agotadoramente. Disponer de una cosmología completa, rígida, incuestionable. Y contar con la guía de sacerdotes instituidos por un poder superior, ya sea Dios, el capital o cualquier otro demiurgo, que marquen el camino con absoluta claridad.

Algunos, sin embargo, cuando descubren la fragilidad de sus referentes infantiles, comprenden que la vida es eso: un mar de dudas sobre el que ir navegando, el compromiso de una búsqueda constante sobre un camino que solamente queda trazado cuando es hollado y del que apenas se atisba la circunstancia de una humilde expectativa: la de seguir viviendo, la de seguir caminando («Caminante, no hay camino: se hace camino al andar»). Esta es la condición de la madurez.

Llegar a la convicción de que la duda es un ejercicio beneficioso no parece estar al alcance de todos. El miedo a enfrentarse a ese camino inexplorado durante el resto de nuestras vidas puede conducir a la rendición. ¿Qué podemos hacer, Antonio, para demostrar a nuestros amigos que merece la pena hacer de la duda un pilar de nuestro devenir?

En principio parece razonable reconocer que el «Solo sé que no sé nada» es un fundamento incuestionable. Nuestro conocimiento ha avanzado de manera exponencial en los últimos siglos gracias al método científico y, sin embargo, parece que cada vez que se abre una nueva puerta, detrás de esta se esconde otro vacío, otras preguntas sin respuesta. Por tanto, no hay verdades absolutas. ¿Es eso malo?

Imaginemos que la vida tuviera ese manual de instrucciones y que todos supiéramos qué es, de dónde venimos, hacia dónde vamos, el porqué de todo. Imaginemos que no hubiera dudas, que todo tuviera una explicación y un propósito. ¿Sería mejor? No lo creo, francamente. Y este es el caso en el que podemos afirmar con rotundidad que la duda es un beneficio. De hecho, el método científico se beneficia de este cuestionamiento perpetuo.

En teoría todo queda muy bonito. Otra cosa es asumir íntimamente el axioma. Volvamos a la pregunta: ¿Puede haber alguna manera de convertir algo a priori desestabilizador (la duda) en un pilar para la vida? Bueno, yo tengo al menos un ejemplo bastante revelador, y todo arranca de una convicción personal profundamente arraigada: creo, desde hace mucho tiempo, que la humanidad no tiene remedio, y que su demolición se llevará por delante buena parte de la vida de este planeta en el que vivimos. 

Respiremos un poco. Lo sé, ha sonado muy radical. No sé si es pesimismo o realismo más o menos bien informado, pero es mi conclusión, y me duele. 

Así, puede parecer que estoy inmerso en una contradicción cuando, por ejemplo, me dedico a cruzar estar cartas contigo, Antonio, desde la premisa de una desesperanza tan profunda. El mensaje de nuestras misivas tiene una finalidad entre edificante y divulgativa. ¿Cómo casa esto con una visión catastrófica? Realmente no puede casar.

Aquí es donde la duda surte su efecto revolucionario, la duda que a mí personalmente me ha salvado: De acuerdo, estoy seguro de que esto no tiene remedio por más que nos empeñemos en ello, por más que nuestro diagnóstico sea acertado, por más que consiguiéramos que miles de millones de personas revirtieran el desastre de nuestros días. Estoy seguro de que no va a ser posible, pero ¿y si me equivoco?

Debo reconocer que la máxima de que no hay verdades absolutas es —gran paradoja— una verdad absoluta en sí o no vale. Por tanto, ya lo ves, mi convicción apocalíptica puede ser cuestionada sin ningún problema, y sin ningún trauma. Desde la humildad de aceptar que probablemente hay otras posibilidades que desconozco, que simplemente no están a mi alcance, y aunque me siga doliendo el mundo, debo reconocer que la vida todavía puede esconder claves más allá de lo evidente. 

Es solamente un ejemplo, sin embargo es poderoso, al menos tanto como el peso del absurdo que nos envuelve. Y es sanador. Nos puede hacer más resistentes, lo cual, vista la magnitud del desafío, no es desdeñable.

Por tanto, puedo afirmar que (afortunadamente) sigue teniendo sentido compartir estas reflexiones contigo. Con vosotros.

José Luis Campos



25 junio 2026

Sobre la libertad 8/8


 ¡Juguemos pues, querido amigo! Y esto no es una salida graciosa, sino algo de mucha trascendencia para nuestro futuro como sociedades, tal como tú has destacado en tu carta. Porque, entender la vida como juego no es baladí, ni en lo personal, ni lo social, ni, incluso, en sentido profundo, en el orden del ser.

El hombre nuevo, que habría de vivir desde valores que afirman la vida, que no la encorseten o repriman o la nieguen, es “un niño que juega”, según Nietzsche (disculpa mi alusión, otra vez, a este pensador, pero es que él estaba hablando de nosotros, de nuestra época y su desánimo nihilista, y cómo salir de ahí), un niño que juega, creativamente, pues vive cada momento como si fuera la primera vez. Donde cada momento sería único.

Pero también, para la tradición hindú, la manifestación cósmica no es más que el resultado del juego (līlā), en el que el Todo (Brahman) juega a perderse y a encontrarse a Sí mismo, expresándose a través de las múltiples formas en que aparece el mundo, como en el juego infantil del escondite, y que mientras juega olvida que juega, por lo que, para el niño, eso que “juega” se constituye en la Realidad.

Por lo tanto, una ética auténtica dejaría el mundo abierto, pues fijaría unos límites, solamente, en la medida en que permitan el desarrollo libre de nuestras facultades o posibilidades.

Y claro, si esto no es comprendido, esencialmente, como punto de partida, y no aprendemos a vivir desde ahí, será difícil que podamos actuar libremente y ser más creativos, a la hora de responder a los retos de nuestro tiempo y a sus negros nubarrones. Nos saldrán las respuestas de siempre, ya históricas. Y esto es lo que viene a recoger el conocido libro de Erich Fromm que tú citas, nuestras respuestas habituales a lo que nos pasa: autoritarismo, obediencia ciega, gregarismo pasivo, destrucción, auto-destrucción, tendencias “sádicas” y “masoquistas” que se complementan a la perfección... por desgracia. Pero no son libres en su sentido genuino, es decir, no son resultado de un despliegue de nuestras cualidades esenciales, como hemos ido viendo, sino que, más bien, serían reacciones compulsivas a lo que sentimos como un daño que nos lleva a sufrir.

Así que celebro el concepto revolucionario que citas, que no conocía con ese nombre (“revolución divertida”). Y, realmente, es posible. Y no porque vaya a ser posible o no su materialización en la sociedad, sino porque ya ha sucedido en infinidad de ocasiones históricas... todas esas revoluciones silenciosas (de fondo, lentas y no violentas) en las que aquello que cambia no son, en primer lugar, las estructuras socio-políticas o jurídicas, sino la manera de ver el mundo y de estar en él. Cuando esto sucede, el otro cambio, el exterior... cae por su propio peso (y no siempre ocurre al revés, de ahí la persistencia de ciertos modelos de vida tan destructivos o auto-destructivos). Todos podemos pensar en ejemplos relevantes que confirman, desde lo que nos ha pasado, esta esperanza del cambio interior que arrastraría el cambio exterior. Como decía con ironía una famosa viñeta que ha circulado mucho por Internet, todos queremos el cambio, pero ¡muy pocos quieren cambiar (ellos mismos)!

Nuestra capacidad para vivir libremente no se sustenta sobre ausencia de condiciones o limitaciones, sino que lo hace a partir de nuestra conciencia (individual y colectiva), cuando llega un punto en que comprendemos que se puede vivir de otra manera. Otra manera mejor... si es posible, lo que sea posible, según nuestro nivel de conciencia actual, y que podemos ir revisando sobre la marcha hasta incluir las nuevas realidades que nos vayan apareciendo, contando con que el mundo siempre será nuevo, cambiante y diverso.

¿Es esto una utopía? Pues claro. Una utopía es una situación social e histórica que no existe, pero que orienta nuestras acciones hacia lo mejor que seamos capaces en cada momento. Y no es lo mismo perderse por el camino (en el uso de nuestra libertad) en la buena dirección que andar desorientados, caminando a ciegas por aguas cenagosas, tenebrosas...

Pero, además, contamos ya con mucho, con una copiosa relación de casos históricos, de las andanzas por este mundo del homo sapiens (tantas veces, homo-no-sapiens), tanto las andanzas que se han mostrado preferibles y como las que han sido desastrosas. ¿Por qué nos empeñamos en caer en la misma piedra: la violencia (que no es lo mismo que la combatividad), el autoritarismo, el dominio de unos hombres sobre otros, la domesticación de nuestras capacidades, la depredación de los recursos, el descontrol de las pasiones, que decían los clásicos, etc.?

En fin y resumiendo: Spinoza (“no hay nada más útil para el hombre que el hombre”) contra Hobbes (“el hombre es un lobo para el hombre”). En fin, ¿o nosotros nos ponemos a favor de nosotros mismos o nos convertimos en nuestros peores enemigos? “Je est un autre”, nos recordaba Rimbaud; yo soy el otro tratando de entenderse y, ambos (y muchos y todos los seres humanos) tratando de ser felices, cada uno por su cuenta pero no todos juntos. Pues nada de lo humano nos es ajeno, como también nos recuerda el clásico.


Antonio Sánchez

15 junio 2026

Sobre la libertad 7/8


 

Amigo Antonio:

Me gusta mucho la idea de límites posibilitantes. ¿Es la ética uno de ellos? 

Si tuviéramos que jugar un partido de fútbol (algo tan simple como inmortal para muchos), deberíamos aceptar que el «arte» de una o un gran futbolista debe desarrollarse dentro de los límites de las reglas del juego. 

Si convenimos que la vida es un juego, además de instalarnos en la idea de un sentido lúdico —cosa que no está nada mal—, debemos aceptar que tiene unas reglas sobre las que es posible crear algo maravilloso, algo artístico. Eso solo es posible cuando se desarrolla con un gran esfuerzo y una impagable satisfacción eso que tú llamas «confianza en el organismo», de manera que el desarrollo de nuestro potencial sea un objetivo en sí mismo.

Recuerdo la intensa emoción con que leí hace muchos años el libro de Erich Fromm El miedo a la libertad. Creo que no deberíamos terminar esta serie de cartas sin mencionarlo. Muy resumidamente: la libertad, dice Fromm, no es solo un derecho, sino también una responsabilidad que puede generar miedo. La necesidad de forjar dentro de ese marco una identidad propia provoca ansiedad y sentimientos de inseguridad (a esto contribuye, sin duda, la «sociedad líquida» de Bauman). La solución no puede ser, como bien apunta Fromm, la huída hacia el autoritarismo, la obediencia ciega, el gregarismo pasivo o la destructividad.

Aquí se hace necesario recuperar el componente lúdico del que hablaba más arriba. Se ha hablado, en relación al propio Erich Fromm y otros pensadores, de un concepto apasionante: la «Revolución divertida». Esta revolución propone una transformación social y política que sea alegre, creativa y liberadora, en contraste con las revoluciones tradicionales que suelen estar marcadas por la violencia, el sufrimiento y la opresión.

Combina dicha revolución conceptos tan poderosos como: 

    • la participación activa, entusiasta y creativa de las personas, desde la alegría y la creatividad; 

    • una autorrealización y una libertad auténtica, donde las personas se sientan motivadas a cambiar sus vidas y la sociedad desde un lugar de esperanza y compromiso positivo; 

    • evitar los patrones de dominación y destrucción que han marcado muchas revoluciones históricas, proponiendo un cambio basado en la cooperación y el respeto; 

    • y, por último, el respeto de la dignidad humana y el equilibrio con la naturaleza, apuntando a una sociedad más justa y sostenible.

Si «jugamos» este partido, que sea limpiamente, ¿no?, buscando la belleza, disfrutándolo, admirando al adversario —que no es más que un compañero de juegos—. Las posibilidades de vivir/jugar en libertad son inmensas. 

Jugar desde una actitud activa, entusiasta y creativa, desde la esperanza y el compromiso positivo, evitando los patrones de dominación y destrucción del oponente y respetando la dignidad humana y el equilibrio con la naturaleza. 

El reto es profundamente estimulante. El resultado puede ser delicadamente delicioso.

Juguemos, pues.

José Luis Campos


05 junio 2026

Sobre la libertad 6/8

Querido amigo José Luis, cuántos límites, infinitos, que podríamos ir añadiendo. Claro que sí. Esto me recuerda el primer año de licenciatura de Filosofía, cuando tuve que estudiar una asignatura (creo que se llamaba Bases fisiológicas de la conducta). Después de horas de empollar la extenuante realidad microscópica del sistema nervioso y su multitud de elementos, impulsos, conexiones, sustancias, endorfinas que podían fallar en cualquier momento, dado su delicadísimo engranaje e inestable equilibrio –o al menos eso es lo que llegué a sentir... tan fuertemente–, me vino una ansiedad, mezclada de un estado tal de fragilidad nadeante, que casi pierdo el resuello y me vuelvo hipocondríaco crónico de por vida.

Y claro, con demasiada facilidad (compulsividad, diría yo), perdemos de vista el conjunto y, al poner nuestra atención en las partes de un rompecabezas, al que vamos añadiendo más y más piezas, la idea de “lo que está compuesto” nos arroja en el temor de lo que puede descomponerse en cualquier momento. Decían los clásicos que solamente lo simple puede ser inmortal, como el alma, porque el cuerpo ha de morir, que no es otra cosa que descomponerse en sus partes. Y así podemos visualizarnos: descomponiéndonos, desfalleciendo... falleciendo, vamos. Es tremendo, a lo que nos puede llevar el conocimiento parcial y acumulativo, por muy científico y cuantificado que sea, o quizás por eso mismo.

Pero el todo es más que las partes, o mejor dicho, no es reducible a las partes. Ponemos, en todo aquello que conocemos, la distancia de un telescopio y, cuando miramos al microscopio, hacemos lo mismo. Pero un telescopio nunca ve la realidad actual de un galaxia, sino su estado de hace millones y millones de años. En fin, que necesitamos otra mirada, o mejor dicho, mirar desde otro lugar, si no queremos desfallecer o morirnos en vida. ¿Y cuál es ese lugar? Ese hogar es la confianza. Confianza en el organismo, que no es lo mismo que un mecanismo, como ya hemos estudiado en otras cartas. Un todo ordenado (un kosmos, como dirían nuestros viejos griegos) que se autorregula a sí mismo, por sí mismo, y que nuestra tendencia mental egocentrada tiende a hacer saltar por los aires, a base de desconfianza; en el fondo, auto-desconfianza. Porque... el cosmos está continuamente expresándose en el microcosmos que somos (esto también lo creían a pies juntillas esos mismos griegos).

En fin, que los límites de los que hablas no son límites, limitantes o incapacitantes, sino el marco de todas nuestras posibilidades irresueltas, dado que están siempre por expresarse o desarrollarse. ¿Te deja esto más tranquilo? ¿O al menos te permite vivir mejor? ¡Mira que nos empeñamos en morir antes de tiempo! Así, se decía muy sabiamente, en la película Cadena perpetua que la cuestión (del vivir) no es otra cosa que “empeñarse en morir o empeñarse en vivir”.

Total que, si los límites, en los que tanto abundas en tu texto, extraído de tu libro Instinción Rebelión, son nuestras posibilidades, ¡cuán libres que somos! Porque los límites serán indefinidos o interminables, pero las posibilidades que, a partir de ahí se nos abren, son inagotables e infinitas, ¿no es verdad? Cuando esto lo descubrimos, lo sentimos en nuestras propias carnes, ¿quién nos va a parar? Tú mismo lo has sentido, cuando al final de tu carta agradeces, en los demás y en ti mismo, cuánto has crecido dentro de esos límites posibilitantes. Y ahora, imagina esta misma conclusión aplicada a nuestras relaciones sociales y humanas. ¡Qué extraordinaria visión!

¡Qué sabio, que era Spinoza! ¡Y qué sabio era Nietzsche, con esa intuición suya disparada! “Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello –así, seré de los que vuelven bellas las cosas”. ¿O qué me dices del heterónimo pessoano Álvaro de Campos? “Ser posible haber de ser es mayor que todos los dioses”.


Antonio Sánchez

25 mayo 2026

Sobre la libertad 5/8

 



Amigo mío,

Si, como dices, «el individuo orgánico evalúa, cada uno según su biología o constitución, desde de lo más instintivo o pre-programado a lo más consciente, lo que es importante de su medio, para perseguirlo o para evitarlo», deberemos reconocer que estas elecciones se realizan entre unos límites muy estrictos que las condicionan absolutamente.

Hace unos años —pocos— escribí un texto bastante inspirado sobre los límites y creo que vale la pena traerlo aquí para comprender en qué escenario se mueve la libertad:

«Breve como intensa, dulce como lacerante, en algún momento de cuya memoria quisiera tener conciencia llegó a mis oídos una canción que decía así: “Mi vida limita al norte con la muerte, al sur con mi madre herida, a la derecha mi amo contabilizando el aire, y a la izquierda tu sonrisa, amiga de amar, amante”. No supe hasta mucho después que el autor de esta glosa era León Felipe, porque, en realidad, yo lo escuchaba en las voces de un maravilloso grupo coral que algunos tal vez recordaréis: Aguaviva. 

»No deja de ser curioso que venga a mi memoria esta canción en días como estos, con temperaturas de un calor extremo tanto de día como de noche, con incendios forestales de consecuencias catastróficas, con regiones polares acelerando el ritmo de un deshielo definitivo. 

»Los límites se van estrechando. Sabíamos que nuestra madre solo era fértil en determinadas condiciones, que esas condiciones eran delicadamente frágiles y constreñidas. Vivimos, por ejemplo, en el interior una fina capa de siete a diecisiete kilómetros, según se mida en los polos o en el ecuador. Todo sucede entre los cinco mil metros de altitud y los dos mil metros de profundidad. Fuera de ella no hay vida, no es posible la vida. 

»Por no hablar de frío y de calor. Por debajo de -18ºC y por encima de 50ºC, las condiciones para la vida son casi insalvables. Más allá de estos límites solo se puede encontrar vida en estado latente, en márgenes definidos entre -200ºC y 80ºC/110ºC. Pero es testimonial.

»También podríamos anotar los límites del aire. Ya sabéis: nitrógeno, al 78%, oxígeno, al 21%, gases nobles, al 1% (argón, neón, criptón y helio), dióxido de carbono, al 0,04% y vapor de agua, más o menos al 0,97%. Cualquier alteración de esta composición significa un riesgo para la vida. El aumento de partículas de polvo, por ejemplo, cambia la carga eléctrica de los iones produciendo un deterioro importante en la salud. Además, no hemos dejado de inyectar nuevas sustancias a su composición en las últimas centurias y lo peor es que algunas de esas sustancias que contiene ahora el aire son altamente reactivas, son más propensas a interactuar con otras para formar nuevas sustancias. Cuando algunas de estas sustancias reaccionan con otras, pueden formar contaminantes muy peligrosos.

»Es en ese mismo aire en el que necesitamos respirar entre las 44 veces por minuto de un bebé y las 8 a 16 de un adulto, todo ello en estado de reposo. No parece aconsejable intentar batir el récord de apnea, aunque el aire no sea de la mejor calidad.

    »Con la comida tenemos más margen. Podemos dejar de comer hasta 45 o 60 días, pero los resultados serán funestos. Si queremos que todo vaya bien, mejor comer entre tres y cinco veces al día.

»Necesitamos en definitiva tierra firme, fuentes de agua potable, suelo orgánico, lluvia en su cantidad justa, vegetación y fauna, etc. Y necesitamos que todo ello se relacione de una determinada manera en que la convivencia entre todos los factores favorezca la fertilidad y la reproducción de millones de formas de vida que conocemos y, sobre todo, que no conocemos. Todas ellas forman parte del engranaje.

»Si abusamos del sedentarismo nuestro cuerpo abandona sus condiciones óptimas. Si abusamos del esfuerzo físico, se colapsa. Si vivimos en soledad, nuestra mente sufre. Si nos sumergimos en un gregarismo extremo, nos asfixiamos psíquicamente. 

»Si nuestros emolumentos están por encima del sueldo mínimo interprofesional podremos sobrevivir modestamente. Por debajo de este, seremos más o menos pobres —en esto también hay grados—. Si estamos muy por encima, seremos económicamente ricos, pero nuestra tasa de necesidades a cubrir experimentará un alza incontrolable.

»Es de locos. ¿Cómo ha sido posible que prospere la vida en estas condiciones Y, sobre todo, ¿cómo es posible que algunos iluminados piensen que pueden controlar este mecanismo? Los límites son muy marcados y, sin embargo, el engranaje es de una complejidad inimaginable.» 

(Instinción Rebelión, 2022)

Nunca podré dar las gracias a todos aquellos seres maravillosos que me han ayudado a vislumbrar lo extraordinario, dentro de esos límites. Sería justo que lo supieran. Que supieran qué importante fue su libro, su composición, su pintura, su inspiración para alguien como yo, o como tú. Porque la soledad en la estrechez de estos límites puede llegar a ser extenuante, y más la soledad de quienes andan siempre en esa estrecha vereda que ensancha la sensación de finitud. 

Caminante, no hay camino, sino estelas infinitas en un mar imaginario... ¿Tal vez es eso la libertad?

José Luis Campos


15 mayo 2026

Sobre la libertad 4/8


Querido amigo, tu carta me ha hecho sentir que estamos llegando al núcleo del problema de la libertad. Poco a poco conseguiremos, eso espero, aclarar y aclararnos, de cara a cualquier inteligencia que se precie de tal (me ha hecho gracia eso de que una IA pueda leernos). Y no es sobre el tema de los límites de la IA de lo que hablamos, pero, como estamos hablando de lo propio de una inteligencia natural (me encanta la expresión), creo que una inteligencia artificial ni se va a enterar (o eso esperamos).

En efecto, has nombrado, directa o indirectamente, dos ingredientes fundamentales de la libertad... humana. Uno sería la conciencia o capacidad de ser conscientes, y el otro ingrediente la búsqueda de la felicidad, de la que hablas afortunadamente en tu carta (o también la risa que, efectivamente, podemos dejar para otro momento).

Quizá no me expliqué bien. Esa condición de lo inteligente, que necesita interactuar con su entorno para poder sobrevivir, no se cumple mecánicamente, como los relojes de los que hablábamos en la carta anterior, y que simplemente funcionan o no funcionan (si sus piezas no interactúan convenientemente se avería, pero no tiene la capacidad de auto-crearse sobre la marcha), sino que el individuo orgánico evalúa, cada uno según su biología o constitución, desde de lo más instintivo o pre-programado a lo más consciente, lo que es importante de su medio para perseguirlo o para evitarlo.

Así que tranquilo... una (mal-llamada) “inteligencia” artificial no se convertirá en orgánica cuando “sienta” la necesidad de protegerse de amenazas exteriores. Puede que algún día sea posible que una máquina “se defienda”, pero no lo va a sentir ni lo va decidir de una manera consciente, ni siquiera instintivamente. Puede que lo haga, pero como resultado de una función o un conjunto de funciones, que es algo muy distinto. Esto no significa que no pueda llegar a ser más eficaz (en algún sentido) que una inteligencia natural, pero, simplemente, sería otra cosa: hay un salto entre lo natural y lo artificial (según Aristóteles, lo natural es un principio (physis) que constituye el propio ser, se halla en sí mismo, por sí mismo y no por otro, el artífice).

La inteligencia es un atributo del ser natural (que es según physis), que le permite ser capaz de ordenarse y reordenarse a sí mismo continuamente, si nada se lo impide. Volviendo a Spinoza, tan incisivo como siempre, nos dice de nuevo en su Ética: “todo ser se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo”.

Planteas muy bien la cuestión de la libertad ligándola a la felicidad, porque una auténtica felicidad solamente puede venir de una auténtica libertad. Pero no hay libertad sin liberación de nuestros condicionamientos internos (deseos y temores, huidas y compensaciones, compulsiones y resistencias, consecuencia de heridas o vacíos, impregnados éstos de ideas limitadas o erróneas que nos llevan a sufrir), no solamente condicionamientos externos, que es lo que suele entenderse por libertad. Si esta liberación interior no está presente, o no ha sido trabajada suficientemente, no es de extrañar que acabemos convirtiéndonos en sujetos hedonistas que, si se descuidan, acabarán siendo esclavos de sus propias compulsiones, muchas veces creadas desde fuera, como bien alude la cita de Anabel Palomares, que traes en tu carta.

Así que, de ninguna manera, en mi opinión, el bienestar de tipo hedónico que mencionas podrá conducir a un bienestar superior de tipo eudaimónico (de nuevo Aristóteles), pues está claro que no nos libera, sino todo lo contrario. Precisamente el proceso de autoconocimiento que conlleva esa liberación es lo que nos aproxima a la auténtica libertad: ser yo mismo en lo que hago, en lo que pienso, en lo que siento, en lo que digo... Algo con lo cual tú acabas tu carta. Así que estamos de acuerdo en el fondo.

Pues bien, con todo esto que hemos discutido hasta ahora, nos hemos referido, más bien, a la vertiente ontológica de la libertad, en el individuo, base de cualquier discurso sobre la libertad en el contexto social. Pero quiero retomar, querido amigo, una idea que mencioné de pasada en mi carta anterior. Siendo como es la libertad tan importante para concebirnos como seres humanos (según Kant, hay dos evidentes realidades: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí, cuyo fundamento es la libertad), ¿cómo podemos contribuir a que la libertad no sea una palabra gastada, que todos mencionan o usan, pero en la que casi nadie cree ya, si no es como una palabra mágica con que movilizar el voto o aumentar los beneficios, un medio y no un fin? Y esto no lo podemos permitir, creo yo... que campe a sus anchas esta tendencia. ¿Cómo orientar nuestra libertad para construir un mundo mejor?


Antonio Sánchez

05 mayo 2026

Sobre la libertad 3/8

 


Amigo Antonio:

Hagamos una «previa» en esta respuesta, al margen del tema que nos ocupa. Extraigo de una idea que expones en tu carta una conclusión inquietante. Si llamamos inteligencia a la necesidad de interactuar para sobrevivir, ¿es oportuno pensar que una inteligencia artificial pasará a ser orgánica cuando sienta la necesidad de defender su existencia [sobrevivir] interactuando con el entorno «libremente»? No me negarás que es una perspectiva delicada. Porque, en todo caso, ¿seremos capaces de «explicar» a una inteligencia artificial qué es exactamente la libertad?

Sospecho que ha de ser muy difícil sobrellevar la cualidad de inteligente sin tener algunos atributos necesarios como el de la expectativa de libertad, o el del humor y la risa (eso da para otra serie, ¿verdad?).

Dicho esto, perseveremos en explicar a la IA o cualquier otra IN qué es la libertad, por si acaso se da una vuelta por este blog.

Pensemos qué ocurriría si a un organismo libre pudiéramos convencerlo de que lo deseable para su supervivencia fuera algo realmente perjudicial. 

Hay una idea de libertad básica que está firmemente ligada a la idea de felicidad. Se fundamenta, no en el instinto de supervivencia, sino en el anhelo de poder alcanzar cualquier tipo de bienestar hedónico. Me remito a un buen artículo de Anabel Palomares en la revista Trendencias en el que parte de las teorías de Zygmunt Bauman y dice: «La psicología asegura que existe una diferencia entre bienestar hedónico y bienestar eudaimónico. El primero está relacionado con el placer, la comodidad y el disfrute y el segundo, con el sentido de la vida, las relaciones o el crecimiento personal. El consumismo actual estimula el primero y olvida el segundo, y eso es un problema.»

Creo entender que para muchas personas buscar bienestar eudaimónico pueda plantearse como un objetivo complicado o incómodo, y resulte mucho más sencillo y gratificante a corto plazo buscar un bienestar hedónico. Pero es evidente que lo que se pierde por el camino es la soberanía de darle uno mismo sentido a su vida. ¿Puede ser esto una explicación al incremento exponencial de los problemas existenciales de muchas personas en nuestra sociedad?

Queda planteada, pues, una primera cuestión para quien pudiere estar interesad@, sea IA o IN en esta cuestión: ¿Queremos libertad para elegir el coche de nuestros sueños o para dar sentido a esos sueños? ¿Queremos que la libertad nos conduzca a consumirnos en deseos o a consumar una felicidad liberada de deseos fútiles?

Tal vez me has contestado ya cuando planteas que «la aceptación e integración  de lo necesario, te permite liberarte». Y tal vez haya quedado un poco más claro en mi respuesta qué es lo necesario. ¿Podría ser que el  bienestar hedónico conduzca a la liberación y el bienestar eudaimónico a la libertad?

Rezaba el viejo mantra jainista: «Me postro a los pies de todos aquellos que se han conocido a sí mismos.» ¿Se puede realmente llegar a ser libre sin este conocimiento?

José Luis Campos


25 abril 2026

Sobre la libertad 2/8


 Interesantes cuestiones me planteas, querido amigo y, a la vez, inquietantes. Como lo es todo lo que nos hace estar vivos. El ser vivo, en cierto sentido, no es más que un ser inquieto que busca la quietud y vivir lo mejor que pueda desde ahí. Tú lo expresas de un modo poético, cuando dices que buscamos “abrevaderos frescos” para apagar o mitigar nuestra sed... no sé si de conocimiento o sed de ser, nosotros mismos. Luego volveremos sobre esto.

Explícitamente, y más adelante en tu carta, quieres que tratemos sobre la libertad. Y comienzas distinguiendo entre mecanismo y organismo. ¡Excelente comienzo! En un ensayo de Karl Popper, que trabajé hace mucho tiempo, cuando terminaba mis estudios de Filosofía, él planteaba la cuestión a tu manera, señalando las diferencias entre relojes y nubes; y de este modo discutía, respectivamente, la verdad del determinismo y del indeterminismo. ¿Todo es determinable o predecible en nuestro mundo, o bien, siempre permanece un resto de indeterminación y, por lo tanto, queda margen para la libertad, la novedad, la sorpresa, lo impredecible? Si en el Universo hay hueco para la libertad, y nosotros, pobres seres inconstantes de este Universo, podemos ser algo más que el resultado de un mero juego de leyes necesarias. Pues bien, observemos los relojes y las nubes...

Las dificultades con la predicción del movimiento y los efectos de las nubes podemos comprobarlas todos los días, a la hora del tiempo (atmosférico) en la tele; Pero, los relojes, por su lado, ¿no se atrasan o se adelantan, por muy sofisticados y cuánticos que sean, si están hechos de materia degradable o entrópica, como es toda la materia? Si estimamos que hay en el mundo relojes y nubes, fenómenos de ambos tipos, como hace Popper, no creo que esto nos lleve muy lejos... Es más interesante fijarse en el hecho de que, efectivamente, hay en el mundo todavía nubes. “El infinito ataca, pero una nube salva”, decía René Char.

Volviendo a lo que directamente recoges en tu carta, lo que el organismo hace, a diferencia del mecanismo, “interactuar para sobrevivir”, yo a eso lo llamaría inteligencia. Y esto no nos aparta ni un ápice de la posibilidad de la libertad. Porque no hay inteligencia en el mecanismo (algo de esto hemos hablado en nuestra serie sobre la tecnología y en torno a la IA). Sin embargo, el organismo sobrevive creando nuevas soluciones a partir de su interacción con aquello que le rodea, dentro y fuera de sí mismo. Así pues, si detectamos en un ser vivo algún tipo de creatividad, por muy sutil y simple que ésta sea, no podríamos dejar de usar la palabra “libertad”, por muy gastada que ella esté, como tendremos ocasión de discutir más adelante, quizá, en esta serie de cartas... Si te parece, vamos a intentar dar lustre juntos a la palabra “libertad”, revitalizando su sentido en un mundo como el de hoy.

De todos modos, tú ya anuncias algo en esa dirección, cuando te preguntas: “¿por qué la multitud de caminantes bebe una libertad estancada y putrefacta?”. Pero luego, acto seguido, también te preguntas: “¿por qué compran el discurso de una libertad ilimitada y simple?”. Y lo que te puedo decir por ahora, amigo José Luis, es que para entender (más bien que para conocer) esa aparente contradicción de la vida sometida o sojuzgada que busca redención, aunque sea de una manera ciega y desbocada, habríamos de distinguir entre libertad y liberación. Estamos hablando, claro, dentro del contexto humano. O quizá no solamente... quién sabe.

Me gusta tu imagen de la orquesta. Yo la convierto en una orquesta, o un grupo, de jazz, si te parece bien. ¿Cómo tocan juntos, cómo se armonizan y, a la vez, improvisan y están creado, mientras ejecutan un ritmo o una melodía? ¿No es eso libertad, aunque no todo sea libre? Cuando están tocando, cada uno de los miembros del grupo, ¿no tiene que estar súper concentrado en el conjunto y en su parte? Pero si alguno de ellos está atrapado por sus propios temores y juicios de valor, ¿no se resentirá todo el grupo en su creación armónica? Claro, lo que estaba pasando, y por eso no sonaba bien el grupo, era que uno de los músicos no estaba centrado, no se sentía libre, estaba aprisionado dentro de sus barrotes interiores.

No hay libertad en marcar las horas, como dices, a no ser que sean marcadas con algo conciencia de lo que se hace, como es lo propio de los organismos, cada uno a su manera según sus capacidades. Así, afirma Spinoza: “Se llama libre a aquella cosa que existe en virtud de la sola necesidad de su naturaleza y es determinada por sí sola a obrar”. Cuando uno actúa de acuerdo con su naturaleza profunda y no atado por condicionamientos tanto internos como externos, entonces es libre. Dicho de otro modo: la aceptación o integración de lo necesario, te permite liberarte y, a partir de ahí, poder actuar más libremente. No sé si esto te sirve, querido amigo.


Antonio Sánchez

15 abril 2026

Sobre la libertad 1/8

 


Querido amigo:

En estos tiempos en que nuestras cartas se cruzan buscando abrevaderos frescos para nuestra sed de conocimiento, todo parece indicar que una multitud de caminantes apagan la suya con aguas estancadas y putrefactas vertidas en sus sedientos gaznates por aguadores que hacen pingües beneficios de esa estafa recurrente.

El agua fresca que buscamos no nace de la simplicidad; es un milagro escaso que requiere arte, esfuerzo y compromiso. El verdadero conocimiento nunca está estancado: es una fuente y fluye, y se derrama, haciendo fértil el páramo o la espesura. 

Nuestra actitud para encontrarlo se parece a la del zahorí que extiende ante sí un péndulo buscando manifestaciones sensibles de energía que atraviesen todo su ser, hasta el momento en que el péndulo se mueva. El flujo del conocimiento se «siente» primero y se entiende después. Primero nos atraviesa como una descarga y luego nutre nuestro espíritu y lo transforma. No basta con la herramienta; hace falta un ser vivo, y muy vivo, para ello.

Y ya que hablamos de herramientas y seres vivos, permíteme que haga hincapié ahora en la diferencia fundamental entre un mecanismo y un organismo: el organismo nace, crece, tiene el don de saber y poder reproducirse, y finalmente muere. En ese devenir asume de manera imprecisa multitud de funciones biológicas frente a su entorno: es decir, interactúa para sobrevivir. 

Por eso un organismo no está construido con la precisión de un reloj, porque no responde a una función única perfectamente delimitada. La supervivencia exige al organismo competir y colaborar, a partir de una interpretación acertada, tanto de las condiciones de la propia naturaleza como de las del «ilimitado» medio en que actúa. Y esto es así para organismos simples y para organismos complejos, por ejemplo un grupo social.

Dicho esto, amigo Antonio, ¿cómo encontrar una interpretación correcta de lo que significa la libertad? ¿Cómo explicar a propios y extraños la complejidad de definir y delimitar su fundamento y su funcionalidad? No parece fácil.

Entonces ¿por qué la multitud de caminantes bebe una libertad estancada y putrefacta? ¿Por qué compran el discurso de una libertad ilimitada y simple?

Si pensamos en un grupo social, por ejemplo, una orquesta sinfónica, puede intentar funcionar como un mecanismo y, sí, la música irá apareciendo mientras todos ejecutan a la perfección la partitura. Pero ¿es eso realmente lo que debe hacer una orquesta? ¿Está viva esa música? 

Si la orquesta intenta funcionar como un organismo, además de seguir la partitura, deberá cada cual interpretar innumerables estímulos del medio: sus compañeros, su estado de ánimo, su memoria, su estado físico, etc. para así adaptarse y ejecutar una interpretación de la música en un tiempo, una circunstancia y un espacio determinados. ¿Qué papel juega la libertad en ese caso?

Me gustaría pensar que la sociedad es como esa orquesta «orgánica» y no un mecanismo perfecto aunque muerto. Porque, veamos, ¿puede un reloj encontrar alguna explicación al tiempo que lo habita? No hay libertad alguna en marcar las horas, por tanto algo tendrá que ver la libertad con la cualidad del conocimiento, vamos, digo yo.

José Luis Campos 



05 abril 2026

Sobre la tecnología 8/8

 


Querido amigo, ¡tantas ganas tenías de leerme sobre la (mal llamada) inteligencia artificial, que ya te has lanzado tú mismo a escribir sobre ello! ¿O ha sido para provocarme? ¡Me encanta! Pero no te hacía falta... ya me provoca reflexión este artefacto, este nuevo juguete de la humanidad en manos de una parte ínfima de la humanidad, sus tendencias más irracionales (y eso que está compuesta la IA de algoritmos lógicos; pero, la racionalidad humana contiene mucho más que la mera lógica deductiva). Como decía Nietzsche con su habitual vehemencia, sólo critico lo que triunfa (acuérdate de la broma que te hacía sobre el gobierno, en el final de mi carta anterior, remedando a Tip y Coll). Porque, además, eso parece: que nos puede llegar a gobernar la IA y no al revés. Y por esto, por su intromisión, cada vez mayor y más flagrante, en todos los órdenes de la vida (tú te has referido a ello), como ciudadanos, hemos de someterla a crítica; ser críticos con la IA consiste en tratar de ser muy conscientes de su naturaleza y de sus efectos a medio y largo plazo, contando con el tipo de concreciones de la tecnología que suele regir en nuestro mundo, como ya hemos hablado.

Es muy digno de estudiarse, y algo se ha estudiado, cómo los relatos de ciencia-ficción (literarios, cinematográficos, publicitarios de todo tipo) condicionan nuestros deseos y preparan nuestras expectativas para la aceptación acrítica de ciertas tendencias en el diseño posible de las nuevas tecnologías. Una especie de determinismo tecnológico nos atenaza: estamos (parece) abocados a esos mundos que nos adelantan dichos relatos utópicos o distópicos. En el mejor de los casos, están pensados para hacernos reflexionar y prevenirnos sobre lo que se nos viene encima, si perseveramos en unos determinados desarrollos sociales de los los “avances” científico-técnológicos, pero provocan, quizá sin quererlo, el efecto contrario: que nos aferremos a esa (aparente) única posibilidad y nos entreguemos a ella de forma ciega y sin reservas.

Esta peculiaridad de los efectos no deseados la comprendí hace años, cuando un grupo de voluntarios de una asociación contra el abuso de las drogas se presentaron en mi Centro educativo y mostraron sus efectos dañinos para la salud usando unos medios audiovisuales tan atractivos que, subliminalmente, provocaban en el alumnado un efecto muy diferente del que se pretendía: que les atrajese el probar las drogas si, como aparecía en el vídeo que proyectaron, por la música y el ambiente, el mundo de la droga “daba tanta marcha”). De nuevo, los medios que usamos pervierten los fines que nos proponemos (la forma de llevarlos a cabo), por muy loables que éstos puedan ser inicialmente. Y esto vale para todo, también, y muy especialmente, para la política actual, por ejemplo.

Así que ya tenemos preparado el advenimiento sumiso de la IA (esto unido al mito del progreso, algo de lo que ya hemos hablado) y así, ¿cómo extrañarnos de que esté penetrando la IA, tan rápida y persistentemente, en nuestra vida cotidiana? Basta mirar en el menú desplegable de una “red social” de Internet la gran cantidad de usos (“benéficos”) que puede ofrecernos. ¡Todas nuestras necesidades quedarán cubiertas! Organizar un cumpleaños, aconsejar a un amigo, tomar decisiones en situaciones complejas, satisfacer mis inquietudes existenciales, escribir un poema o un discurso, investigar la verdad, ser feliz, conocerme, resolver mis traumas, ayudarme con mi trastorno de personalidad, qué cocinar hoy, en qué invertir mi dinero, diagnosticar un problema de salud... en fin, todo lo que me preocupe, inquiete o interese en mi vida ya se me da resuelto... y acabado. Y sin haberlo solicitado, ahí, servido en bandeja y gratis, por lo menos por ahora; marketing del más puro: primero creamos la necesidad, que ya vendrá detrás el beneficio, cuando millones de personas estén enganchadas a un objeto o sustancia o situación y les resulte “vital” su uso.

Pero hablemos de la inteligencia natural versus inteligencia artificial, ya que lo mencionas en tu carta. Lo primero, ¿es la IA inteligente? Claro, depende de lo que entendamos por “inteligencia”. Si inteligencia es realizar funciones, seguir unas órdenes programadas de antemano, resolver ecuaciones, reducir la complejidad de lo real a conexiones de la lógica formal binaria (lo que no es blanco es negro y viceversa, la puerta solamente puede estar abierta o cerrada, pero no entre-abierta, con todos sus matices...), deducir, encajar piezas ya preexistentes o conocidas... entonces se puede decir que la IA es inteligente. Pero el riesgo mayor es el reduccionismo: pensar que la inteligencia humana o animal o de la vida o del cosmos... es eso y nada más que eso. Cualquier cosa no puede ser inteligencia. Será inteligencia, pero no inteligente. Esto es otra cosa. Platón distinguía muy claramente entre dianoia y nous: razonamiento y entendimiento o comprensión directa. Y dice el filosófo contemporáneo Luis Sáez Rueda: “Nuestras máquinas jamás pensarán. Jamás comprenderán "sentido", es decir, acontecimientos. Solo pueden llevar a cabo procesos "ciegos". Y su peligro radica en esto último. Los procesos ciegos que podemos provocar son tan vastos e inerciales, que constituyen el nuevo "destino" esperable de nuestro tiempo, si continúa en esta senda”.

La verdadera naturaleza de un ser está en lo que es de suyo, de manera esencial y no accidental, que le hace ser lo que es, aclara Aristóteles. Así pues, una inteligencia es inteligente si lo es de modo esencial y no accidental y, por ello, en el caso que nos ocupa de la inteligencia, está siempre (esta posibilidad de ser y de vivir inteligentemente) en el artífice y no en el artefacto, que ha sido creado artificialmente. Aquí radica una de las confusiones habituales respecto a este tema: una máquina no puede ser más inteligente que el tipo de inteligencia que la ha diseñado y desarrollado, a través de unos materiales y unos circuitos. Y continúan las confusiones...

El poder de la máquina no es el de crear realidad, sino el de fingir la realidad. Y ya que no puede crear vida sino fingirla, tratamos (nosotros con la máquina) de crear la ficción, creernos, que una vida recreada o fingida es real. Y esto no debemos olvidarlo. Recomiendo una película (Sully, dirigida por Clint Eastwood) sencilla pero honda por su alcance (además, basada en un caso real), que contrasta la realidad (siempre nueva, diversa y cambiante, llena de matices insondables, con lo que hay que contar siempre) con una simulación de la realidad, que pretende emitir un juicio “técnico” acerca de la oportunidad o no del aterrizaje forzoso que tuvo que realizar el capitán Sully en el río Hudson con su avión lleno de pasajeros.

Y me dices en tu carta: “Insisto en que es el conocimiento y el autoconocimiento la clave. Saber hacer las preguntas oportunas, saber buscar las respuestas adecuadas, sentir la manifestación de la vida en el propio yo, dialogar verbal y emocionalmente con todo lo que nos rodea. Entender, interpelarse, dudar, sorprenderse, gozar del crecimiento. ¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en todo eso?”. Eso mismo me pregunto yo, querido amigo. Pero mira: ¿todo eso no es en lo que consiste filosofar? ¿Y no estamos filosofando... juntos, ahora? Solamente, necesitamos ser más de dos...


Antonio Sánchez