Fuente Hondera (Capileira)

05 octubre 2026

Sobre la verdad 4/8


Querido amigo José Luis,

con tu respuesta de ahora entiendo mejor lo que me querías decir, respecto a la afirmación “la vida merece la pena”, que era punto de partida y no punto de llegada (como yo te respondía), para una vida verdadera, vivida con sentido. Porque debe quedar claro, para el lector posible de estas cartas, que nuestra indagación actual sobre lo que sea la verdad se aleja de un planteamiento puramente racional o lingüístico, como tú dices. Por eso decíamos que no separábamos, en nuestra búsqueda, verdad y vida.

En ayuda de mi comprensión de lo que (creo que) quieres decir, no sólo de lo que dices (y esto, creo que es fundamental para que haya una buena conversación), pongo por delante la afirmación que hacía el viejo Aristóteles sobre los “principios últimos y primeros”. Lo último (la meta, la finalidad, el desenlace, la concreción resultante) de un proceso físico o vital está ya, desde el comienzo, como capacidad o potencia, como esencia que busca realizarse a través de su propio desenvolvimiento o desarrollo. Lo último y lo primero de un proceso solamente estaría separado en nuestra conciencia limitada, dado que lo primero en el orden del ser es lo último (a lo que se llega) en el orden del conocer. Y de esto podríamos poner multitud de ejemplos, propios de cualquier naturaleza (o físis): el fruto ya está en la semilla, el hombre en el niño, la respuesta en la pregunta, la muerte en la vida, el deseo de plenitud en la carencia, etc., etc.

Así que tienes razón: para que la vida merezca la pena vivirse tiene que partir de (o reconectar con) una convicción previa, una certeza que intuimos, que sentimos, que ya está en nosotros, balbuciendo, queriendo expresarse, realizarse. Mira el caso paradigmático de una vocación personal: algo (una meta) que ya está en mí, me llama y me moviliza, me pide expresarse en mi realidad, realizar mi identidad (que no está dada de antemano) de una manera determinada en el mundo. Y esto es una maravilla, cuando lo escucho y lo dejo realizarse. Mi vida cobra verdadero sentido y un sentimiento subterráneo de felicidad me inunda y llega para salvarme.

También necesitamos (tal como lo siento ahora mismo) distinguir en nuestra búsqueda tres aproximaciones básicas de la verdad, que nos llevarían por caminos y derroteros muy diferentes para la vida (personal, social o de toda una época): la verdad como adecuación, la verdad como desvelamiento y la verdad como revelación. Respectivamente, concordancia entre lo que decimos de la realidad y la realidad misma (éste sería el significado habitual de la verdad, el que manejamos tanto en la vida cotidiana como en la investigación científica); la verdad como des-cubrimiento o des-ocultamiento (alezéia, la llamaban los primeros filósofos griegos), que se alcanza cuando quitamos lo que la cubre, generalmente, nuestra ignorancia, nuestros condicionamientos psicológicos y mentales; dentro de esta concepción de la verdad. se nos pide que hagamos algo, que hagamos un trabajo de desbroce para poder dejar el terreno despejado, pero a la vez que adoptemos una actitud de receptividad y escucha, hasta cierto punto pasiva, de modo que se manifieste la verdad de algo en nosotros. Por aquí iría la “verdad como revelación”. Esta actitud en la búsqueda de la verdad (como sucede en la contemplación filosófica, estética o espiritual) nos solicita desarrollar no ya nuestras capacidades racionales o lingüísticas, lógicas o sensoriales, sino las habilidades activas y receptivas del corazón (María Zambrano), nuestra intuición o comprensión profundas. Y creo que esto es a lo que apuntas en tu carta.

¿Y cómo expandir en nosotros dicha capacidad receptiva, de manera que las verdades (o revelaciones) aparezcan, se conviertan en presencia activa? Tú has dado una clave fundamental (y también hablamos de ello en la serie de nuestras cartas “sobre el sufrimiento humano”): deshacer la desconexión básica, con el fondo de nosotros mismos y con el fondo de los demás seres y el mundo como totalidad. En la medida en que nos sintamos (y nos vivamos como) separados (esa conciencia de separatividad, que dijimos), frutos separados del árbol que nos ha dado la savia y podamos ir madurando, no habrá verdad que nos sacie ni acción nuestra que nos satisfaga; si es que no reproducimos en el mundo o en nosotros mismos, una y otra vez, un daño o un sufrimiento evitables. Miremos a nuestro alrededor y preguntémonos si no es posible vivir de otra manera. ¿Y cómo podemos volver a conectarnos con la realidad, con la verdad, con la vida? Esta es la cuestión... Seguimos hablando, querido amigo.


Antonio Sánchez

25 septiembre 2026

Sobre la verdad 3/8

 


Amigo Antonio, agradezco el planteamiento de tus últimas reflexiones cuando hablas que «aquellas ocasiones en las que nos hemos sentido muy bien y “todo tenía verdadero sentido”».

La cuestión de la verdad suele aparecer contaminada de una premisa que todos damos por cierta: que a la verdad se llega a través del discurso, del lenguaje, de la razón. Haces muy bien en recordarnos que el sentido de la vida no se aprende, sino que se «siente». Si no, estaríamos hablando de la razón de vivir, que yo creo que no es lo que estamos buscando.

Ya has visto en mi primera carta de esta serie que he planteado varias preguntas: ¿Hay una verdad o varias absolutas? ¿Hay verdades relativas? ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida? ¿Las verdades son eternas e inmutables? Podríamos plantear muchas más, pero lo que me interesa es cómo debemos enfrentar estas cuestiones. Si el lenguaje no es la herramienta idónea, ¿cómo lo podemos hacer?

Veamos el ejemplo anterior. Es cierto que la afirmación «La vida merece la pena» tiene, como tú dices, un sentido que puedo experimentar. Sin embargo no estoy de acuerdo en que no pueda ser el punto de partida. Desde la experiencia sensorial, inconsciente, no verbal, no racional este es el único punto de partida posible. Del mismo modo, «sentir» que la vida espera algo de nosotros es esencial. Y no podemos llegar a estas verdades desde la razón.

Para abrir camino voy a permitirme afirmar algo radical: el verdadero responsable que propaga la infección de la mentira es la desconexión. No es un problema de estos tiempos. Ya comenzó hace mucho.

Nuestra programación evolutiva se construyó en la relación con un entorno en el que el orden natural estaba presente por doquier y el orden antropológico se regía por dimensiones comunitarias de ámbito local. Pero algunas instituciones comenzaron a entrometerse en este orden hace milenios, y sustituyeron la experiencia ancestral por el discurso, por la palabra: la justicia, la iglesia, etc. Esta perversión nos fue aislando como individuos y nos fue convirtiendo en receptores pasivos de doctrinas. Es decir, nos fue desconectando de nuestros semejantes de modo que las relaciones ya no eran directas, sino vicarias, ya que estaban permanentemente tuteladas por la institución. Y nos fue desconectando de nosotros mismos, ya que nuestra percepción directa de la realidad dejaba de ser fiable, frente a la interpretación dictada por la institución.

En estos tiempos esa desconexión se ha visto intensificada dramáticamente por los medios de masas y las redes sociales, que no son más que el brazo propagandístico de las instituciones de control.

Por tanto ¿qué debemos hacer para buscar la verdad?: volver a conectar. En primer lugar con nosotros mismos. Respetar los ritmos de un cuerpo y una mente que tienen unas necesidades imperativas. ¿Es posible hallar la verdad desde el ruido, la explotación, el aislamiento o la violencia? Supongo que no es imposible, pero se convierte en tarea de titanes. Como bien dices, para que haya una total integración, nuestro interior y nuestro exterior deben ser uno: deben estar íntimamente conectados. Eso no se consigue con dogmas ni consignas. Internet está lleno de dogmas y consignas de tres al cuarto.

También debemos conectar con la comunidad; al menos con una comunidad, aunque sea reducida. Establecer vínculos de la mayor calidad posible. Alimentar iniciativas que nos liberen de las múltiples ataduras del sistema para ofrecer espacios donde el silencio, la libertad, el respeto, la empatía nos permitan acercarnos a esa percepción de la verdad de la que te hablaba antes. Y tolerar la duda —que ya hemos analizado— como herramienta compartida para llegar a esa verdad.

Podríamos argumentar en este punto que algunas verdades que hemos percibido como absolutas pueden estar mutando, por ejemplo: que el planeta Tierra es nuestro hogar y nos ofrece todo lo que necesitamos para vivir y progresar. Si estamos desconectados de todo, es posible que no lleguemos a percibir que esta verdad está a punto de saltar por los aires. Si queremos seguir creyendo que nuestro «Titanic» es indestructible, es comprensible que sigamos tocando una bella melodía junto a la orquesta. Y es posible que fundamentar nuestra vida en una falsedad de tal calado nos obligue a condimentar toda nuestra realidad con un buen repertorio de reajustes que acaban siendo el corolario de una seria patología falsaria. Es decir: nos vamos a estar mintiendo para sostener una convicción primordial que, nunca mejor dicho, hace aguas.

Por tanto, desde la intuición, desde el sentimiento, desde el silencio, desde la serenidad, desde la vinculación enriquecedora se puede llegar a la verdad. 

José Luis Campos


15 septiembre 2026

Sobre la verdad 2/8


Querido amigo José Luis, he de confesarte que tu modo de plantear el tema (o el problema) de la verdad es muy vitalista, es decir, que está muy unido a la vida, no sé si te das cuenta. Y eso me gusta. ¿De qué otro modo podria ser? Muchos han buscado la verdad por la verdad (de un modo lógico, científico o lúdico), eso dicen, pero en el fondo tratan de vivir buscando la verdad y eso les hace sentirse mejor. Por lo tanto, no han dejado de ser humanos que, para sentirse vivos, buscan la verdad por la verdad, sin un más allá de la verdad... eso dicen. Realmente, no debemos separar la verdad y la vida. Cuando esta separación se ha llevado a la práctica, las aberraciones humanas y los descalabros históricos han venido servidos en bandeja. Así que, amigo mío, hablemos de la verdad sin escamotear la vida (la cosa también funciona al revés: ¿qué sería de una vida desligada de la verdad, de la realidad, de una búsqueda honesta y sincera de la verdad?).

Y me temo que hablar apropiadamente de la verdad no sería posible sin una buena dosis de actitud sképtica, en el sentido antiguo que hemos referido en nuestra anterior serie de cartas sobre la duda, entendida como una continua investigación... Vivir desde el no-saber nos capacita para saber, sin creernos que ya hemos encontrado la verdad, convirtiendo lo que sería una creencia u opinión (una representación o interpretación particular de la realidad) en esas logopatías que nos has traído de la mano de Salvador Pániker, y que tanto daño hacen y nos hacen. Comienza Nietzsche su ensayo breve, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, de esta forma inusitada: «En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y falaz de la Historia Universal». Basta fijarse en su título para apreciar el fondo del problema de la verdad, cuando deja de ser una búsqueda para convertirse en una ilusión, una necesidad compulsiva o una preferencia.

Realmente, el problema de la verdad tiene muchas vertientes, que trataremos de ir desgranando, poco a poco, a lo largo de nuestro intercambio, si somos capaces y nada lo impide. Te haces algunas preguntas, pero habría muchas más; y las que te haces ya les pones coto tú mismo al hablar del riesgo de las logopatías: la tendencia humana, demasiado humana, que convierte un concepto en una realidad, para, de ese modo, poder “sobrevivir” en un mundo tan diverso y tan cambiante, tan difícil de apresar con nuestras manos; el querer adquirir seguridades como sea, completas, absolutas.

Y es curioso el fenómeno actual: con renovadas ganas –y paradójicamente– en la era de la posverdad, en la que parece que todo vale igual y da lo mismo, mucho más que en otras épocas, nos acabamos aferrando a una “boya salvadora”; «podrá haber muchas boyas, pero eso me importa un pimiento, “la mía” es la buena y no quiero saber nada de las otras» (cuando, en realidad, todas las boyas flotan en el mismo mar). El relativismo radicalizado se convierte en el dogmatismo más atroz, intolerante y violento. De manera que muchas gracias, José Luis, por plantear este tema... nos va la vida en ello; poder vivir nuestra vida con una plenitud y autenticidad suficientes.

Antes de ir hacia la respuesta que das a tu pregunta («¿cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida?»), querría detenerme un poco en la pregunta misma. No sé bien si en la cuestión de la verdad “nos interesa” preguntarnos por las cantidades... ¿Es la verdad una cuestión de cantidad o cantidades de verdad? ¿Cuántas más verdades encontremos, más sabremos? Aunque sean verdades esenciales (mejor si son esenciales, claro, y no superficiales o accidentales), ¿necesitamos “cantidades de verdades o de verdad” para dar sentido a nuestra vida? ¿Acumular (supuestas) verdades, nos hará sentirnos mejor? Mira lo que sucede hoy día con la información, con la sobreabundancia de información: ¿somos por ello más sabios, vivimos mejor, vivimos con una mayor convicción y sentido, desarrollamos, por eso, nuestro propio criterio y somos más capaces de vivir de un modo más consciente y crítico? Como tú, quizá por la edad, me he vuelto selectivo con los estímulos que me llegan de fuera (no así con los de dentro, pues que hay que sentirlo todo, a fondo), sí, para no acabar intoxicado, como bien dices; por eso, hace tiempo que ya no persigo saber mucho, sino saber bien. Y he aprehendido el fondo de una frase que me repetía mi padre (ante mis protestas habituales), cuando me enseñaba alguna tarea agrícola: “niño, las cosas hay que aprenderlas por su sitio”.

“La vida merece la pena” (tiene un sentido que puedo experimentar), estoy convencido. Pero esto no puede ser el punto de partida, pues sería un supuesto, una suposición, algo a lo que aferrarnos, sino que me parece que dicha afirmación solamente puede ser una verdad verdadera si la entendemos como el punto de llegada. ¿Y cómo acceder a ella para que pueda ser una verdad operativa, que pueda ejercerse en nuestra vida de una manera real o integrada en nosotros? “Que somos necesarios para los demás” puede ser una iluminación para algunas personas y eso hacerles recapacitar sobre su actitud vital, pero seguiría siendo una justificación externa, y no una genuina y profunda comprensión interna. ¿No tendría la vida, primero, que merecer la pena, en sí, en nosotros mismos? ¿Y cómo puedo acceder a este sentido de la vida en uno mismo, por sí misma? Pues bien, observemos aquellas ocasiones en las que nos hemos sentido muy bien y “todo tenía verdadero sentido”, y comprobemos si no hemos estado “todo nosotros” ahí, presentes, conscientes, diciendo lo que teníamos que decir, haciendo lo que teníamos que hacer, una total transparencia, una total integración, entre lo exterior y lo interior... nuestro. O mejor dicho, que no había ni exterior ni interior... ¿A que, en esos momentos (y solamente por esos momentos únicos) la vida merece la pena ser vivida? Y esto, creo, es lo que la vida puede esperar de nosotros... nuestro crecimiento, nuestro desarrollo. Como dirían Aristóteles, Spinoza o Nietzsche (esta línea de pensamiento), referido a cualquier existencia: que lleguemos a ser los que somos, actualizando nuestras capacidades, nuestra potencia, desplegando todas nuestras posibilidades (lo que seamos capaces).

En fin, querido amigo, que espero que hayas pasado una buena noche de san Juan y renovado en ti la vida. En mi caso, ya ves.


Antonio Sánchez

05 septiembre 2026

Sobre la verdad 1/8

Amigo Antonio,

Llevo unos cuantos días sin leer noticias de las que podríamos llamar «generales», a pesar de que en los últimos diez/doce años era lo primero que hacía por la mañana. Lo hacía de manera concienzuda, como una auténtica labor de investigación. Pero la cantidad de toxicidad que consumía me estaba afectando seriamente.

He tenido que «quitarme» de ese vicio como de algunos otros que alteran mi salud física. Supongo que es cosa de la edad o de los tiempos que nos han tocado vivir. Lo cierto es que me encuentro mejor.

Eso no quiere decir que me haya desconectado de la realidad, ni mucho menos. También es cosa de la edad que vayamos simplificando los estímulos a los que debemos prestar atención para, a cambio, dedicar una atención más plena a aquello que nos ocupa. Y en nuestro caso, ayer nos ocupaba la duda, y hoy buscamos aire fresco para ventilar el concepto de verdad. 

Para empezar en este nuevo empeño he vuelto a beber del oráculo del maestro Pániker y sus Asimetrías. Dice don Salvador: 

«El “pecado original” de la humanidad es el lenguaje hablado. Se comienza “hablando” y se acaba reificando las palabras, “adorando” las grandes abstracciones absolutizadas —Verdad, Ser, Dios, Patria, Historia, Revolución, etc., palabras siempre en mayúsculas—. Buena parte de la tarea filosófica ha consistido, últimamente, en la destrucción de semejantes logopatías. Todos los teoremas de la limitación —Gödel, Tarski, Turing, Church, etc.— tienen ese factor higiénico común.»

Creo que esta argumentación nos permite recuperar algunas de nuestras reflexiones de anteriores cartas y nos invita sanear reflexiones futuras con esta consideración previa: evitar logopatías. Por tanto, ¿qué te parece si comenzamos a hacernos preguntas?

Admitir que hay verdad frente a falsedad, o que la verdad sea siempre lo deseable y conveniente es un posible punto de partida, pero no suficiente. ¿Hay una verdad o varias absolutas? ¿Hay verdades relativas? ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida? ¿Las verdades son eternas e inmutables? 

Habría muchas preguntas más por plantear. Seguro que surgirán en nuestras cartas. Pero de momento voy a comenzar con la tercera: ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida?

Como he comentado al principio, estoy en una etapa de simplificación de estímulos. Creo que me conformaría con una sola verdad esencial para ir tirando, una verdad que sea útil e incontestable a cualquiera que se encuentre en un estado de duda existencial (volvemos a la duda). Una verdad que sirviera aquí, en París, en Tokio, en Gaza, en Jersón o en los campamentos de Tinduf. 

Por no buscar la situación más desafiante, voy a poner tres ejemplos de comportamiento desbordado por la vida en una sociedad equivalente a la nuestra: la japonesa. Los johatsu, los karoshi y los hikikomori. Los primeros, ante un revés serio de la vida, abandonan su identidad, su familia, su trabajo, su nombre; desaparecen sin dejar rastro. Los segundos fallecen por fatiga laboral. Y los terceros deciden confinarse durante años en su hogar, en una habitación.

Solo se me ocurre una verdad absoluta que pueda ayudar a todas estas personas: QUE LA VIDA MERECE LA PENA. Ahora lo complicado es comprobar la veracidad de esta afirmación, que no es cuestión menor.

Normalmente cuando hacemos comparaciones cometemos el error de no comparar «iguales». Si alguien ha llegado a la conclusión de que la vida no merece la pena es porque en el lado de la balanza que se precipita hay más consideraciones de peso que en el otro platillo. Pero ¿qué hemos puesto en el otro lado?

Generalmente no estamos cualificados para percibir de manera clara y sensata cómo afectan nuestras acciones, nuestro ser al mundo que nos rodea, a las personas con las que interactuamos. Nuestra capacidad de percepción está desbordada registrando cómo nos afectan a nosotros esas cosas que nos rodean. Y esto hace que muchas de nuestras decisiones se vean condicionadas por una realidad sesgada. ¿Qué ocurriría si los johatsu, los karoshi y los hikikomori fueran plenamente conscientes de la necesidad de muchas personas de su entorno cercano de contar con su presencia? ¿Qué ocurriría en una situación dramática si pudiéramos vislumbrar ese horizonte de posibilidades en que nuestra aportación será esencial? 

Como decía Víctor Frankl: «No importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros».

José Luis Campos


25 agosto 2026

Sobre la duda 6/6


Así es, querido amigo, estoy convencido: necesitamos recuperar la inocencia del niño. Esto ya lo tuvo claro la intuición desbordante de un Nietzsche, al proponer tal manera de estar en el mundo, como referencia para su “hombre más allá del hombre”. Y no hablamos de ningún sueño fuera de nuestro alcance, no. Aunque esos estados, que tú nos traes en tu carta, nos parezcan tan etéreos y solamente accesibles a algunos seres humanos privilegiados. De ninguna manera. Se requiere la actitud del niño para estar en la realidad, en la vivencia directa e inmediata, pero ejercida de una manera lo más consciente posible. Y, para desarrollar esto, no hace falta más que algo de práctica, sabiendo que es posible, porque en determinadas situaciones ya nos hemos sentido así, muy centrados en lo que estábamos. Estar en lo que se está, muy conscientemente; como navegante y no sólo como barco, como pastor y no sólo como rebaño. Esa conciencia-testigo a la que te refieres y que tanta tradición conserva detrás, tanto de oriente como de occidente (creo que de esto ya hablamos en la primera serie de nuestras cartas, Sobre el sufrimiento).

¿Y todo esto, para qué? Pues tú lo has dicho en tu carta: para poder comenzar por aceptar lo que hay; en el caso en que estamos, para recibir nuestras dudas con la mayor naturalidad posible. Son dudas. Y, sencillamente, mis dudas me piden ahondar, que continúe mirando, que continúe investigando. Si no me resisto, si dejo que me interpelen mis dudas, si abandono mis resistencias mentales (hacia tales dudas) que no me dejan vivir de un modo pleno lo que estoy viviendo, entonces accedo a un estado mental más pacífico, más equilibrado, como dices; entonces, integro mis dudas en la situación y me dejo ampliar la mirada, me dejo ampliar la comprensión, en definitiva, para que mi relación con la realidad pueda llegar a ser lo más pura posible. Si quieres, vivir más profunda-mente, vivir desde una mayor profundidad.

Por ello, la senda del equilibrio interior es la guía para poder vivir más feliz-mente, para llevar una vida buena. Hay una alegría eufórica, exterior, y hay un alegría de base, interior, que no se manifiesta con aspavientos ni desenfrenos excesivos, pero que nos prepara mejor para amortiguar los altibajos, los contratiempos, los conflictos que surgen con frecuencia en la vida cotidiana. Quizás se refería a esto el autor de los Esbozos pirrónicos, el escéptico (constructivo) Sexto Empírico que te cité en mi carta anterior.

¡Imagina nuestro mundo, nuestra vida social compartida, vivida desde esta actitud de la sana duda que decíamos! Tanto al dogmático (“mi opinión es la verdad”) como al escéptico que duda por dudar o se queda atrapado en una cicatera duda (pues, para él, “cualquier opinión vale como cualquier otra”), les falta esta actitud de la verdadera duda (investigadora, ahondadora, mejoradora). ¡Y cuantos ejemplos nos encontramos a diario por ahí de ambas actitudes... destructivas, o mejor dicho, en el fondo, auto-destructivas!

Algunos piensan que van contra el sistema, cuando en realidad van contra sí mismos (mira todos esos casos de adicciones, evasiones o compensaciones psicológicas); otros quieren ocultar sus inseguridades o debilidades (así las ven, como debilidades insoportables) mostrando una (aparente) seguridad, aplastando a los demás (“si ejerzo mi dominio sobre ti, yo me sentiré más fuerte”, “yo soy más fuerte, eso lo demuestra, mi victoria sobre ti”); otros deciden, sin darse cuenta, ir contra todos, pues lo que venga de “ellos” siempre estará mal o será negativo (“yo me opongo”, “digas lo que digas o hagas lo que hagas, yo lo contrario”); otros inician una huida adelante, que no pueden parar, de la que no pueden escapar (“niego lo evidente”, “sigo erre que erre con lo mío, aunque, para mis adentros sepa que me estrello”); otros se dicen a sí mismos: “ya no juego”, “yo me bajo aquí” y se aíslan o se esconden en lo exclusivo y excluyente (desde las modas a la búsqueda compulsiva de lo caro, perdidos en un centro comercial o desde el encerramiento de su propia habitación); a otros les da por enmascarar sus inseguridades interiores con los ropajes de una ideología o una fe ciega, es decir, un sistema de creencias auto-justificadoras, auto-blindadas, de manera que su vida les parezca más simple y más clara, pues les da pavor el mestizaje, la aparente confusión, como así interpretan la riqueza de matices, los (“excesivos”) puntos de vista y el lidiar con lo diferente.

En fin, amigo José Luis, que tú también podrás encontrar ejemplos por doquier de este pánico por la duda enriquecedora y ampliadora de nuestra propia perspectiva, este desconocimiento de la condición humana: que muchas veces necesitamos perdernos para encontrarnos, que las crisis nos permiten florecer; que no estar (o sentirse) seguros no es malo sino bueno, lo mismo que el contraste de las diferencias vitales: las opiniones, las culturas, las vivencias, las edades... Vamos a entregarnos sin temores excesivos, vamos a ser un poquito valientes y lanzarnos al río de la vida que siempre se renueva y nos renueva. Vamos a intentar saborear la seguridad de la inseguridad, su intrínseca confortabilidad, que también la tiene (el sabio: “no sé... todavía”). Y es posible que nos vaya mejor, como individuos y como sociedades, abiertos y no cerrados, presentes y no ausentes. Es posible.

Quizás, así, podamos comprender (con la práctica) la sabiduría profunda del socrático “sólo sé que no sé nada”, que es punto de partida del conocimiento (admitir mi propia ignorancia, para poder abrirme a lo nuevo de una verdad que se presenta ante mí), pero también es puerto y exclusa de la búsqueda permanente del bien y de la verdad, tanto interior como exterior.


Antonio Sánchez

15 agosto 2026

Sobre la duda 5/6

 


Me gusta que hayas introducido el concepto de ataraxia en tu carta, Antonio, porque cada vez estoy más convencido de que el propósito de una buena vida no es buscar la felicidad, sino el equilibrio. Y más si admitimos, como propone la cosmología budista, que vivir es estar inmerso en un océano de sufrimiento, al que denomina samsara. Desde su perspectiva, la Iluminación solo puede llegar cuando comprendemos la impermanencia de toda la existencia; y, en esencia, que las cosas no son independientes, sino interdependientes.

A mí estas reflexiones me sugieren una imagen: la de un niño, la de un bebé que todavía no ha desarrollado una conciencia de su propio yo, que observa el mundo que le rodea como si fuera parte de su propia esencia. Es dependiente, pero no lo sabe, porque esa conciencia de su yo incluye a todo lo que le rodea. Y no duda, simplemente interactúa. Como tú propones, simplemente vive.

Y en este punto vuelvo a recordar las enseñanzas de Salvador Pániker cuando nos habla del «Testigo»: «Más allá del ego está lo que los hindúes llaman el Testigo, es decir, el margen de libertad que contempla “desde fuera” la película de la propia vida. […] Este Testigo es el que ve el ego, pero sin identificarse con él. […] El Testigo se encuentra ya presente en cualquier estado de conciencia; sólo se trata de reconocerlo. Y en eso, sólo en eso, consiste la meditación.»

El niño es más testigo que ego. ¿Puede eso contribuir a descartar la toxicidad de la duda compulsiva? Entender nuestro yo como un vacío en el interactúan diversas energías o materias de manera circunstancial e impermanente me conduce a concebir dos roles muy interesantes para dar sentido —modestamente— a nuestra vida: el navegante y el pastor/cultivador, y todas encajan perfectamente en el ámbito de ese «Testigo».

Si el Testigo es el navegante, el yo es la nave. En este caso el equilibrio es siempre frágil puesto que hay que negociar permanentemente con el estado de la mar. No cabe dudar sobre la pertinencia de navegar o no navegar. No cabe dudar sobre la capacidad de la nave, sino procurar su mantenimiento. No cabe dudar sobre cuándo vendrá la próxima tormenta, sino prepararse para afrontarla.

Si el Testigo es el pastor/cultivador, el yo es el campo. En este caso, el equilibrio se consigue dejando que los elementos interactúen contigo: el rebaño, el agua, la vegetación, el clima. No cabe dudar sobre nuestra condición esencialmente limitada y dependiente, la de ser una parte de un todo, un receptáculo, un terreno de juego. No cabe dudar sobre el sentido o la conveniencia de la fertilidad. No cabe dudar sobre el fundamento de acoger.

Alcanzar el equilibrio no es un destino, sino un propósito en continua evolución. Está al alcance del Testigo, mientras el ego continúa sometido al samsara (y en él se precipita normalmente el chubasco de las dudas). Hay que aceptar las dudas y afrontarlas como la mala mar, como la sequía, como la inundación, como el calor abrasador, siempre que el navegante o el pastor/cultivador se mantengan firmes en su cometido.

Y tal vez recuperar la inocencia de la infancia, aunque solo sea en sueños.


José Luis Campos


05 agosto 2026

Sobre la duda 4/6


Querido amigo, he disfrutado mucho tu carta anterior; me ha llevado a considerar el núcleo del escepticismo, nombre que recibe históricamente la posición filosófica que presenta a la duda como motor del conocimiento, aunque la mala fama haya precedido a esta escuela de pensamiento, manifestada de numerosas formas a lo largo de nuestra historia. Pero no se trata solamente de una actitud filosófica, sino que es una actitud completamente mundana, pues nos la tropezamos en nuestras conversaciones, en nuestras lecturas o a la hora de llevar a cabo nuestras acciones. La duda emerge siempre como un grano en el terso cutis de un adolescente.

El problema de la duda o, más bien, la naturaleza (de la actitud) del dudar, se dirige a la línea de flotación de nuestro conocimiento humano: si éste puede llegar a ser objetivo, es decir, si escapa a los riesgos de la influencia subjetiva (individual o social) y puede (o hasta qué punto) puede reflejar fielmente la realidad.

Pues bien, ¿cuál es el conocimiento más objetivo, al que podemos acceder como seres humanos? La vivencia, esa “sensación íntima” que refieres en tu carta. El nombre no nos importa mucho, porque los nombres no son la cosa y, más bien, lo que consiguen es alejarnos de ella y llevarnos a lo que Rainer Maria Rilke llamaba “el mundo interpretado”, nuestro mundo habitual, marcado por nuestras representaciones de la realidad (y no la realidad).

Nos referimos (torpemente) a la sensación de que “eso es así”, porque así lo siento, así lo intuyo, así lo vivo, así lo experimento. Y puedo dudar, claro que sí, del significado o la interpretación de lo que he experimentado (o mejor decir: de lo que estoy experimentando, porque, si ya es pasado, ya ha sido pasado por mis deseos y temores, ¿me explico?). Puedo dudar del juicio que me suscita una percepción o experiencia de la realidad, de mi interacción con la realidad, pero no puedo dudar de lo que estoy sintiendo, comprendiendo de un modo sentido, porque eso soy yo aquí y ahora, y no puedo experimentarlo de otro modo, ni puedo negar que lo estoy experimentando, sea lo que sea. Incluso, aquel Descartes de la duda metódica, del que ya hemos hablado, experimentó esto mismo; solamente que luego se perdió en sus interpretaciones racionalistas de esa misma experiencia.

Entonces, ¿por qué no permanecer en esa experiencia? Quizá (y con este “quizá” solamente estoy suspendiendo el juicio sobre la experiencia, pero no la experiencia misma), quizá descansar ahí nos permita comprender mejor dicha experiencia, ver de qué está hecha y apreciar eso mismo con respecto a otras realidades que se me presenten de una manera inequívoca e inmediata, estar más preparado para recibirlas. Un estado de ánimo necesario para la búsqueda de la verdad. Mira lo que nos decía Sexto Empírico (s. II d. C.) en sus Esbozos pirrónicos, sobre el estado de la mente que practica la suspensión del juicio o epojé: “La suspensión del juicio es ese equilibrio de la mente por el que ni rechazamos ni ponemos nada. Y la ataraxia es bienestar y serenidad de espíritu”. Y ahora, apliquemos este punto de partida a las seguridades (no dudosas) que manifiestas en tu carta.

No podemos dudar de estar vivos, pero sí en qué consiste “estar vivos” o “qué es la vida”. Y esta duda nos podría llevar a vivir la vida con una mayor profundidad y riqueza de matices. Esta evidencia del vivir aquí y ahora, momento a momento, emerge con igual fuerza tanto si disfruto como si sufro, a condición de que mantenga mi conciencia presente o consciente de ello. Todo es vida, tanto si me gusta como si no me gusta, si es más larga o es más corta, según mis deseos o expectativas (individuales o inducidas socialmente); como nos decía Séneca, no es tan relevante el tiempo que vivo, sino cómo lo vivo.

¿Y qué hay de esas discusiones interminables: si el mundo es uno o es muchos, si cambia o permanece, si el corazón o la razón, si el ser o el deber ser, si el cuerpo o el alma...? ¡Qué ingenuos que somos, qué simples, qué humanos! Experimenta, vive, siente, sé consciente de lo que sientes... uno y muchos, cambio y permanencia, las razones del corazón, que si algo es, entonces debe ser, así lo acepto y, a partir de dicha integración mía con lo que hay, actúo, pienso o digo; ¿cuerpo o alma?, por favor, ¡qué pérdida de vida, de energía! En fin, ¡cómo me salva la sana duda de tanta tontería o miopía humana!

¿Podemos creer en el amor o la amistad, en el bien y la verdad y la belleza, como te (me/nos) preguntas en tu carta? El problema aquí está en la palabra (y el concepto) “creer”, en las creencias, esas construcciones humanas auto-diseñadas para sobrevivir en este mundo lo mejor posible y que tantas limitaciones (o falta de adecuación a la realidad) muestran en su seno cuando sufrimos (un sufrimiento mental, evitable). Deja de pensar, deja de hablar tanto: ¡ama, vive, experimenta, abraza tu experiencia!

Y me objetarás, escéptico: ¿pero, qué es eso de “la realidad”? Y dejo que te responda la poeta polaca Wislawa Szymborska: “La realidad es realidad y ese es su mayor misterio”. Y nos digo a todos nosotros: “Si no sabes vivir, ¡vive!; si no sabes mirar, ¡mira!; si no sabes amar, ¡ama!; si quieres ser, ¡prueba a ser!; y si ya lo sabes, ¡deja de actuar como si no lo supieras!”.


Antonio Sánchez

25 julio 2026

Sobre la duda 3/6

 


Amigo Antonio, después de haber sentado unas mínimas bases sobre nuestra percepción de la duda, creo que también sería útil saber de qué no deberíamos dudar. Sé que no va a ser fácil, pero siento que es necesario y conveniente hacer este ejercicio valorativo. ¿Vamos con él?

Si estamos evaluando, desde un punto de vista cartesiano habremos de admitir que no podemos dudar de estar vivos, sea lo que sea eso, porque el simple hecho de dudar o de confirmar nuestras certezas, nos concede la naturaleza de agente activo. 

En este punto, ¿deberíamos dudar de la utilidad de la vida? Aquí ya entramos en terreno pantanoso, porque si nuestra vida es pacífica y confortable nadie dudará en encontrarle sentido. Sin embargo, ante una vida repleta de sufrimiento podemos llegar a dudar de su sentido profundo. Solamente considerando la vida como un proceso en el que nuestro yo es una ínfima parte, podemos encontrar el sentido entre el sufrimiento. Y es claramente conveniente, ya que la primera premisa nos ha convertido en agentes activos. Debemos encontrar un sentido más allá del yo para seguir adelante.

Pero hay más: incluso en la peor de las circunstancias podemos creer firmemente en algunas de las cosas que nos rodean. 

Evidentemente no cabe duda sobre la brevedad de la vida, por ejemplo, sobre los procesos naturales en general. En cuanto a los procesos psicológicos y sociales, todos tenemos un desempeño complejo por delante. Es ahí donde la duda puede inocular un «virus» de degradación personal. Y es justo ahí donde tenemos que establecer puertos seguros. 

¿Podemos creer en la unidad de todo lo que existe sin dudar? Este es un ejercicio más complejo, más del mundo de la intuición. Cuando una vida está inmersa en procesos de sufrimiento es difícil creer que todo es uno, porque eso implica que aquello que nos hace sufrir es parte sustancial de ese todo. Y sin embargo, la sensación íntima está muchas veces por encima de este posible cuestionamiento. La imagen de un todo como equilibrio de fuerzas antagónicas está muy presente en la filosofía oriental, y no por ello ha de tener  menos sentido.

¿Podemos creer en el amor o la amistad, por ejemplo, sin dudar? Por definición, no sería amor o amistad verdaderos si dudásemos de ellos, ¿verdad? Dudar del amor o de la amistad desintegra automáticamente el sentido de ambas, si bien esta relación pueda vivir altos y bajos. En esencia ambas vivencias se manifiestan desde una convicción profunda que las habilita como tales.

¿Y el sentido de hacer el bien, de ofrecer nuestra vida a causas nobles? Bueno, tendríamos que definir qué causas son nobles. Pero podemos aceptar que cualquier causa que opere contra el sufrimiento de alguien sin provocar otro modo de sufrimiento sería noble, o cualquier causa que ofrezca una evolución positiva en la vida de alguien, de nuevo sin provocar otro modo de sufrimiento, sería noble. 

En definitiva, podemos afirmar lo siguiente: no cabe dudar de que la vida es vida, de que tiene sentido vivirla, de que estamos inmersos en un todo que negocia equilibrios diversos, de que los procesos naturales básicos son irreversibles, de que podemos contar con el apoyo del amor o la amistad, entre otras cosas, de que vale la pena procurar el bien a todo cuanto nos rodea. Y evidentemente, de que es lícito dudar, porque eso nos hace ser quienes somos.

Cabe pensar que una vida concebida desde estas certidumbres pueda desarrollarse con una alta capacidad de desempeño ante cualquier condicionante.

José Luis Campos


15 julio 2026

Sobre la duda 2/6


Querido amigo, celebro contigo el que todavía sigas viéndole sentido a este compartir nuestras cartas exploratorias, en un mundo en donde parece que todo está ya dispuesto y que no controlamos nada. Sin embargo, espero que nuestras indagaciones anteriores nos puedan ayudar a aclararnos algo nuestras dudas, como tales dudas, en este caso.

Porque no seguiríamos con nuestras cartas si no se derivara de ellas algún beneficio (todavía no sabemos bien de qué clase, aunque lo intuimos, notamos su sabor...). Y esto es lo valioso de la duda, que no es cómoda, que sería mejor no dudar, pero cuando la saboreamos y le tomamos el gustillo nos salva, al menos, de caer siempre en la misma piedra; al menos, somos más conscientes cuando vemos la piedra en medio del camino.

Es decir, que no dudar tiene sus peligros, a los que tú apuntas muy bien en tu carta (y que pueden resumirse en los efectos dañinos del dogmatismo y sus diversas variantes, como la intolerancia, el integrismo o la incapacidad para mirar de otro modo la realidad y a nosotros mismos). Por su parte, dudar parece que te deja a la intemperie y sin saber a qué atenerte o qué hacer, en manos de un escepticismo que puede llegar a ser tan radical como auto-contradictorio (dado que el escepticismo, llevado hasta sus últimas consecuencias, debería dudar de su propio escepticismo); aunque, puede muy bien salvarnos (si no es tan radical) de la pesadumbre más aplastante, como tú nos has descubierto de un modo personal en la parte final de tu carta: ¿y si este mundo que estamos construyendo los seres humanos tuviera algún remedio? Porque, mientras las cosas se están fraguando (y esto es literalmente así, todo está en continuo movimiento), la realidad puede llegar a ser de otra manera... Hoy es siempre todavía, cito yo también a nuestro Poeta.

Los obstáculos para una ciudadanía madura e ilustrada, consciente de sí, capaz de pensar y actuar por sí misma, decía Immanuel Kant, eran la pereza y la cobardía, que tú señalas: «Y por eso es tan fácil para otros erigirse en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc., entonces, no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mi tan fastidiosa tarea». Y esta tarea, propia de una ciudadanía lúcida y despiert, nos exige aprender a dudar, poner en cuestión, no creernos todo de primeras, claro que sí.

Pero, ¿qué es dudar? Pues, en el fondo, aceptar que no podemos saber lo que nos vendrá después ni qué es lo que entonces consideraremos más valioso. Y esta duda de origen socrático, que tú mencionas, mira si no tiene un alcance cósmico. Una galaxia “no sabe” en qué se convertirá millones y millones de años después de su nacimiento. La luna “no sabe” a dónde le llevará su gradual separación de la tierra, parece ser que 3,8 centímetros al año. Y tú y yo no tenemos ni idea de lo que nos deparará nuestra vida dentro de unos minutos o unas horas. ¿Y qué hacer con eso? Continuar viviendo... mientras lo vivimos, como las estrellas de cualquier galaxia.

Sin embargo, sentimos ese estado mental de la duda de una manera dramática, tal como tú manifiestas en tu carta. Y es que somos hijos de la modernidad europea, gestada en plena crisis barroca, cuando los efectos de la caída de las seguridades anteriores, procedentes de la época clásica y medieval, se manifestaron plenamente: recordemos el monólogo final de Segismundo, en la calderoniana La vida es sueño. Pongamos también el caso (muy instructivo) de Descartes, padre del pensamiento moderno.

René Descartes vivió con angustia la conciencia de que, quizás, no todo era como se lo habían enseñado sus mayores. Y, efectivamente, esta es la actitud propia de un adolescente que se plantea el sentido de su mundo, dado por válido durante la infancia. Él quiso partir de cero, puso todo el saber adquirido en cuestión (la llamada “duda metódica”), para comprobar si había algo en los contenidos de su mente de lo que no pudiera dudar en absoluto. Y, así era, no había nada absolutamente seguro y firme, salvo el hecho mismo de que estaba dudando: si dudo, pienso; y mientras pienso, al menos, sé que existo como cosa pensante. A partir de esta intuición existencial, esta evidencia, comenzó a reconstruir el saber humano... pero se sintió tan satisfecho de sus descubrimientos, parecían tan firmes y definitivos, puesto que se basaban en el método correcto (el “método cartesiano”), que acabó cayendo a la postre, y por otra vía, en el dogmatismo del quería escapar al comienzo de su investigación: todo aquello que no fuera reducible a racionalidad matemática, no era fiable ni valioso. Incluso, en un momento dado, se vio obligado a recurrir a la idea de Dios, para poder escapar así de su solipsismo.

Realmente, vivir más allá del dogmatismo consolador, pero destructivo de la diferencia, la diversidad y la vida, pero también vivir más allá del escepticismo descorazonador que nos corroe como una carcoma y no nos dejar ser nosotros mismos, constituye uno de nuestros mayores retos en la actualidad, como personas y como ciudadanos. Pero mira cómo nos movemos de uno a otro extremo, como en un péndulo. Una sociedad humana que hace poco era tildada de postmoderna, ahora nos vemos obligados a considerar de ella su tendencia totalitaria, con el continuo ascenso de los autoritarismos. Del “todo vale” estamos pasando al “solo lo mío vale” que, en el fondo, ambas posturas no suponen una actitud tan diferente, por el rastro de sus destrozos sociales o individuales. Necesitamos desarrollar juntos, como personas y como ciudadanos, el sano ejercicio de la duda, del no-saber, sin caer en tales extremos, que acaban convirtiéndose en extremismos y exageraciones, a veces dramáticas. Algo de lo que ya tenemos conocimiento a lo largo de la Historia (una triste historia, tantas veces). Amigo José Luis: seguimos dialogando, por favor.


Antonio Sánchez

05 julio 2026

Sobre la duda 1/6

 


    Después de unas cuantas cartas, amigo Antonio, me parece que podemos plantearnos qué hemos ganado con todo esto, si es que algo hay que ganar: tal vez unos cuantos amigos nuevos que leen estas filípicas con cierta regularidad. Probablemente una amistad más fuerte y más estimulante entre nosotros, lo cual no está nada mal. Quizás un lugar en la historia, al menos en la historia personal de quienes leen algo en nuestras cartas que impacta de manera positiva en sus vidas. Ojalá.

Pero lo que se dice beneficio, poco vamos a rascar. Y visto que todo son conjeturas, no se me ocurre otra cosa más sensata que apelar al único beneficio que tenemos al alcance: el de la duda. (¿Apreciamos el presunto oxímoron?)

Cuando somos jóvenes, cuando estamos construyendo nuestra personalidad, buscamos referentes sólidos que constituyan un anclaje para nuestro desarrollo. Buscamos un porqué en cada cosa que se nos presenta ante nosotros. Creemos que hay una sola explicación a cada cuestión y que esa explicación nos la va a proporcionar alguien con la etiqueta de experto o sabio. Esa es la condición de la inmadurez. 

Luego descubrimos que la vida no viene con un libro de instrucciones, que nuestros referentes también tienen debilidades y contradicciones, y parece que el mundo se viene abajo. En ese momento la tentación de seguir dogmas o líderes indiscutidos es una manera de alargar la comodidad del retoño inmaduro. Es mucho más confortable, claro. No cuestionar, no seguir buscando incansable, agotadoramente. Disponer de una cosmología completa, rígida, incuestionable. Y contar con la guía de sacerdotes instituidos por un poder superior, ya sea Dios, el capital o cualquier otro demiurgo, que marquen el camino con absoluta claridad.

Algunos, sin embargo, cuando descubren la fragilidad de sus referentes infantiles, comprenden que la vida es eso: un mar de dudas sobre el que ir navegando, el compromiso de una búsqueda constante sobre un camino que solamente queda trazado cuando es hollado y del que apenas se atisba la circunstancia de una humilde expectativa: la de seguir viviendo, la de seguir caminando («Caminante, no hay camino: se hace camino al andar»). Esta es la condición de la madurez.

Llegar a la convicción de que la duda es un ejercicio beneficioso no parece estar al alcance de todos. El miedo a enfrentarse a ese camino inexplorado durante el resto de nuestras vidas puede conducir a la rendición. ¿Qué podemos hacer, Antonio, para demostrar a nuestros amigos que merece la pena hacer de la duda un pilar de nuestro devenir?

En principio parece razonable reconocer que el «Solo sé que no sé nada» es un fundamento incuestionable. Nuestro conocimiento ha avanzado de manera exponencial en los últimos siglos gracias al método científico y, sin embargo, parece que cada vez que se abre una nueva puerta, detrás de esta se esconde otro vacío, otras preguntas sin respuesta. Por tanto, no hay verdades absolutas. ¿Es eso malo?

Imaginemos que la vida tuviera ese manual de instrucciones y que todos supiéramos qué es, de dónde venimos, hacia dónde vamos, el porqué de todo. Imaginemos que no hubiera dudas, que todo tuviera una explicación y un propósito. ¿Sería mejor? No lo creo, francamente. Y este es el caso en el que podemos afirmar con rotundidad que la duda es un beneficio. De hecho, el método científico se beneficia de este cuestionamiento perpetuo.

En teoría todo queda muy bonito. Otra cosa es asumir íntimamente el axioma. Volvamos a la pregunta: ¿Puede haber alguna manera de convertir algo a priori desestabilizador (la duda) en un pilar para la vida? Bueno, yo tengo al menos un ejemplo bastante revelador, y todo arranca de una convicción personal profundamente arraigada: creo, desde hace mucho tiempo, que la humanidad no tiene remedio, y que su demolición se llevará por delante buena parte de la vida de este planeta en el que vivimos. 

Respiremos un poco. Lo sé, ha sonado muy radical. No sé si es pesimismo o realismo más o menos bien informado, pero es mi conclusión, y me duele. 

Así, puede parecer que estoy inmerso en una contradicción cuando, por ejemplo, me dedico a cruzar estar cartas contigo, Antonio, desde la premisa de una desesperanza tan profunda. El mensaje de nuestras misivas tiene una finalidad entre edificante y divulgativa. ¿Cómo casa esto con una visión catastrófica? Realmente no puede casar.

Aquí es donde la duda surte su efecto revolucionario, la duda que a mí personalmente me ha salvado: De acuerdo, estoy seguro de que esto no tiene remedio por más que nos empeñemos en ello, por más que nuestro diagnóstico sea acertado, por más que consiguiéramos que miles de millones de personas revirtieran el desastre de nuestros días. Estoy seguro de que no va a ser posible, pero ¿y si me equivoco?

Debo reconocer que la máxima de que no hay verdades absolutas es —gran paradoja— una verdad absoluta en sí o no vale. Por tanto, ya lo ves, mi convicción apocalíptica puede ser cuestionada sin ningún problema, y sin ningún trauma. Desde la humildad de aceptar que probablemente hay otras posibilidades que desconozco, que simplemente no están a mi alcance, y aunque me siga doliendo el mundo, debo reconocer que la vida todavía puede esconder claves más allá de lo evidente. 

Es solamente un ejemplo, sin embargo es poderoso, al menos tanto como el peso del absurdo que nos envuelve. Y es sanador. Nos puede hacer más resistentes, lo cual, vista la magnitud del desafío, no es desdeñable.

Por tanto, puedo afirmar que (afortunadamente) sigue teniendo sentido compartir estas reflexiones contigo. Con vosotros.

José Luis Campos



25 junio 2026

Sobre la libertad 8/8


 ¡Juguemos pues, querido amigo! Y esto no es una salida graciosa, sino algo de mucha trascendencia para nuestro futuro como sociedades, tal como tú has destacado en tu carta. Porque, entender la vida como juego no es baladí, ni en lo personal, ni lo social, ni, incluso, en sentido profundo, en el orden del ser.

El hombre nuevo, que habría de vivir desde valores que afirman la vida, que no la encorseten o repriman o la nieguen, es “un niño que juega”, según Nietzsche (disculpa mi alusión, otra vez, a este pensador, pero es que él estaba hablando de nosotros, de nuestra época y su desánimo nihilista, y cómo salir de ahí), un niño que juega, creativamente, pues vive cada momento como si fuera la primera vez. Donde cada momento sería único.

Pero también, para la tradición hindú, la manifestación cósmica no es más que el resultado del juego (līlā), en el que el Todo (Brahman) juega a perderse y a encontrarse a Sí mismo, expresándose a través de las múltiples formas en que aparece el mundo, como en el juego infantil del escondite, y que mientras juega olvida que juega, por lo que, para el niño, eso que “juega” se constituye en la Realidad.

Por lo tanto, una ética auténtica dejaría el mundo abierto, pues fijaría unos límites, solamente, en la medida en que permitan el desarrollo libre de nuestras facultades o posibilidades.

Y claro, si esto no es comprendido, esencialmente, como punto de partida, y no aprendemos a vivir desde ahí, será difícil que podamos actuar libremente y ser más creativos, a la hora de responder a los retos de nuestro tiempo y a sus negros nubarrones. Nos saldrán las respuestas de siempre, ya históricas. Y esto es lo que viene a recoger el conocido libro de Erich Fromm que tú citas, nuestras respuestas habituales a lo que nos pasa: autoritarismo, obediencia ciega, gregarismo pasivo, destrucción, auto-destrucción, tendencias “sádicas” y “masoquistas” que se complementan a la perfección... por desgracia. Pero no son libres en su sentido genuino, es decir, no son resultado de un despliegue de nuestras cualidades esenciales, como hemos ido viendo, sino que, más bien, serían reacciones compulsivas a lo que sentimos como un daño que nos lleva a sufrir.

Así que celebro el concepto revolucionario que citas, que no conocía con ese nombre (“revolución divertida”). Y, realmente, es posible. Y no porque vaya a ser posible o no su materialización en la sociedad, sino porque ya ha sucedido en infinidad de ocasiones históricas... todas esas revoluciones silenciosas (de fondo, lentas y no violentas) en las que aquello que cambia no son, en primer lugar, las estructuras socio-políticas o jurídicas, sino la manera de ver el mundo y de estar en él. Cuando esto sucede, el otro cambio, el exterior... cae por su propio peso (y no siempre ocurre al revés, de ahí la persistencia de ciertos modelos de vida tan destructivos o auto-destructivos). Todos podemos pensar en ejemplos relevantes que confirman, desde lo que nos ha pasado, esta esperanza del cambio interior que arrastraría el cambio exterior. Como decía con ironía una famosa viñeta que ha circulado mucho por Internet, todos queremos el cambio, pero ¡muy pocos quieren cambiar (ellos mismos)!

Nuestra capacidad para vivir libremente no se sustenta sobre ausencia de condiciones o limitaciones, sino que lo hace a partir de nuestra conciencia (individual y colectiva), cuando llega un punto en que comprendemos que se puede vivir de otra manera. Otra manera mejor... si es posible, lo que sea posible, según nuestro nivel de conciencia actual, y que podemos ir revisando sobre la marcha hasta incluir las nuevas realidades que nos vayan apareciendo, contando con que el mundo siempre será nuevo, cambiante y diverso.

¿Es esto una utopía? Pues claro. Una utopía es una situación social e histórica que no existe, pero que orienta nuestras acciones hacia lo mejor que seamos capaces en cada momento. Y no es lo mismo perderse por el camino (en el uso de nuestra libertad) en la buena dirección que andar desorientados, caminando a ciegas por aguas cenagosas, tenebrosas...

Pero, además, contamos ya con mucho, con una copiosa relación de casos históricos, de las andanzas por este mundo del homo sapiens (tantas veces, homo-no-sapiens), tanto las andanzas que se han mostrado preferibles y como las que han sido desastrosas. ¿Por qué nos empeñamos en caer en la misma piedra: la violencia (que no es lo mismo que la combatividad), el autoritarismo, el dominio de unos hombres sobre otros, la domesticación de nuestras capacidades, la depredación de los recursos, el descontrol de las pasiones, que decían los clásicos, etc.?

En fin y resumiendo: Spinoza (“no hay nada más útil para el hombre que el hombre”) contra Hobbes (“el hombre es un lobo para el hombre”). En fin, ¿o nosotros nos ponemos a favor de nosotros mismos o nos convertimos en nuestros peores enemigos? “Je est un autre”, nos recordaba Rimbaud; yo soy el otro tratando de entenderse y, ambos (y muchos y todos los seres humanos) tratando de ser felices, cada uno por su cuenta pero no todos juntos. Pues nada de lo humano nos es ajeno, como también nos recuerda el clásico.


Antonio Sánchez

15 junio 2026

Sobre la libertad 7/8


 

Amigo Antonio:

Me gusta mucho la idea de límites posibilitantes. ¿Es la ética uno de ellos? 

Si tuviéramos que jugar un partido de fútbol (algo tan simple como inmortal para muchos), deberíamos aceptar que el «arte» de una o un gran futbolista debe desarrollarse dentro de los límites de las reglas del juego. 

Si convenimos que la vida es un juego, además de instalarnos en la idea de un sentido lúdico —cosa que no está nada mal—, debemos aceptar que tiene unas reglas sobre las que es posible crear algo maravilloso, algo artístico. Eso solo es posible cuando se desarrolla con un gran esfuerzo y una impagable satisfacción eso que tú llamas «confianza en el organismo», de manera que el desarrollo de nuestro potencial sea un objetivo en sí mismo.

Recuerdo la intensa emoción con que leí hace muchos años el libro de Erich Fromm El miedo a la libertad. Creo que no deberíamos terminar esta serie de cartas sin mencionarlo. Muy resumidamente: la libertad, dice Fromm, no es solo un derecho, sino también una responsabilidad que puede generar miedo. La necesidad de forjar dentro de ese marco una identidad propia provoca ansiedad y sentimientos de inseguridad (a esto contribuye, sin duda, la «sociedad líquida» de Bauman). La solución no puede ser, como bien apunta Fromm, la huída hacia el autoritarismo, la obediencia ciega, el gregarismo pasivo o la destructividad.

Aquí se hace necesario recuperar el componente lúdico del que hablaba más arriba. Se ha hablado, en relación al propio Erich Fromm y otros pensadores, de un concepto apasionante: la «Revolución divertida». Esta revolución propone una transformación social y política que sea alegre, creativa y liberadora, en contraste con las revoluciones tradicionales que suelen estar marcadas por la violencia, el sufrimiento y la opresión.

Combina dicha revolución conceptos tan poderosos como: 

    • la participación activa, entusiasta y creativa de las personas, desde la alegría y la creatividad; 

    • una autorrealización y una libertad auténtica, donde las personas se sientan motivadas a cambiar sus vidas y la sociedad desde un lugar de esperanza y compromiso positivo; 

    • evitar los patrones de dominación y destrucción que han marcado muchas revoluciones históricas, proponiendo un cambio basado en la cooperación y el respeto; 

    • y, por último, el respeto de la dignidad humana y el equilibrio con la naturaleza, apuntando a una sociedad más justa y sostenible.

Si «jugamos» este partido, que sea limpiamente, ¿no?, buscando la belleza, disfrutándolo, admirando al adversario —que no es más que un compañero de juegos—. Las posibilidades de vivir/jugar en libertad son inmensas. 

Jugar desde una actitud activa, entusiasta y creativa, desde la esperanza y el compromiso positivo, evitando los patrones de dominación y destrucción del oponente y respetando la dignidad humana y el equilibrio con la naturaleza. 

El reto es profundamente estimulante. El resultado puede ser delicadamente delicioso.

Juguemos, pues.

José Luis Campos


05 junio 2026

Sobre la libertad 6/8

Querido amigo José Luis, cuántos límites, infinitos, que podríamos ir añadiendo. Claro que sí. Esto me recuerda el primer año de licenciatura de Filosofía, cuando tuve que estudiar una asignatura (creo que se llamaba Bases fisiológicas de la conducta). Después de horas de empollar la extenuante realidad microscópica del sistema nervioso y su multitud de elementos, impulsos, conexiones, sustancias, endorfinas que podían fallar en cualquier momento, dado su delicadísimo engranaje e inestable equilibrio –o al menos eso es lo que llegué a sentir... tan fuertemente–, me vino una ansiedad, mezclada de un estado tal de fragilidad nadeante, que casi pierdo el resuello y me vuelvo hipocondríaco crónico de por vida.

Y claro, con demasiada facilidad (compulsividad, diría yo), perdemos de vista el conjunto y, al poner nuestra atención en las partes de un rompecabezas, al que vamos añadiendo más y más piezas, la idea de “lo que está compuesto” nos arroja en el temor de lo que puede descomponerse en cualquier momento. Decían los clásicos que solamente lo simple puede ser inmortal, como el alma, porque el cuerpo ha de morir, que no es otra cosa que descomponerse en sus partes. Y así podemos visualizarnos: descomponiéndonos, desfalleciendo... falleciendo, vamos. Es tremendo, a lo que nos puede llevar el conocimiento parcial y acumulativo, por muy científico y cuantificado que sea, o quizás por eso mismo.

Pero el todo es más que las partes, o mejor dicho, no es reducible a las partes. Ponemos, en todo aquello que conocemos, la distancia de un telescopio y, cuando miramos al microscopio, hacemos lo mismo. Pero un telescopio nunca ve la realidad actual de un galaxia, sino su estado de hace millones y millones de años. En fin, que necesitamos otra mirada, o mejor dicho, mirar desde otro lugar, si no queremos desfallecer o morirnos en vida. ¿Y cuál es ese lugar? Ese hogar es la confianza. Confianza en el organismo, que no es lo mismo que un mecanismo, como ya hemos estudiado en otras cartas. Un todo ordenado (un kosmos, como dirían nuestros viejos griegos) que se autorregula a sí mismo, por sí mismo, y que nuestra tendencia mental egocentrada tiende a hacer saltar por los aires, a base de desconfianza; en el fondo, auto-desconfianza. Porque... el cosmos está continuamente expresándose en el microcosmos que somos (esto también lo creían a pies juntillas esos mismos griegos).

En fin, que los límites de los que hablas no son límites, limitantes o incapacitantes, sino el marco de todas nuestras posibilidades irresueltas, dado que están siempre por expresarse o desarrollarse. ¿Te deja esto más tranquilo? ¿O al menos te permite vivir mejor? ¡Mira que nos empeñamos en morir antes de tiempo! Así, se decía muy sabiamente, en la película Cadena perpetua que la cuestión (del vivir) no es otra cosa que “empeñarse en morir o empeñarse en vivir”.

Total que, si los límites, en los que tanto abundas en tu texto, extraído de tu libro Instinción Rebelión, son nuestras posibilidades, ¡cuán libres que somos! Porque los límites serán indefinidos o interminables, pero las posibilidades que, a partir de ahí se nos abren, son inagotables e infinitas, ¿no es verdad? Cuando esto lo descubrimos, lo sentimos en nuestras propias carnes, ¿quién nos va a parar? Tú mismo lo has sentido, cuando al final de tu carta agradeces, en los demás y en ti mismo, cuánto has crecido dentro de esos límites posibilitantes. Y ahora, imagina esta misma conclusión aplicada a nuestras relaciones sociales y humanas. ¡Qué extraordinaria visión!

¡Qué sabio, que era Spinoza! ¡Y qué sabio era Nietzsche, con esa intuición suya disparada! “Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello –así, seré de los que vuelven bellas las cosas”. ¿O qué me dices del heterónimo pessoano Álvaro de Campos? “Ser posible haber de ser es mayor que todos los dioses”.


Antonio Sánchez

25 mayo 2026

Sobre la libertad 5/8

 



Amigo mío,

Si, como dices, «el individuo orgánico evalúa, cada uno según su biología o constitución, desde de lo más instintivo o pre-programado a lo más consciente, lo que es importante de su medio, para perseguirlo o para evitarlo», deberemos reconocer que estas elecciones se realizan entre unos límites muy estrictos que las condicionan absolutamente.

Hace unos años —pocos— escribí un texto bastante inspirado sobre los límites y creo que vale la pena traerlo aquí para comprender en qué escenario se mueve la libertad:

«Breve como intensa, dulce como lacerante, en algún momento de cuya memoria quisiera tener conciencia llegó a mis oídos una canción que decía así: “Mi vida limita al norte con la muerte, al sur con mi madre herida, a la derecha mi amo contabilizando el aire, y a la izquierda tu sonrisa, amiga de amar, amante”. No supe hasta mucho después que el autor de esta glosa era León Felipe, porque, en realidad, yo lo escuchaba en las voces de un maravilloso grupo coral que algunos tal vez recordaréis: Aguaviva. 

»No deja de ser curioso que venga a mi memoria esta canción en días como estos, con temperaturas de un calor extremo tanto de día como de noche, con incendios forestales de consecuencias catastróficas, con regiones polares acelerando el ritmo de un deshielo definitivo. 

»Los límites se van estrechando. Sabíamos que nuestra madre solo era fértil en determinadas condiciones, que esas condiciones eran delicadamente frágiles y constreñidas. Vivimos, por ejemplo, en el interior una fina capa de siete a diecisiete kilómetros, según se mida en los polos o en el ecuador. Todo sucede entre los cinco mil metros de altitud y los dos mil metros de profundidad. Fuera de ella no hay vida, no es posible la vida. 

»Por no hablar de frío y de calor. Por debajo de -18ºC y por encima de 50ºC, las condiciones para la vida son casi insalvables. Más allá de estos límites solo se puede encontrar vida en estado latente, en márgenes definidos entre -200ºC y 80ºC/110ºC. Pero es testimonial.

»También podríamos anotar los límites del aire. Ya sabéis: nitrógeno, al 78%, oxígeno, al 21%, gases nobles, al 1% (argón, neón, criptón y helio), dióxido de carbono, al 0,04% y vapor de agua, más o menos al 0,97%. Cualquier alteración de esta composición significa un riesgo para la vida. El aumento de partículas de polvo, por ejemplo, cambia la carga eléctrica de los iones produciendo un deterioro importante en la salud. Además, no hemos dejado de inyectar nuevas sustancias a su composición en las últimas centurias y lo peor es que algunas de esas sustancias que contiene ahora el aire son altamente reactivas, son más propensas a interactuar con otras para formar nuevas sustancias. Cuando algunas de estas sustancias reaccionan con otras, pueden formar contaminantes muy peligrosos.

»Es en ese mismo aire en el que necesitamos respirar entre las 44 veces por minuto de un bebé y las 8 a 16 de un adulto, todo ello en estado de reposo. No parece aconsejable intentar batir el récord de apnea, aunque el aire no sea de la mejor calidad.

    »Con la comida tenemos más margen. Podemos dejar de comer hasta 45 o 60 días, pero los resultados serán funestos. Si queremos que todo vaya bien, mejor comer entre tres y cinco veces al día.

»Necesitamos en definitiva tierra firme, fuentes de agua potable, suelo orgánico, lluvia en su cantidad justa, vegetación y fauna, etc. Y necesitamos que todo ello se relacione de una determinada manera en que la convivencia entre todos los factores favorezca la fertilidad y la reproducción de millones de formas de vida que conocemos y, sobre todo, que no conocemos. Todas ellas forman parte del engranaje.

»Si abusamos del sedentarismo nuestro cuerpo abandona sus condiciones óptimas. Si abusamos del esfuerzo físico, se colapsa. Si vivimos en soledad, nuestra mente sufre. Si nos sumergimos en un gregarismo extremo, nos asfixiamos psíquicamente. 

»Si nuestros emolumentos están por encima del sueldo mínimo interprofesional podremos sobrevivir modestamente. Por debajo de este, seremos más o menos pobres —en esto también hay grados—. Si estamos muy por encima, seremos económicamente ricos, pero nuestra tasa de necesidades a cubrir experimentará un alza incontrolable.

»Es de locos. ¿Cómo ha sido posible que prospere la vida en estas condiciones Y, sobre todo, ¿cómo es posible que algunos iluminados piensen que pueden controlar este mecanismo? Los límites son muy marcados y, sin embargo, el engranaje es de una complejidad inimaginable.» 

(Instinción Rebelión, 2022)

Nunca podré dar las gracias a todos aquellos seres maravillosos que me han ayudado a vislumbrar lo extraordinario, dentro de esos límites. Sería justo que lo supieran. Que supieran qué importante fue su libro, su composición, su pintura, su inspiración para alguien como yo, o como tú. Porque la soledad en la estrechez de estos límites puede llegar a ser extenuante, y más la soledad de quienes andan siempre en esa estrecha vereda que ensancha la sensación de finitud. 

Caminante, no hay camino, sino estelas infinitas en un mar imaginario... ¿Tal vez es eso la libertad?

José Luis Campos