Fuente Hondera (Capileira)

15 mayo 2026

Sobre la libertad 4/8


Querido amigo, tu carta me ha hecho sentir que estamos llegando al núcleo del problema de la libertad. Poco a poco conseguiremos, eso espero, aclarar y aclararnos, de cara a cualquier inteligencia que se precie de tal (me ha hecho gracia eso de que una IA pueda leernos). Y no es sobre el tema de los límites de la IA de lo que hablamos, pero, como estamos hablando de lo propio de una inteligencia natural (me encanta la expresión), creo que una inteligencia artificial ni se va a enterar (o eso esperamos).

En efecto, has nombrado, directa o indirectamente, dos ingredientes fundamentales de la libertad... humana. Uno sería la conciencia o capacidad de ser conscientes, y el otro ingrediente la búsqueda de la felicidad, de la que hablas afortunadamente en tu carta (o también la risa que, efectivamente, podemos dejar para otro momento).

Quizá no me expliqué bien. Esa condición de lo inteligente, que necesita interactuar con su entorno para poder sobrevivir, no se cumple mecánicamente, como los relojes de los que hablábamos en la carta anterior, y que simplemente funcionan o no funcionan (si sus piezas no interactúan convenientemente se avería, pero no tiene la capacidad de auto-crearse sobre la marcha), sino que el individuo orgánico evalúa, cada uno según su biología o constitución, desde de lo más instintivo o pre-programado a lo más consciente, lo que es importante de su medio para perseguirlo o para evitarlo.

Así que tranquilo... una (mal-llamada) “inteligencia” artificial no se convertirá en orgánica cuando “sienta” la necesidad de protegerse de amenazas exteriores. Puede que algún día sea posible que una máquina “se defienda”, pero no lo va a sentir ni lo va decidir de una manera consciente, ni siquiera instintivamente. Puede que lo haga, pero como resultado de una función o un conjunto de funciones, que es algo muy distinto. Esto no significa que no pueda llegar a ser más eficaz (en algún sentido) que una inteligencia natural, pero, simplemente, sería otra cosa: hay un salto entre lo natural y lo artificial (según Aristóteles, lo natural es un principio (physis) que constituye el propio ser, se halla en sí mismo, por sí mismo y no por otro, el artífice).

La inteligencia es un atributo del ser natural (que es según physis), que le permite ser capaz de ordenarse y reordenarse a sí mismo continuamente, si nada se lo impide. Volviendo a Spinoza, tan incisivo como siempre, nos dice de nuevo en su Ética: “todo ser se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo”.

Planteas muy bien la cuestión de la libertad ligándola a la felicidad, porque una auténtica felicidad solamente puede venir de una auténtica libertad. Pero no hay libertad sin liberación de nuestros condicionamientos internos (deseos y temores, huidas y compensaciones, compulsiones y resistencias, consecuencia de heridas o vacíos, impregnados éstos de ideas limitadas o erróneas que nos llevan a sufrir), no solamente condicionamientos externos, que es lo que suele entenderse por libertad. Si esta liberación interior no está presente, o no ha sido trabajada suficientemente, no es de extrañar que acabemos convirtiéndonos en sujetos hedonistas que, si se descuidan, acabarán siendo esclavos de sus propias compulsiones, muchas veces creadas desde fuera, como bien alude la cita de Anabel Palomares, que traes en tu carta.

Así que, de ninguna manera, en mi opinión, el bienestar de tipo hedónico que mencionas podrá conducir a un bienestar superior de tipo eudaimónico (de nuevo Aristóteles), pues está claro que no nos libera, sino todo lo contrario. Precisamente el proceso de autoconocimiento que conlleva esa liberación es lo que nos aproxima a la auténtica libertad: ser yo mismo en lo que hago, en lo que pienso, en lo que siento, en lo que digo... Algo con lo cual tú acabas tu carta. Así que estamos de acuerdo en el fondo.

Pues bien, con todo esto que hemos discutido hasta ahora, nos hemos referido, más bien, a la vertiente ontológica de la libertad, en el individuo, base de cualquier discurso sobre la libertad en el contexto social. Pero quiero retomar, querido amigo, una idea que mencioné de pasada en mi carta anterior. Siendo como es la libertad tan importante para concebirnos como seres humanos (según Kant, hay dos evidentes realidades: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí, cuyo fundamento es la libertad), ¿cómo podemos contribuir a que la libertad no sea una palabra gastada, que todos mencionan o usan, pero en la que casi nadie cree ya, si no es como una palabra mágica con que movilizar el voto o aumentar los beneficios, un medio y no un fin? Y esto no lo podemos permitir, creo yo... que campe a sus anchas esta tendencia. ¿Cómo orientar nuestra libertad para construir un mundo mejor?


Antonio Sánchez

05 mayo 2026

Sobre la libertad 3/8

 


Amigo Antonio:

Hagamos una «previa» en esta respuesta, al margen del tema que nos ocupa. Extraigo de una idea que expones en tu carta una conclusión inquietante. Si llamamos inteligencia a la necesidad de interactuar para sobrevivir, ¿es oportuno pensar que una inteligencia artificial pasará a ser orgánica cuando sienta la necesidad de defender su existencia [sobrevivir] interactuando con el entorno «libremente»? No me negarás que es una perspectiva delicada. Porque, en todo caso, ¿seremos capaces de «explicar» a una inteligencia artificial qué es exactamente la libertad?

Sospecho que ha de ser muy difícil sobrellevar la cualidad de inteligente sin tener algunos atributos necesarios como el de la expectativa de libertad, o el del humor y la risa (eso da para otra serie, ¿verdad?).

Dicho esto, perseveremos en explicar a la IA o cualquier otra IN qué es la libertad, por si acaso se da una vuelta por este blog.

Pensemos qué ocurriría si a un organismo libre pudiéramos convencerlo de que lo deseable para su supervivencia fuera algo realmente perjudicial. 

Hay una idea de libertad básica que está firmemente ligada a la idea de felicidad. Se fundamenta, no en el instinto de supervivencia, sino en el anhelo de poder alcanzar cualquier tipo de bienestar hedónico. Me remito a un buen artículo de Anabel Palomares en la revista Trendencias en el que parte de las teorías de Zygmunt Bauman y dice: «La psicología asegura que existe una diferencia entre bienestar hedónico y bienestar eudaimónico. El primero está relacionado con el placer, la comodidad y el disfrute y el segundo, con el sentido de la vida, las relaciones o el crecimiento personal. El consumismo actual estimula el primero y olvida el segundo, y eso es un problema.»

Creo entender que para muchas personas buscar bienestar eudaimónico pueda plantearse como un objetivo complicado o incómodo, y resulte mucho más sencillo y gratificante a corto plazo buscar un bienestar hedónico. Pero es evidente que lo que se pierde por el camino es la soberanía de darle uno mismo sentido a su vida. ¿Puede ser esto una explicación al incremento exponencial de los problemas existenciales de muchas personas en nuestra sociedad?

Queda planteada, pues, una primera cuestión para quien pudiere estar interesad@, sea IA o IN en esta cuestión: ¿Queremos libertad para elegir el coche de nuestros sueños o para dar sentido a esos sueños? ¿Queremos que la libertad nos conduzca a consumirnos en deseos o a consumar una felicidad liberada de deseos fútiles?

Tal vez me has contestado ya cuando planteas que «la aceptación e integración  de lo necesario, te permite liberarte». Y tal vez haya quedado un poco más claro en mi respuesta qué es lo necesario. ¿Podría ser que el  bienestar hedónico conduzca a la liberación y el bienestar eudaimónico a la libertad?

Rezaba el viejo mantra jainista: «Me postro a los pies de todos aquellos que se han conocido a sí mismos.» ¿Se puede realmente llegar a ser libre sin este conocimiento?

25 abril 2026

Sobre la libertad 2/8


 Interesantes cuestiones me planteas, querido amigo y, a la vez, inquietantes. Como lo es todo lo que nos hace estar vivos. El ser vivo, en cierto sentido, no es más que un ser inquieto que busca la quietud y vivir lo mejor que pueda desde ahí. Tú lo expresas de un modo poético, cuando dices que buscamos “abrevaderos frescos” para apagar o mitigar nuestra sed... no sé si de conocimiento o sed de ser, nosotros mismos. Luego volveremos sobre esto.

Explícitamente, y más adelante en tu carta, quieres que tratemos sobre la libertad. Y comienzas distinguiendo entre mecanismo y organismo. ¡Excelente comienzo! En un ensayo de Karl Popper, que trabajé hace mucho tiempo, cuando terminaba mis estudios de Filosofía, él planteaba la cuestión a tu manera, señalando las diferencias entre relojes y nubes; y de este modo discutía, respectivamente, la verdad del determinismo y del indeterminismo. ¿Todo es determinable o predecible en nuestro mundo, o bien, siempre permanece un resto de indeterminación y, por lo tanto, queda margen para la libertad, la novedad, la sorpresa, lo impredecible? Si en el Universo hay hueco para la libertad, y nosotros, pobres seres inconstantes de este Universo, podemos ser algo más que el resultado de un mero juego de leyes necesarias. Pues bien, observemos los relojes y las nubes...

Las dificultades con la predicción del movimiento y los efectos de las nubes podemos comprobarlas todos los días, a la hora del tiempo (atmosférico) en la tele; Pero, los relojes, por su lado, ¿no se atrasan o se adelantan, por muy sofisticados y cuánticos que sean, si están hechos de materia degradable o entrópica, como es toda la materia? Si estimamos que hay en el mundo relojes y nubes, fenómenos de ambos tipos, como hace Popper, no creo que esto nos lleve muy lejos... Es más interesante fijarse en el hecho de que, efectivamente, hay en el mundo todavía nubes. “El infinito ataca, pero una nube salva”, decía René Char.

Volviendo a lo que directamente recoges en tu carta, lo que el organismo hace, a diferencia del mecanismo, “interactuar para sobrevivir”, yo a eso lo llamaría inteligencia. Y esto no nos aparta ni un ápice de la posibilidad de la libertad. Porque no hay inteligencia en el mecanismo (algo de esto hemos hablado en nuestra serie sobre la tecnología y en torno a la IA). Sin embargo, el organismo sobrevive creando nuevas soluciones a partir de su interacción con aquello que le rodea, dentro y fuera de sí mismo. Así pues, si detectamos en un ser vivo algún tipo de creatividad, por muy sutil y simple que ésta sea, no podríamos dejar de usar la palabra “libertad”, por muy gastada que ella esté, como tendremos ocasión de discutir más adelante, quizá, en esta serie de cartas... Si te parece, vamos a intentar dar lustre juntos a la palabra “libertad”, revitalizando su sentido en un mundo como el de hoy.

De todos modos, tú ya anuncias algo en esa dirección, cuando te preguntas: “¿por qué la multitud de caminantes bebe una libertad estancada y putrefacta?”. Pero luego, acto seguido, también te preguntas: “¿por qué compran el discurso de una libertad ilimitada y simple?”. Y lo que te puedo decir por ahora, amigo José Luis, es que para entender (más bien que para conocer) esa aparente contradicción de la vida sometida o sojuzgada que busca redención, aunque sea de una manera ciega y desbocada, habríamos de distinguir entre libertad y liberación. Estamos hablando, claro, dentro del contexto humano. O quizá no solamente... quién sabe.

Me gusta tu imagen de la orquesta. Yo la convierto en una orquesta, o un grupo, de jazz, si te parece bien. ¿Cómo tocan juntos, cómo se armonizan y, a la vez, improvisan y están creado, mientras ejecutan un ritmo o una melodía? ¿No es eso libertad, aunque no todo sea libre? Cuando están tocando, cada uno de los miembros del grupo, ¿no tiene que estar súper concentrado en el conjunto y en su parte? Pero si alguno de ellos está atrapado por sus propios temores y juicios de valor, ¿no se resentirá todo el grupo en su creación armónica? Claro, lo que estaba pasando, y por eso no sonaba bien el grupo, era que uno de los músicos no estaba centrado, no se sentía libre, estaba aprisionado dentro de sus barrotes interiores.

No hay libertad en marcar las horas, como dices, a no ser que sean marcadas con algo conciencia de lo que se hace, como es lo propio de los organismos, cada uno a su manera según sus capacidades. Así, afirma Spinoza: “Se llama libre a aquella cosa que existe en virtud de la sola necesidad de su naturaleza y es determinada por sí sola a obrar”. Cuando uno actúa de acuerdo con su naturaleza profunda y no atado por condicionamientos tanto internos como externos, entonces es libre. Dicho de otro modo: la aceptación o integración de lo necesario, te permite liberarte y, a partir de ahí, poder actuar más libremente. No sé si esto te sirve, querido amigo.


Antonio Sánchez

15 abril 2026

Sobre la libertad 1/8

 


Querido amigo:

En estos tiempos en que nuestras cartas se cruzan buscando abrevaderos frescos para nuestra sed de conocimiento, todo parece indicar que una multitud de caminantes apagan la suya con aguas estancadas y putrefactas vertidas en sus sedientos gaznates por aguadores que hacen pingües beneficios de esa estafa recurrente.

El agua fresca que buscamos no nace de la simplicidad; es un milagro escaso que requiere arte, esfuerzo y compromiso. El verdadero conocimiento nunca está estancado: es una fuente y fluye, y se derrama, haciendo fértil el páramo o la espesura. 

Nuestra actitud para encontrarlo se parece a la del zahorí que extiende ante sí un péndulo buscando manifestaciones sensibles de energía que atraviesen todo su ser, hasta el momento en que el péndulo se mueva. El flujo del conocimiento se «siente» primero y se entiende después. Primero nos atraviesa como una descarga y luego nutre nuestro espíritu y lo transforma. No basta con la herramienta; hace falta un ser vivo, y muy vivo, para ello.

Y ya que hablamos de herramientas y seres vivos, permíteme que haga hincapié ahora en la diferencia fundamental entre un mecanismo y un organismo: el organismo nace, crece, tiene el don de saber y poder reproducirse, y finalmente muere. En ese devenir asume de manera imprecisa multitud de funciones biológicas frente a su entorno: es decir, interactúa para sobrevivir. 

Por eso un organismo no está construido con la precisión de un reloj, porque no responde a una función única perfectamente delimitada. La supervivencia exige al organismo competir y colaborar, a partir de una interpretación acertada, tanto de las condiciones de la propia naturaleza como de las del «ilimitado» medio en que actúa. Y esto es así para organismos simples y para organismos complejos, por ejemplo un grupo social.

Dicho esto, amigo Antonio, ¿cómo encontrar una interpretación correcta de lo que significa la libertad? ¿Cómo explicar a propios y extraños la complejidad de definir y delimitar su fundamento y su funcionalidad? No parece fácil.

Entonces ¿por qué la multitud de caminantes bebe una libertad estancada y putrefacta? ¿Por qué compran el discurso de una libertad ilimitada y simple?

Si pensamos en un grupo social, por ejemplo, una orquesta sinfónica, puede intentar funcionar como un mecanismo y, sí, la música irá apareciendo mientras todos ejecutan a la perfección la partitura. Pero ¿es eso realmente lo que debe hacer una orquesta? ¿Está viva esa música? 

Si la orquesta intenta funcionar como un organismo, además de seguir la partitura, deberá cada cual interpretar innumerables estímulos del medio: sus compañeros, su estado de ánimo, su memoria, su estado físico, etc. para así adaptarse y ejecutar una interpretación de la música en un tiempo, una circunstancia y un espacio determinados. ¿Qué papel juega la libertad en ese caso?

Me gustaría pensar que la sociedad es como esa orquesta «orgánica» y no un mecanismo perfecto aunque muerto. Porque, veamos, ¿puede un reloj encontrar alguna explicación al tiempo que lo habita? No hay libertad alguna en marcar las horas, por tanto algo tendrá que ver la libertad con la cualidad del conocimiento, vamos, digo yo.

José Luis Campos 



05 abril 2026

Sobre la tecnología 8/8

 


Querido amigo, ¡tantas ganas tenías de leerme sobre la (mal llamada) inteligencia artificial, que ya te has lanzado tú mismo a escribir sobre ello! ¿O ha sido para provocarme? ¡Me encanta! Pero no te hacía falta... ya me provoca reflexión este artefacto, este nuevo juguete de la humanidad en manos de una parte ínfima de la humanidad, sus tendencias más irracionales (y eso que está compuesta la IA de algoritmos lógicos; pero, la racionalidad humana contiene mucho más que la mera lógica deductiva). Como decía Nietzsche con su habitual vehemencia, sólo critico lo que triunfa (acuérdate de la broma que te hacía sobre el gobierno, en el final de mi carta anterior, remedando a Tip y Coll). Porque, además, eso parece: que nos puede llegar a gobernar la IA y no al revés. Y por esto, por su intromisión, cada vez mayor y más flagrante, en todos los órdenes de la vida (tú te has referido a ello), como ciudadanos, hemos de someterla a crítica; ser críticos con la IA consiste en tratar de ser muy conscientes de su naturaleza y de sus efectos a medio y largo plazo, contando con el tipo de concreciones de la tecnología que suele regir en nuestro mundo, como ya hemos hablado.

Es muy digno de estudiarse, y algo se ha estudiado, cómo los relatos de ciencia-ficción (literarios, cinematográficos, publicitarios de todo tipo) condicionan nuestros deseos y preparan nuestras expectativas para la aceptación acrítica de ciertas tendencias en el diseño posible de las nuevas tecnologías. Una especie de determinismo tecnológico nos atenaza: estamos (parece) abocados a esos mundos que nos adelantan dichos relatos utópicos o distópicos. En el mejor de los casos, están pensados para hacernos reflexionar y prevenirnos sobre lo que se nos viene encima, si perseveramos en unos determinados desarrollos sociales de los los “avances” científico-técnológicos, pero provocan, quizá sin quererlo, el efecto contrario: que nos aferremos a esa (aparente) única posibilidad y nos entreguemos a ella de forma ciega y sin reservas.

Esta peculiaridad de los efectos no deseados la comprendí hace años, cuando un grupo de voluntarios de una asociación contra el abuso de las drogas se presentaron en mi Centro educativo y mostraron sus efectos dañinos para la salud usando unos medios audiovisuales tan atractivos que, subliminalmente, provocaban en el alumnado un efecto muy diferente del que se pretendía: que les atrajese el probar las drogas si, como aparecía en el vídeo que proyectaron, por la música y el ambiente, el mundo de la droga “daba tanta marcha”). De nuevo, los medios que usamos pervierten los fines que nos proponemos (la forma de llevarlos a cabo), por muy loables que éstos puedan ser inicialmente. Y esto vale para todo, también, y muy especialmente, para la política actual, por ejemplo.

Así que ya tenemos preparado el advenimiento sumiso de la IA (esto unido al mito del progreso, algo de lo que ya hemos hablado) y así, ¿cómo extrañarnos de que esté penetrando la IA, tan rápida y persistentemente, en nuestra vida cotidiana? Basta mirar en el menú desplegable de una “red social” de Internet la gran cantidad de usos (“benéficos”) que puede ofrecernos. ¡Todas nuestras necesidades quedarán cubiertas! Organizar un cumpleaños, aconsejar a un amigo, tomar decisiones en situaciones complejas, satisfacer mis inquietudes existenciales, escribir un poema o un discurso, investigar la verdad, ser feliz, conocerme, resolver mis traumas, ayudarme con mi trastorno de personalidad, qué cocinar hoy, en qué invertir mi dinero, diagnosticar un problema de salud... en fin, todo lo que me preocupe, inquiete o interese en mi vida ya se me da resuelto... y acabado. Y sin haberlo solicitado, ahí, servido en bandeja y gratis, por lo menos por ahora; marketing del más puro: primero creamos la necesidad, que ya vendrá detrás el beneficio, cuando millones de personas estén enganchadas a un objeto o sustancia o situación y les resulte “vital” su uso.

Pero hablemos de la inteligencia natural versus inteligencia artificial, ya que lo mencionas en tu carta. Lo primero, ¿es la IA inteligente? Claro, depende de lo que entendamos por “inteligencia”. Si inteligencia es realizar funciones, seguir unas órdenes programadas de antemano, resolver ecuaciones, reducir la complejidad de lo real a conexiones de la lógica formal binaria (lo que no es blanco es negro y viceversa, la puerta solamente puede estar abierta o cerrada, pero no entre-abierta, con todos sus matices...), deducir, encajar piezas ya preexistentes o conocidas... entonces se puede decir que la IA es inteligente. Pero el riesgo mayor es el reduccionismo: pensar que la inteligencia humana o animal o de la vida o del cosmos... es eso y nada más que eso. Cualquier cosa no puede ser inteligencia. Será inteligencia, pero no inteligente. Esto es otra cosa. Platón distinguía muy claramente entre dianoia y nous: razonamiento y entendimiento o comprensión directa. Y dice el filosófo contemporáneo Luis Sáez Rueda: “Nuestras máquinas jamás pensarán. Jamás comprenderán "sentido", es decir, acontecimientos. Solo pueden llevar a cabo procesos "ciegos". Y su peligro radica en esto último. Los procesos ciegos que podemos provocar son tan vastos e inerciales, que constituyen el nuevo "destino" esperable de nuestro tiempo, si continúa en esta senda”.

La verdadera naturaleza de un ser está en lo que es de suyo, de manera esencial y no accidental, que le hace ser lo que es, aclara Aristóteles. Así pues, una inteligencia es inteligente si lo es de modo esencial y no accidental y, por ello, en el caso que nos ocupa de la inteligencia, está siempre (esta posibilidad de ser y de vivir inteligentemente) en el artífice y no en el artefacto, que ha sido creado artificialmente. Aquí radica una de las confusiones habituales respecto a este tema: una máquina no puede ser más inteligente que el tipo de inteligencia que la ha diseñado y desarrollado, a través de unos materiales y unos circuitos. Y continúan las confusiones...

El poder de la máquina no es el de crear realidad, sino el de fingir la realidad. Y ya que no puede crear vida sino fingirla, tratamos (nosotros con la máquina) de crear la ficción, creernos, que una vida recreada o fingida es real. Y esto no debemos olvidarlo. Recomiendo una película (Sully, dirigida por Clint Eastwood) sencilla pero honda por su alcance (además, basada en un caso real), que contrasta la realidad (siempre nueva, diversa y cambiante, llena de matices insondables, con lo que hay que contar siempre) con una simulación de la realidad, que pretende emitir un juicio “técnico” acerca de la oportunidad o no del aterrizaje forzoso que tuvo que realizar el capitán Sully en el río Hudson con su avión lleno de pasajeros.

Y me dices en tu carta: “Insisto en que es el conocimiento y el autoconocimiento la clave. Saber hacer las preguntas oportunas, saber buscar las respuestas adecuadas, sentir la manifestación de la vida en el propio yo, dialogar verbal y emocionalmente con todo lo que nos rodea. Entender, interpelarse, dudar, sorprenderse, gozar del crecimiento. ¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en todo eso?”. Eso mismo me pregunto yo, querido amigo. Pero mira: ¿todo eso no es en lo que consiste filosofar? ¿Y no estamos filosofando... juntos, ahora? Solamente, necesitamos ser más de dos...


Antonio Sánchez

25 marzo 2026

Sobre la tecnología 7/8

Estoy deseando que me expliques tus reflexiones finales sobre la inteligencia artificial, y después de todo lo mucho o poco que hemos ido desgranando en este capítulo sobre la tecnología debo decirte que solo me queda un aspecto a considerar.

Creo que todos tenemos claro que el esfuerzo en inversión para el desarrollo de la IA es incalculable, desproporcionado. Llevará a donde lleve —no sé si a buen puerto—, pero el proceso en sí es algo nuevo y desconocido. Significa un desequilibrio que provoca una gran incertidumbre. Cuando hablo de desequilibrio me refiero a que puede alterar dinámicas de poder y escenarios de relación que eran más o menos estables. Cuando hablo de incertidumbre me refiero a que sentimos que va a generar realidades nuevas y desconocidas a las que tendremos que adaptarnos o contra las que tendremos que batallar.

Pero todo eso está fuera de nuestro alcance, al menos como individuos. Si queremos influir en este juego, vamos a tener que ingresar en comunidades organizadas y conscientes que hagan frente a los abusos por venir y que influyan en el proceso, velando por el bien común.

Sin embargo, creo que la apuesta más sensata que podemos hacer —individual y socialmente— es invertir mucho más en inteligencia natural. Muchas de tus aportaciones van también en este sentido. Si la inversión en inteligencia natural se incrementara a valores equivalentes a los que se está gastando en desarrollar la IA, el problema sería menor. ¿Y qué es invertir en inteligencia natural (IN)? Básicamente, desarrollar al máximo el potencial de nuestra mente y de nuestras herramientas sensoriales para establecer relaciones fructíferas con nuestros semejantes y nuestro entorno natural, de modo que aporten conocimiento, autoconocimiento, capacidad de adaptación y capacidad de enriquecimiento del medio en el que vivimos.

Insisto en que es el conocimiento y el autoconocimiento la clave. Saber hacer las preguntas oportunas, saber buscar las respuestas adecuadas, sentir la manifestación de la vida en el propio yo, dialogar verbal y emocionalmente con todo lo que nos rodea. Entender, interpelarse, dudar, sorprenderse, gozar del crecimiento. ¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en todo eso? 

Tengo que hacer mención aquí a la inquietante demolición incontrolada de nuestras redes de apoyo emocional. Nos hemos precipitado sin rubor en una dinámica de aversión a la fricción social. Cualquier interacción que no esté mediada por una pantalla, cualquier interrupción fuera de los canales establecidos por las redes sociales son considerados con desagrado o como una amenaza. Escuchamos antes el consejo de un chatbot que de una amiga o un conocido. Estamos desechando esas excusas para el contacto, de modo que los vínculos se atrofian. Y no lo digo yo. Lo dice, por ejemplo, Javier Jiménez en este artículo que vale la pena leer.

Sospecho, en definitiva, que el proceso de desarrollo de la IA incluye entre sus objetivos provocar el subdesarrollo de la IN y las redes de apoyo emocional de sus clientes o usuarios para inducir dependencia, y que esa dependencia genere el mayor nicho de negocio conocido. Tienen mucho ganado a priori desde que el mundo transita por los oscuros derroteros de la civilización de consumo. De ese modo conseguirán que la IN sea una manifestación egocéntrica, prepotente y estúpida que se estrangula y se engaña a sí misma. 

Quiero pensar que algún día, de algún modo, podamos llegar a ver el gigantesco potencial de la IN y seamos capaces de desarrollarlo. Y espero que no tardemos mucho.

José Luis Campos


15 marzo 2026

Sobre la tecnología 6/8



Querido amigo, ¡que éste 2026 sea un venturoso año para todos! Y como esto va a ser muy difícil de cumplir, que cada uno se afane lo que pueda dentro de su esfera, y así pueda unirse a la esfera de otros muchos, y que esto se convierta en un orbe que abarque el mundo entero. Otra cosa no podemos hacer, dado que tantas situaciones no dependen de nosotros, aunque es cierto que otras muchas sí. Y bueno, creo que de esto va lo que intentamos hacer desde aquí con nuestra comunicación epistolar, a la vieja usanza. Al menos ayudar a crear una conciencia nueva, el primer eslabón de la cadena de un cambio a mejor en nuestro modo de vivir...

Y este tema que nos traemos entre manos, creo que es fundamental por las consecuencias para el mundo (humano y no humano) que se derivan de nuestras acciones tecnológicas. Así, hemos de recuperar el principio de responsabilidad que proponía Hans Jonas en su libro homónimo, y que reformula el conocido imperativo kantiano: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra”. Y yo lo extendería, con él, al cuidado de toda vida en general.

Comienzo comentando los matices que introduces al principio de tu carta anterior. “¿Para cuándo una revolución en ciencias sociales equivalente a la Física cuántica?”. Mi respuesta rápida: cuando las ciencias sociales y humanas dejen de mirarse en las ciencias naturales, de querer parecerse a ellas y de valorarse a sí mismas a partir de ellas; que no tienen por objeto de estudio a seres que pueden llegar a ser conscientes de sí, y cuya conducta o biología no es reducible a lo que puede ser cuantificado matemáticamente u observado a través de los órganos sensoriales externos.

Incluso, más bien (porque lo necesita el mundo y nosotros con él) habría que humanizar a la ciencia. “Humanizar la ciencia sería, por definición, hacerla amable, dulce y cordial”, dice la neurocientífica y divulgadora española Nazareth Castellanos, en el libro que estoy leyendo y disfrutando estos días: El puente donde habitan las mariposas. Biosofía de la respiración. Y también podríamos citar aquella “Soleá de la ciencia” de Enrique Morente, tan certera y expresiva: “Presumes que eres la ciencia / Yo no lo comprendo así / Como siendo tú la ciencia / No me has comprendido a mí.”

Y, sobre la equívoca generalización a la que aludes, con ocasión del predominio actual de los medios dinero y poder, no me interesa si este predominio posee un mayor o menor peso en unos lugares que en otros, sino el hecho de que cada vez más se los considera, a esos medios, como un fin en sí mismo, digno de ser perpetuado y que todo lo otro (valioso en nuestras vidas) se ponga a su servicio... algo de lo que tú también te das cuenta.

Y me ha encantado que aludas a diversas tecnologías que están generando riesgos en el mundo que tratamos de habitar humanamente. Pero haces un repaso tan rápido que me ha sabido a poco. Te voy respondiendo y, si me queda espacio, me explayaré algo más sobre alguna de esas tecnologías.

Sí, desde la pandemia al menos, tendríamos que haber tomado conciencia de lo efímero de muchos de los hábitos o costumbres (en el fondo) que damos por sentados, inconscientemente, en el vivir diario, como si los recursos que requieren fueran eternos o infinitos. Y, precisamente, las nuevas tecnologías (de todo tipo, en las comunicaciones, el transporte, la producción, en las relaciones...) parecen prestarnos esa sensación de imperturbable seguridad y precisión, cuando en realidad, tantas veces, nos hacen dependientes de su “buen funcionamiento”. Sin embargo, siempre pueden fallar y esto lo olvidamos. Recordemos el apagón eléctrico del día 28 de abril del año pasado. Pero, además de generarnos dependencia, disminuye la tecnología (por cómo la configuramos y nos relacionamos con ella) nuestras capacidades (que hay que ejercitar) para adaptarnos a las situaciones adversas y cambiantes, tan propias del mundo y de la vida.

No conozco esa manera concreta, que dices, de blanquear deuda, pero hay muchas, así como trucos financieros de todo tipo para trasladar a diversos paraísos fiscales, bien repartidos por todo el mundo, las ganancias más o menos legales u opacas y de orígenes dudosos o muy cuestionables. La minoría de ricos necesita leyes muy restrictivas para la mayoría de la población, y métodos y lugares permisivos para ellos, a donde poder trasladar sin dificultad su dinero o sus beneficios lícitos o ilícitos. Y qué duda cabe que las nuevas tecnologías digitales, llevadas a escala global, son la herramienta más poderosa que hasta ahora hemos tenido (mejor dicho, que han tenido).

No sorprenden, entonces, las estratosféricas desigualdades entre territorios y entre las personas del planeta. Una vez más, comprobamos que lo crucial en este tema de los avances tecnológicos, no es cómo se usen y para qué, sino las virtudes morales y políticas (si se han desarrollado o no y hasta qué grado) de quienes las usan, o mejor decir, de aquellos que las implementan. Así pues, por muy buena (a priori) que pueda parecer una tecnología, en el contexto del orden mundial que nos domina y manejada por aquellos que lo dominan, cuyos intereses pueden ser tan simples, primitivos y ciegos como el ganar más y más dinero y el poseer cada vez más y más poder o recursos para hacer negocio, ¿qué nos cabe esperar?

De la ciencia ya te he hablado... y de la creatividad, no nos engañemos: cuando sea difícil distinguir entre lo que ha creado un ser humano y una máquina (o así lo parezca), ¿quién va a tener la paciencia de esperar a que su creatividad se manifieste, si tendrá que ganarse el pan al ritmo en que produce una máquina?

Y no te engañes, quién eres no ha cambiado en ti, lo que ha cambiado, en esos nueve o diez años, es cómo eres y el tipo de vida que llevas, y en todo caso, algunas de tus capacidades que aparentemente habrán variado, no porque hayan evolucionado, sino porque las usas (las usamos) menos, por las prisas o la comodidad, y se estarían (se nos estarían) atrofiando; recuerda la tesis del homo videns, que te refería en la carta anterior.

Sabiendo algo de lo que nos cabe esperar, y que quizás no sea muy halagüeño, ¿qué podemos hacer, querido amigo? Pues lo que estamos haciendo. Para empezar, ser lo más conscientes posible de lo que pasa, de lo que nos está pasando. Y, como solían decir, al acabar su espectáculo, Tip y Coll (“¡El próximo día, hablaremos del gobierno!”), en mi próxima carta, ¡prometo hablar de la inteligencia artificial! Y no sólo como ellos, que sin llegar a hablar, hablaban...


Antonio Sánchez

05 marzo 2026

Sobre la tecnología 5/8

 


Querido amigo Antonio

Comienzo con tu referencia final a las ciencias sociales, porque coincido plenamente en tu diagnosis. La psicología y la sociología, especialmente, han vendido su conocimiento de manera ilegítima al mercado de la publicidad y del poder. Eso es evidente. Además, son ciencias torpes y caducas. ¿Para cuándo una revolución en ciencias sociales equivalente a la Física cuántica?

En otro orden de cosas, cuando hablas de la invasión del mundo de la vida por parte de los medios (dinero y poder, básicamente), citando a  Jürgen Habermas, creo que se establece una generalización que puede resultar equívoca. Me explico. Hay una diferencia esencial entre el mundo anglosajón y Europa (continental) en cuanto a tolerancia a las intromisiones del dinero y el poder en nuestras vidas. El mundo anglosajón tolera con cierta aquiescencia las intromisiones en su intimidad por parte de empresas, pero es radicalmente intolerante a las intromisiones por parte del Estado. En cambio, en Europa toleramos más las intromisiones del estado y recelamos de las que perpetran las empresas. Aunque eso está cambiando conforme se extiende la uniformización que promueve el propio mercado.

Dicho lo cual, estoy de acuerdo en que pasemos a los casos concretos. Y comienzo por uno que nos confirma la condición de efímero de todo aquello que hoy creemos inalterable, por ejemplo, la red de Internet como canal de conexión internacional. Ya sabemos que hay países que establecen cortafuegos para filtrar todo el aluvión de publicaciones que se vuelcan en dicha red. Es el caso de China. Pero las cosas no van a quedarse aquí. Ya es conocido que Rusia está preparándose para una desconexión total, en caso de necesidad. Y esa necesidad puede venir forzada por el hecho de que un enemigo de guerra utilice tu propia infraestructura de internet para asestar durísimos golpes estratégicos. 

Otro ejemplo: las stablecoins. Es algo que ya está aquí. Se acaba el monopolio bancario y se socava la predominancia de la moneda oficial. Cualquier gran empresa podrá crear su propia moneda, eso sí, referenciada a una equivalencia estable con otra moneda oficial (que va a ser casi siempre el dólar). De paso, deberán comprar deuda pública en cantidad equivalente a la moneda emitida. ¿Hay una manera más eficiente de blanquear deuda? Es una jugada maestra.

Y en cuanto a las empresas que desarrollan inteligencia artificial, la necesidad de recursos económicos es ilimitada, por eso invierten entre ellas creando una situación de potencial estafa piramidal que puede reventar en cualquier momento. ¿Y qué decir de la insostenible necesidad de energía? Todo esto está empujando a recuperar empresas e instalaciones de generación altamente contaminantes, porque es lo único que hay disponible para cubrir ese crecimiento exponencial.

En ámbitos más cotidianos, la realidad es que vamos a entrar en una era de gran inseguridad en todo lo referente a nuestros datos. La potencia de la IA y la futura computación cuántica serán un ariete poderoso para vencer cualquier sistema de seguridad de los sistemas informáticos. Vaya perspectiva, sobre todo para ciudadanos sin conocimientos avanzados de todas esas nuevas tecnologías. Y ante la perspectiva de que incluso puedan llegar a obligarnos a que todos nuestros datos de identificación oficial estén disponibles en una App. No sé, no sé.

Verás, tengo un amigo periodista que dice que él no utiliza smartphone, sino estupidphone (ahora los llaman dumbphones). No sé si tendremos que llegar a eso. Lo que sí sé es que toda esta tecnología tiene propietarios y quieren apropiarse además de nuestras vidas. 

La cuestión es que las tecnologías también tienen una dimensión positiva. La ciencia, por ejemplo, está avanzando como nunca gracias a la IA en ámbitos muy prometedores. Y en lo particular, por decir algo, tenemos unas herramientas fabulosas para sentirnos conectados con aquellos seres queridos que están lejos, o podemos satisfacer instantáneamente nuestra curiosidad casi de manera ilimitada. En cuanto a la faceta creativa, las posibilidades son increíbles. Imagen, vídeo, diseño… La contrapartida es que a partir de ahora nadie va a poder demostrar que es autor único de su obra, y que no ha intervenido en el proceso la IA.

En fin, ¿qué hacer ante todo esto? ¿Qué debo hacer como ciudadano, como padre, como hijo, como amigo, como amante, como vecino, como profesor, como alumno o como alma errante? ¿Quién quiero ser? ¿Hasta dónde quiero elevar mi potencial o consentir mi dependencia? En mi caso, reconozco la necesidad de reducir el ruido, la prisa, la dependencia de la tecnología, las necesidades, la prepotencia, el egoísmo, etc, etc. Ya comencé a desprenderme de algunas de esas lacras, pero el camino es largo y los errores frecuentes. Creo que si hoy me pregunto eso que tú sugieres en tus charlas: ¿quién soy yo?, ya no podría contestar lo mismo que hace nueve o diez años. 

Tal vez tengamos que ir más lejos y preguntarnos también, ante todo este mundo desconocido y desafiante, ¿qué podemos, qué debemos hacer?

José Luis Campos



25 febrero 2026

Sobre la tecnología 4/8


Querido amigo José Luis,

copio esta pregunta que has dejado escrita en tu anterior carta (¿quién va a dudar de la veracidad de un buen plato de fabada asturiana en lata?), que tiene mucha más enjundia de lo que parece, y la tomo como síntoma de un aspecto relevante de nuestra relación habitual con la tecnología de nuestro tiempo. ¿Quién va a cuestionar que sea un buen plato de fabada, si viene enlatada, hermética, sin contaminar ni adulterar, producto de un estricto proceso de fabricación, controlado sistemáticamente a partir de garantías racionales de la máxima eficacia?

Y sin embargo, nos puede sentar mal, y sin embargo, puede aparecer contaminada, y sin embargo, puede ser poco saludable, y sin embargo, sus nutrientes pueden estar sobrepasados por los conservantes, estabilizantes, colorantes y aromatizantes, los aditivos que la industria y la distribución necesitan añadir para que el producto aguante en las estanterías durante meses, y esto permita comercializarlo y planificar de una manera rentable (lo máximo que se pueda) la inversión económica. Y lo más preocupante, por lo esencial que se esconde debajo: que pensemos que un plato de fabada que preparas en tu casa no es tan buen plato de fabada; y, poco a poco, vayamos prefiriendo, por comodidad o falta de tiempo (decimos), comprar la fabada enlatada que está dispuesta en la estantería del supermercado.

A esto se refiere el filósofo alemán Jürgen Habermas, cuando analiza, en multitud de contextos, el fenómeno contemporáneo de la invasión del mundo de la vida por parte de los medios (dinero y poder, básicamente). Penetran en la vida natural y social, gestada la primera durante milenios y milenios, y la segunda durante generaciones y generaciones, y la ponen a su servicio, adulterándola o deformándola. La tecnociencia serviría aquí de vehículo para dicha invasión, otorgando a tales métodos industriales, de origen capitalista, el marchamo de prestigio que necesita para expandirse de manera infinita, ciega y sin oposición. ¡La tecnociencia puesta al servicio del capitalismo a toda máquina! ¡Ya ves todo (o algo de) lo que puede esconderse en una simple lata de fabada, fabricada y conservada a través de métodos industriales!

Continúo hablando en esta carta de casos particulares, y esto te lo propongo para las próximas cartas de esta serie sobre la tecnología (que hagamos aterrizar los principios, que ya hemos expuesto entre los dos, en el terreno de lo concreto y de la vida cotidiana). Por ejemplo, estamos experimentando, en nuestras propias carnes, los efectos que las nuevas tecnologías tienen en el desarrollo de nuestras capacidades. Y esto no es un asunto menor, como señalas en tu carta, el que una tecnología nos haga menos capaces, autosuficientes y autónomos, y no digamos, si hablamos específicamente de nuestros jóvenes.

Giovanni Sartori, ya hace varias décadas, nos advirtió de algo que comenzaba a mostrar sus efectos: la especie homo-sapìens estaba girando hacia una especie de homo-videns. Su tesis, muy sencilla, la podemos contrastar por nosotros mismos: el exceso de imágenes en nuestro mundo (y su veneración) atrofia nuestra capacidad de imaginar (genuinamente humana) y, sin ella, disminuye nuestra capacidad de pensar, que no es otra cosa que la capacidad de enlazar imágenes mentales para formar conceptos; si ya lo estás viendo delante de tus ojos y tus oídos, ¿para qué imaginar... para qué pensar? Esto, referido a niños y niñas y adolescentes, es una calamidad. Y encima, va la escuela, con sus buenas intenciones, y les sirve a la mesa más de lo mismo, ¡No sé de qué nos extrañamos, cuando decimos que ya no pensamos y necesitamos tenerlo todo delante de las narices para poder entender algo y reconocerlo, sus posibilidades y sus límites!

Y ahora, extiende esta tesis hacia el abuso de calculadoras, tablets, smarphones, redes sociales o del chat GPT, medios tecnológicos mucho más potentes. Por cierto, prometo hablar de esto último y de la mal llamada “inteligencia artificial”, muy seriamente, en mi próxima carta.

Para acabar mi respuesta, dos puntualizaciones. En primer lugar, “centrar nuestra atención hacia nuestro interior” no es lo mismo que centrar nuestra atención en nosotros mismos; nuestro interior profundo, compartido con todo otro ser humano, no es lo mismo que nuestro egocentrismo construido y superficial. Y era a esto lo que se refería, creo, Daniel Goleman.

En segundo lugar, los principios o fines que debemos acordar entre todos nosotros, como seres humanos, no pueden provenir de las ciencias sociales; éstas pueden ayudar, pero no siempre, ya que, en numerosas ocasiones, sus conclusiones están plagadas de sesgos cientificistas y tecno-excluyentes que alejan de nosotros las posibilidades de decidir por nosotros mismos, volviéndonos no aptos, pues se habrían convertido los asuntos que nos atañen en una cuestión de expertos. Sin embargo, los expertos sólo saben de medios y no de los fines que orientan una vida digna, buena y verdadera. Esta es nuestra tarea (de todos nosotros) inaplazable, inalienable e intransferible, si queremos vivir en un mundo más humano y más natural y más sostenible. Un ejemplo sencillo: los expertos (médicos, psicólogos, juristas...) pueden informar a una mujer de los múltiples aspectos del embarazo, el parto o el aborto, pero la decisión de abortar o no abortar es siempre una decisión personal, de índole moral y no técnica.

Además, y ya acabo, los descubrimientos de estas ciencias sociales (incluida la psicología), a menudo, son puestos también al servicio de los medios dinero y poder y del capitalismo salvaje, que penetra así, como te decía, en el mundo de la vida, le da la vuelta, lo deforma, pervierte y lo pone a su servicio, hasta el extremo de perseguir fines espurios y peligrosos para la propia vida. ¿O no lo estamos sufriendo ahora mismo, en diversos contextos?


Antonio Sánchez

15 febrero 2026

Sobre la tecnología 3/8


       Amigo Antonio:
Creo firmemente que el problema en origen es no haber establecido como sociedad una escala de prioridades de dimensión humana o humanista. Si los fines se establecen bajo un acuerdo amplio, quedan perfectamente definidos y son de conocimiento público, no pueden ser subvertidos por una innovación o una involución. 
Además, para establecer los fines deberíamos rescatar todo el conocimiento disponible desde la psicología social o la sociología. Porque hay mecanismos en nuestra naturaleza, que se han desarrollado desde la infancia de la humanidad, que establecen ciertas garantías para la vida social e individual.
¿Sería, en tal caso, conveniente el desarrollo de una tecnología que alienara mecanismos sociales tan esenciales como la empatía o la compasión? Parece razonable que, entre las prioridades sociales, el objetivo de preservar el buen funcionamiento de esos mecanismos debería estar por encima de cualquier otro. Lo cierto es que no es así.
Dice Daniel Goleman en su estimulante libro Inteligencia social que «Cuando la atención se centra en nosotros mismos, nuestro mundo se contrae, al tiempo que nuestros problemas y preocupaciones adquieren dimensiones amenazadoras. Cuando, por el contrario, centramos la atención en los demás, nuestro mundo se expande. En este último caso, nuestros problemas se dirigen hacia la periferia de nuestra mente y parecen empequeñecer, con el consiguiente aumento de la capacidad de establecer contacto con los demás, es decir, de actuar compasivamente.»
¿Qué tecnologías centran nuestra atención hacia nuestro interior y qué otras centran nuestra atención hacia los demás? Quizá este sea una pregunta válida para esa «evaluación social de tecnologías».
Por otra parte, la implantación de una tecnología suele significar un cierto grado de atrofia en alguna de nuestras capacidades. Por poner un ejemplo: desde que utilizamos calculadoras hemos perdido capacidad o agilidad para hacer mentalmente esas operaciones básicas. ¿Es realmente un objetivo plausible perder capacidades? ¿Somos conscientes de esa pérdida? 
Hemos perdido capacidad de cálculo, de memoria, de discurso, de escucha, de orientación, etc. Incluso yo diría que hemos perdido la capacidad de dudar, dado que toda la información que nos llega tiene ese aspecto de paquete recién envasado y listo para consumir, como la comida precocinada. ¿Quién va a dudar de la veracidad de un buen plato de fabada asturiana en lata?
Dices que todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad (CTS), pero yo creo que hay un elemento nuevo que interviene en esta ecuación y que distorsiona su resultado: el marketing. Y esa es una de las mayores diferencias entre las técnicas tradicionales que identificaba Ortega y las actuales.
Tenemos que comenzar esa evaluación cuanto antes, desnudar las tecnologías de artificios publicitarios y establecer las prioridades, para crear un orden nuevo en el que conciliemos el desarrollo con las prioridades esenciales del ser humano. Podemos hacerlo individualmente, no cabe duda. Pero de nada servirá si no se afronta como sociedad. Y hay que repetirlo tantas veces como sea necesario: en estos momentos las prioridades están muy lejos de defender la esencia del ser humano.

José Luis Campos

05 febrero 2026

Sobre la tecnología 2/8

 

Amigo José Luis,

qué bien que nos sigamos cuestionando el mundo que nos ha tocado vivir. ¿Qué otra cosa podemos hacer como ciudadanos, sino tomar conciencia juntos y que esto contribuya a vivir de otra manera, mejor, si es posible? No sé si te das cuenta, pero te estás convirtiendo en un filosofo de los buenos, de los que piensan por sí mismos y no esos que usan sus “filosofías” para justificar con lo que dicen algún interés particular. En este sentido, necesitamos ciudadanos-filósofos, lúcidos, y no solamente clientes, consumidores, votantes u hombres-masa. Y somos ya esos ciudadanos, pero hay que practicarlo para desarrollarlo.

Así que, en esta ocasión, en esta carta, únicamente me limitaré a ponerle nombre a algunos de tus comentarios, desde el ámbito de la filosofía de la tecnología, una reflexión filosófica que tanta falta nos hace. Somos conscientemente inconscientes de cómo las tecnologías moldean nuestro mundo y lo importante que sería relacionarnos adecuadamente con ellas. Hay un triángulo mágico que no puede descuidarse, para comprender qué nos pasa con la tecnología y qué podemos hacer con ella: todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad. Y esto lo intuimos: la tecnología no sería la misma sin el modo moderno de la ciencia que la sustenta, ni viceversa, y ellas no serían como son sin la sociedad de la que emergen en la forma de intereses, que luego mutan en objetivos rentables o estratégicos a perseguir. Y te traigo una pequeña muestra de esta preocupación social por la tecnología: en los dos últimos cafés filosóficos que he dirigido ha sido esta temática de la tecnología la elegida por los participantes, y no han sido las únicas ocasiones.

En la propia naturaleza de la tecnología, que no es lo mismo que la técnica, las técnicas tradicionales (como distinguía muy bien Ortega y Gasset en su conocido ensayo Meditación de la técnica), está su capacidad de impactar y transformar el mundo en el que nace. Un sencillo ejemplo, ya clásico: el ferrocarril para ser viable necesita vías por las que discurrir, pero éstas modifican el entono natural, peinando las excavadoras el paisaje con rayas artificiales.

Y sí, como dices, la utopía ilustrada del progreso social y moral mediante una constante innovación tecnológica, lo que se llama muchas veces desarrollo científico-tecnológico, fácilmente puede transmutarse en distopía, generando tantos problemas (sociales, medioambientales, a nosotros y a las generaciones futuras) como sufrimos en la actualidad. Es verdad que nuestra sociedad no sería la misma sin la tecnología... pero miremos con atención: para bien y para mal.

No se trata de ser catastrofistas, ni tampoco tecnófobos, pero tampoco lo contrario: ingenuos tecnofanáticos. Es necesaria una cuidadosa evaluación de esas tecnologías antes, durante y después de su desarrollo. Esto dijeron los participantes en uno de esos cafés filosóficos que antes te decía... Una evaluación social de tecnologías, y no solamente, economicista o pragmática, cortoplacista e interesada. ¿Quién debe decidir? Acudiendo al sentido común, a la máxima sensatez de que seamos capaces, las personas o colectivos afectados (tanto a escala local como planetaria, según el caso), que van a padecer las consecuencias, los peligros o riesgos de la implantación de una nueva tecnología (sin lo que parecen no poder subsistir nuestras sociedades, que basan su desarrollo económico en la innovación constante, como decíamos, que tantas veces permanece ciega respecto a sí misma y sus efectos, adónde nos lleva y qué mundo queremos construir.

Una imagen muy conocida del filósofo de la tecnología Langdon Winner describe perfectamente nuestra dinámica habitual con la tecnología, consecuencia también de su ritmo vertiginoso: dejar que una apisonadora te aplaste y luego incorporarte para medir sus huellas o efectos sobre ti. Suena gracioso, y absurdo, o más bien trágico, pero es lo que sucede con cada proceso de I+D+I (investigación, desarrollo e innovación tecnológica). Basta mirar, de nuevo, con atención.

Y ya para acabar esta carta, otra imagen iluminadora, con pregunta explícita: ¿se parecerán estos procesos a una locomotora que baja por una pendiente a toda velocidad, sin frenos y sin conductor? Pues a ver qué podemos hacer con todo esto, querido amigo. ¿O no podemos hacer nada, lo que podría describirse como una suerte de determinismo tecnológico? ¿Es inevitable, como planteabas, que los medios se conviertan en fines, es decir, que los medios tecnológicos impongan sus propios fines y nos pongan a nosotros, los seres humanos (y al planeta entero) a su servicio? En este sentido, ¿te parece acertado ese tópico popular (incluidos muchos expertos) que dice que la tecnología es siempre neutra, y que es su uso lo que la convierte en buena o mala?


Antonio Sánchez

25 enero 2026

Sobre la tecnología 1/8

 


Amigo Antonio:

Hay algo que me preocupa especialmente en estos tiempos y que creo que sobrevuela cualquier tema que hayamos tratado o tratemos en el futuro en esta relación epistolar nuestra: es el impacto de la tecnología en la sociedad.

Desde lo más simple, el palo o la piedra, hasta la inteligencia artificial, cada herramienta tiene un objetivo práctico primigenio, pero genera con el uso otros objetivos que nunca fueron la razón de su creación. La piedra se fue convirtiendo en hacha para desarrollar una enorme ventaja evolutiva en la caza y, sin embargo, también se convirtió en un instrumento de guerra y muerte entre semejantes. Así ha sido con muchas otras de estas herramientas que hemos ido creando.

Tal vez el único sistema de control que ha creado el ser humano frente a ese peligro ha sido una combinación de moral, instituciones comunes, corpus legislativo y monopolio policial de la violencia. De esto creo que habla extensamente Foucault.

El problema es que la evolución de la tecnología es tan rápida que deja atrás a cualquier sistema de control que antaño fuera útil. Ese es uno de los problemas al que nos enfrentamos.

El otro es que la concentración de poder propia del sistema capitalista está propiciando que tecnologías como la IA o la computación cuántica estén en manos privadas y estén forzando a una amplia desrregulación que va justamente en contra de la única herramienta de control que tenemos frente al uso improcedente de la tecnología.

Por otro lado, el relato imperante defiende la bondad inequívoca de la evolución ilimitada del poder de la tecnología y justifica como conveniente, por supuesta eficiencia, que esa evolución esté en manos de media docena de compañías o de personas concretas. Las promesas de un futuro sin necesidades, sin enfermedades, sin problemas de ningún tipo son un bálsamo alienador que consigue adeptos a precio de saldo.

Es evidente que la posesión de estas tecnologías no garantizará en el futuro el control adecuado de las mismas. Son demasiado potentes y están alcanzando la propia independencia. Y aun si no fuera así, el hecho de que estén en manos de personas cuyo única virtud es la capacidad de hacer negocio, nos dejan al pie de los caballos.

Cabe pues plantearse si estamos transfiriendo todas nuestras capacidades como sociedad a manos de un mecanismo sin control cuyos objetivos no tienen por qué coincidir con los nuestros. En el mejor de los casos, las sociedades humanas estarían transitando hacia sistemas autoritarios de un poder desconocido por la historia. En el peor, cabría plantearse si el ser humano creó la herramienta, ¿es ahora la herramienta la que puede llegar a destruir al ser humano?

Pero ¿crees que aún es posible establecer unos protocolos que nos permitan tener el control de la situación? Me gustaría saber qué piensas de todo esto, amigo. Nos jugamos lo mejor de la civilización e, incluso, la supervivencia del planeta.


José Luis Campos


15 enero 2026

Sobre la educación 6/6


Querido amigo,

creo que es obvio cuánto estamos malogrando en nuestras comunidades (más pequeñas o más amplias) por no hacer las cosas bien. ¡Cuánta falta hace desarrollar una visión crítica (que ya sabemos que, primero, ha de ser autocrítica) de lo que nos pasa, de lo que no está pasando! Nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, es lo que estamos haciendo aquí, con este nuestro intercambio epistolar. Pero, ese “hacer las cosas bien”, que en educación es vital, tiene una sombra: ¿en qué consiste?, ¿cuáles serían sus contenidos? Y aquí vale aquello que ya decíamos, en cartas anteriores (sobre la democracia): lo que debemos hacer tendríamos que vislumbrarlo entre todos, todos nosotros. De ahí que sea tan importante tener muy claros los principios básicos, los valores que consideramos esenciales, que nos parecen auténticas guías de nuestra acción colectiva, de todos y de cada uno de nosotros. Así que celebro contigo esos objetivos básicos que tú propones, y a los que podríamos añadir otros más, juntos, todos nosotros. Y esto sería dialogar. Yo, por mi parte, pongo por delante ese aprendizaje del cuidado del que hablas, en todas sus vertientes (el cuidado de sí o el autoconocimiento, el cuidado de los otros, en su singularidad y en su hermandad, y el cuidado del mundo, su preservación para las generaciones futuras, una mirada más allá de lo inmediato, lo que interesa solamente aquí y ahora).

Y claro que esos contenidos más concretos que recoges mejorarían, seguramente, nuestro mundo (¡imagina, por ejemplo, desarrollar la creatividad en el aula en lugar del aprendizaje imitativo y repetitivo, imagina desarrollar el pensamiento propio, el criterio propio, en lugar del estropicio del todo vale o da lo mismo, y sólo perseguir, al modo sofista, que mi verdad se convierta en tu verdad y pueda manejarte así al antojo de mis deseos, imagina, por ejemplo...!). Pero, como siempre, lo decisivo sería la puesta en práctica de esos contenidos, ¿cómo llevarlos a cabo, y quién y desde dónde los llevaría a cabo? (Algo de lo que ya hemos hablado).

Puedo decirte, por mi experiencia como docente, que de nada sirven los buenos propósitos de los preámbulos de las sucesivas leyes educativas y las propuestas didácticas innovadoras, primero, si el educador no ha cambiado, si él mismo no ha desarrollado sus capacidades educadoras (la verdadera formación del profesorado no consiste en la realización de cursos meramente formales, vacíos o espurios) y si el contexto de la educación establecida continúa asfixiado por currículos inabordables por su extensión o especialización, o bien, por la toxicidad de los requerimientos burocráticos que les caen encima a los docentes, como una plaga, desde una Administración que ni colabora ni comprende desde el corazón, y ni siquiera administra con cabeza, sino siguiendo las exigencias internas del propio aparato burocrático, que tiende a su propia autorreproducción. ¡Esto sí que necesita un buen cambio y una buena desinfección! Así que dejemos tranquilita a la Pedagogía oficial, que ha necesitado abrirse paso y hacerse su nicho en la educación de nuestros niños y adolescentes, pues será mejor para el tono tranquilo de estas cartas... querido amigo.


Antonio Sánchez


05 enero 2026

Sobre la educación 5/6

 


Por supuesto que lo creo. Me parece que lo has definido perfectamente con tu frase: «No educa lo que sé, sino lo que soy». Es evidente que hay que proponer un horizonte social y personalmente deseable y adecuado para que todos los educadores caminemos en la dirección correcta. Y la dirección correcta es la del bien común.

No obstante, es posible que definir en este punto el «qué» pueda ayudarnos un poco. Porque más allá de quién es personalmente el educador, si lo que ha de transmitir está, por ejemplo, alineado con el bien común, va a ser mucho más difícil torcer el resultado.

No todos los sistemas educativos del mundo tienen el mismo currículum. No todas las sociedades educan con los mismos objetivos. Sería útil comenzar buscando lo que otros ofrecen y, si vale la pena, copiarlo. (Ver, por ejemplo, algunas diferencias notables entre nuestro sistema escolar y el japonés).

Por establecer algunas consideraciones generales diré que los contenidos que deberíamos transmitir a los educandos habrían de cubrir estas áreas:

  • Conocimiento del entorno para garantizar nuestra supervivencia y su preservación y transmisión a la siguiente generación en las mejores condiciones de habitabilidad. (Aquí puede ayudar las ciencias no sociales, la tecnología, la filosofía, etc.).

  • Conocimiento de la realidad social y sus cuidados. (Pongamos que sea a través de las ciencias sociales —geografía, historia, sociología, psicología, economía, etc.—, la medicina, la higiene, la filosofía, las lenguas, el arte, la expresividad, etc.).

  • Conocimiento y cuidados de uno mismo. (Por ejemplo con la educación física —gimnasia, deportes, yoga, alimentación— y sexual, la filosofía, la psicología, la ética, la higiene, la medicina, el arte, la expresividad, el bricolaje, etc.).

Ya sé que es un marco muy general, pero ahora nos permite hacernos algunas preguntas. 

  • ¿Por qué no enseñamos a mantener limpio y ordenado el espacio en el que estamos: en clase o en casa? ¿Por qué no lo defendemos a capa y espada como una virtud irrenunciable?

  • ¿Por qué no enseñamos a comprar en el mercado, una farmacia, una ferretería o por internet?

  • ¿Por qué no enseñamos a buscar —qué buscar, dónde y por qué—? No me refiero solo a través de internet.

  • ¿Por qué no enseñamos el reglamento de circulación?

  • ¿Por qué no enseñamos primeros auxilios o reglas básicas de higiene?

  • ¿Por qué estamos apartando la música o la filosofía de la educación?

  • ¿Por qué en muchos casos no se sale de clase para conocer la realidad que se estudia?

  • ¿Qué pasa con la alimentación, la respiración, las posturas, el sueño?

  • ¿Qué hacemos en cuanto al silencio, la soledad, el respeto, la frustración?

  • ¿Cómo manejamos las patologías serias? ¿Y cómo apoyamos a quienes intervienen en ellas?

  • ¿Cómo recuperamos los claustros participativos, críticos, proactivos? ¿Cómo detectamos e intervenimos sobre las prácticas inaceptables en puestos de dirección?

  • ¿Cómo integramos activamente a la comunidad en el aula?

Muchas de las respuestas a esas preguntas pasan por establecer esos horizontes de los que hablaba antes. Y ya que la pedagogía es tan amiga de la programación, id colgando esas preguntas y otras muchas que me olvido en el tablón, porque son o tienen mucho que ver con los objetivos deseables y adecuados, diseñad tareas, cronogramas y evaluaciones, y no deis ni un paso más sin haber conseguido borrar cada una de ellas de la columna de la indolencia colectiva.

Porque la pregunta más importante que nos tenemos que hacer es: ¿Cuánto ganaríamos si hiciéramos las cosas bien, pero bien de verdad? O dicho de otro modo: ¿Cuánto estamos perdiendo por no hacerlo?

José Luis Campos