
Querido amigo, ¡tantas ganas
tenías de leerme sobre la (mal llamada) inteligencia artificial, que
ya te has lanzado tú mismo a escribir sobre ello! ¿O ha sido para
provocarme? ¡Me encanta! Pero no te hacía falta... ya me provoca
reflexión este artefacto, este nuevo juguete de la humanidad en
manos de una parte ínfima de la humanidad, sus tendencias más
irracionales (y eso que está compuesta la IA de algoritmos lógicos;
pero, la racionalidad humana contiene mucho más que la mera lógica
deductiva). Como decía Nietzsche con su habitual vehemencia, sólo
critico lo que triunfa (acuérdate de la broma que te hacía sobre el
gobierno, en el final de mi carta anterior, remedando a Tip y Coll).
Porque, además, eso parece: que nos puede llegar a gobernar la IA y
no al revés. Y por esto, por su intromisión, cada vez mayor y más
flagrante, en todos los órdenes de la vida (tú te has referido a
ello), como ciudadanos, hemos de someterla a crítica; ser críticos
con la IA consiste en tratar de ser muy conscientes de su naturaleza
y de sus efectos a medio y largo plazo, contando con el tipo de
concreciones de la tecnología que suele regir en nuestro mundo, como
ya hemos hablado.
Es muy digno de estudiarse, y
algo se ha estudiado, cómo los relatos de ciencia-ficción
(literarios, cinematográficos, publicitarios de todo tipo)
condicionan nuestros deseos y preparan nuestras expectativas para la
aceptación acrítica de ciertas tendencias en el diseño posible de
las nuevas tecnologías. Una especie de determinismo tecnológico
nos atenaza: estamos (parece) abocados a esos mundos que nos
adelantan dichos relatos utópicos o distópicos. En el mejor de los
casos, están pensados para hacernos reflexionar y prevenirnos sobre
lo que se nos viene encima, si perseveramos en unos determinados
desarrollos sociales de los los “avances”
científico-técnológicos, pero provocan, quizá sin quererlo, el
efecto contrario: que nos aferremos a esa (aparente) única
posibilidad y nos entreguemos a ella de forma ciega y sin reservas.
Esta peculiaridad de los
efectos no deseados la comprendí hace años, cuando un grupo de
voluntarios de una asociación contra el abuso de las drogas se
presentaron en mi Centro educativo y mostraron sus efectos dañinos
para la salud usando unos medios audiovisuales tan atractivos que,
subliminalmente, provocaban en el alumnado un efecto muy diferente
del que se pretendía: que les atrajese el probar las drogas si, como
aparecía en el vídeo que proyectaron, por la música y el ambiente,
el mundo de la droga “daba tanta marcha”). De nuevo, los medios
que usamos pervierten los fines que nos proponemos (la forma de
llevarlos a cabo), por muy loables que éstos puedan ser
inicialmente. Y esto vale para todo, también, y muy especialmente,
para la política actual, por ejemplo.
Así que ya tenemos preparado
el advenimiento sumiso de la IA (esto unido al mito del progreso,
algo de lo que ya hemos hablado) y así, ¿cómo extrañarnos de que
esté penetrando la IA, tan rápida y persistentemente, en nuestra
vida cotidiana? Basta mirar en el menú desplegable de una “red
social” de Internet la gran cantidad de usos (“benéficos”) que
puede ofrecernos. ¡Todas nuestras necesidades quedarán cubiertas!
Organizar un cumpleaños, aconsejar a un amigo, tomar decisiones en
situaciones complejas, satisfacer mis inquietudes existenciales,
escribir un poema o un discurso, investigar la verdad, ser feliz,
conocerme, resolver mis traumas, ayudarme con mi trastorno de
personalidad, qué cocinar hoy, en qué invertir mi dinero,
diagnosticar un problema de salud... en fin, todo lo que me preocupe,
inquiete o interese en mi vida ya se me da resuelto... y acabado. Y
sin haberlo solicitado, ahí, servido en bandeja y gratis, por lo
menos por ahora; marketing del más puro: primero creamos la
necesidad, que ya vendrá detrás el beneficio, cuando millones de
personas estén enganchadas a un objeto o sustancia o situación y
les resulte “vital” su uso.
Pero
hablemos de la inteligencia natural versus
inteligencia artificial, ya que lo mencionas en tu carta. Lo primero,
¿es la IA inteligente? Claro, depende de lo que entendamos por
“inteligencia”. Si inteligencia es realizar funciones, seguir
unas órdenes programadas de antemano, resolver ecuaciones, reducir
la complejidad de lo real a conexiones de la lógica formal binaria
(lo que no es blanco es negro y viceversa, la puerta solamente puede
estar abierta o cerrada, pero no entre-abierta, con todos sus
matices...), deducir, encajar piezas ya preexistentes o conocidas...
entonces se puede decir que la IA es inteligente. Pero el riesgo
mayor es el reduccionismo:
pensar que la inteligencia humana o animal o de la vida o del
cosmos... es eso y nada más que eso. Cualquier
cosa no puede ser inteligencia.
Será inteligencia, pero no inteligente. Esto es otra cosa. Platón
distinguía muy claramente entre dianoia
y nous:
razonamiento y entendimiento o comprensión directa. Y dice el
filosófo contemporáneo Luis Sáez Rueda: “Nuestras
máquinas jamás pensarán. Jamás comprenderán "sentido",
es decir, acontecimientos. Solo pueden llevar a cabo procesos
"ciegos". Y su peligro radica en esto último. Los procesos
ciegos que podemos provocar son tan vastos e inerciales, que
constituyen el nuevo "destino" esperable de nuestro tiempo,
si continúa en esta senda”.
La
verdadera naturaleza de un ser está en lo que es de suyo, de manera
esencial y no accidental, que le hace ser lo que es, aclara
Aristóteles. Así pues, una inteligencia es inteligente si lo es de
modo esencial y no accidental y, por ello, en el caso que nos ocupa
de la inteligencia, está siempre (esta posibilidad de ser y de vivir
inteligentemente) en el artífice y no en el artefacto, que ha sido
creado artificialmente. Aquí radica una de las confusiones
habituales respecto a este tema: una máquina no puede ser más
inteligente que el tipo
de inteligencia
que la ha diseñado y desarrollado, a través de unos materiales y
unos circuitos. Y continúan las confusiones...
El
poder de la máquina no es el de crear realidad, sino el de fingir
la realidad.
Y ya que no puede crear vida sino fingirla, tratamos (nosotros con la
máquina) de crear la ficción, creernos, que una vida recreada o
fingida es real. Y esto no debemos olvidarlo. Recomiendo una película
(Sully,
dirigida por Clint Eastwood) sencilla
pero honda por su alcance (además, basada en un caso real), que
contrasta la realidad (siempre nueva, diversa y cambiante, llena de
matices insondables, con lo que hay que contar siempre) con una
simulación de la realidad, que pretende emitir un juicio “técnico”
acerca de la oportunidad o no del aterrizaje forzoso que tuvo que
realizar el capitán Sully en el río Hudson con su avión lleno de
pasajeros.
Y me dices en tu carta:
“Insisto en que es el conocimiento y el autoconocimiento la clave.
Saber hacer las preguntas oportunas, saber buscar las respuestas
adecuadas, sentir la manifestación de la vida en el propio yo,
dialogar verbal y emocionalmente con todo lo que nos rodea. Entender,
interpelarse, dudar, sorprenderse, gozar del crecimiento. ¿Cuánto
estamos dispuestos a invertir en todo eso?”. Eso mismo me pregunto
yo, querido amigo. Pero mira: ¿todo eso no es en lo que consiste
filosofar? ¿Y no estamos filosofando... juntos, ahora? Solamente,
necesitamos ser más de dos...
Antonio Sánchez