Fuente Hondera (Capileira)

25 abril 2026

Sobre la libertad 2/8


 Interesantes cuestiones me planteas, querido amigo y, a la vez, inquietantes. Como lo es todo lo que nos hace estar vivos. El ser vivo, en cierto sentido, no es más que un ser inquieto que busca la quietud y vivir lo mejor que pueda desde ahí. Tú lo expresas de un modo poético, cuando dices que buscamos “abrevaderos frescos” para apagar o mitigar nuestra sed... no sé si de conocimiento o sed de ser, nosotros mismos. Luego volveremos sobre esto.

Explícitamente, y más adelante en tu carta, quieres que tratemos sobre la libertad. Y comienzas distinguiendo entre mecanismo y organismo. ¡Excelente comienzo! En un ensayo de Karl Popper, que trabajé hace mucho tiempo, cuando terminaba mis estudios de Filosofía, él planteaba la cuestión a tu manera, señalando las diferencias entre relojes y nubes; y de este modo discutía, respectivamente, la verdad del determinismo y del indeterminismo. ¿Todo es determinable o predecible en nuestro mundo, o bien, siempre permanece un resto de indeterminación y, por lo tanto, queda margen para la libertad, la novedad, la sorpresa, lo impredecible? Si en el Universo hay hueco para la libertad, y nosotros, pobres seres inconstantes de este Universo, podemos ser algo más que el resultado de un mero juego de leyes necesarias. Pues bien, observemos los relojes y las nubes...

Las dificultades con la predicción del movimiento y los efectos de las nubes podemos comprobarlas todos los días, a la hora del tiempo (atmosférico) en la tele; Pero, los relojes, por su lado, ¿no se atrasan o se adelantan, por muy sofisticados y cuánticos que sean, si están hechos de materia degradable o entrópica, como es toda la materia? Si estimamos que hay en el mundo relojes y nubes, fenómenos de ambos tipos, como hace Popper, no creo que esto nos lleve muy lejos... Es más interesante fijarse en el hecho de que, efectivamente, hay en el mundo todavía nubes. “El infinito ataca, pero una nube salva”, decía René Char.

Volviendo a lo que directamente recoges en tu carta, lo que el organismo hace, a diferencia del mecanismo, “interactuar para sobrevivir”, yo a eso lo llamaría inteligencia. Y esto no nos aparta ni un ápice de la posibilidad de la libertad. Porque no hay inteligencia en el mecanismo (algo de esto hemos hablado en nuestra serie sobre la tecnología y en torno a la IA). Sin embargo, el organismo sobrevive creando nuevas soluciones a partir de su interacción con aquello que le rodea, dentro y fuera de sí mismo. Así pues, si detectamos en un ser vivo algún tipo de creatividad, por muy sutil y simple que ésta sea, no podríamos dejar de usar la palabra “libertad”, por muy gastada que ella esté, como tendremos ocasión de discutir más adelante, quizá, en esta serie de cartas... Si te parece, vamos a intentar dar lustre juntos a la palabra “libertad”, revitalizando su sentido en un mundo como el de hoy.

De todos modos, tú ya anuncias algo en esa dirección, cuando te preguntas: “¿por qué la multitud de caminantes bebe una libertad estancada y putrefacta?”. Pero luego, acto seguido, también te preguntas: “¿por qué compran el discurso de una libertad ilimitada y simple?”. Y lo que te puedo decir por ahora, amigo José Luis, es que para entender (más bien que para conocer) esa aparente contradicción de la vida sometida o sojuzgada que busca redención, aunque sea de una manera ciega y desbocada, habríamos de distinguir entre libertad y liberación. Estamos hablando, claro, dentro del contexto humano. O quizá no solamente... quién sabe.

Me gusta tu imagen de la orquesta. Yo la convierto en una orquesta, o un grupo, de jazz, si te parece bien. ¿Cómo tocan juntos, cómo se armonizan y, a la vez, improvisan y están creado, mientras ejecutan un ritmo o una melodía? ¿No es eso libertad, aunque no todo sea libre? Cuando están tocando, cada uno de los miembros del grupo, ¿no tiene que estar súper concentrado en el conjunto y en su parte? Pero si alguno de ellos está atrapado por sus propios temores y juicios de valor, ¿no se resentirá todo el grupo en su creación armónica? Claro, lo que estaba pasando, y por eso no sonaba bien el grupo, era que uno de los músicos no estaba centrado, no se sentía libre, estaba aprisionado dentro de sus barrotes interiores.

No hay libertad en marcar las horas, como dices, a no ser que sean marcadas con algo conciencia de lo que se hace, como es lo propio de los organismos, cada uno a su manera según sus capacidades. Así, afirma Spinoza: “Se llama libre a aquella cosa que existe en virtud de la sola necesidad de su naturaleza y es determinada por sí sola a obrar”. Cuando uno actúa de acuerdo con su naturaleza profunda y no atado por condicionamientos tanto internos como externos, entonces es libre. Dicho de otro modo: la aceptación o integración de lo necesario, te permite liberarte y, a partir de ahí, poder actuar más libremente. No sé si esto te sirve, querido amigo.


Antonio Sánchez

15 abril 2026

Sobre la libertad 1/8

 


Querido amigo:

En estos tiempos en que nuestras cartas se cruzan buscando abrevaderos frescos para nuestra sed de conocimiento, todo parece indicar que una multitud de caminantes apagan la suya con aguas estancadas y putrefactas vertidas en sus sedientos gaznates por aguadores que hacen pingües beneficios de esa estafa recurrente.

El agua fresca que buscamos no nace de la simplicidad; es un milagro escaso que requiere arte, esfuerzo y compromiso. El verdadero conocimiento nunca está estancado: es una fuente y fluye, y se derrama, haciendo fértil el páramo o la espesura. 

Nuestra actitud para encontrarlo se parece a la del zahorí que extiende ante sí un péndulo buscando manifestaciones sensibles de energía que atraviesen todo su ser, hasta el momento en que el péndulo se mueva. El flujo del conocimiento se «siente» primero y se entiende después. Primero nos atraviesa como una descarga y luego nutre nuestro espíritu y lo transforma. No basta con la herramienta; hace falta un ser vivo, y muy vivo, para ello.

Y ya que hablamos de herramientas y seres vivos, permíteme que haga hincapié ahora en la diferencia fundamental entre un mecanismo y un organismo: el organismo nace, crece, tiene el don de saber y poder reproducirse, y finalmente muere. En ese devenir asume de manera imprecisa multitud de funciones biológicas frente a su entorno: es decir, interactúa para sobrevivir. 

Por eso un organismo no está construido con la precisión de un reloj, porque no responde a una función única perfectamente delimitada. La supervivencia exige al organismo competir y colaborar, a partir de una interpretación acertada, tanto de las condiciones de la propia naturaleza como de las del «ilimitado» medio en que actúa. Y esto es así para organismos simples y para organismos complejos, por ejemplo un grupo social.

Dicho esto, amigo Antonio, ¿cómo encontrar una interpretación correcta de lo que significa la libertad? ¿Cómo explicar a propios y extraños la complejidad de definir y delimitar su fundamento y su funcionalidad? No parece fácil.

Entonces ¿por qué la multitud de caminantes bebe una libertad estancada y putrefacta? ¿Por qué compran el discurso de una libertad ilimitada y simple?

Si pensamos en un grupo social, por ejemplo, una orquesta sinfónica, puede intentar funcionar como un mecanismo y, sí, la música irá apareciendo mientras todos ejecutan a la perfección la partitura. Pero ¿es eso realmente lo que debe hacer una orquesta? ¿Está viva esa música? 

Si la orquesta intenta funcionar como un organismo, además de seguir la partitura, deberá cada cual interpretar innumerables estímulos del medio: sus compañeros, su estado de ánimo, su memoria, su estado físico, etc. para así adaptarse y ejecutar una interpretación de la música en un tiempo, una circunstancia y un espacio determinados. ¿Qué papel juega la libertad en ese caso?

Me gustaría pensar que la sociedad es como esa orquesta «orgánica» y no un mecanismo perfecto aunque muerto. Porque, veamos, ¿puede un reloj encontrar alguna explicación al tiempo que lo habita? No hay libertad alguna en marcar las horas, por tanto algo tendrá que ver la libertad con la cualidad del conocimiento, vamos, digo yo.

José Luis Campos 



05 abril 2026

Sobre la tecnología 8/8

 


Querido amigo, ¡tantas ganas tenías de leerme sobre la (mal llamada) inteligencia artificial, que ya te has lanzado tú mismo a escribir sobre ello! ¿O ha sido para provocarme? ¡Me encanta! Pero no te hacía falta... ya me provoca reflexión este artefacto, este nuevo juguete de la humanidad en manos de una parte ínfima de la humanidad, sus tendencias más irracionales (y eso que está compuesta la IA de algoritmos lógicos; pero, la racionalidad humana contiene mucho más que la mera lógica deductiva). Como decía Nietzsche con su habitual vehemencia, sólo critico lo que triunfa (acuérdate de la broma que te hacía sobre el gobierno, en el final de mi carta anterior, remedando a Tip y Coll). Porque, además, eso parece: que nos puede llegar a gobernar la IA y no al revés. Y por esto, por su intromisión, cada vez mayor y más flagrante, en todos los órdenes de la vida (tú te has referido a ello), como ciudadanos, hemos de someterla a crítica; ser críticos con la IA consiste en tratar de ser muy conscientes de su naturaleza y de sus efectos a medio y largo plazo, contando con el tipo de concreciones de la tecnología que suele regir en nuestro mundo, como ya hemos hablado.

Es muy digno de estudiarse, y algo se ha estudiado, cómo los relatos de ciencia-ficción (literarios, cinematográficos, publicitarios de todo tipo) condicionan nuestros deseos y preparan nuestras expectativas para la aceptación acrítica de ciertas tendencias en el diseño posible de las nuevas tecnologías. Una especie de determinismo tecnológico nos atenaza: estamos (parece) abocados a esos mundos que nos adelantan dichos relatos utópicos o distópicos. En el mejor de los casos, están pensados para hacernos reflexionar y prevenirnos sobre lo que se nos viene encima, si perseveramos en unos determinados desarrollos sociales de los los “avances” científico-técnológicos, pero provocan, quizá sin quererlo, el efecto contrario: que nos aferremos a esa (aparente) única posibilidad y nos entreguemos a ella de forma ciega y sin reservas.

Esta peculiaridad de los efectos no deseados la comprendí hace años, cuando un grupo de voluntarios de una asociación contra el abuso de las drogas se presentaron en mi Centro educativo y mostraron sus efectos dañinos para la salud usando unos medios audiovisuales tan atractivos que, subliminalmente, provocaban en el alumnado un efecto muy diferente del que se pretendía: que les atrajese el probar las drogas si, como aparecía en el vídeo que proyectaron, por la música y el ambiente, el mundo de la droga “daba tanta marcha”). De nuevo, los medios que usamos pervierten los fines que nos proponemos (la forma de llevarlos a cabo), por muy loables que éstos puedan ser inicialmente. Y esto vale para todo, también, y muy especialmente, para la política actual, por ejemplo.

Así que ya tenemos preparado el advenimiento sumiso de la IA (esto unido al mito del progreso, algo de lo que ya hemos hablado) y así, ¿cómo extrañarnos de que esté penetrando la IA, tan rápida y persistentemente, en nuestra vida cotidiana? Basta mirar en el menú desplegable de una “red social” de Internet la gran cantidad de usos (“benéficos”) que puede ofrecernos. ¡Todas nuestras necesidades quedarán cubiertas! Organizar un cumpleaños, aconsejar a un amigo, tomar decisiones en situaciones complejas, satisfacer mis inquietudes existenciales, escribir un poema o un discurso, investigar la verdad, ser feliz, conocerme, resolver mis traumas, ayudarme con mi trastorno de personalidad, qué cocinar hoy, en qué invertir mi dinero, diagnosticar un problema de salud... en fin, todo lo que me preocupe, inquiete o interese en mi vida ya se me da resuelto... y acabado. Y sin haberlo solicitado, ahí, servido en bandeja y gratis, por lo menos por ahora; marketing del más puro: primero creamos la necesidad, que ya vendrá detrás el beneficio, cuando millones de personas estén enganchadas a un objeto o sustancia o situación y les resulte “vital” su uso.

Pero hablemos de la inteligencia natural versus inteligencia artificial, ya que lo mencionas en tu carta. Lo primero, ¿es la IA inteligente? Claro, depende de lo que entendamos por “inteligencia”. Si inteligencia es realizar funciones, seguir unas órdenes programadas de antemano, resolver ecuaciones, reducir la complejidad de lo real a conexiones de la lógica formal binaria (lo que no es blanco es negro y viceversa, la puerta solamente puede estar abierta o cerrada, pero no entre-abierta, con todos sus matices...), deducir, encajar piezas ya preexistentes o conocidas... entonces se puede decir que la IA es inteligente. Pero el riesgo mayor es el reduccionismo: pensar que la inteligencia humana o animal o de la vida o del cosmos... es eso y nada más que eso. Cualquier cosa no puede ser inteligencia. Será inteligencia, pero no inteligente. Esto es otra cosa. Platón distinguía muy claramente entre dianoia y nous: razonamiento y entendimiento o comprensión directa. Y dice el filosófo contemporáneo Luis Sáez Rueda: “Nuestras máquinas jamás pensarán. Jamás comprenderán "sentido", es decir, acontecimientos. Solo pueden llevar a cabo procesos "ciegos". Y su peligro radica en esto último. Los procesos ciegos que podemos provocar son tan vastos e inerciales, que constituyen el nuevo "destino" esperable de nuestro tiempo, si continúa en esta senda”.

La verdadera naturaleza de un ser está en lo que es de suyo, de manera esencial y no accidental, que le hace ser lo que es, aclara Aristóteles. Así pues, una inteligencia es inteligente si lo es de modo esencial y no accidental y, por ello, en el caso que nos ocupa de la inteligencia, está siempre (esta posibilidad de ser y de vivir inteligentemente) en el artífice y no en el artefacto, que ha sido creado artificialmente. Aquí radica una de las confusiones habituales respecto a este tema: una máquina no puede ser más inteligente que el tipo de inteligencia que la ha diseñado y desarrollado, a través de unos materiales y unos circuitos. Y continúan las confusiones...

El poder de la máquina no es el de crear realidad, sino el de fingir la realidad. Y ya que no puede crear vida sino fingirla, tratamos (nosotros con la máquina) de crear la ficción, creernos, que una vida recreada o fingida es real. Y esto no debemos olvidarlo. Recomiendo una película (Sully, dirigida por Clint Eastwood) sencilla pero honda por su alcance (además, basada en un caso real), que contrasta la realidad (siempre nueva, diversa y cambiante, llena de matices insondables, con lo que hay que contar siempre) con una simulación de la realidad, que pretende emitir un juicio “técnico” acerca de la oportunidad o no del aterrizaje forzoso que tuvo que realizar el capitán Sully en el río Hudson con su avión lleno de pasajeros.

Y me dices en tu carta: “Insisto en que es el conocimiento y el autoconocimiento la clave. Saber hacer las preguntas oportunas, saber buscar las respuestas adecuadas, sentir la manifestación de la vida en el propio yo, dialogar verbal y emocionalmente con todo lo que nos rodea. Entender, interpelarse, dudar, sorprenderse, gozar del crecimiento. ¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en todo eso?”. Eso mismo me pregunto yo, querido amigo. Pero mira: ¿todo eso no es en lo que consiste filosofar? ¿Y no estamos filosofando... juntos, ahora? Solamente, necesitamos ser más de dos...


Antonio Sánchez