Estoy deseando que me expliques tus reflexiones finales sobre la inteligencia artificial, y después de todo lo mucho o poco que hemos ido desgranando en este capítulo sobre la tecnología debo decirte que solo me queda un aspecto a considerar.
Creo que todos tenemos claro que el esfuerzo en inversión para el desarrollo de la IA es incalculable, desproporcionado. Llevará a donde lleve —no sé si a buen puerto—, pero el proceso en sí es algo nuevo y desconocido. Significa un desequilibrio que provoca una gran incertidumbre. Cuando hablo de desequilibrio me refiero a que puede alterar dinámicas de poder y escenarios de relación que eran más o menos estables. Cuando hablo de incertidumbre me refiero a que sentimos que va a generar realidades nuevas y desconocidas a las que tendremos que adaptarnos o contra las que tendremos que batallar.
Pero todo eso está fuera de nuestro alcance, al menos como individuos. Si queremos influir en este juego, vamos a tener que ingresar en comunidades organizadas y conscientes que hagan frente a los abusos por venir y que influyan en el proceso, velando por el bien común.
Sin embargo, creo que la apuesta más sensata que podemos hacer —individual y socialmente— es invertir mucho más en inteligencia natural. Muchas de tus aportaciones van también en este sentido. Si la inversión en inteligencia natural se incrementara a valores equivalentes a los que se está gastando en desarrollar la IA, el problema sería menor. ¿Y qué es invertir en inteligencia natural (IN)? Básicamente, desarrollar al máximo el potencial de nuestra mente y de nuestras herramientas sensoriales para establecer relaciones fructíferas con nuestros semejantes y nuestro entorno natural, de modo que aporten conocimiento, autoconocimiento, capacidad de adaptación y capacidad de enriquecimiento del medio en el que vivimos.
Insisto en que es el conocimiento y el autoconocimiento la clave. Saber hacer las preguntas oportunas, saber buscar las respuestas adecuadas, sentir la manifestación de la vida en el propio yo, dialogar verbal y emocionalmente con todo lo que nos rodea. Entender, interpelarse, dudar, sorprenderse, gozar del crecimiento. ¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en todo eso?
Tengo que hacer mención aquí a la inquietante demolición incontrolada de nuestras redes de apoyo emocional. Nos hemos precipitado sin rubor en una dinámica de aversión a la fricción social. Cualquier interacción que no esté mediada por una pantalla, cualquier interrupción fuera de los canales establecidos por las redes sociales son considerados con desagrado o como una amenaza. Escuchamos antes el consejo de un chatbot que de una amiga o un conocido. Estamos desechando esas excusas para el contacto, de modo que los vínculos se atrofian. Y no lo digo yo. Lo dice, por ejemplo, Javier Jiménez en este artículo que vale la pena leer.
Sospecho, en definitiva, que el proceso de desarrollo de la IA incluye entre sus objetivos provocar el subdesarrollo de la IN y las redes de apoyo emocional de sus clientes o usuarios para inducir dependencia, y que esa dependencia genere el mayor nicho de negocio conocido. Tienen mucho ganado a priori desde que el mundo transita por los oscuros derroteros de la civilización de consumo. De ese modo conseguirán que la IN sea una manifestación egocéntrica, prepotente y estúpida que se estrangula y se engaña a sí misma.
Quiero pensar que algún día, de algún modo, podamos llegar a ver el gigantesco potencial de la IN y seamos capaces de desarrollarlo. Y espero que no tardemos mucho.
José Luis Campos
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios