Amigo Antonio:
Creo firmemente que el problema en origen es no haber establecido como sociedad una escala de prioridades de dimensión humana o humanista. Si los fines se establecen bajo un acuerdo amplio, quedan perfectamente definidos y son de conocimiento público, no pueden ser subvertidos por una innovación o una involución.
Además, para establecer los fines deberíamos rescatar todo el conocimiento disponible desde la psicología social o la sociología. Porque hay mecanismos en nuestra naturaleza, que se han desarrollado desde la infancia de la humanidad, que establecen ciertas garantías para la vida social e individual.
¿Sería, en tal caso, conveniente el desarrollo de una tecnología que alienara mecanismos sociales tan esenciales como la empatía o la compasión? Parece razonable que, entre las prioridades sociales, el objetivo de preservar el buen funcionamiento de esos mecanismos debería estar por encima de cualquier otro. Lo cierto es que no es así.
Dice Daniel Goleman en su estimulante libro Inteligencia social que «Cuando la atención se centra en nosotros mismos, nuestro mundo se contrae, al tiempo que nuestros problemas y preocupaciones adquieren dimensiones amenazadoras. Cuando, por el contrario, centramos la atención en los demás, nuestro mundo se expande. En este último caso, nuestros problemas se dirigen hacia la periferia de nuestra mente y parecen empequeñecer, con el consiguiente aumento de la capacidad de establecer contacto con los demás, es decir, de actuar compasivamente.»
¿Qué tecnologías centran nuestra atención hacia nuestro interior y qué otras centran nuestra atención hacia los demás? Quizá este sea una pregunta válida para esa «evaluación social de tecnologías».
Por otra parte, la implantación de una tecnología suele significar un cierto grado de atrofia en alguna de nuestras capacidades. Por poner un ejemplo: desde que utilizamos calculadoras hemos perdido capacidad o agilidad para hacer mentalmente esas operaciones básicas. ¿Es realmente un objetivo plausible perder capacidades? ¿Somos conscientes de esa pérdida?
Hemos perdido capacidad de cálculo, de memoria, de discurso, de escucha, de orientación, etc. Incluso yo diría que hemos perdido la capacidad de dudar, dado que toda la información que nos llega tiene ese aspecto de paquete recién envasado y listo para consumir, como la comida precocinada. ¿Quién va a dudar de la veracidad de un buen plato de fabada asturiana en lata?
Dices que todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad (CTS), pero yo creo que hay un elemento nuevo que interviene en esta ecuación y que distorsiona su resultado: el marketing. Y esa es una de las mayores diferencias entre las técnicas tradicionales que identificaba Ortega y las actuales.
Tenemos que comenzar esa evaluación cuanto antes, desnudar las tecnologías de artificios publicitarios y establecer las prioridades, para crear un orden nuevo en el que conciliemos el desarrollo con las prioridades esenciales del ser humano. Podemos hacerlo individualmente, no cabe duda. Pero de nada servirá si no se afronta como sociedad. Y hay que repetirlo tantas veces como sea necesario: en estos momentos las prioridades están muy lejos de defender la esencia del ser humano.
José Luis Campos
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