Fuente Hondera (Capileira)

25 diciembre 2025

Sobre la educación 4/6


De acuerdo, querido amigo, hablemos de quién educa. Y como educar se ha vuelto una tarea social de lo más compleja, el educador se nos antoja una figura clave en este “arte de educar”, como lo definía Platón en su república ideal: «la educación sería el arte de volver este órgano del alma del modo más fácil y eficaz en que debe ser vuelto, mas no como si le infundiera la vista, puesto que ya la posee, sino en caso de que se lo haya girado incorrectamente y no mire a donde debe, posibilitando la corrección.» Es decir, que la educación sería el arte de orientar adecuadamente el alma del educando. Y dice el texto «no como si le infundiera la vista, puesto que ya la posee». Esto es fundamental e intuyo que va a estar en el fondo de nuestra reflexión: la educación debe ayudar a desarrollar las cualidades o capacidades del educando, y solamente, intervenir más activa o directamente cuando dicho desarrollo se desoriente, como le sucedería a un arbolito que las inclemencias ambientales están desviando de su propio crecimiento natural, ascendente.

De esta tarea educativa (que es familiar, social, personal, institucional) no podemos abdicar. Son muchas las torceduras sociales a las que está sometida cualquier persona, y más cuanto más pequeños somos. Si abdicamos, otros tendrán vía libre para dirigir la educación hacia intereses, ciegos e interesados, como los que dominan nuestro mundo. De la mal llamada “inteligencia artificial”, que tú mencionas en tu carta, deberíamos hablar y a ello te emplazo, si te parece bien, como tema para nuestra siguiente serie de cartas.

Efectivamente, los modelos predominantes en el contexto en que vivimos (que ahora es global) son los que, para bien o para mal, educan con mayor fuerza. No lo que se dice que es mejor y que debe seguirse o hacerse, sino lo que de hecho hacemos unos para con los otros. Y cómo no, los adultos con respecto a nuestros niños y niñas y adolescentes. Esto es lo que queda siempre, nuestro ejemplo, nuestra contribución personal a un mundo mejor o a lo contrario. Y es lo que tendríamos que cuidar juntos. Te cuento una anécdota: no voy a dar nombres, pero los hábitos y las actitudes en la conducción de los vehículos varían mucho de una ciudad a otra; llegaba yo de una ciudad en la que era encenderse el semáforo rojo y ya te estaban pitando, y sin embargo, llegué a otra en la que no había prisas y te cedían el paso en cada cruce, al que tenías que incorporarte, con amabilidad; yo quise contribuir a esta pacífica costumbre. En la primera ciudad los conductores se educaban, unos a otros, en el mal humor y la agresividad, y en la segunda, se educaban mutuamente para lo contrario.

Pero volvamos a tu pregunta por el que educa. Este apartado del arte de la educación creo que es, injustamente, el más descuidado. Ya que el educador, como hemos dicho, no solamente educa con lo que dice, con lo que prohíbe o lo que permite, lo que enseña o lo que trasmite, sino con su ejemplo, con su presencia en este mundo, con sus actitudes, con sus respuestas a las situaciones reales, con su visión ancha o estrecha, su vitalidad o su represión, su alegría o su tristeza, con sus negaciones o sus afirmaciones; si esto lo vemos así de claro, si lo intuimos, que esto es lo que cuenta de verdad, ¿quién educa al educador? Según sea nuestro nivel de conciencia, de autoconciencia, según nos vivamos a nosotros mismos, si nos vivimos desde el fondo o desde la superficie; si confundimos nuestros modos de ser con nuestra identidad profunda (quién soy yo en el fondo), también identificaremos a las personas, bajo nuestra responsabilidad como educadores, con su conducta (lo que han hecho o han dicho) y así las juzgaremos, las etiquetaremos y nos relacionaremos con ellas; si éste fuera nuestro modo de proceder con nosotros mismos y en relación al mundo, si tuviéramos que educar, ¿cómo lo haríamos? ¿No sería simplemente una proyección de nosotros mismos, o bien, de la educación que hemos recibido? Pues esto es lo que hacemos a diario, sin darnos cuenta, ¿no es verdad?

Educamos como somos, lo mismo que miramos y valoramos a partir de cómo somos (como creemos que somos). Todas y cada una de las carencias o limitaciones personales del educador van a volcarse inconscientemente sobre el educando, da lo mismo que uno sea ingeniero, médico o dependiente de un supermercado. No educa lo que sé, sino lo que soy. Y tanto si somos padres como si somos docentes, si somos amigos o compañeros de trabajo, que, si quiero orientar adecuadamente a los demás, si quiero de veras ayudar a quienes me rodean, ¿no tendría que empezar por aquí, por la educación de mí mismo, por el desarrollo de mis propias cualidades humanas, o mejor dicho, mis cualidades para la relación humana? Y bueno, desde este principio, si se persiguiese también este tipo de formación en el educador (y en todos nosotros, como co-educadores que somos en la práctica), ¿no resultaría un modelo de educación, y un sistema educativo, muy diferente del que predomina en nuestros días? ¿No lo crees así?


Antonio Sánchez

15 diciembre 2025

Sobre la educación 3/6

 

Tengo por costumbre utilizar la metodología periodística de las cinco preguntas cuando las cosas se complican, y vaya si me las has complicado con tu última carta. Las preguntas son muy oportunas y las objeciones brillantes.

Por eso creo que empezaré con el «quién».

La realidad esconde con frecuencia quién educa. Este es uno de los principales problemas cuando se hace una diagnosis del asunto. No quiero ni pensar en cómo se plantean los padres novatos de hoy en día la influencia de las redes sociales en sus hijos. Antes no teníamos que pensar en eso. Ya teníamos bastante con estar atentos a la televisión o al grupo de iguales, por ejemplo. Ahora incluso deben tener presente la posibilidad de que una inteligencia artificial se sume a la nómina de educadores. La influencia extrafamiliar es desproporcionada en estos momentos. 

Nadie nos enseña a ser padres. Nuestra única herramienta suele ser seguir los modelos que hemos conocido. Puede ser una herramienta útil o no; eso depende del modelo y del desempeño del imitador. 

Por otra parte, me ha interpelado seriamente tu objeción en cuanto a la idoneidad de la comunidad. Es un «quién» muy importante. ¿Qué pasa si la comunidad está descompuesta, si no habitamos lugares compartidos? Parece imposible que salga algo bueno de ahí.

Toda educación necesita conformarse bajo el imperativo de la integración. Si la educación no te integra en un ambiente favorable, no funcionará, porque necesita retroalimentarse desde un cierto nivel de éxito. La pregunta en este caso es ¿favorable a qué? Cuando alguien desarrolla conductas antisociales es porque ha recibido una educación que ha favorecido su integración en un determinado ambiente antisocial. Y en ese ambiente se ha sentido integrado. En una comunidad descompuesta es totalmente imposible integrarse.

Eso nos lleva a un escenario muy complicado: para reconstruir la educación debemos recomponer la integridad de algunos de sus más esenciales responsables. 

A este respecto veo algunas opciones. Si el instinto primero de la educación es la imitación de modelos, ¿por qué no comenzar por buscar los mejores? Hablo de modelos personales y modelos sociales. Todos podemos contribuir en esa labor rescatando de la irrelevancia a personas cuya labor está significando una inspiración y, sin embargo, son silenciadas por el sistema, o compartiendo los secretos de una comunidad exitosa como la que representa la de algunos lugares denominados «zonas azules», esos lugares en los que las personas desarrollan una larga y venturosa vida, en los que la influencia de las relaciones comunitarias de calidad es esencial.

Reconstruir el «quién» pasa también por fortalecer la resiliencia de los padres ante la educación. Del cómo ya hablaremos más adelante. Se me antoja que sería mucho más difícil «perder el norte educativo» ante actores individuales o comunitarios altamente cualificados y cohesionados. Cuando su influencia crece, las de los otros decrecen proporcionalmente. Tiempo tendremos de intentar definir qué es lo que determina las cualidades necesarias de unos padres o de una comunidad para cumplir esta misión.

José Luis Campos


05 diciembre 2025

Sobre la educación 2/6

 

Mi querido amigo,

pues sí que empiezas fuerte, con esta nueva serie de cartas. ¡Quieres que hablemos de la educación y comienzas derribándola! O no... Añado otro testimonio, muy expresivo, de Gabo, quien recogía en sus memorias noveladas algo así como que a muy temprana edad tuvo que interrumpir su educación para ir a la escuela. Y este tipo de testimonios, como el que tú me has referido de tu “holandés errante”, incluye una verdad muy verdadera que tú has explicado muy bien. A esta altura de los siglos, no estamos muy seguros de que la educación reglada y, como dices, tan profesionalizada y tan institucionalizada y demás excesos, sea lo mejor que le puede pasar a un tierno infante.

La idea ilustrada, a saber, lograr mejores ciudadanos a través de la educación, ha llegado a convertirse en la panacea que todo lo resolverá. Tanto es así que si detectamos un problema en la sociedad o algunas tendencias dignas de ser corregidas, allá que vamos y proclamamos que hay que acudir a (o invertir en) la educación. Como docente, me he hartado de recibir estas proclamas sociales y políticas, cargando siempre la responsabilidad sobre la escuela, para que en el fondo todo siga igual. Pero la pregunta clave sería: ¿de qué educación estamos hablando? A la que añadiríamos: ¿para qué educamos?

Es frecuente distinguir, dentro del gremio de los docentes (en el fondo como argumento autodenfensivo) entre enseñanza, que es lo que hace o puede hacer la escuela, y educación, que es lo que debe hacer la familia. Sin embargo, tu planteamiento hace saltar por los aires dicha distinción: ¿pueden (o deben) separarse educación y enseñanza? Lo cierto es que, en la práctica (explicita o implícitamente), cualquier tipo de educación también enseña, bueno o malo; y toda enseñanza también educa, bien o mal. Y de esto habría que ser muy conscientes. Curiosamente, en los prolegómenos de las leyes educativas se suele hablar de manera bastante ambiciosa de educación, integral e integradora; mientras que el desarrollo de los currículos más bien parece contener enseñanzas especiales y especializadas, más y más contenidos o conocimientos y no habilidades prácticas (sociales y personales) o actitudes (para aprender a vivir y convivir bien).

Y cabe esta otra pregunta relevante, que es la que tú te planteabas: ¿quién, de veras, educa enseñando o enseña educando? ¿La comunidad, la tribu, como recoge aquel dicho africano, que puso de moda José Antonio Marina: “para educar a un niño o una niña hace falta la tribu entera”, o bien, la escuela? Tu carta apunta directamente a la conveniencia, en estos tiempos de máxima confusión, de una educación comunitaria. Y aún estando de acuerdo respecto a los beneficios de ésta, que tú apuntas, para las generaciones futuras, quizás la única verdadera y real educación, la comunitaria, ¿qué sucedería si ya la comunidad no es una buena guía, si las comunidades se hallan maltrechas, descompuestas, sin tener nada claro hacia dónde se dirigen, cuando no ha desparecido ya casi todo el vínculo humano, capaz de conformar una auténtica vida comunitaria, y no habitamos lugares compartidos, humanizadores, sino más bien esos no-lugares, como un centro comercial, un aeropuerto o una red social de Internet, según indica el antropólogo francés Marc Augé?

Discúlpame la larga pregunta anterior, pero no sólo hay muchas preguntas que necesitamos hacernos en torno a la educación en nuestros días, sino que las preguntas se nos figuran tan arduas como las respuestas. Tal es nuestra perplejidad y la sospecha de que nos estamos mal-educando unos a otros... Sea como fuere, somos muy conscientes de la importancia del tema, así que espero con ilusión tu próxima carta, para ir buscando juntos algunas alternativas a nuestro alcance. Necesitamos utopías realizables. ¡Vamos a arriesgarlo todo!


Antonio Sánchez

25 noviembre 2025

Sobre la educación 1/6

 


Querido amigo Antonio

No hay pueblo que se precie si en sus anales no aparece la figura de un holandés errante. Yo tuve ocasión de conocer a uno llamado Raymond que vino por aquí, por Instinción, para ayudarnos a reforestar, y todavía recuerdo que en una de nuestras conversaciones me explicaba sus vivencias por África (no sería un auténtico holandés errante si no hubiera pisado tierras africanas). 

Hablábamos de la educación y me decía que había conocido aldeas remotas sin escuela y aldeas remotas con escuela. En las aldeas sin escuela la educación corría a cargo de la tribu —de la comunidad—; en las aldeas con escuela era esta en exclusiva la que ejercía la función educativa. Lo más curioso es que los niños que conoció en cada una de ellas eran totalmente diferentes. Los niños de las aldeas sin escuela eran respetuosos con los mayores, con las tradiciones y consideraban que todo aquello que formaba parte de su cultura esencial en sus vidas. En las aldeas con escuela, los niños estaban perdiendo el arraigo y el respeto por su cultura y sus mayores; solo pensaban en salir de allí en busca de un mundo mejor.

Esta reflexión me impactó profundamente. Nunca lo había pensado. Es cierto que cualquiera que haya leído las teorías de Ivan Illich acaba considerando a la institución escolar parte del problema más que de la solución. Es mi caso. Pero desde esta perspectiva nueva era fácil comprender hasta qué punto una institución sobrevenida suplanta la autoridad de la comunidad y se apodera de algo tan sensible.

No es extraño descubrir que una educación hiperespecializada, hiperprofesionalizada, hiperburocratizada, hipercompetitiva no puede, aunque quiera, formar personas integradas en su comunidad, soberanas de su existencia, capaces de responder con sobriedad y frugalidad ante sus necesidades. Quizás por eso los movimientos de renovación pedagógica han fracasado rotundamente, porque es una contradicción en sí misma pretender que la escuela sea liberadora, conciliadora o integradora. Para ello debería dejar de ser lo que es.

Probablemente la contribución más valiosa que podrían hacer las corrientes de pensamiento de renovación pedagógica sería cómo restituir la educación a la comunidad sin perder la complejidad del corpus del saber que en estos momentos se está transmitiendo en las aulas. Entendiendo que el saber ancestral se recuperaría por completo.

No es fácil. No nos planteamos objetivos fáciles, amigo. Pero es muy probable que seguir como hasta ahora nos conduzca a una situación indeseable o irreversible; es decir, tampoco será fácil. Así que una por otra, prefiero probar soluciones nuevas y arriesgarlo todo. ¿No te parece?

José Luis Campos


15 noviembre 2025

Sobre la democracia 8/8

Cristóbal Toral, La abdicación, 2014
(dimensiones variables) Escultura - instalación estudio

Querido amigo, José Luis,

en tu anterior carta veo dos partes bien diferenciadas: en la primera, indicas algunas cuestiones referidas al funcionamiento de las democracias actuales, y en la segunda, apelas a la necesidad humana de vivir desde de un relato que nos aporte la esperanza suficiente para poder vivir bien. Trataré de referirme a ambos asuntos, pero con la conciencia de que ser exhaustivos nos llevaría todavía algunas cartas más...

Volvemos a un argumento anterior: cualquier ciudadano tiene el derecho (y el deber) de ejercer la política. Y todo ciudadano está capacitado para ello. Así es. Esto ya lo sabían por experiencia quienes experimentaron por primera vez la democracia, los ciudadanos atenienses, protagonistas del aquel experimento social e histórico que duró, con breves paréntesis autoritarios, más de doscientos cincuenta años, si contamos desde las reformas de Solón. La democracia supone una confianza plena en las capacidades de los propios ciudadanos para poder gobernarse. Y sabemos, por experiencia, que cuando esta confianza en las capacidades del ciudadano medio decae, comienza a abrirse la puerta de entrada para los autoritarismos, totalitarios o autocráticos. Se convierte en la escusa propiciatoria: “(el pueblo, ellos) no son capaces de gobernarse a sí mismos y necesitan de alguien que los dirija, y... aquí estamos yo/nosotros para poder gobernarlos”.

Ahora bien, no hablábamos de habilidades prácticas o conocimientos, que pueden ser aprendidos de otros, como bien dices. Cuando hablábamos de educación política y nos preguntábamos ¿quién debe gobernar?, nos referíamos a otra cosa: al desarrollo de las virtudes políticas o ciudadanas (personales y sociales) que fortalezcan un sistema democrático orientado al bien común, hacia lo mejor de que seamos capaces en cada momento histórico. “Demokratía”, ya en el famoso discurso fúnebre de Pericles, no significa verdaderamente “el gobierno del pueblo”, sino el gobierno “a favor (o al servicio) del pueblo”. Por eso, en su diseño de un estado justo (con sus carencias; igual que las tenía la democracia griega y que son de todos conocidas: no todas las personas eran ciudadanos, ni los esclavos, ni las mujeres, ni los metecos), nos decía Platón que debe gobernar, o ejercer responsabilidades públicas, quien menos desea gobernar. Es decir, que se ejercen dichas responsabilidades públicas o políticas por deber o responsabilidad y no por el interés propio, del tipo que sea. Y en esto hemos de formarnos, si queremos ejercer un cargo público como ciudadanos: la comprensión de la política como un servicio público y no otra cosa, como abunda en nuestros días.

Hablas de los partidos políticos. Ay, esto daría para mucho... Como insinúas, es posible que los partidos políticos sean las instituciones menos democráticas que conocemos actualmente. Y esto es una desgracia porque, en lugar de ser un medio para servir de cauce a ideas, opciones y propuestas, encaminadas a la resolución de los problemas de la vida comunitaria y de los conflictos entre comunidades, resulta que los partidos políticos se han convertido, en la práctica de la política diaria, en el principal escollo para resolver dichos problemas y conflictos. Diríase que los partidos políticos plasman, con sus hechos, una sola ideología (aunque en la superficie aparezca otra cosa): son todos conservadores en el fondo, pues tratan, denodadamente, de conseguir el poder a toda costa y luego mantenerlo como sea, siguiendo a menudo el principio maquiavélico de “el fin justifica los medios”, desconociendo cómo los medios empleados pueden llegar a pervertir la finalidad perseguida. Son diferentes los partidos políticos, sí, pero sus prácticas y estrategias se parecen tanto como se parecen entre sí los hermanos gemelos, o cuando menos, mellizos. Basta que uno se fije, no solamente en lo que dicen públicamente, sino en lo que hacen. O, incluso, si escuchamos con distancia sus reacciones e intentos de defenderse de acusaciones, por ejemplo, acusaciones de corrupción política. En fin, que los partidos merecerían un capítulo aparte, y lo más importante, una intensa reforma sobre sus finalidades y su organización interna, si queremos vivir en una democracia de calidad.

Tú lo has dicho claramente: ¿quiénes son las personas que ascienden en la jerarquía de los partidos políticos?, ¿cómo alcanzan las cúpulas de los partidos o son nombrados candidatos en las elecciones? No parece que sean sus capacidades para contribuir al bien común o sus cualidades para cumplir con el servicio público que debería ser la política, como hemos dicho, las que determinan habitualmente quiénes llegan a ostentar los cargos públicos o en sus respectivos partidos; más bien, parece regir una especie de selección natural (o cultural, mejor dicho): todas aquellas personas valiosas que podrían aportar mucho a la comunidad, pero que no casan (o no se casan) con los usos y costumbres (manera suave de referirnos a la selva interna) de los partidos políticos, esas personas, decíamos, se van cansadas cuando comprueban que sus propuestas se estrellan contra un muro impenetrable, o bien, las apartan o las echan siguiendo estrategias rastreras como las que tú señalas u otras más sutiles. De manera que los que se quedan y perseveran, durante años y años en los partidos políticos al uso, no es que sean iguales, como reza el tópico popular del desarraigo político entre la ciudadanía, no son iguales, pero están cortados por la misma tijera, en la mayoría de los casos. No son iguales, pero actúan de un modo equivalente, mutatis mutandi. Siento decirlo así, pero es la evidencia que se observa.

Y, ya para acabar esta larga carta, vamos ahora con el tema del relato que necesitamos, para que podamos sentir el mundo con sentido. Veo muy adecuado tu desarrollo, y no me extenderé por lo tanto en esta cuestión. Solamente, haré un par de comentarios dejando el espacio suficiente para el lector o la lectora. Filosofía es lo que estamos haciendo aquí, puesto que su núcleo es el diálogo lúcido y consciente: lo que tratamos de hacer nosotros y con nuestros potenciales lectores. Así que la filosofía nunca queda fuera de lugar, porque lo filosófico no son las respuestas, solamente, sino el modo en que se ha accedido a ellas, la actitud filosófica; y esto puede ser recogido en preguntas, que no solamente son preguntas, sino modos nuevos de mirar lo que vivimos. ¡Y si hay que decir que el emperador está desnudo, pues lo decimos con todas sus letras y toda su entonación! Lo más importante como seres humanos es poner conciencia en todo aquello que vivimos, tanto en lo privado como en lo público.

Y esta lucidez, siempre renovada y atenta, es la que nos catapulta hasta la esperanza: cuando somos capaces de ver (un poco) más claro quiénes somos y cómo queremos vivir como sociedades humanas en este planeta único, entonces, esta “narrativa”, que no es una narrativa, sino una actitud que genera nuevas narrativas, entonces, la esperanza se va abriendo camino en la vida. Como ahonda María Zambrano, en el capítulo “Las raíces de la esperanza” de su libro Los bienaventurados, la esperanza sostiene a la vida y la confianza sostiene a la esperanza (como decíamos al comienzo de esta carta: confianza en los demás, en el fondo de sus cualidades, una confianza básica en la vida, que puede ejercitarse); por su parte, la esperanza se desarrolla a través de estos dos pasos, la aceptación y la ofrenda, que consisten en recibir y dar, respectivamente, como en el movimiento del corazón, como en el movimiento de la respiración. ¿Te gusta este relato, para un futuro mejor de la humanidad? Sigamos hablando, pues, nosotros de los medios necesarios para un tal aprendizaje de la esperanza. Y en ese caso, hasta la vuelta, querido amigo.


Antonio Sánchez

05 noviembre 2025

Sobre la democracia 7/8

 



En principio creo que cualquiera, por el mero hecho de ser ciudadano o ciudadana, tiene derecho a ejercer la política. Es evidente que en un principio casi nadie posee la preparación objetiva necesaria para participar en las instituciones. Esto es más o menos como formar parte de un jurado: está por encima de nuestras capacidades. Pero aquellos que se interesan honestamente por su responsabilidad acaban aprendiendo, y el poder de arrastre del grupo tiene mucho que ver en ello. No me preocupa, por tanto, la posibilidad de que lleguen a la política personas que no están capacitadas, porque es un proceso.

Sí me preocupa, en cambio, el hecho de que se haya establecido un sistema en el que el ejercicio de la política está totalmente condicionado al dictado de los partidos. Esto no es admisible por dos razones: primera porque la representación corresponde al cargo electo y este debe defender los intereses de sus electores sin cortapisas o influencias; segundo porque los partidos políticos deberían ser organizaciones con un funcionamiento irreprochablemente democrático, cosa que no ocurre en la mayoría de los casos.

En cuanto a la influencia que ejercen sobre dichos partidos todo tipo de poderes fácticos, creo que ya hemos apuntado bastantes cosas en las anteriores cartas.

Dicho esto, hay algo que me preocupa mucho más. No sé si has detectado que cuando alguien trata de ejercer como político de manera rotundamente honesta, la mayor parte de las instituciones y los compañeros van contra su labor de manera frontal, sin miramientos. Incluso, en el caso de no encontrar razones o evidencias que les desacrediten, inventan falsedades que hagan descarrilar su trayectoria. Y aquí es donde llega un elemento que me ha hecho pensar mucho últimamente: el relato.

Los humanos, desafortunadamente, tenemos una tendencia aguda a sentir ansiedad cuando no tenemos un mapa en las manos. Lo digo en sentido figurado, claro. Cuando digo mapa, digo explicación de las cosas y unas indicaciones claras de por dónde irá nuestro camino. Llevamos toda una historia —la de la humanidad— explicando la moral a través de narrativas, y en los últimos decenios esas narrativas han hablado del valor del éxito individual, de la necesidad del disfrute, de la disponibilidad ilimitada de recursos —dios proveerá— o de la identidad de los vencedores y de los vencidos. Es la narrativa del cine, de la televisión, etc.

No importa lo que diga la filosofía (lo siento, amigo). Lo que la gente piensa está perfectamente sincronizado con la narrativa imperante. Y eso hace que sea muy fácil desacreditar a cualquiera que defienda un cambio de paradigma: todo el mundo va a sospechar que esconde algo.

En realidad, no podemos comenzar por mejorar el sistema democrático; tenemos que empezar por imponer una narrativa que constituya el nuevo mapa para los ciudadanos. Y explicar en esa narrativa lo que somos, lo que deberíamos ser y cómo deberíamos llegar a ese objetivo. Con una narrativa sencilla que entienda cualquiera, con un final feliz, con un buen baño de esperanza. Por que la verdad puede ser muy valiosa y podemos defenderla a capa y espada, pero si nos dice que vamos hacia el fin del mundo, puede que nadie quiera subirse a ese carro.

Tal vez entonces entendamos el valor de muchas cosas que ya estaban ahí, escondidas, acalladas. Cosas que todo el mundo sabía, pero nadie se atrevía a decir: «¡El rey está desnudo!». (Gracias, Michael…). 

Para querer, hay que creer primero; no en un sentido de fe, sino de convicción. Una convicción sustentada en el análisis, en el compromiso y, sobre todo, en la esperanza. Reconozco que solo con el análisis y el compromiso también se puede avanzar, pero es muy duro avanzar sin esperanza.

Narradores, cuentistas, guionistas, divulgadores, es hora de que nos ayudéis a mejorar este mundo. Sin vosotras, sin vosotros, no va a ser posible, creedme.

José Luis Campos


25 octubre 2025

Sobre la democracia 6/8

Cristóbal Toral, Antes de llegar a la ciudad, 2014-15
Óleo sobre lienzo, 80x100 cm. 

 Me gusta tu método para acceder a lo que sea “la democracia”: la vía negativa. Ha sido muy empleada y es muy útil cuando abordamos algo que no es fácil de definir, positivamente. Decir: “esto es así y así y debe ser así”. Porque, para empezar, esta tarea no puede ser de uno solo, no puede ser nuestra tarea, tuya y mía. Es la tarea de “todos nosotros”, los seres humanos que van construyendo su humanidad a lo largo de la Historia; y nadie, nunca, bajo ninguna circunstancia, puede arrogarse el derecho de decir qué es lo que deber ser o cómo deberíamos vivir. Esto, como te digo, tenemos que ir descubriéndolo, juntos. ¡Cuántas sorpresas desagradables nos ha deparado la Historia cuando algunos han creído que ellos eran los depositarios del futuro humano y que los demás debían obedecer!

En esta respuesta a tu carta, me limitaré a comentar, brevemente, algunas de las propuestas (indirectas) que me has traído, procurando abrir nuevos cauces, dentro de mis posibilidades, desde esa perspectiva compartida, ese “todos nosotros” (sin ningún derecho a hacerlo, claro está; solamente, con la intención de sugerir un muestrario, donde poder escoger lo mejor entre todos, nosotros y nuestros lectores, si los hubiere).

Es claro que un sistema democrático debe dirigirse a favorecer lo propio de la naturaleza humana, que iremos descubriendo, como se ha dicho, entre todos nosotros, seres humanos presentes y futuros, progresivamente. Por lo tanto, nunca debemos creer que estamos ya, en un momento dado, en línea directa con “lo que somos”. De ahí lo acertado de la mención final de tu texto: un sistema democrático “no debe ser intocable”. No habría nada más contrario al espíritu democrático, pues, que el intentar plasmar en fórmulas legales concretas “la mejor” manera de convivir; esto nunca sería completo ni definitivo, sino que siempre sería algo que se busca juntos. De manera que, así comprendido, ¡fuera de la democracia “lo sagrado”, atrapada en una ciega y obstinada veneración! ¿Por qué no va a poder cambiarse una constitución, o bien artículos de la misma, llegado su momento? Las razones para su modificación sería lo crucial. No pueden ser, claro, razones espurias, oportunistas o interesadas, sino aquellas modificaciones que caigan por su propio peso, el de la evolución de la sociedad que guarda dichas normas fundamentales en sus instituciones.

Como apuntas, el revoltijo de capitalismo y democracia nos está jugando muchas malas pasadas. Efectivamente, el horizonte democrático y los objetivos mercantilistas casan muy mal. Y más aún, si, como sucede a menudo en nuestros días, el ritmo democrático lo marcan las corporaciones, que ya operan a nivel global, o los grandes intereses capitalistas (recordemos, la esencia primera del capitalismo: lograr a toda costa “el máximo beneficio al mínimo coste”, dejando de lado todo lo que no se oriente a la rentabilidad de tipo economicista, invadiendo los medios dinero y poder el mundo de la vida, como diría Jürgen Habermas). No solamente de “productos” o “mercancías” se alimenta la vida. Nadie puede ser más feliz por tener más pantallas, más coches, más casas o más grandes. Confundimos habitualmente el tener con el ser. Y de ahí nos viene esa búsqueda compulsiva e infinita de satisfacciones inmediatas.

Cualquier ciudadano o ciudadana (ya que no somos, solamente, clientes o usuarios), tiene el derecho y el deber, como decíamos citando a María Zambrano, de actuar como personas, capaces de pensar y actuar por sí mismas (Immanuel Kant), de participar en la vida política. Exigir responsabilidades a otros y atender a las propias. Esto requiere una madurez política, que se aprende gradualmente, no solamente en las escuelas o en las familias, sino con los ejemplos o modelos sociales de aquellos que dicen dedicarse a la política. Nos hace mucha falta una buena educación política. ¿Qué es, de verdad, la política? ¿Para qué ha de servir la política? ¿Quién debe gobernar?, como se planteaba Platón en su diálogo Politeia o de la justicia.

Todos somos ciudadanos y tenemos el derecho y el deber de participar en la vida política, como decíamos, pero, ¿cualquiera puede ser un candidato en unas elecciones o puede dedicarse a la política? Y, como apuntabas: ¿durante cuánto tiempo? Me temo que si no cambiamos, entre todos, las reglas de juego de la política actual, si no logramos revertir esos viejos usos y costumbres de la mala plasmación de la política, me temo que nuestra querida democracia esté dejando de ser, a pasos agigantados, el mejor (o el menos malo) de los sistemas políticos posibles. Y, por desgracia, esta situación está siendo aprovechada de una manera torticera e interesada por parte de algunos. Sería la manera en que podríamos caer en algo mucho peor (en las garras de lobos con la piel de cordero), como ya ha ocurrido históricamente. No me extiendo, por ahora. Seguimos hablando, querido amigo.


Antonio Sánchez