Fuente Hondera (Capileira)

25 enero 2026

Sobre la tecnología 1/8

 


Amigo Antonio:

Hay algo que me preocupa especialmente en estos tiempos y que creo que sobrevuela cualquier tema que hayamos tratado o tratemos en el futuro en esta relación epistolar nuestra: es el impacto de la tecnología en la sociedad.

Desde lo más simple, el palo o la piedra, hasta la inteligencia artificial, cada herramienta tiene un objetivo práctico primigenio, pero genera con el uso otros objetivos que nunca fueron la razón de su creación. La piedra se fue convirtiendo en hacha para desarrollar una enorme ventaja evolutiva en la caza y, sin embargo, también se convirtió en un instrumento de guerra y muerte entre semejantes. Así ha sido con muchas otras de estas herramientas que hemos ido creando.

Tal vez el único sistema de control que ha creado el ser humano frente a ese peligro ha sido una combinación de moral, instituciones comunes, corpus legislativo y monopolio policial de la violencia. De esto creo que habla extensamente Foucault.

El problema es que la evolución de la tecnología es tan rápida que deja atrás a cualquier sistema de control que antaño fuera útil. Ese es uno de los problemas al que nos enfrentamos.

El otro es que la concentración de poder propia del sistema capitalista está propiciando que tecnologías como la IA o la computación cuántica estén en manos privadas y estén forzando a una amplia desrregulación que va justamente en contra de la única herramienta de control que tenemos frente al uso improcedente de la tecnología.

Por otro lado, el relato imperante defiende la bondad inequívoca de la evolución ilimitada del poder de la tecnología y justifica como conveniente, por supuesta eficiencia, que esa evolución esté en manos de media docena de compañías o de personas concretas. Las promesas de un futuro sin necesidades, sin enfermedades, sin problemas de ningún tipo son un bálsamo alienador que consigue adeptos a precio de saldo.

Es evidente que la posesión de estas tecnologías no garantizará en el futuro el control adecuado de las mismas. Son demasiado potentes y están alcanzando la propia independencia. Y aun si no fuera así, el hecho de que estén en manos de personas cuyo única virtud es la capacidad de hacer negocio, nos dejan al pie de los caballos.

Cabe pues plantearse si estamos transfiriendo todas nuestras capacidades como sociedad a manos de un mecanismo sin control cuyos objetivos no tienen por qué coincidir con los nuestros. En el mejor de los casos, las sociedades humanas estarían transitando hacia sistemas autoritarios de un poder desconocido por la historia. En el peor, cabría plantearse si el ser humano creó la herramienta, ¿es ahora la herramienta la que puede llegar a destruir al ser humano?

Pero ¿crees que aún es posible establecer unos protocolos que nos permitan tener el control de la situación? Me gustaría saber qué piensas de todo esto, amigo. Nos jugamos lo mejor de la civilización e, incluso, la supervivencia del planeta.


José Luis Campos


15 enero 2026

Sobre la educación 6/6


Querido amigo,

creo que es obvio cuánto estamos malogrando en nuestras comunidades (más pequeñas o más amplias) por no hacer las cosas bien. ¡Cuánta falta hace desarrollar una visión crítica (que ya sabemos que, primero, ha de ser autocrítica) de lo que nos pasa, de lo que no está pasando! Nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, es lo que estamos haciendo aquí, con este nuestro intercambio epistolar. Pero, ese “hacer las cosas bien”, que en educación es vital, tiene una sombra: ¿en qué consiste?, ¿cuáles serían sus contenidos? Y aquí vale aquello que ya decíamos, en cartas anteriores (sobre la democracia): lo que debemos hacer tendríamos que vislumbrarlo entre todos, todos nosotros. De ahí que sea tan importante tener muy claros los principios básicos, los valores que consideramos esenciales, que nos parecen auténticas guías de nuestra acción colectiva, de todos y de cada uno de nosotros. Así que celebro contigo esos objetivos básicos que tú propones, y a los que podríamos añadir otros más, juntos, todos nosotros. Y esto sería dialogar. Yo, por mi parte, pongo por delante ese aprendizaje del cuidado del que hablas, en todas sus vertientes (el cuidado de sí o el autoconocimiento, el cuidado de los otros, en su singularidad y en su hermandad, y el cuidado del mundo, su preservación para las generaciones futuras, una mirada más allá de lo inmediato, lo que interesa solamente aquí y ahora).

Y claro que esos contenidos más concretos que recoges mejorarían, seguramente, nuestro mundo (¡imagina, por ejemplo, desarrollar la creatividad en el aula en lugar del aprendizaje imitativo y repetitivo, imagina desarrollar el pensamiento propio, el criterio propio, en lugar del estropicio del todo vale o da lo mismo, y sólo perseguir, al modo sofista, que mi verdad se convierta en tu verdad y pueda manejarte así al antojo de mis deseos, imagina, por ejemplo...!). Pero, como siempre, lo decisivo sería la puesta en práctica de esos contenidos, ¿cómo llevarlos a cabo, y quién y desde dónde los llevaría a cabo? (Algo de lo que ya hemos hablado).

Puedo decirte, por mi experiencia como docente, que de nada sirven los buenos propósitos de los preámbulos de las sucesivas leyes educativas y las propuestas didácticas innovadoras, primero, si el educador no ha cambiado, si él mismo no ha desarrollado sus capacidades educadoras (la verdadera formación del profesorado no consiste en la realización de cursos meramente formales, vacíos o espurios) y si el contexto de la educación establecida continúa asfixiado por currículos inabordables por su extensión o especialización, o bien, por la toxicidad de los requerimientos burocráticos que les caen encima a los docentes, como una plaga, desde una Administración que ni colabora ni comprende desde el corazón, y ni siquiera administra con cabeza, sino siguiendo las exigencias internas del propio aparato burocrático, que tiende a su propia autorreproducción. ¡Esto sí que necesita un buen cambio y una buena desinfección! Así que dejemos tranquilita a la Pedagogía oficial, que ha necesitado abrirse paso y hacerse su nicho en la educación de nuestros niños y adolescentes, pues será mejor para el tono tranquilo de estas cartas... querido amigo.


Antonio Sánchez


05 enero 2026

Sobre la educación 5/6

 


Por supuesto que lo creo. Me parece que lo has definido perfectamente con tu frase: «No educa lo que sé, sino lo que soy». Es evidente que hay que proponer un horizonte social y personalmente deseable y adecuado para que todos los educadores caminemos en la dirección correcta. Y la dirección correcta es la del bien común.

No obstante, es posible que definir en este punto el «qué» pueda ayudarnos un poco. Porque más allá de quién es personalmente el educador, si lo que ha de transmitir está, por ejemplo, alineado con el bien común, va a ser mucho más difícil torcer el resultado.

No todos los sistemas educativos del mundo tienen el mismo currículum. No todas las sociedades educan con los mismos objetivos. Sería útil comenzar buscando lo que otros ofrecen y, si vale la pena, copiarlo. (Ver, por ejemplo, algunas diferencias notables entre nuestro sistema escolar y el japonés).

Por establecer algunas consideraciones generales diré que los contenidos que deberíamos transmitir a los educandos habrían de cubrir estas áreas:

  • Conocimiento del entorno para garantizar nuestra supervivencia y su preservación y transmisión a la siguiente generación en las mejores condiciones de habitabilidad. (Aquí puede ayudar las ciencias no sociales, la tecnología, la filosofía, etc.).

  • Conocimiento de la realidad social y sus cuidados. (Pongamos que sea a través de las ciencias sociales —geografía, historia, sociología, psicología, economía, etc.—, la medicina, la higiene, la filosofía, las lenguas, el arte, la expresividad, etc.).

  • Conocimiento y cuidados de uno mismo. (Por ejemplo con la educación física —gimnasia, deportes, yoga, alimentación— y sexual, la filosofía, la psicología, la ética, la higiene, la medicina, el arte, la expresividad, el bricolaje, etc.).

Ya sé que es un marco muy general, pero ahora nos permite hacernos algunas preguntas. 

  • ¿Por qué no enseñamos a mantener limpio y ordenado el espacio en el que estamos: en clase o en casa? ¿Por qué no lo defendemos a capa y espada como una virtud irrenunciable?

  • ¿Por qué no enseñamos a comprar en el mercado, una farmacia, una ferretería o por internet?

  • ¿Por qué no enseñamos a buscar —qué buscar, dónde y por qué—? No me refiero solo a través de internet.

  • ¿Por qué no enseñamos el reglamento de circulación?

  • ¿Por qué no enseñamos primeros auxilios o reglas básicas de higiene?

  • ¿Por qué estamos apartando la música o la filosofía de la educación?

  • ¿Por qué en muchos casos no se sale de clase para conocer la realidad que se estudia?

  • ¿Qué pasa con la alimentación, la respiración, las posturas, el sueño?

  • ¿Qué hacemos en cuanto al silencio, la soledad, el respeto, la frustración?

  • ¿Cómo manejamos las patologías serias? ¿Y cómo apoyamos a quienes intervienen en ellas?

  • ¿Cómo recuperamos los claustros participativos, críticos, proactivos? ¿Cómo detectamos e intervenimos sobre las prácticas inaceptables en puestos de dirección?

  • ¿Cómo integramos activamente a la comunidad en el aula?

Muchas de las respuestas a esas preguntas pasan por establecer esos horizontes de los que hablaba antes. Y ya que la pedagogía es tan amiga de la programación, id colgando esas preguntas y otras muchas que me olvido en el tablón, porque son o tienen mucho que ver con los objetivos deseables y adecuados, diseñad tareas, cronogramas y evaluaciones, y no deis ni un paso más sin haber conseguido borrar cada una de ellas de la columna de la indolencia colectiva.

Porque la pregunta más importante que nos tenemos que hacer es: ¿Cuánto ganaríamos si hiciéramos las cosas bien, pero bien de verdad? O dicho de otro modo: ¿Cuánto estamos perdiendo por no hacerlo?

José Luis Campos