Fuente Hondera (Capileira)

25 diciembre 2025

Sobre la educación 4/6


De acuerdo, querido amigo, hablemos de quién educa. Y como educar se ha vuelto una tarea social de lo más compleja, el educador se nos antoja una figura clave en este “arte de educar”, como lo definía Platón en su república ideal: «la educación sería el arte de volver este órgano del alma del modo más fácil y eficaz en que debe ser vuelto, mas no como si le infundiera la vista, puesto que ya la posee, sino en caso de que se lo haya girado incorrectamente y no mire a donde debe, posibilitando la corrección.» Es decir, que la educación sería el arte de orientar adecuadamente el alma del educando. Y dice el texto «no como si le infundiera la vista, puesto que ya la posee». Esto es fundamental e intuyo que va a estar en el fondo de nuestra reflexión: la educación debe ayudar a desarrollar las cualidades o capacidades del educando, y solamente, intervenir más activa o directamente cuando dicho desarrollo se desoriente, como le sucedería a un arbolito que las inclemencias ambientales están desviando de su propio crecimiento natural, ascendente.

De esta tarea educativa (que es familiar, social, personal, institucional) no podemos abdicar. Son muchas las torceduras sociales a las que está sometida cualquier persona, y más cuanto más pequeños somos. Si abdicamos, otros tendrán vía libre para dirigir la educación hacia intereses, ciegos e interesados, como los que dominan nuestro mundo. De la mal llamada “inteligencia artificial”, que tú mencionas en tu carta, deberíamos hablar y a ello te emplazo, si te parece bien, como tema para nuestra siguiente serie de cartas.

Efectivamente, los modelos predominantes en el contexto en que vivimos (que ahora es global) son los que, para bien o para mal, educan con mayor fuerza. No lo que se dice que es mejor y que debe seguirse o hacerse, sino lo que de hecho hacemos unos para con los otros. Y cómo no, los adultos con respecto a nuestros niños y niñas y adolescentes. Esto es lo que queda siempre, nuestro ejemplo, nuestra contribución personal a un mundo mejor o a lo contrario. Y es lo que tendríamos que cuidar juntos. Te cuento una anécdota: no voy a dar nombres, pero los hábitos y las actitudes en la conducción de los vehículos varían mucho de una ciudad a otra; llegaba yo de una ciudad en la que era encenderse el semáforo rojo y ya te estaban pitando, y sin embargo, llegué a otra en la que no había prisas y te cedían el paso en cada cruce, al que tenías que incorporarte, con amabilidad; yo quise contribuir a esta pacífica costumbre. En la primera ciudad los conductores se educaban, unos a otros, en el mal humor y la agresividad, y en la segunda, se educaban mutuamente para lo contrario.

Pero volvamos a tu pregunta por el que educa. Este apartado del arte de la educación creo que es, injustamente, el más descuidado. Ya que el educador, como hemos dicho, no solamente educa con lo que dice, con lo que prohíbe o lo que permite, lo que enseña o lo que trasmite, sino con su ejemplo, con su presencia en este mundo, con sus actitudes, con sus respuestas a las situaciones reales, con su visión ancha o estrecha, su vitalidad o su represión, su alegría o su tristeza, con sus negaciones o sus afirmaciones; si esto lo vemos así de claro, si lo intuimos, que esto es lo que cuenta de verdad, ¿quién educa al educador? Según sea nuestro nivel de conciencia, de autoconciencia, según nos vivamos a nosotros mismos, si nos vivimos desde el fondo o desde la superficie; si confundimos nuestros modos de ser con nuestra identidad profunda (quién soy yo en el fondo), también identificaremos a las personas, bajo nuestra responsabilidad como educadores, con su conducta (lo que han hecho o han dicho) y así las juzgaremos, las etiquetaremos y nos relacionaremos con ellas; si éste fuera nuestro modo de proceder con nosotros mismos y en relación al mundo, si tuviéramos que educar, ¿cómo lo haríamos? ¿No sería simplemente una proyección de nosotros mismos, o bien, de la educación que hemos recibido? Pues esto es lo que hacemos a diario, sin darnos cuenta, ¿no es verdad?

Educamos como somos, lo mismo que miramos y valoramos a partir de cómo somos (como creemos que somos). Todas y cada una de las carencias o limitaciones personales del educador van a volcarse inconscientemente sobre el educando, da lo mismo que uno sea ingeniero, médico o dependiente de un supermercado. No educa lo que sé, sino lo que soy. Y tanto si somos padres como si somos docentes, si somos amigos o compañeros de trabajo, que, si quiero orientar adecuadamente a los demás, si quiero de veras ayudar a quienes me rodean, ¿no tendría que empezar por aquí, por la educación de mí mismo, por el desarrollo de mis propias cualidades humanas, o mejor dicho, mis cualidades para la relación humana? Y bueno, desde este principio, si se persiguiese también este tipo de formación en el educador (y en todos nosotros, como co-educadores que somos en la práctica), ¿no resultaría un modelo de educación, y un sistema educativo, muy diferente del que predomina en nuestros días? ¿No lo crees así?


Antonio Sánchez

15 diciembre 2025

Sobre la educación 3/6

 

Tengo por costumbre utilizar la metodología periodística de las cinco preguntas cuando las cosas se complican, y vaya si me las has complicado con tu última carta. Las preguntas son muy oportunas y las objeciones brillantes.

Por eso creo que empezaré con el «quién».

La realidad esconde con frecuencia quién educa. Este es uno de los principales problemas cuando se hace una diagnosis del asunto. No quiero ni pensar en cómo se plantean los padres novatos de hoy en día la influencia de las redes sociales en sus hijos. Antes no teníamos que pensar en eso. Ya teníamos bastante con estar atentos a la televisión o al grupo de iguales, por ejemplo. Ahora incluso deben tener presente la posibilidad de que una inteligencia artificial se sume a la nómina de educadores. La influencia extrafamiliar es desproporcionada en estos momentos. 

Nadie nos enseña a ser padres. Nuestra única herramienta suele ser seguir los modelos que hemos conocido. Puede ser una herramienta útil o no; eso depende del modelo y del desempeño del imitador. 

Por otra parte, me ha interpelado seriamente tu objeción en cuanto a la idoneidad de la comunidad. Es un «quién» muy importante. ¿Qué pasa si la comunidad está descompuesta, si no habitamos lugares compartidos? Parece imposible que salga algo bueno de ahí.

Toda educación necesita conformarse bajo el imperativo de la integración. Si la educación no te integra en un ambiente favorable, no funcionará, porque necesita retroalimentarse desde un cierto nivel de éxito. La pregunta en este caso es ¿favorable a qué? Cuando alguien desarrolla conductas antisociales es porque ha recibido una educación que ha favorecido su integración en un determinado ambiente antisocial. Y en ese ambiente se ha sentido integrado. En una comunidad descompuesta es totalmente imposible integrarse.

Eso nos lleva a un escenario muy complicado: para reconstruir la educación debemos recomponer la integridad de algunos de sus más esenciales responsables. 

A este respecto veo algunas opciones. Si el instinto primero de la educación es la imitación de modelos, ¿por qué no comenzar por buscar los mejores? Hablo de modelos personales y modelos sociales. Todos podemos contribuir en esa labor rescatando de la irrelevancia a personas cuya labor está significando una inspiración y, sin embargo, son silenciadas por el sistema, o compartiendo los secretos de una comunidad exitosa como la que representa la de algunos lugares denominados «zonas azules», esos lugares en los que las personas desarrollan una larga y venturosa vida, en los que la influencia de las relaciones comunitarias de calidad es esencial.

Reconstruir el «quién» pasa también por fortalecer la resiliencia de los padres ante la educación. Del cómo ya hablaremos más adelante. Se me antoja que sería mucho más difícil «perder el norte educativo» ante actores individuales o comunitarios altamente cualificados y cohesionados. Cuando su influencia crece, las de los otros decrecen proporcionalmente. Tiempo tendremos de intentar definir qué es lo que determina las cualidades necesarias de unos padres o de una comunidad para cumplir esta misión.

José Luis Campos


05 diciembre 2025

Sobre la educación 2/6

 

Mi querido amigo,

pues sí que empiezas fuerte, con esta nueva serie de cartas. ¡Quieres que hablemos de la educación y comienzas derribándola! O no... Añado otro testimonio, muy expresivo, de Gabo, quien recogía en sus memorias noveladas algo así como que a muy temprana edad tuvo que interrumpir su educación para ir a la escuela. Y este tipo de testimonios, como el que tú me has referido de tu “holandés errante”, incluye una verdad muy verdadera que tú has explicado muy bien. A esta altura de los siglos, no estamos muy seguros de que la educación reglada y, como dices, tan profesionalizada y tan institucionalizada y demás excesos, sea lo mejor que le puede pasar a un tierno infante.

La idea ilustrada, a saber, lograr mejores ciudadanos a través de la educación, ha llegado a convertirse en la panacea que todo lo resolverá. Tanto es así que si detectamos un problema en la sociedad o algunas tendencias dignas de ser corregidas, allá que vamos y proclamamos que hay que acudir a (o invertir en) la educación. Como docente, me he hartado de recibir estas proclamas sociales y políticas, cargando siempre la responsabilidad sobre la escuela, para que en el fondo todo siga igual. Pero la pregunta clave sería: ¿de qué educación estamos hablando? A la que añadiríamos: ¿para qué educamos?

Es frecuente distinguir, dentro del gremio de los docentes (en el fondo como argumento autodenfensivo) entre enseñanza, que es lo que hace o puede hacer la escuela, y educación, que es lo que debe hacer la familia. Sin embargo, tu planteamiento hace saltar por los aires dicha distinción: ¿pueden (o deben) separarse educación y enseñanza? Lo cierto es que, en la práctica (explicita o implícitamente), cualquier tipo de educación también enseña, bueno o malo; y toda enseñanza también educa, bien o mal. Y de esto habría que ser muy conscientes. Curiosamente, en los prolegómenos de las leyes educativas se suele hablar de manera bastante ambiciosa de educación, integral e integradora; mientras que el desarrollo de los currículos más bien parece contener enseñanzas especiales y especializadas, más y más contenidos o conocimientos y no habilidades prácticas (sociales y personales) o actitudes (para aprender a vivir y convivir bien).

Y cabe esta otra pregunta relevante, que es la que tú te planteabas: ¿quién, de veras, educa enseñando o enseña educando? ¿La comunidad, la tribu, como recoge aquel dicho africano, que puso de moda José Antonio Marina: “para educar a un niño o una niña hace falta la tribu entera”, o bien, la escuela? Tu carta apunta directamente a la conveniencia, en estos tiempos de máxima confusión, de una educación comunitaria. Y aún estando de acuerdo respecto a los beneficios de ésta, que tú apuntas, para las generaciones futuras, quizás la única verdadera y real educación, la comunitaria, ¿qué sucedería si ya la comunidad no es una buena guía, si las comunidades se hallan maltrechas, descompuestas, sin tener nada claro hacia dónde se dirigen, cuando no ha desparecido ya casi todo el vínculo humano, capaz de conformar una auténtica vida comunitaria, y no habitamos lugares compartidos, humanizadores, sino más bien esos no-lugares, como un centro comercial, un aeropuerto o una red social de Internet, según indica el antropólogo francés Marc Augé?

Discúlpame la larga pregunta anterior, pero no sólo hay muchas preguntas que necesitamos hacernos en torno a la educación en nuestros días, sino que las preguntas se nos figuran tan arduas como las respuestas. Tal es nuestra perplejidad y la sospecha de que nos estamos mal-educando unos a otros... Sea como fuere, somos muy conscientes de la importancia del tema, así que espero con ilusión tu próxima carta, para ir buscando juntos algunas alternativas a nuestro alcance. Necesitamos utopías realizables. ¡Vamos a arriesgarlo todo!


Antonio Sánchez