Fuente Hondera (Capileira)

25 junio 2026

Sobre la libertad 8/8


 ¡Juguemos pues, querido amigo! Y esto no es una salida graciosa, sino algo de mucha trascendencia para nuestro futuro como sociedades, tal como tú has destacado en tu carta. Porque, entender la vida como juego no es baladí, ni en lo personal, ni lo social, ni, incluso, en sentido profundo, en el orden del ser.

El hombre nuevo, que habría de vivir desde valores que afirman la vida, que no la encorseten o repriman o la nieguen, es “un niño que juega”, según Nietzsche (disculpa mi alusión, otra vez, a este pensador, pero es que él estaba hablando de nosotros, de nuestra época y su desánimo nihilista, y cómo salir de ahí), un niño que juega, creativamente, pues vive cada momento como si fuera la primera vez. Donde cada momento sería único.

Pero también, para la tradición hindú, la manifestación cósmica no es más que el resultado del juego (līlā), en el que el Todo (Brahman) juega a perderse y a encontrarse a Sí mismo, expresándose a través de las múltiples formas en que aparece el mundo, como en el juego infantil del escondite, y que mientras juega olvida que juega, por lo que, para el niño, eso que “juega” se constituye en la Realidad.

Por lo tanto, una ética auténtica dejaría el mundo abierto, pues fijaría unos límites, solamente, en la medida en que permitan el desarrollo libre de nuestras facultades o posibilidades.

Y claro, si esto no es comprendido, esencialmente, como punto de partida, y no aprendemos a vivir desde ahí, será difícil que podamos actuar libremente y ser más creativos, a la hora de responder a los retos de nuestro tiempo y a sus negros nubarrones. Nos saldrán las respuestas de siempre, ya históricas. Y esto es lo que viene a recoger el conocido libro de Erich Fromm que tú citas, nuestras respuestas habituales a lo que nos pasa: autoritarismo, obediencia ciega, gregarismo pasivo, destrucción, auto-destrucción, tendencias “sádicas” y “masoquistas” que se complementan a la perfección... por desgracia. Pero no son libres en su sentido genuino, es decir, no son resultado de un despliegue de nuestras cualidades esenciales, como hemos ido viendo, sino que, más bien, serían reacciones compulsivas a lo que sentimos como un daño que nos lleva a sufrir.

Así que celebro el concepto revolucionario que citas, que no conocía con ese nombre (“revolución divertida”). Y, realmente, es posible. Y no porque vaya a ser posible o no su materialización en la sociedad, sino porque ya ha sucedido en infinidad de ocasiones históricas... todas esas revoluciones silenciosas (de fondo, lentas y no violentas) en las que aquello que cambia no son, en primer lugar, las estructuras socio-políticas o jurídicas, sino la manera de ver el mundo y de estar en él. Cuando esto sucede, el otro cambio, el exterior... cae por su propio peso (y no siempre ocurre al revés, de ahí la persistencia de ciertos modelos de vida tan destructivos o auto-destructivos). Todos podemos pensar en ejemplos relevantes que confirman, desde lo que nos ha pasado, esta esperanza del cambio interior que arrastraría el cambio exterior. Como decía con ironía una famosa viñeta que ha circulado mucho por Internet, todos queremos el cambio, pero ¡muy pocos quieren cambiar (ellos mismos)!

Nuestra capacidad para vivir libremente no se sustenta sobre ausencia de condiciones o limitaciones, sino que lo hace a partir de nuestra conciencia (individual y colectiva), cuando llega un punto en que comprendemos que se puede vivir de otra manera. Otra manera mejor... si es posible, lo que sea posible, según nuestro nivel de conciencia actual, y que podemos ir revisando sobre la marcha hasta incluir las nuevas realidades que nos vayan apareciendo, contando con que el mundo siempre será nuevo, cambiante y diverso.

¿Es esto una utopía? Pues claro. Una utopía es una situación social e histórica que no existe, pero que orienta nuestras acciones hacia lo mejor que seamos capaces en cada momento. Y no es lo mismo perderse por el camino (en el uso de nuestra libertad) en la buena dirección que andar desorientados, caminando a ciegas por aguas cenagosas, tenebrosas...

Pero, además, contamos ya con mucho, con una copiosa relación de casos históricos, de las andanzas por este mundo del homo sapiens (tantas veces, homo-no-sapiens), tanto las andanzas que se han mostrado preferibles y como las que han sido desastrosas. ¿Por qué nos empeñamos en caer en la misma piedra: la violencia (que no es lo mismo que la combatividad), el autoritarismo, el dominio de unos hombres sobre otros, la domesticación de nuestras capacidades, la depredación de los recursos, el descontrol de las pasiones, que decían los clásicos, etc.?

En fin y resumiendo: Spinoza (“no hay nada más útil para el hombre que el hombre”) contra Hobbes (“el hombre es un lobo para el hombre”). En fin, ¿o nosotros nos ponemos a favor de nosotros mismos o nos convertimos en nuestros peores enemigos? “Je est un autre”, nos recordaba Rimbaud; yo soy el otro tratando de entenderse y, ambos (y muchos y todos los seres humanos) tratando de ser felices, cada uno por su cuenta pero no todos juntos. Pues nada de lo humano nos es ajeno, como también nos recuerda el clásico.


Antonio Sánchez

15 junio 2026

Sobre la libertad 7/8


 

Amigo Antonio:

Me gusta mucho la idea de límites posibilitantes. ¿Es la ética uno de ellos? 

Si tuviéramos que jugar un partido de fútbol (algo tan simple como inmortal para muchos), deberíamos aceptar que el «arte» de una o un gran futbolista debe desarrollarse dentro de los límites de las reglas del juego. 

Si convenimos que la vida es un juego, además de instalarnos en la idea de un sentido lúdico —cosa que no está nada mal—, debemos aceptar que tiene unas reglas sobre las que es posible crear algo maravilloso, algo artístico. Eso solo es posible cuando se desarrolla con un gran esfuerzo y una impagable satisfacción eso que tú llamas «confianza en el organismo», de manera que el desarrollo de nuestro potencial sea un objetivo en sí mismo.

Recuerdo la intensa emoción con que leí hace muchos años el libro de Erich Fromm El miedo a la libertad. Creo que no deberíamos terminar esta serie de cartas sin mencionarlo. Muy resumidamente: la libertad, dice Fromm, no es solo un derecho, sino también una responsabilidad que puede generar miedo. La necesidad de forjar dentro de ese marco una identidad propia provoca ansiedad y sentimientos de inseguridad (a esto contribuye, sin duda, la «sociedad líquida» de Bauman). La solución no puede ser, como bien apunta Fromm, la huída hacia el autoritarismo, la obediencia ciega, el gregarismo pasivo o la destructividad.

Aquí se hace necesario recuperar el componente lúdico del que hablaba más arriba. Se ha hablado, en relación al propio Erich Fromm y otros pensadores, de un concepto apasionante: la «Revolución divertida». Esta revolución propone una transformación social y política que sea alegre, creativa y liberadora, en contraste con las revoluciones tradicionales que suelen estar marcadas por la violencia, el sufrimiento y la opresión.

Combina dicha revolución conceptos tan poderosos como: 

    • la participación activa, entusiasta y creativa de las personas, desde la alegría y la creatividad; 

    • una autorrealización y una libertad auténtica, donde las personas se sientan motivadas a cambiar sus vidas y la sociedad desde un lugar de esperanza y compromiso positivo; 

    • evitar los patrones de dominación y destrucción que han marcado muchas revoluciones históricas, proponiendo un cambio basado en la cooperación y el respeto; 

    • y, por último, el respeto de la dignidad humana y el equilibrio con la naturaleza, apuntando a una sociedad más justa y sostenible.

Si «jugamos» este partido, que sea limpiamente, ¿no?, buscando la belleza, disfrutándolo, admirando al adversario —que no es más que un compañero de juegos—. Las posibilidades de vivir/jugar en libertad son inmensas. 

Jugar desde una actitud activa, entusiasta y creativa, desde la esperanza y el compromiso positivo, evitando los patrones de dominación y destrucción del oponente y respetando la dignidad humana y el equilibrio con la naturaleza. 

El reto es profundamente estimulante. El resultado puede ser delicadamente delicioso.

Juguemos, pues.

José Luis Campos


05 junio 2026

Sobre la libertad 6/8

Querido amigo José Luis, cuántos límites, infinitos, que podríamos ir añadiendo. Claro que sí. Esto me recuerda el primer año de licenciatura de Filosofía, cuando tuve que estudiar una asignatura (creo que se llamaba Bases fisiológicas de la conducta). Después de horas de empollar la extenuante realidad microscópica del sistema nervioso y su multitud de elementos, impulsos, conexiones, sustancias, endorfinas que podían fallar en cualquier momento, dado su delicadísimo engranaje e inestable equilibrio –o al menos eso es lo que llegué a sentir... tan fuertemente–, me vino una ansiedad, mezclada de un estado tal de fragilidad nadeante, que casi pierdo el resuello y me vuelvo hipocondríaco crónico de por vida.

Y claro, con demasiada facilidad (compulsividad, diría yo), perdemos de vista el conjunto y, al poner nuestra atención en las partes de un rompecabezas, al que vamos añadiendo más y más piezas, la idea de “lo que está compuesto” nos arroja en el temor de lo que puede descomponerse en cualquier momento. Decían los clásicos que solamente lo simple puede ser inmortal, como el alma, porque el cuerpo ha de morir, que no es otra cosa que descomponerse en sus partes. Y así podemos visualizarnos: descomponiéndonos, desfalleciendo... falleciendo, vamos. Es tremendo, a lo que nos puede llevar el conocimiento parcial y acumulativo, por muy científico y cuantificado que sea, o quizás por eso mismo.

Pero el todo es más que las partes, o mejor dicho, no es reducible a las partes. Ponemos, en todo aquello que conocemos, la distancia de un telescopio y, cuando miramos al microscopio, hacemos lo mismo. Pero un telescopio nunca ve la realidad actual de un galaxia, sino su estado de hace millones y millones de años. En fin, que necesitamos otra mirada, o mejor dicho, mirar desde otro lugar, si no queremos desfallecer o morirnos en vida. ¿Y cuál es ese lugar? Ese hogar es la confianza. Confianza en el organismo, que no es lo mismo que un mecanismo, como ya hemos estudiado en otras cartas. Un todo ordenado (un kosmos, como dirían nuestros viejos griegos) que se autorregula a sí mismo, por sí mismo, y que nuestra tendencia mental egocentrada tiende a hacer saltar por los aires, a base de desconfianza; en el fondo, auto-desconfianza. Porque... el cosmos está continuamente expresándose en el microcosmos que somos (esto también lo creían a pies juntillas esos mismos griegos).

En fin, que los límites de los que hablas no son límites, limitantes o incapacitantes, sino el marco de todas nuestras posibilidades irresueltas, dado que están siempre por expresarse o desarrollarse. ¿Te deja esto más tranquilo? ¿O al menos te permite vivir mejor? ¡Mira que nos empeñamos en morir antes de tiempo! Así, se decía muy sabiamente, en la película Cadena perpetua que la cuestión (del vivir) no es otra cosa que “empeñarse en morir o empeñarse en vivir”.

Total que, si los límites, en los que tanto abundas en tu texto, extraído de tu libro Instinción Rebelión, son nuestras posibilidades, ¡cuán libres que somos! Porque los límites serán indefinidos o interminables, pero las posibilidades que, a partir de ahí se nos abren, son inagotables e infinitas, ¿no es verdad? Cuando esto lo descubrimos, lo sentimos en nuestras propias carnes, ¿quién nos va a parar? Tú mismo lo has sentido, cuando al final de tu carta agradeces, en los demás y en ti mismo, cuánto has crecido dentro de esos límites posibilitantes. Y ahora, imagina esta misma conclusión aplicada a nuestras relaciones sociales y humanas. ¡Qué extraordinaria visión!

¡Qué sabio, que era Spinoza! ¡Y qué sabio era Nietzsche, con esa intuición suya disparada! “Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello –así, seré de los que vuelven bellas las cosas”. ¿O qué me dices del heterónimo pessoano Álvaro de Campos? “Ser posible haber de ser es mayor que todos los dioses”.


Antonio Sánchez