Fuente Hondera (Capileira)

25 julio 2026

Sobre la duda 3/6

 


Amigo Antonio, después de haber sentado unas mínimas bases sobre nuestra percepción de la duda, creo que también sería útil saber de qué no deberíamos dudar. Sé que no va a ser fácil, pero siento que es necesario y conveniente hacer este ejercicio valorativo. ¿Vamos con él?

Si estamos evaluando, desde un punto de vista cartesiano habremos de admitir que no podemos dudar de estar vivos, sea lo que sea eso, porque el simple hecho de dudar o de confirmar nuestras certezas, nos concede la naturaleza de agente activo. 

En este punto, ¿deberíamos dudar de la utilidad de la vida? Aquí ya entramos en terreno pantanoso, porque si nuestra vida es pacífica y confortable nadie dudará en encontrarle sentido. Sin embargo, ante una vida repleta de sufrimiento podemos llegar a dudar de su sentido profundo. Solamente considerando la vida como un proceso en el que nuestro yo es una ínfima parte, podemos encontrar el sentido entre el sufrimiento. Y es claramente conveniente, ya que la primera premisa nos ha convertido en agentes activos. Debemos encontrar un sentido más allá del yo para seguir adelante.

Pero hay más: incluso en la peor de las circunstancias podemos creer firmemente en algunas de las cosas que nos rodean. 

Evidentemente no cabe duda sobre la brevedad de la vida, por ejemplo, sobre los procesos naturales en general. En cuanto a los procesos psicológicos y sociales, todos tenemos un desempeño complejo por delante. Es ahí donde la duda puede inocular un «virus» de degradación personal. Y es justo ahí donde tenemos que establecer puertos seguros. 

¿Podemos creer en la unidad de todo lo que existe sin dudar? Este es un ejercicio más complejo, más del mundo de la intuición. Cuando una vida está inmersa en procesos de sufrimiento es difícil creer que todo es uno, porque eso implica que aquello que nos hace sufrir es parte sustancial de ese todo. Y sin embargo, la sensación íntima está muchas veces por encima de este posible cuestionamiento. La imagen de un todo como equilibrio de fuerzas antagónicas está muy presente en la filosofía oriental, y no por ello ha de tener  menos sentido.

¿Podemos creer en el amor o la amistad, por ejemplo, sin dudar? Por definición, no sería amor o amistad verdaderos si dudásemos de ellos, ¿verdad? Dudar del amor o de la amistad desintegra automáticamente el sentido de ambas, si bien esta relación pueda vivir altos y bajos. En esencia ambas vivencias se manifiestan desde una convicción profunda que las habilita como tales.

¿Y el sentido de hacer el bien, de ofrecer nuestra vida a causas nobles? Bueno, tendríamos que definir qué causas son nobles. Pero podemos aceptar que cualquier causa que opere contra el sufrimiento de alguien sin provocar otro modo de sufrimiento sería noble, o cualquier causa que ofrezca una evolución positiva en la vida de alguien, de nuevo sin provocar otro modo de sufrimiento, sería noble. 

En definitiva, podemos afirmar lo siguiente: no cabe dudar de que la vida es vida, de que tiene sentido vivirla, de que estamos inmersos en un todo que negocia equilibrios diversos, de que los procesos naturales básicos son irreversibles, de que podemos contar con el apoyo del amor o la amistad, entre otras cosas, de que vale la pena procurar el bien a todo cuanto nos rodea. Y evidentemente, de que es lícito dudar, porque eso nos hace ser quienes somos.

Cabe pensar que una vida concebida desde estas certidumbres pueda desarrollarse con una alta capacidad de desempeño ante cualquier condicionante.

José Luis Campos


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