Fuente Hondera (Capileira)

25 septiembre 2026

Sobre la verdad 3/8

 


Amigo Antonio, agradezco el planteamiento de tus últimas reflexiones cuando hablas que «aquellas ocasiones en las que nos hemos sentido muy bien y “todo tenía verdadero sentido”».

La cuestión de la verdad suele aparecer contaminada de una premisa que todos damos por cierta: que a la verdad se llega a través del discurso, del lenguaje, de la razón. Haces muy bien en recordarnos que el sentido de la vida no se aprende, sino que se «siente». Si no, estaríamos hablando de la razón de vivir, que yo creo que no es lo que estamos buscando.

Ya has visto en mi primera carta de esta serie que he planteado varias preguntas: ¿Hay una verdad o varias absolutas? ¿Hay verdades relativas? ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida? ¿Las verdades son eternas e inmutables? Podríamos plantear muchas más, pero lo que me interesa es cómo debemos enfrentar estas cuestiones. Si el lenguaje no es la herramienta idónea, ¿cómo lo podemos hacer?

Veamos el ejemplo anterior. Es cierto que la afirmación «La vida merece la pena» tiene, como tú dices, un sentido que puedo experimentar. Sin embargo no estoy de acuerdo en que no pueda ser el punto de partida. Desde la experiencia sensorial, inconsciente, no verbal, no racional este es el único punto de partida posible. Del mismo modo, «sentir» que la vida espera algo de nosotros es esencial. Y no podemos llegar a estas verdades desde la razón.

Para abrir camino voy a permitirme afirmar algo radical: el verdadero responsable que propaga la infección de la mentira es la desconexión. No es un problema de estos tiempos. Ya comenzó hace mucho.

Nuestra programación evolutiva se construyó en la relación con un entorno en el que el orden natural estaba presente por doquier y el orden antropológico se regía por dimensiones comunitarias de ámbito local. Pero algunas instituciones comenzaron a entrometerse en este orden hace milenios, y sustituyeron la experiencia ancestral por el discurso, por la palabra: la justicia, la iglesia, etc. Esta perversión nos fue aislando como individuos y nos fue convirtiendo en receptores pasivos de doctrinas. Es decir, nos fue desconectando de nuestros semejantes de modo que las relaciones ya no eran directas, sino vicarias, ya que estaban permanentemente tuteladas por la institución. Y nos fue desconectando de nosotros mismos, ya que nuestra percepción directa de la realidad dejaba de ser fiable, frente a la interpretación dictada por la institución.

En estos tiempos esa desconexión se ha visto intensificada dramáticamente por los medios de masas y las redes sociales, que no son más que el brazo propagandístico de las instituciones de control.

Por tanto ¿qué debemos hacer para buscar la verdad?: volver a conectar. En primer lugar con nosotros mismos. Respetar los ritmos de un cuerpo y una mente que tienen unas necesidades imperativas. ¿Es posible hallar la verdad desde el ruido, la explotación, el aislamiento o la violencia? Supongo que no es imposible, pero se convierte en tarea de titanes. Como bien dices, para que haya una total integración, nuestro interior y nuestro exterior deben ser uno: deben estar íntimamente conectados. Eso no se consigue con dogmas ni consignas. Internet está lleno de dogmas y consignas de tres al cuarto.

También debemos conectar con la comunidad; al menos con una comunidad, aunque sea reducida. Establecer vínculos de la mayor calidad posible. Alimentar iniciativas que nos liberen de las múltiples ataduras del sistema para ofrecer espacios donde el silencio, la libertad, el respeto, la empatía nos permitan acercarnos a esa percepción de la verdad de la que te hablaba antes. Y tolerar la duda —que ya hemos analizado— como herramienta compartida para llegar a esa verdad.

Podríamos argumentar en este punto que algunas verdades que hemos percibido como absolutas pueden estar mutando, por ejemplo: que el planeta Tierra es nuestro hogar y nos ofrece todo lo que necesitamos para vivir y progresar. Si estamos desconectados de todo, es posible que no lleguemos a percibir que esta verdad está a punto de saltar por los aires. Si queremos seguir creyendo que nuestro «Titanic» es indestructible, es comprensible que sigamos tocando una bella melodía junto a la orquesta. Y es posible que fundamentar nuestra vida en una falsedad de tal calado nos obligue a condimentar toda nuestra realidad con un buen repertorio de reajustes que acaban siendo el corolario de una seria patología falsaria. Es decir: nos vamos a estar mintiendo para sostener una convicción primordial que, nunca mejor dicho, hace aguas.

Por tanto, desde la intuición, desde el sentimiento, desde el silencio, desde la serenidad, desde la vinculación enriquecedora se puede llegar a la verdad. 

José Luis Campos


15 septiembre 2026

Sobre la verdad 2/8


Querido amigo José Luis, he de confesarte que tu modo de plantear el tema (o el problema) de la verdad es muy vitalista, es decir, que está muy unido a la vida, no sé si te das cuenta. Y eso me gusta. ¿De qué otro modo podria ser? Muchos han buscado la verdad por la verdad (de un modo lógico, científico o lúdico), eso dicen, pero en el fondo tratan de vivir buscando la verdad y eso les hace sentirse mejor. Por lo tanto, no han dejado de ser humanos que, para sentirse vivos, buscan la verdad por la verdad, sin un más allá de la verdad... eso dicen. Realmente, no debemos separar la verdad y la vida. Cuando esta separación se ha llevado a la práctica, las aberraciones humanas y los descalabros históricos han venido servidos en bandeja. Así que, amigo mío, hablemos de la verdad sin escamotear la vida (la cosa también funciona al revés: ¿qué sería de una vida desligada de la verdad, de la realidad, de una búsqueda honesta y sincera de la verdad?).

Y me temo que hablar apropiadamente de la verdad no sería posible sin una buena dosis de actitud sképtica, en el sentido antiguo que hemos referido en nuestra anterior serie de cartas sobre la duda, entendida como una continua investigación... Vivir desde el no-saber nos capacita para saber, sin creernos que ya hemos encontrado la verdad, convirtiendo lo que sería una creencia u opinión (una representación o interpretación particular de la realidad) en esas logopatías que nos has traído de la mano de Salvador Pániker, y que tanto daño hacen y nos hacen. Comienza Nietzsche su ensayo breve, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, de esta forma inusitada: «En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y falaz de la Historia Universal». Basta fijarse en su título para apreciar el fondo del problema de la verdad, cuando deja de ser una búsqueda para convertirse en una ilusión, una necesidad compulsiva o una preferencia.

Realmente, el problema de la verdad tiene muchas vertientes, que trataremos de ir desgranando, poco a poco, a lo largo de nuestro intercambio, si somos capaces y nada lo impide. Te haces algunas preguntas, pero habría muchas más; y las que te haces ya les pones coto tú mismo al hablar del riesgo de las logopatías: la tendencia humana, demasiado humana, que convierte un concepto en una realidad, para, de ese modo, poder “sobrevivir” en un mundo tan diverso y tan cambiante, tan difícil de apresar con nuestras manos; el querer adquirir seguridades como sea, completas, absolutas.

Y es curioso el fenómeno actual: con renovadas ganas –y paradójicamente– en la era de la posverdad, en la que parece que todo vale igual y da lo mismo, mucho más que en otras épocas, nos acabamos aferrando a una “boya salvadora”; «podrá haber muchas boyas, pero eso me importa un pimiento, “la mía” es la buena y no quiero saber nada de las otras» (cuando, en realidad, todas las boyas flotan en el mismo mar). El relativismo radicalizado se convierte en el dogmatismo más atroz, intolerante y violento. De manera que muchas gracias, José Luis, por plantear este tema... nos va la vida en ello; poder vivir nuestra vida con una plenitud y autenticidad suficientes.

Antes de ir hacia la respuesta que das a tu pregunta («¿cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida?»), querría detenerme un poco en la pregunta misma. No sé bien si en la cuestión de la verdad “nos interesa” preguntarnos por las cantidades... ¿Es la verdad una cuestión de cantidad o cantidades de verdad? ¿Cuántas más verdades encontremos, más sabremos? Aunque sean verdades esenciales (mejor si son esenciales, claro, y no superficiales o accidentales), ¿necesitamos “cantidades de verdades o de verdad” para dar sentido a nuestra vida? ¿Acumular (supuestas) verdades, nos hará sentirnos mejor? Mira lo que sucede hoy día con la información, con la sobreabundancia de información: ¿somos por ello más sabios, vivimos mejor, vivimos con una mayor convicción y sentido, desarrollamos, por eso, nuestro propio criterio y somos más capaces de vivir de un modo más consciente y crítico? Como tú, quizá por la edad, me he vuelto selectivo con los estímulos que me llegan de fuera (no así con los de dentro, pues que hay que sentirlo todo, a fondo), sí, para no acabar intoxicado, como bien dices; por eso, hace tiempo que ya no persigo saber mucho, sino saber bien. Y he aprehendido el fondo de una frase que me repetía mi padre (ante mis protestas habituales), cuando me enseñaba alguna tarea agrícola: “niño, las cosas hay que aprenderlas por su sitio”.

“La vida merece la pena” (tiene un sentido que puedo experimentar), estoy convencido. Pero esto no puede ser el punto de partida, pues sería un supuesto, una suposición, algo a lo que aferrarnos, sino que me parece que dicha afirmación solamente puede ser una verdad verdadera si la entendemos como el punto de llegada. ¿Y cómo acceder a ella para que pueda ser una verdad operativa, que pueda ejercerse en nuestra vida de una manera real o integrada en nosotros? “Que somos necesarios para los demás” puede ser una iluminación para algunas personas y eso hacerles recapacitar sobre su actitud vital, pero seguiría siendo una justificación externa, y no una genuina y profunda comprensión interna. ¿No tendría la vida, primero, que merecer la pena, en sí, en nosotros mismos? ¿Y cómo puedo acceder a este sentido de la vida en uno mismo, por sí misma? Pues bien, observemos aquellas ocasiones en las que nos hemos sentido muy bien y “todo tenía verdadero sentido”, y comprobemos si no hemos estado “todo nosotros” ahí, presentes, conscientes, diciendo lo que teníamos que decir, haciendo lo que teníamos que hacer, una total transparencia, una total integración, entre lo exterior y lo interior... nuestro. O mejor dicho, que no había ni exterior ni interior... ¿A que, en esos momentos (y solamente por esos momentos únicos) la vida merece la pena ser vivida? Y esto, creo, es lo que la vida puede esperar de nosotros... nuestro crecimiento, nuestro desarrollo. Como dirían Aristóteles, Spinoza o Nietzsche (esta línea de pensamiento), referido a cualquier existencia: que lleguemos a ser los que somos, actualizando nuestras capacidades, nuestra potencia, desplegando todas nuestras posibilidades (lo que seamos capaces).

En fin, querido amigo, que espero que hayas pasado una buena noche de san Juan y renovado en ti la vida. En mi caso, ya ves.


Antonio Sánchez

05 septiembre 2026

Sobre la verdad 1/8

Amigo Antonio,

Llevo unos cuantos días sin leer noticias de las que podríamos llamar «generales», a pesar de que en los últimos diez/doce años era lo primero que hacía por la mañana. Lo hacía de manera concienzuda, como una auténtica labor de investigación. Pero la cantidad de toxicidad que consumía me estaba afectando seriamente.

He tenido que «quitarme» de ese vicio como de algunos otros que alteran mi salud física. Supongo que es cosa de la edad o de los tiempos que nos han tocado vivir. Lo cierto es que me encuentro mejor.

Eso no quiere decir que me haya desconectado de la realidad, ni mucho menos. También es cosa de la edad que vayamos simplificando los estímulos a los que debemos prestar atención para, a cambio, dedicar una atención más plena a aquello que nos ocupa. Y en nuestro caso, ayer nos ocupaba la duda, y hoy buscamos aire fresco para ventilar el concepto de verdad. 

Para empezar en este nuevo empeño he vuelto a beber del oráculo del maestro Pániker y sus Asimetrías. Dice don Salvador: 

«El “pecado original” de la humanidad es el lenguaje hablado. Se comienza “hablando” y se acaba reificando las palabras, “adorando” las grandes abstracciones absolutizadas —Verdad, Ser, Dios, Patria, Historia, Revolución, etc., palabras siempre en mayúsculas—. Buena parte de la tarea filosófica ha consistido, últimamente, en la destrucción de semejantes logopatías. Todos los teoremas de la limitación —Gödel, Tarski, Turing, Church, etc.— tienen ese factor higiénico común.»

Creo que esta argumentación nos permite recuperar algunas de nuestras reflexiones de anteriores cartas y nos invita sanear reflexiones futuras con esta consideración previa: evitar logopatías. Por tanto, ¿qué te parece si comenzamos a hacernos preguntas?

Admitir que hay verdad frente a falsedad, o que la verdad sea siempre lo deseable y conveniente es un posible punto de partida, pero no suficiente. ¿Hay una verdad o varias absolutas? ¿Hay verdades relativas? ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida? ¿Las verdades son eternas e inmutables? 

Habría muchas preguntas más por plantear. Seguro que surgirán en nuestras cartas. Pero de momento voy a comenzar con la tercera: ¿Cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida?

Como he comentado al principio, estoy en una etapa de simplificación de estímulos. Creo que me conformaría con una sola verdad esencial para ir tirando, una verdad que sea útil e incontestable a cualquiera que se encuentre en un estado de duda existencial (volvemos a la duda). Una verdad que sirviera aquí, en París, en Tokio, en Gaza, en Jersón o en los campamentos de Tinduf. 

Por no buscar la situación más desafiante, voy a poner tres ejemplos de comportamiento desbordado por la vida en una sociedad equivalente a la nuestra: la japonesa. Los johatsu, los karoshi y los hikikomori. Los primeros, ante un revés serio de la vida, abandonan su identidad, su familia, su trabajo, su nombre; desaparecen sin dejar rastro. Los segundos fallecen por fatiga laboral. Y los terceros deciden confinarse durante años en su hogar, en una habitación.

Solo se me ocurre una verdad absoluta que pueda ayudar a todas estas personas: QUE LA VIDA MERECE LA PENA. Ahora lo complicado es comprobar la veracidad de esta afirmación, que no es cuestión menor.

Normalmente cuando hacemos comparaciones cometemos el error de no comparar «iguales». Si alguien ha llegado a la conclusión de que la vida no merece la pena es porque en el lado de la balanza que se precipita hay más consideraciones de peso que en el otro platillo. Pero ¿qué hemos puesto en el otro lado?

Generalmente no estamos cualificados para percibir de manera clara y sensata cómo afectan nuestras acciones, nuestro ser al mundo que nos rodea, a las personas con las que interactuamos. Nuestra capacidad de percepción está desbordada registrando cómo nos afectan a nosotros esas cosas que nos rodean. Y esto hace que muchas de nuestras decisiones se vean condicionadas por una realidad sesgada. ¿Qué ocurriría si los johatsu, los karoshi y los hikikomori fueran plenamente conscientes de la necesidad de muchas personas de su entorno cercano de contar con su presencia? ¿Qué ocurriría en una situación dramática si pudiéramos vislumbrar ese horizonte de posibilidades en que nuestra aportación será esencial? 

Como decía Víctor Frankl: «No importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros».

José Luis Campos