Fuente Hondera (Capileira)

25 agosto 2026

Sobre la duda 6/6


Así es, querido amigo, estoy convencido: necesitamos recuperar la inocencia del niño. Esto ya lo tuvo claro la intuición desbordante de un Nietzsche, al proponer tal manera de estar en el mundo, como referencia para su “hombre más allá del hombre”. Y no hablamos de ningún sueño fuera de nuestro alcance, no. Aunque esos estados, que tú nos traes en tu carta, nos parezcan tan etéreos y solamente accesibles a algunos seres humanos privilegiados. De ninguna manera. Se requiere la actitud del niño para estar en la realidad, en la vivencia directa e inmediata, pero ejercida de una manera lo más consciente posible. Y, para desarrollar esto, no hace falta más que algo de práctica, sabiendo que es posible, porque en determinadas situaciones ya nos hemos sentido así, muy centrados en lo que estábamos. Estar en lo que se está, muy conscientemente; como navegante y no sólo como barco, como pastor y no sólo como rebaño. Esa conciencia-testigo a la que te refieres y que tanta tradición conserva detrás, tanto de oriente como de occidente (creo que de esto ya hablamos en la primera serie de nuestras cartas, Sobre el sufrimiento).

¿Y todo esto, para qué? Pues tú lo has dicho en tu carta: para poder comenzar por aceptar lo que hay; en el caso en que estamos, para recibir nuestras dudas con la mayor naturalidad posible. Son dudas. Y, sencillamente, mis dudas me piden ahondar, que continúe mirando, que continúe investigando. Si no me resisto, si dejo que me interpelen mis dudas, si abandono mis resistencias mentales (hacia tales dudas) que no me dejan vivir de un modo pleno lo que estoy viviendo, entonces accedo a un estado mental más pacífico, más equilibrado, como dices; entonces, integro mis dudas en la situación y me dejo ampliar la mirada, me dejo ampliar la comprensión, en definitiva, para que mi relación con la realidad pueda llegar a ser lo más pura posible. Si quieres, vivir más profunda-mente, vivir desde una mayor profundidad.

Por ello, la senda del equilibrio interior es la guía para poder vivir más feliz-mente, para llevar una vida buena. Hay una alegría eufórica, exterior, y hay un alegría de base, interior, que no se manifiesta con aspavientos ni desenfrenos excesivos, pero que nos prepara mejor para amortiguar los altibajos, los contratiempos, los conflictos que surgen con frecuencia en la vida cotidiana. Quizás se refería a esto el autor de los Esbozos pirrónicos, el escéptico (constructivo) Sexto Empírico que te cité en mi carta anterior.

¡Imagina nuestro mundo, nuestra vida social compartida, vivida desde esta actitud de la sana duda que decíamos! Tanto al dogmático (“mi opinión es la verdad”) como al escéptico que duda por dudar o se queda atrapado en una cicatera duda (pues, para él, “cualquier opinión vale como cualquier otra”), les falta esta actitud de la verdadera duda (investigadora, ahondadora, mejoradora). ¡Y cuantos ejemplos nos encontramos a diario por ahí de ambas actitudes... destructivas, o mejor dicho, en el fondo, auto-destructivas!

Algunos piensan que van contra el sistema, cuando en realidad van contra sí mismos (mira todos esos casos de adicciones, evasiones o compensaciones psicológicas); otros quieren ocultar sus inseguridades o debilidades (así las ven, como debilidades insoportables) mostrando una (aparente) seguridad, aplastando a los demás (“si ejerzo mi dominio sobre ti, yo me sentiré más fuerte”, “yo soy más fuerte, eso lo demuestra, mi victoria sobre ti”); otros deciden, sin darse cuenta, ir contra todos, pues lo que venga de “ellos” siempre estará mal o será negativo (“yo me opongo”, “digas lo que digas o hagas lo que hagas, yo lo contrario”); otros inician una huida adelante, que no pueden parar, de la que no pueden escapar (“niego lo evidente”, “sigo erre que erre con lo mío, aunque, para mis adentros sepa que me estrello”); otros se dicen a sí mismos: “ya no juego”, “yo me bajo aquí” y se aíslan o se esconden en lo exclusivo y excluyente (desde las modas a la búsqueda compulsiva de lo caro, perdidos en un centro comercial o desde el encerramiento de su propia habitación); a otros les da por enmascarar sus inseguridades interiores con los ropajes de una ideología o una fe ciega, es decir, un sistema de creencias auto-justificadoras, auto-blindadas, de manera que su vida les parezca más simple y más clara, pues les da pavor el mestizaje, la aparente confusión, como así interpretan la riqueza de matices, los (“excesivos”) puntos de vista y el lidiar con lo diferente.

En fin, amigo José Luis, que tú también podrás encontrar ejemplos por doquier de este pánico por la duda enriquecedora y ampliadora de nuestra propia perspectiva, este desconocimiento de la condición humana: que muchas veces necesitamos perdernos para encontrarnos, que las crisis nos permiten florecer; que no estar (o sentirse) seguros no es malo sino bueno, lo mismo que el contraste de las diferencias vitales: las opiniones, las culturas, las vivencias, las edades... Vamos a entregarnos sin temores excesivos, vamos a ser un poquito valientes y lanzarnos al río de la vida que siempre se renueva y nos renueva. Vamos a intentar saborear la seguridad de la inseguridad, su intrínseca confortabilidad, que también la tiene (el sabio: “no sé... todavía”). Y es posible que nos vaya mejor, como individuos y como sociedades, abiertos y no cerrados, presentes y no ausentes. Es posible.

Quizás, así, podamos comprender (con la práctica) la sabiduría profunda del socrático “sólo sé que no sé nada”, que es punto de partida del conocimiento (admitir mi propia ignorancia, para poder abrirme a lo nuevo de una verdad que se presenta ante mí), pero también es puerto y exclusa de la búsqueda permanente del bien y de la verdad, tanto interior como exterior.


Antonio Sánchez

15 agosto 2026

Sobre la duda 5/6

 


Me gusta que hayas introducido el concepto de ataraxia en tu carta, Antonio, porque cada vez estoy más convencido de que el propósito de una buena vida no es buscar la felicidad, sino el equilibrio. Y más si admitimos, como propone la cosmología budista, que vivir es estar inmerso en un océano de sufrimiento, al que denomina samsara. Desde su perspectiva, la Iluminación solo puede llegar cuando comprendemos la impermanencia de toda la existencia; y, en esencia, que las cosas no son independientes, sino interdependientes.

A mí estas reflexiones me sugieren una imagen: la de un niño, la de un bebé que todavía no ha desarrollado una conciencia de su propio yo, que observa el mundo que le rodea como si fuera parte de su propia esencia. Es dependiente, pero no lo sabe, porque esa conciencia de su yo incluye a todo lo que le rodea. Y no duda, simplemente interactúa. Como tú propones, simplemente vive.

Y en este punto vuelvo a recordar las enseñanzas de Salvador Pániker cuando nos habla del «Testigo»: «Más allá del ego está lo que los hindúes llaman el Testigo, es decir, el margen de libertad que contempla “desde fuera” la película de la propia vida. […] Este Testigo es el que ve el ego, pero sin identificarse con él. […] El Testigo se encuentra ya presente en cualquier estado de conciencia; sólo se trata de reconocerlo. Y en eso, sólo en eso, consiste la meditación.»

El niño es más testigo que ego. ¿Puede eso contribuir a descartar la toxicidad de la duda compulsiva? Entender nuestro yo como un vacío en el interactúan diversas energías o materias de manera circunstancial e impermanente me conduce a concebir dos roles muy interesantes para dar sentido —modestamente— a nuestra vida: el navegante y el pastor/cultivador, y todas encajan perfectamente en el ámbito de ese «Testigo».

Si el Testigo es el navegante, el yo es la nave. En este caso el equilibrio es siempre frágil puesto que hay que negociar permanentemente con el estado de la mar. No cabe dudar sobre la pertinencia de navegar o no navegar. No cabe dudar sobre la capacidad de la nave, sino procurar su mantenimiento. No cabe dudar sobre cuándo vendrá la próxima tormenta, sino prepararse para afrontarla.

Si el Testigo es el pastor/cultivador, el yo es el campo. En este caso, el equilibrio se consigue dejando que los elementos interactúen contigo: el rebaño, el agua, la vegetación, el clima. No cabe dudar sobre nuestra condición esencialmente limitada y dependiente, la de ser una parte de un todo, un receptáculo, un terreno de juego. No cabe dudar sobre el sentido o la conveniencia de la fertilidad. No cabe dudar sobre el fundamento de acoger.

Alcanzar el equilibrio no es un destino, sino un propósito en continua evolución. Está al alcance del Testigo, mientras el ego continúa sometido al samsara (y en él se precipita normalmente el chubasco de las dudas). Hay que aceptar las dudas y afrontarlas como la mala mar, como la sequía, como la inundación, como el calor abrasador, siempre que el navegante o el pastor/cultivador se mantengan firmes en su cometido.

Y tal vez recuperar la inocencia de la infancia, aunque solo sea en sueños.


José Luis Campos


05 agosto 2026

Sobre la duda 4/6


Querido amigo, he disfrutado mucho tu carta anterior; me ha llevado a considerar el núcleo del escepticismo, nombre que recibe históricamente la posición filosófica que presenta a la duda como motor del conocimiento, aunque la mala fama haya precedido a esta escuela de pensamiento, manifestada de numerosas formas a lo largo de nuestra historia. Pero no se trata solamente de una actitud filosófica, sino que es una actitud completamente mundana, pues nos la tropezamos en nuestras conversaciones, en nuestras lecturas o a la hora de llevar a cabo nuestras acciones. La duda emerge siempre como un grano en el terso cutis de un adolescente.

El problema de la duda o, más bien, la naturaleza (de la actitud) del dudar, se dirige a la línea de flotación de nuestro conocimiento humano: si éste puede llegar a ser objetivo, es decir, si escapa a los riesgos de la influencia subjetiva (individual o social) y puede (o hasta qué punto) puede reflejar fielmente la realidad.

Pues bien, ¿cuál es el conocimiento más objetivo, al que podemos acceder como seres humanos? La vivencia, esa “sensación íntima” que refieres en tu carta. El nombre no nos importa mucho, porque los nombres no son la cosa y, más bien, lo que consiguen es alejarnos de ella y llevarnos a lo que Rainer Maria Rilke llamaba “el mundo interpretado”, nuestro mundo habitual, marcado por nuestras representaciones de la realidad (y no la realidad).

Nos referimos (torpemente) a la sensación de que “eso es así”, porque así lo siento, así lo intuyo, así lo vivo, así lo experimento. Y puedo dudar, claro que sí, del significado o la interpretación de lo que he experimentado (o mejor decir: de lo que estoy experimentando, porque, si ya es pasado, ya ha sido pasado por mis deseos y temores, ¿me explico?). Puedo dudar del juicio que me suscita una percepción o experiencia de la realidad, de mi interacción con la realidad, pero no puedo dudar de lo que estoy sintiendo, comprendiendo de un modo sentido, porque eso soy yo aquí y ahora, y no puedo experimentarlo de otro modo, ni puedo negar que lo estoy experimentando, sea lo que sea. Incluso, aquel Descartes de la duda metódica, del que ya hemos hablado, experimentó esto mismo; solamente que luego se perdió en sus interpretaciones racionalistas de esa misma experiencia.

Entonces, ¿por qué no permanecer en esa experiencia? Quizá (y con este “quizá” solamente estoy suspendiendo el juicio sobre la experiencia, pero no la experiencia misma), quizá descansar ahí nos permita comprender mejor dicha experiencia, ver de qué está hecha y apreciar eso mismo con respecto a otras realidades que se me presenten de una manera inequívoca e inmediata, estar más preparado para recibirlas. Un estado de ánimo necesario para la búsqueda de la verdad. Mira lo que nos decía Sexto Empírico (s. II d. C.) en sus Esbozos pirrónicos, sobre el estado de la mente que practica la suspensión del juicio o epojé: “La suspensión del juicio es ese equilibrio de la mente por el que ni rechazamos ni ponemos nada. Y la ataraxia es bienestar y serenidad de espíritu”. Y ahora, apliquemos este punto de partida a las seguridades (no dudosas) que manifiestas en tu carta.

No podemos dudar de estar vivos, pero sí en qué consiste “estar vivos” o “qué es la vida”. Y esta duda nos podría llevar a vivir la vida con una mayor profundidad y riqueza de matices. Esta evidencia del vivir aquí y ahora, momento a momento, emerge con igual fuerza tanto si disfruto como si sufro, a condición de que mantenga mi conciencia presente o consciente de ello. Todo es vida, tanto si me gusta como si no me gusta, si es más larga o es más corta, según mis deseos o expectativas (individuales o inducidas socialmente); como nos decía Séneca, no es tan relevante el tiempo que vivo, sino cómo lo vivo.

¿Y qué hay de esas discusiones interminables: si el mundo es uno o es muchos, si cambia o permanece, si el corazón o la razón, si el ser o el deber ser, si el cuerpo o el alma...? ¡Qué ingenuos que somos, qué simples, qué humanos! Experimenta, vive, siente, sé consciente de lo que sientes... uno y muchos, cambio y permanencia, las razones del corazón, que si algo es, entonces debe ser, así lo acepto y, a partir de dicha integración mía con lo que hay, actúo, pienso o digo; ¿cuerpo o alma?, por favor, ¡qué pérdida de vida, de energía! En fin, ¡cómo me salva la sana duda de tanta tontería o miopía humana!

¿Podemos creer en el amor o la amistad, en el bien y la verdad y la belleza, como te (me/nos) preguntas en tu carta? El problema aquí está en la palabra (y el concepto) “creer”, en las creencias, esas construcciones humanas auto-diseñadas para sobrevivir en este mundo lo mejor posible y que tantas limitaciones (o falta de adecuación a la realidad) muestran en su seno cuando sufrimos (un sufrimiento mental, evitable). Deja de pensar, deja de hablar tanto: ¡ama, vive, experimenta, abraza tu experiencia!

Y me objetarás, escéptico: ¿pero, qué es eso de “la realidad”? Y dejo que te responda la poeta polaca Wislawa Szymborska: La realidad es realidad y ese es su mayor misterio”. Y nos digo a todos nosotros: “Si no sabes vivir, ¡vive!; si no sabes mirar, ¡mira!; si no sabes amar, ¡ama!; si quieres ser, ¡prueba a ser!; y si ya lo sabes, ¡deja de actuar como si no lo supieras!”.


Antonio Sánchez