Fuente Hondera (Capileira)

15 agosto 2026

Sobre la duda 5/6

 


Me gusta que hayas introducido el concepto de ataraxia en tu carta, Antonio, porque cada vez estoy más convencido de que el propósito de una buena vida no es buscar la felicidad, sino el equilibrio. Y más si admitimos, como propone la cosmología budista, que vivir es estar inmerso en un océano de sufrimiento, al que denomina samsara. Desde su perspectiva, la Iluminación solo puede llegar cuando comprendemos la impermanencia de toda la existencia; y, en esencia, que las cosas no son independientes, sino interdependientes.

A mí estas reflexiones me sugieren una imagen: la de un niño, la de un bebé que todavía no ha desarrollado una conciencia de su propio yo, que observa el mundo que le rodea como si fuera parte de su propia esencia. Es dependiente, pero no lo sabe, porque esa conciencia de su yo incluye a todo lo que le rodea. Y no duda, simplemente interactúa. Como tú propones, simplemente vive.

Y en este punto vuelvo a recordar las enseñanzas de Salvador Pániker cuando nos habla del «Testigo»: «Más allá del ego está lo que los hindúes llaman el Testigo, es decir, el margen de libertad que contempla “desde fuera” la película de la propia vida. […] Este Testigo es el que ve el ego, pero sin identificarse con él. […] El Testigo se encuentra ya presente en cualquier estado de conciencia; sólo se trata de reconocerlo. Y en eso, sólo en eso, consiste la meditación.»

El niño es más testigo que ego. ¿Puede eso contribuir a descartar la toxicidad de la duda compulsiva? Entender nuestro yo como un vacío en el interactúan diversas energías o materias de manera circunstancial e impermanente me conduce a concebir dos roles muy interesantes para dar sentido —modestamente— a nuestra vida: el navegante y el pastor/cultivador, y todas encajan perfectamente en el ámbito de ese «Testigo».

Si el Testigo es el navegante, el yo es la nave. En este caso el equilibrio es siempre frágil puesto que hay que negociar permanentemente con el estado de la mar. No cabe dudar sobre la pertinencia de navegar o no navegar. No cabe dudar sobre la capacidad de la nave, sino procurar su mantenimiento. No cabe dudar sobre cuándo vendrá la próxima tormenta, sino prepararse para afrontarla.

Si el Testigo es el pastor/cultivador, el yo es el campo. En este caso, el equilibrio se consigue dejando que los elementos interactúen contigo: el rebaño, el agua, la vegetación, el clima. No cabe dudar sobre nuestra condición esencialmente limitada y dependiente, la de ser una parte de un todo, un receptáculo, un terreno de juego. No cabe dudar sobre el sentido o la conveniencia de la fertilidad. No cabe dudar sobre el fundamento de acoger.

Alcanzar el equilibrio no es un destino, sino un propósito en continua evolución. Está al alcance del Testigo, mientras el ego continúa sometido al samsara (y en él se precipita normalmente el chubasco de las dudas). Hay que aceptar las dudas y afrontarlas como la mala mar, como la sequía, como la inundación, como el calor abrasador, siempre que el navegante o el pastor/cultivador se mantengan firmes en su cometido.

Y tal vez recuperar la inocencia de la infancia, aunque solo sea en sueños.


José Luis Campos


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