con tu respuesta de ahora entiendo mejor lo que me querías decir, respecto a la afirmación “la vida merece la pena”, que era punto de partida y no punto de llegada (como yo te respondía), para una vida verdadera, vivida con sentido. Porque debe quedar claro, para el lector posible de estas cartas, que nuestra indagación actual sobre lo que sea la verdad se aleja de un planteamiento puramente racional o lingüístico, como tú dices. Por eso decíamos que no separábamos, en nuestra búsqueda, verdad y vida.
En ayuda de mi comprensión de lo que (creo que) quieres decir, no sólo de lo que dices (y esto, creo que es fundamental para que haya una buena conversación), pongo por delante la afirmación que hacía el viejo Aristóteles sobre los “principios últimos y primeros”. Lo último (la meta, la finalidad, el desenlace, la concreción resultante) de un proceso físico o vital está ya, desde el comienzo, como capacidad o potencia, como esencia que busca realizarse a través de su propio desenvolvimiento o desarrollo. Lo último y lo primero de un proceso solamente estaría separado en nuestra conciencia limitada, dado que lo primero en el orden del ser es lo último (a lo que se llega) en el orden del conocer. Y de esto podríamos poner multitud de ejemplos, propios de cualquier naturaleza (o físis): el fruto ya está en la semilla, el hombre en el niño, la respuesta en la pregunta, la muerte en la vida, el deseo de plenitud en la carencia, etc., etc.
Así que tienes razón: para que la vida merezca la pena vivirse tiene que partir de (o reconectar con) una convicción previa, una certeza que intuimos, que sentimos, que ya está en nosotros, balbuciendo, queriendo expresarse, realizarse. Mira el caso paradigmático de una vocación personal: algo (una meta) que ya está en mí, me llama y me moviliza, me pide expresarse en mi realidad, realizar mi identidad (que no está dada de antemano) de una manera determinada en el mundo. Y esto es una maravilla, cuando lo escucho y lo dejo realizarse. Mi vida cobra verdadero sentido y un sentimiento subterráneo de felicidad me inunda y llega para salvarme.
También necesitamos (tal como lo siento ahora mismo) distinguir en nuestra búsqueda tres aproximaciones básicas de la verdad, que nos llevarían por caminos y derroteros muy diferentes para la vida (personal, social o de toda una época): la verdad como adecuación, la verdad como desvelamiento y la verdad como revelación. Respectivamente, concordancia entre lo que decimos de la realidad y la realidad misma (éste sería el significado habitual de la verdad, el que manejamos tanto en la vida cotidiana como en la investigación científica); la verdad como des-cubrimiento o des-ocultamiento (alezéia, la llamaban los primeros filósofos griegos), que se alcanza cuando quitamos lo que la cubre, generalmente, nuestra ignorancia, nuestros condicionamientos psicológicos y mentales; dentro de esta concepción de la verdad. se nos pide que hagamos algo, que hagamos un trabajo de desbroce para poder dejar el terreno despejado, pero a la vez que adoptemos una actitud de receptividad y escucha, hasta cierto punto pasiva, de modo que se manifieste la verdad de algo en nosotros. Por aquí iría la “verdad como revelación”. Esta actitud en la búsqueda de la verdad (como sucede en la contemplación filosófica, estética o espiritual) nos solicita desarrollar no ya nuestras capacidades racionales o lingüísticas, lógicas o sensoriales, sino las habilidades activas y receptivas del corazón (María Zambrano), nuestra intuición o comprensión profundas. Y creo que esto es a lo que apuntas en tu carta.
¿Y cómo expandir en nosotros dicha capacidad receptiva, de manera que las verdades (o revelaciones) aparezcan, se conviertan en presencia activa? Tú has dado una clave fundamental (y también hablamos de ello en la serie de nuestras cartas “sobre el sufrimiento humano”): deshacer la desconexión básica, con el fondo de nosotros mismos y con el fondo de los demás seres y el mundo como totalidad. En la medida en que nos sintamos (y nos vivamos como) separados (esa conciencia de separatividad, que dijimos), frutos separados del árbol que nos ha dado la savia y podamos ir madurando, no habrá verdad que nos sacie ni acción nuestra que nos satisfaga; si es que no reproducimos en el mundo o en nosotros mismos, una y otra vez, un daño o un sufrimiento evitables. Miremos a nuestro alrededor y preguntémonos si no es posible vivir de otra manera. ¿Y cómo podemos volver a conectarnos con la realidad, con la verdad, con la vida? Esta es la cuestión... Seguimos hablando, querido amigo.
Antonio Sánchez
