Fuente Hondera (Capileira)

15 septiembre 2026

Sobre la verdad 2/8


Querido amigo José Luis, he de confesarte que tu modo de plantear el tema (o el problema) de la verdad es muy vitalista, es decir, que está muy unido a la vida, no sé si te das cuenta. Y eso me gusta. ¿De qué otro modo podria ser? Muchos han buscado la verdad por la verdad (de un modo lógico, científico o lúdico), eso dicen, pero en el fondo tratan de vivir buscando la verdad y eso les hace sentirse mejor. Por lo tanto, no han dejado de ser humanos que, para sentirse vivos, buscan la verdad por la verdad, sin un más allá de la verdad... eso dicen. Realmente, no debemos separar la verdad y la vida. Cuando esta separación se ha llevado a la práctica, las aberraciones humanas y los descalabros históricos han venido servidos en bandeja. Así que, amigo mío, hablemos de la verdad sin escamotear la vida (la cosa también funciona al revés: ¿qué sería de una vida desligada de la verdad, de la realidad, de una búsqueda honesta y sincera de la verdad?).

Y me temo que hablar apropiadamente de la verdad no sería posible sin una buena dosis de actitud sképtica, en el sentido antiguo que hemos referido en nuestra anterior serie de cartas sobre la duda, entendida como una continua investigación... Vivir desde el no-saber nos capacita para saber, sin creernos que ya hemos encontrado la verdad, convirtiendo lo que sería una creencia u opinión (una representación o interpretación particular de la realidad) en esas logopatías que nos has traído de la mano de Salvador Pániker, y que tanto daño hacen y nos hacen. Comienza Nietzsche su ensayo breve, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, de esta forma inusitada: «En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y falaz de la Historia Universal». Basta fijarse en su título para apreciar el fondo del problema de la verdad, cuando deja de ser una búsqueda para convertirse en una ilusión, una necesidad compulsiva o una preferencia.

Realmente, el problema de la verdad tiene muchas vertientes, que trataremos de ir desgranando, poco a poco, a lo largo de nuestro intercambio, si somos capaces y nada lo impide. Te haces algunas preguntas, pero habría muchas más; y las que te haces ya les pones coto tú mismo al hablar del riesgo de las logopatías: la tendencia humana, demasiado humana, que convierte un concepto en una realidad, para, de ese modo, poder “sobrevivir” en un mundo tan diverso y tan cambiante, tan difícil de apresar con nuestras manos; el querer adquirir seguridades como sea, completas, absolutas.

Y es curioso el fenómeno actual: con renovadas ganas –y paradójicamente– en la era de la posverdad, en la que parece que todo vale igual y da lo mismo, mucho más que en otras épocas, nos acabamos aferrando a una “boya salvadora”; «podrá haber muchas boyas, pero eso me importa un pimiento, “la mía” es la buena y no quiero saber nada de las otras» (cuando, en realidad, todas las boyas flotan en el mismo mar). El relativismo radicalizado se convierte en el dogmatismo más atroz, intolerante y violento. De manera que muchas gracias, José Luis, por plantear este tema... nos va la vida en ello; poder vivir nuestra vida con una plenitud y autenticidad suficientes.

Antes de ir hacia la respuesta que das a tu pregunta («¿cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida?»), querría detenerme un poco en la pregunta misma. No sé bien si en la cuestión de la verdad “nos interesa” preguntarnos por las cantidades... ¿Es la verdad una cuestión de cantidad o cantidades de verdad? ¿Cuántas más verdades encontremos, más sabremos? Aunque sean verdades esenciales (mejor si son esenciales, claro, y no superficiales o accidentales), ¿necesitamos “cantidades de verdades o de verdad” para dar sentido a nuestra vida? ¿Acumular (supuestas) verdades, nos hará sentirnos mejor? Mira lo que sucede hoy día con la información, con la sobreabundancia de información: ¿somos por ello más sabios, vivimos mejor, vivimos con una mayor convicción y sentido, desarrollamos, por eso, nuestro propio criterio y somos más capaces de vivir de un modo más consciente y crítico? Como tú, quizá por la edad, me he vuelto selectivo con los estímulos que me llegan de fuera (no así con los de dentro, pues que hay que sentirlo todo, a fondo), sí, para no acabar intoxicado, como bien dices; por eso, hace tiempo que ya no persigo saber mucho, sino saber bien. Y he aprehendido el fondo de una frase que me repetía mi padre (ante mis protestas habituales), cuando me enseñaba alguna tarea agrícola: “niño, las cosas hay que aprenderlas por su sitio”.

“La vida merece la pena” (tiene un sentido que puedo experimentar), estoy convencido. Pero esto no puede ser el punto de partida, pues sería un supuesto, una suposición, algo a lo que aferrarnos, sino que me parece que dicha afirmación solamente puede ser una verdad verdadera si la entendemos como el punto de llegada. ¿Y cómo acceder a ella para que pueda ser una verdad operativa, que pueda ejercerse en nuestra vida de una manera real o integrada en nosotros? “Que somos necesarios para los demás” puede ser una iluminación para algunas personas y eso hacerles recapacitar sobre su actitud vital, pero seguiría siendo una justificación externa, y no una genuina y profunda comprensión interna. ¿No tendría la vida, primero, que merecer la pena, en sí, en nosotros mismos? ¿Y cómo puedo acceder a este sentido de la vida en uno mismo, por sí misma? Pues bien, observemos aquellas ocasiones en las que nos hemos sentido muy bien y “todo tenía verdadero sentido”, y comprobemos si no hemos estado “todo nosotros” ahí, presentes, conscientes, diciendo lo que teníamos que decir, haciendo lo que teníamos que hacer, una total transparencia, una total integración, entre lo exterior y lo interior... nuestro. O mejor dicho, que no había ni exterior ni interior... ¿A que, en esos momentos (y solamente por esos momentos únicos) la vida merece la pena ser vivida? Y esto, creo, es lo que la vida puede esperar de nosotros... nuestro crecimiento, nuestro desarrollo. Como dirían Aristóteles, Spinoza o Nietzsche (esta línea de pensamiento), referido a cualquier existencia: que lleguemos a ser los que somos, actualizando nuestras capacidades, nuestra potencia, desplegando todas nuestras posibilidades (lo que seamos capaces).

En fin, querido amigo, que espero que hayas pasado una buena noche de san Juan y renovado en ti la vida. En mi caso, ya ves.


Antonio Sánchez

2 comentarios:

  1. APUNTE TÉCNICO

    Queridos amigos, me tomo la libertad de meter mi humilde baza entre tan alta conversación, no solo alta, sino libre, certera y necesaria.

    Después de pelearme durante 30 años con la IA y los ordenadores, no estoy menos desconcertado que vosotros ante lo que nos está aconteciendo, y, al igual que vosotros, empleo más tiempo en identificar la falsedad que en disfrutar de la verdad. Que ya es decir.

    Esta frase del compañero Jose Luis “Todos los teoremas de la limitación —Gödel, Tarski, Turing, Church, etc.— tienen ese factor higiénico común” me toca de lleno y entiendo este papel de la “logopatía” que muchas personas ven en esos teoremas. En primer lugar, enhebrando este pensamiento con la visión del compañero Antonio que brillantemente cita a la tríada (ADECUAR-DESVELAR-REVELAR), estos teoremas, que son correctos y limitan “logopáticamente” el pensamiento, están pensadas para las máquinas y los futuros programas pensantes (ninguna IA de ahora lo es, en absoluto, son programas “sapientes” pero no “pensantes”) y su reducción a la dualidad (ADECUAR-DESVELAR) en la que estos sistemas computacionales nos llevan ventaja porque están entrenados con “toda la huella digital de la humanidad” y porque son muy rápidos. Así, todas estas IAs están sujetas a este teorema y no pueden ir más allá. Ni falta que hace. Pero no aplica al pensamiento humano, que es el que arrasa en la pata que falta, la “REVELACIÓN”. Esto se debe a que, muy en el fondo, pero en el fondo verdadero, las IAs se basan en una especie de búsqueda combinatoria y un criterio de parada (Gödel-Turing-Church): cuando encuentran una combinación que cumple el criterio la dan por válida. No está mal. Este procedimiento está basado en la axiomática de la lógica formal y la refutación, por lo que no cabe dudar de su corrección a la hora de “DESVELAR” cosas de las que no nos habíamos dado cuenta. Otra cosa es que el determinante “criterio de parada” lo pague una empresa privada, o un presidente loco, o Cantinflas. Eso nos llevaría, de hecho nos lleva, a las famosas alucinaciones de la IA: una explicación que cumple “su criterio de parada” pero no el nuestro.

    Desde ese punto de vista, estos teoremas no son más que la constatación de que los expertos en este tema, preferimos tener a “la fiera combinatoria” bien atada, única y exclusivamente en las dos primeras patas (ADECUAR-DESVELAR) y que no entre en la tercera (REVELAR). Porque el ser humano es, me atrevería a decir entre esta marabunta de visiones pseudoapocalípticas de la IA, que no son más que asustaviejas, el único que puede adentrarse con cierta cautela en el terreno de la REVELACIÓN. Porque no se basa en la búsqueda combinatoria, donde las máquinas siempre juegan con ventaja, sino en la exploración educada, el pensamiento crítico (“vivir desde el no saber”, que también dice Antonio) y la colaboración y contraste con nuestros pares, para avanzar en un terreno tan peligroso como la REVELACIÓN. De hecho, cuando estas IAs entran en el terreno de la REVELACIÓN, producen esperpentos, de los cuales os puedo citar unos cuantos, surrealismos, que sólo cumplen su “amputado criterio de parada” y para ellos es suficiente. Esa sería “su verdad”. Por suerte para nosotros, nuestra autocrítica junto a nuestro pensamiento colaborativo podan de inmediato semejantes abortos mentales. Así que estas “logopatías” en tanto que aplicables solo a máquinas, son necesarias, al menos por ahora.

    La perversión de la verdad que vivimos es que se está perdiendo justo ese detalle humano (autocrítica, pensamiento colectivo y contrastado) y se les está dando carta de verdad absoluta a lo que dicen las IAs. Mal vamos.

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    1. Muchas gracias por tu apunte técnico, Luis! Sí, algún día me gustaría hablar contigo a fondo, como experto que eres en esos territorios, sobre la mal llamada Inteligencia artificial, artificial sí, pero no inteligencia... (hemos dedicado una serie de cartas a esta crítica de la tecnología tal como se maneja en nuestra sociedad de ciegas acciones). Por cierto que, en estos intercambios dialógicos no solamente buscamos la falsedad de lo que acontece, sino que tratamos de poner un poco de luz que nos lleve a poder vivir de otra manera, mejor si fuera posible. Está bien (me ha gustado) que circunscribas esas logopatías descubiertas, desde dentro, por los propios matemáticos de las limitaciones de sus creaciones formales (que al ser formales, ya por eso distan de la realidad que siempre es abierta y nueva y diversa, y no cerrada y acabada, un puzle hecho para que cuadre -o eso se pretende, pues ahí están esas inconsistencias halladas luego- como todo sistema formal), que las circunscribas, digo, a los sistemas de IA, pues para ellos, con el tiempo, estaban siendo pensados dichos sistemas formales... Y más que la triada que se menciona en la carta cuatro (adecuar-desvelar-revelar), que vale para la búsqueda de verdad por parte nuestra, los humanos, porque no hay verdad que valga para un conjunto de operaciones combinatorias con criterios de parada, como mencionas y que no conocía esa denominación (¡interesante!), salvo quizás una verdad formal, separada de la realidad, como decía; más que eso, creo que es más útil señalar que en la IA hay racionalidad, sí, pero una racionalidad (programada humanamente) únicamente de tipo instrumental (como ya discutimos hace muuuchos años... te acuerdas?) Es decir, qué operaciones realizar para lograr una meta dada de antemano... de la mamera más directa y eficaz posible. Pero, ni hay evaluación de los fines ni tampoco de los medios... es decir, no aparecen los valores por ningún sitio, es decir, aquello a lo que le damos importancia, porque es valioso en sí mismo. Y este es el peligro de la IA (uno de ellos), reducir la inteligencia a un modo de ejercerla, que se propone como el único y que luego se traslada a todos los órdenes de la vida. Es decir, que esos sistemas se vayan autonomizando y que nuestra vida se vaya reduciendo, en su importancia, a los resultados de una máquina que sólo computa y automatiza. Hace poco oí referir a una experta en IA que las máquinas no piensan en efecto, por sí mismas (esto referido al susto reciente que se han llevado los propios informáticos), pero el problema está en que si programamos a una máquina para que busque la manera de eliminar el cáncer pueda concluir, "por sí misma", que lo más eficaz es eliminar a los humanos y así erradicamos la enfermedad, es decir, si solamente nos dejamos llevar por la racionalidad instrumental, para lo que está programada... como ya de hecho sucede en nuestras sociedades (de ahí algunas de su patologías). Pero lo que está en el origen de dicha gravedad es la formación de las personas que programan o las que pagan según unos intereses perentorios, miopes y a corto plazo para que programen, si funcionan en sus vidas o en sus entornos con esquema básicos coste-beneficio, eficaz-ineficaz, o gano o pierdo, éxito o rendimiento cuantificable, etc., si no son personas maduras o que han madurado, complementando su crecimiento personal con valores éticos, humanos y no humanos, ecológicos... no el tener sino ser, no ganar sino colaborar, no explotar sino cuidar... plantearnos cómo queremos vivir para que nuestra vida sea digna de ser vivida... y un largo etcétera de lo que necesitamos desarrollar, si esto no está en las mentes y en los sentimientos de los que programan, y todo se programa de esa manera instrumental, ¿qué nos cabe esperar? En fin, querido amigo Luis, disculpa la poca precisión de mi respuesta, pero espero que, al menos, intuyas qué quiero decir y por dónde vamos, quizás... ¡Un abrazo grande!

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