Fuente Hondera (Capileira)

25 octubre 2025

Sobre la democracia 6/8

Cristóbal Toral, Antes de llegar a la ciudad, 2014-15
Óleo sobre lienzo, 80x100 cm. 

 Me gusta tu método para acceder a lo que sea “la democracia”: la vía negativa. Ha sido muy empleada y es muy útil cuando abordamos algo que no es fácil de definir, positivamente. Decir: “esto es así y así y debe ser así”. Porque, para empezar, esta tarea no puede ser de uno solo, no puede ser nuestra tarea, tuya y mía. Es la tarea de “todos nosotros”, los seres humanos que van construyendo su humanidad a lo largo de la Historia; y nadie, nunca, bajo ninguna circunstancia, puede arrogarse el derecho de decir qué es lo que deber ser o cómo deberíamos vivir. Esto, como te digo, tenemos que ir descubriéndolo, juntos. ¡Cuántas sorpresas desagradables nos ha deparado la Historia cuando algunos han creído que ellos eran los depositarios del futuro humano y que los demás debían obedecer!

En esta respuesta a tu carta, me limitaré a comentar, brevemente, algunas de las propuestas (indirectas) que me has traído, procurando abrir nuevos cauces, dentro de mis posibilidades, desde esa perspectiva compartida, ese “todos nosotros” (sin ningún derecho a hacerlo, claro está; solamente, con la intención de sugerir un muestrario, donde poder escoger lo mejor entre todos, nosotros y nuestros lectores, si los hubiere).

Es claro que un sistema democrático debe dirigirse a favorecer lo propio de la naturaleza humana, que iremos descubriendo, como se ha dicho, entre todos nosotros, seres humanos presentes y futuros, progresivamente. Por lo tanto, nunca debemos creer que estamos ya, en un momento dado, en línea directa con “lo que somos”. De ahí lo acertado de la mención final de tu texto: un sistema democrático “no debe ser intocable”. No habría nada más contrario al espíritu democrático, pues, que el intentar plasmar en fórmulas legales concretas “la mejor” manera de convivir; esto nunca sería completo ni definitivo, sino que siempre sería algo que se busca juntos. De manera que, así comprendido, ¡fuera de la democracia “lo sagrado”, atrapada en una ciega y obstinada veneración! ¿Por qué no va a poder cambiarse una constitución, o bien artículos de la misma, llegado su momento? Las razones para su modificación sería lo crucial. No pueden ser, claro, razones espurias, oportunistas o interesadas, sino aquellas modificaciones que caigan por su propio peso, el de la evolución de la sociedad que guarda dichas normas fundamentales en sus instituciones.

Como apuntas, el revoltijo de capitalismo y democracia nos está jugando muchas malas pasadas. Efectivamente, el horizonte democrático y los objetivos mercantilistas casan muy mal. Y más aún, si, como sucede a menudo en nuestros días, el ritmo democrático lo marcan las corporaciones, que ya operan a nivel global, o los grandes intereses capitalistas (recordemos, la esencia primera del capitalismo: lograr a toda costa “el máximo beneficio al mínimo coste”, dejando de lado todo lo que no se oriente a la rentabilidad de tipo economicista, invadiendo los medios dinero y poder el mundo de la vida, como diría Jürgen Habermas). No solamente de “productos” o “mercancías” se alimenta la vida. Nadie puede ser más feliz por tener más pantallas, más coches, más casas o más grandes. Confundimos habitualmente el tener con el ser. Y de ahí nos viene esa búsqueda compulsiva e infinita de satisfacciones inmediatas.

Cualquier ciudadano o ciudadana (ya que no somos, solamente, clientes o usuarios), tiene el derecho y el deber, como decíamos citando a María Zambrano, de actuar como personas, capaces de pensar y actuar por sí mismas (Immanuel Kant), de participar en la vida política. Exigir responsabilidades a otros y atender a las propias. Esto requiere una madurez política, que se aprende gradualmente, no solamente en las escuelas o en las familias, sino con los ejemplos o modelos sociales de aquellos que dicen dedicarse a la política. Nos hace mucha falta una buena educación política. ¿Qué es, de verdad, la política? ¿Para qué ha de servir la política? ¿Quién debe gobernar?, como se planteaba Platón en su diálogo Politeia o de la justicia.

Todos somos ciudadanos y tenemos el derecho y el deber de participar en la vida política, como decíamos, pero, ¿cualquiera puede ser un candidato en unas elecciones o puede dedicarse a la política? Y, como apuntabas: ¿durante cuánto tiempo? Me temo que si no cambiamos, entre todos, las reglas de juego de la política actual, si no logramos revertir esos viejos usos y costumbres de la mala plasmación de la política, me temo que nuestra querida democracia esté dejando de ser, a pasos agigantados, el mejor (o el menos malo) de los sistemas políticos posibles. Y, por desgracia, esta situación está siendo aprovechada de una manera torticera e interesada por parte de algunos. Sería la manera en que podríamos caer en algo mucho peor (en las garras de lobos con la piel de cordero), como ya ha ocurrido históricamente. No me extiendo, por ahora. Seguimos hablando, querido amigo.


Antonio Sánchez


15 octubre 2025

Sobre la democracia 5/8

 


Apunta muy alto esta pretensión, amigo mío. 

En primer lugar, reconocer que la democracia es el mejor sistema de gobierno no implica que ese sistema haya llegado a su forma más depurada, ni mucho menos. Ya hemos comentado que la historia nos ha mostrado diferentes manifestaciones del sistema democrático, y algunos de ellos serían inasumibles en la actualidad.

Me vas a permitir que haga una foto en negativo de la democracia, puesto que me resulta más fácil definir lo que no es o no debe ser una democracia en nuestro tiempo.

Un sistema democrático no debe legislar contra la naturaleza profunda del ser humano. [Esto significa que todo el cuerpo legislativo debe respetar la condición natural de la vida en todas sus manifestaciones, por un lado; mientras, por otro, debe favorecer y garantizar todas las formas de cooperación posibles entre humanos, y entre humanos y otras especies.]

Solamente eso, a mi entender, tiene una serie de implicaciones ineludibles.

Un sistema democrático no debe consentir ni promover la desigualdad. [Esto es incompatible con los preceptos fundamentales del capitalismo. Un ejemplo de ello es la propiedad privada. Si reconocemos la igualdad de derechos desde un punto de vista «interespecies» solamente podemos reconocer el derecho de usufructo de los bienes; en ningún caso la propiedad privada.]

Un sistema democrático no debe reducir la participación del ciudadano al simple hecho de votar o incluso abstenerse de ello. [La calidad del sistema es directamente proporcional al nivel de compromiso individual y colectivo con la mejora del propio sistema, y de empatía hacia todas las formas de vida. Por tanto, la participación no es una opción, sino un imperativo.]

Un sistema democrático no debe entregar el poder a instituciones públicas ni mucho menos a cualquier otra organización privada. [El uso del poder ha de ser por delegación —limitada temporalmente— solamente a instituciones públicas y bajo férreo control de todos los ciudadanos. Aquí la dimensión es clave. No parece tener sentido que existan entidades que detenten un poder de ámbito planetario: gobiernos de países de más de cinco o diez millones de habitantes o empresas con un nivel de facturación mayor al PIB de muchos países. Todo debe ser de una dimensión razonable, más allá de la cual se constituyan en asociaciones o federaciones.]

Un sistema democrático no debe consentir el engaño o la falsedad. [Es una tarea muy difícil. Quizá la única forma de perseguir el engaño o la falsedad es perseguir a quienes se benefician de estas lacras. Si se pretende un cambio de ley o de normativa, la primera pregunta que debe plantearse y demostrarse es a quién beneficia. La democracia debe promover el beneficio común y solo el beneficio común.]

Un sistema democrático no debe ser cómplice de sistemas antidemocráticos, tanto en cuanto a países como a otras instituciones. [Ningún beneficio justifica esa complicidad. Sería un suicidio a largo plazo]

Y por último —de momento— un sistema democrático no debe ser intocable. [En la propia naturaleza de la democracia está la vocación de mejorar.]

Soy consciente de que esto no es más que una propuesta limitada, pero creo que ya sería un gran paso si se cumplieran estos preceptos. La foto en negativo necesita positivarse y eso te toca a ti, Antonio.

José Luis Campos




05 octubre 2025

Sobre la democracia 4/8

 

Cristóbal Toral, La espera. La espera.
Óleo sobre Lienzo. 57x70 cm. 2011-13.

Querido amigo, no temas dejarlo todo hecho añicos. La búsqueda del bien y la verdad –aunque esta búsqueda no esté de moda– muchas veces requiere poner todo un poco patas arriba, derribar las creencias asentadas por el uso inconsciente, para construir sobre unas bases más sólidas. La aparición de algo nuevo está precedida del apagarse de algo anterior. Y eso es evolución. Algo muere y algo renace de sus cenizas, como el Ave Fénix. Ningún resto de las cenizas se desperdicia, solamente se constituye en un nuevo ser. ¿Seremos nosotros capaces de propiciar este advenir, dentro de nuestras posibilidades? Si está dentro de nuestras posibilidades, claro que sí. Necesitamos nuevas formas de la vida social en la encrucijada de este tiempo.

Si leo con atención tu carta, nos salvará una nada que dé sentido a todo lo demás; y no la negación o destrucción o dominación de todo lo demás, sino la indeterminación (ápeiron, lo llamaba Anaximandro) que abre nuevas posibilidades de vivir y convivir. Para ello hay que aprender a mirar desde una conciencia abierta, atenta, receptiva, estar disponibles para ser capaces de abrazar las nuevas posibilidades. Es lo que necesitamos en estos tiempos de penuria, de indigencia vital, que diría Edmund Husserl.

Pensando en las personas que puedan leernos (estas cartas entre amigos, de más de dos amigos), convendría aclarar un poco eso que yo te decía de “nuestra naturaleza profunda” cuya tendencia natural comprendes, acertadamente, como un desarrollo simbiótico. La vida vive y sobrevive ligándose entre sí los seres que la expresan o la encarnan. Entonces, ¿cuál sería esa naturaleza profunda? Puede parecer algo inasible, y así es... No podemos reducirla a conceptos fijos; es inexpresable del todo, porque siempre está expresándose de maneras nuevas. Y sólo podemos descubrirla al ir realizándola. Pero lo que sea, eso de lo que estamos hechos (esa physis en nosotros, que decían los antiguos griegos) lo notamos en todo aquello que podemos llegar a compartir. Estamos hechos esencialmente de lo mismo, y por eso, a pesar de todos los pesares, podemos entendernos, comprendernos, sentirnos. Y actuar juntos. ¿Qué hubiera sido de la humanidad sin las cosas que hemos llegado a hacer, y a ser, juntos? Seguro que han predominado sobre aquellas ocasiones en las que tanto hemos destruido o nos hemos autodestruido, de lo contrario no habríamos llegado hasta aquí. Y ya tienes la simbiogénesis, de la que hablabas en tu anterior misiva, explicada de otra manera.

Lo que necesitamos hoy día, imperiosamente, es darnos cuenta de esto: que, o nos salvamos juntos, o bien, aquí no se salva nadie (tampoco los que se creen que son ricos o poderosos). Por eso, ya los antiguos griegos, descubridores por antonomasia, deducían la democracia de la naturaleza humana, como un desarrollo natural en el caso de los seres humanos, seres sociales por naturaleza, que están dotados de la palabra pensada (logos) y del sentido moral y la justicia (dike), nos decía Aristóteles. Como ves, la antigua democracia, sobre todo la ateniense, por supuesto con sus limitaciones y carencias, entendía que no podía haber un sistema político justo y viable si perdía de vista nuestra propia naturaleza como seres humanos. Si no se construía sobre la base de nuestra naturaleza, que tú también llamas “carácter humano”, cuando citas a Stuart Mill. Quizás sea éste el cambio que necesitamos. No una democracia solamente formal, en las leyes y en los papeles, sino una democracia real que satisfaga las principales y más profundas necesidades o aspiraciones humanas. Las de “todos nosotros”, que se anclan en lo que nos une y no tanto en lo que nos diferencia o separa.

Recogiendo las palabras, muy conocidas, de la pensadora veleña María Zambrano (Si se hubiera de definir la democracia podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona”), te propongo (ya te avisé) que dialoguemos acerca de cómo podría ser una tal democracia, en la que no solamente esté permitido, sino exigido, el ser persona. Vamos a reconstruir juntos un poco, amigo José Luis, a partir de esos añicos esparcidos de la historia y la vida comunitaria. Salud.


Antonio Sánchez

25 septiembre 2025

Sobre la democracia 3/8


Amigo Antonio, hace unos días he leído algo que me ha ayudado a dar luz a estas reflexiones. Es curioso cómo encajan algunas cosas cuando la búsqueda se pone en marcha. Rescato la idea de tu última carta de que, «cuando necesitamos dominar a otros, traicionamos nuestra propia naturaleza profunda, ejerciendo violencia sobre ella y, acto seguido, sobre los demás en forma de resentimiento».

Pero ¿cuál es nuestra naturaleza profunda? Desde hace siglos consideramos que la historia natural, la evolución, se ha regido por un proceso de selección natural —darwinismo— que parecía dar una justificación biológica a una sociedad basada en la competencia. No todos los pensadores han estado de acuerdo, desde luego. Vale la pena resaltarexcepciones como las de Kropotkin y su idea del «apoyo mutuo» como motor de evolución social. Pero la idea dominante, sin duda, ha sido la competencia como base para una selección social.

Pues bien, resulta que leo una cita de Lynn Margulis, y dice que «todos los organismos visibles son producto de la simbiosis sin excepción, y que las bacterias son la unidad». Resulta que no todo era competir, que la simbiosis es el principal motor de la evolución. 

Venimos de la simbiogénesis. Esta es nuestra naturaleza profunda.

Ahora vuelvo a tus palabras. Me dices que «poder es potencia, y esta es, como descubrieron Spinoza y Nietzsche, voluntad de ser, una inquietud profunda que nos lleva a desarrollar nuestras potencialidades (cualidades o capacidades) todo lo que podamos. Cada uno de los seres persevera en su ser, y ese esfuerzo no es sino su esencia propia, Spinoza dixit».

Según veo, la esencia propia de cada ser es buscar la manera de «simbiotizarnos», de encontrar otros organismos con los que crear una nueva unidad de ser. Socialmente creo que esto refrenda la postura de Kropotkin más que la del darwinismo, ¿no te parece? Solo ese proceso puede realmente desarrollar nuestras potencialidades.

En estos tiempos, si queremos ser fieles a esa naturaleza profunda, si queremos superar el poder de la violencia que está desatando una sociedad de espaldas a esa naturaleza profunda, no veo otra solución que no sea la simbiosis. Buscar células de resistencia de las que formar parte, en las que se puedan desarrollar nuestras potencialidades, en las que podamos perseverar en nuestro ser.

Y esto me lleva a otra cita de mis lecturas de estos días. Decía Stuart Mill que una auténtica democracia exige un cambio radical en el carácter humano. Es indudable que la democracia actual nada tiene que ver con la que nació en Grecia. Entonces la democracia no coexistía con el Capitalismo y en ella no tenían cabida las mujeres. Eso demuestra que no hay una sola democracia. La nuestra, la actual, necesita de ese cambio radical en el carácter humano, necesita dejar de dar la espalda a nuestra naturaleza profunda que, por cierto, quiero dejar muy claro que no es la de someterse sino la de simbiotizarse. Y necesita, por extensión, dejar de dar la espalda a la vida en general, para que toda forma de vida pueda desarrollar su voluntad de ser, su potencial.

Tengo la sensación de que la gran mentira a la que hemos llegado es creer que somos algo diferente, que gobernamos sobre todo lo demás. Esa es la herencia de nuestro poder: la garantía de que somos capaces de conquistar la nada, de destruir la naturaleza profunda de lo que somos y de los que nos rodea.

Perdona, Antonio. Quizá te toque a ti buscar ahora caminos por los que poder transitar hacia la construcción de una nueva realidad. Yo lo he dejado todo hecho añicos.

José Luis Campos



15 septiembre 2025

Sobre la democracia 2/8


Cristóbal Toral, D ́ Après La Familia de Carlos IV,
1974-75. Óleo sobre lienzo.  212x240 cm.

Querido amigo, José Luis:

Me alegro mucho de poder continuar con estas, nuestras, conversaciones. A dos bandas, pero creo que tenemos detrás, a nuestras espaldas, entera a la humanidad. Y no me refiero a que nosotros la representemos, cosa imposible, pues solamente somos dos farolillos en la noche. Más bien habría que decir que es la humanidad (algo de ella) lo que puede llegar a expresarse a través de nosotros. Me hablas del poder, pero no sé si seré capaz de centrarme completamente en el tema, del que me pides mi perspectiva para conjugarla con la tuya... Me va a resultar difícil separarme de los últimos y tristes avatares de la política de nuestro país, a la que yo llamaría más que política, politiqueo. Trataré de centrarme, pero no te aseguro que no permanezca dicho trasfondo, que venimos sufriendo como ciudadanos, al menos en las últimas décadas, de una ilusoria alternancia política. Ya te advierto, desde ahora, que lo que diga en esta dirección, estableciendo un juicio crítico sobre la democracia que vivimos o sufrimos, lo haré (y te pediría que así lo hiciéramos) según he apuntado antes, como ciudadano, poniéndome (poniéndonos) en el lugar de la ciudadanía. Una ciudadanía crítica y madura. Mayor de edad, como diría Immanuel Kant. Precisamente, lo que “todos nosotros” sabemos por experiencia pero solemos hablar únicamente en pequeños grupos.

Nos propones que hablemos (por ahora) del poder. Pues venga, vamos a ello. Lo primero, ¿qué es el poder? Tú lo dices bien... poder es potencia, y ésta es, como descubrieron Spinoza y Nietzsche, voluntad de ser, una inquietud profunda que nos lleva a desarrollar nuestras potencialidades (cualidades o capacidades) todo lo que podamos. Cada uno de los seres persevera en su ser, y ese esfuerzo no es sino su esencia propia, decía Spinoza. Y esto, sin más, es lo natural. Ahora bien, el poder del que hablamos, y que nos preocupa creo yo, es el poder que necesita para desarrollarse del dominio sobre (o la posesión de) los otros. Lo que no deja de ser una debilidad (para la cual el propio sujeto suele estar ciego) de quien ejerce el poder así entendido y lo lleva a la práctica en la forma de agresividad u hostilidad, más o menos velada.

Como bien dices, despojar al otro de su capacidad para desarrollar su potencial (su ser) es una calamidad (social e individual, cultural...). Existe una gran diferencia entre las comunidades que hacen posible (crean las condiciones mínimas para) que cada miembro se esfuerce en dar lo mejor de sí, aportar al grupo lo mejor de sus capacidades, frente a aquellos conglomerados sociales que las coartan, reprimen o las redirigen hacia el poder de unos pocos o de uno solo. En mi vida profesional he pasado por muchos centros educativos y puedo asegurarte, por experiencia, que eso es así; y puede apreciarse en las diferencias abismales que puede haber entre unos y otros centros educativos (o des-educativos según los casos).

Así pues, ¿qué comunidad humana puede ser mejor para vivir, para convivir? Pues se deduce de lo dicho: aquella que sea capaz de sacar lo mejor de sus miembros (y no lo peor), de manera que todos puedan contribuir, cada uno según sus capacidades y cada uno desde sus propias necesidades, al bien común. Y no otra es la definición de justicia o vida social justa. Éstas podrían ser las mimbres de una comunidad duradera y no los golpes sutiles para su autodestrucción a medio o largo plazo, o bien, para convertir el espacio social en un generador continuo de malestar o de violencia. Porque hay una violencia de base, que atenta contra nuestra naturaleza como seres vivos: cuando yo no puedo desarrollar lo que soy, porque se me impide y lo reprimo, esto es violencia; cuando necesito dominar a otros para sentirme más yo mismo, esto es violencia. En este caso, traiciono mi propia naturaleza profunda, ejerzo violencia sobre ella, y acto seguido, sobre los demás en forma de resentimiento (de nuevo, Nietzsche). Pero, querido amigo, en este mundo que vivimos, ¿cuántos dirigentes políticos (o de otros sectores) no actúan así? Esto me preocupa, realmente. Espero con ansias tu respuesta.

Ahora bien, también te digo, sobre la pregunta que me lanzas al final de tu carta, que buena parte de lo que nos sucede en la actualidad, desde el punto de vista político, viene derivado del olvido de nuestro propio poder como comunidades humanas frente a un poder establecido que solamente se mira a sí mismo (alcanzarlo como sea y perpetuarse en él como sea), un modo narcisista de ejercer el poder; un poder, por lo tanto, de raíz enfermo. Disculpa la crudeza. Pero nos va mucho en ello. Salud.


Antonio Sánchez

05 septiembre 2025

Sobre la democracia 1/8

 




Querido amigo,

todo parece indicar que estamos siendo testigos de una época oscura que recordaremos con incredulidad. El menosprecio por el conocimiento y el ensalzamiento de los líderes autoritarios es algo que el mundo ya ha conocido, con resultados absolutamente dramáticos. 

¿Cómo está siendo esto posible? 

Reconozco que es difícil no sentir impotencia ante una involución semejante. Uno se siente impotente cuando no detenta el poder suficiente para influir en ello, sea lo que sea el «ello». Pero, si te soy sincero, he de reconocer que mi relación con el poder nunca ha sido fluida. No me refiero al hecho de que otros detenten el poder y yo tenga que sufrir las consecuencias de esa jerarquía —porque cuando alguien tiene el poder, lo ejerce—. Me refiero al hecho de que yo nunca haya deseado disponer de esa herramienta. 

Supongo que habrá razones para explicar esa actitud, y reconozco que me aliviaría saberlas, pues no facilita las cosas el hecho de estar permanentemente bajo el yugo de individuos e instituciones palmariamente incompetentes cuya única razón de ser en esta vida ha sido justamente eso, detentar el poder.

Me pregunto —te pregunto— qué es el poder, en realidad. ¿Es posible el poder sin algún grado de sumisión o dominación? ¿Es el poder una perversión del orden natural? ¿Es compatible el poder con el apoyo mutuo? ¿Cómo garantiza su supervivencia? ¿Es inseparable el poder de la promesa de opulencia?

Sospecho que, como ferviente defensor de la cooperación, no me sentiría demasiado cómodo en una situación en la que se disfrutara de una ventaja jerárquica basada en la sumisión o la dominación, aunque fueran estas inconscientes. Solo se me ocurre una razón para que la civilización haya preferido ese esquema de relaciones: es más eficiente a la hora de tomar decisiones. Pero eso no garantiza que desde esa posición las decisiones que se tomen sean acertadas —ya no digo justas, que también—.

Lo cierto es que hay una buena razón para no pretender someter o dominar a nadie: es que de ese modo despojamos al otro de la capacidad de desarrollar su potencia, y nos negamos a nosotros mismos los posibles beneficios de contar con ella. No conozco ningún ejemplo en la naturaleza en el que las posibilidades de desarrollo de un potencial sean conculcadas sistemáticamente en favor de un debilitamiento de ese potencial en el seno de una misma especie. Porque eso solo ocurre cuando el beneficio individual se impone al colectivo.

El poder es incompatible con el apoyo mutuo. Ni siquiera el poder institucional respeta las condiciones necesarias para el apoyo mutuo. Las instituciones que lo respetan son las instituciones convivenciales. Estas no ejercen poder, sino arbitraje.

El éxito del poder está en la velocidad a la que ejecuta sus acciones y en la eterna promesa de opulencia para quien lo ejerce y quien lo apoya. Su debilidad radica en la carencia total de proceso crítico, de análisis, de mejora y, sobre todo, en prescindir del talento de los irredentos y de los sometidos.

El problema es que su derrota suele llegar con un legado incalculable de destrucción.

¿Qué podemos, qué debemos hacer, amigo mío?


José Luis Campos

25 agosto 2025

Sobre el sufrimiento 8/8

 

Entrando en Capileira
Óleo sobre lienzo. 195x165cm. 2023 
Berto Martínez Tello

Es posible, sí, que hayamos llegado a una playa tranquila, donde reposar de las inclemencias del vivir desconectado de nuestro propio ser. Pero este locus amoenus no es un lugar, porque no está fuera, como tú, querido amigo, nos has puesto delante de los ojos para verlo, citando a Salvador Paniker.

Ésta sí que es la mayor ignorancia y, por lo tanto, el origen de nuestros sufrimientos más básicos, que acaban arrastrando al resto de sufrimientos de la vida cotidiana. La angustia básica. La separación de uno mismo, ser fruto desgajado. Un vacío negativo, impulsado por el miedo y los deseos, que nos arrastra hacia la depresión, la inseguridad o la tensión. Un malestar subterráneo que sentimos y que no reconocemos por qué lo sentimos, que nos lleva a vivir sin vivir, a ser sin ser, a iniciar una huida hacia adelante... buscando sustitutos o distracciones, atesorando, obligándonos, poseyendo, dominando o dejándonos dominar por otros. Esa búsqueda de una “autoridad exterior”, de la que hablas, toda vez que nos hemos desconectado de la nuestra, única, propia, inmarcesible, autoridad interior, que nos dona independencia, autonomía, disponibilidad, libertad, creatividad. Criterio propio. Esa fuente de autenticidad personal que los indúes han llamado “conciencia-testigo” y los estoicos “principio rector” o hegemonikon.

¡Qué bien se está en esta playa tranquila, mecidos por las olas, siendo conscientes de las olas, del aire que rodea nuestro cuerpo y lo acaricia, de nuestro cuerpo, de nuestros pensamientos, de nuestras emociones, de nuestras reacciones... de dónde y por qué nos vienen! Que yo soy eso y no soy eso. Que yo soy quien se da cuenta de sí, mientras piensa, siente o hace. Y que esto sólo requiere cultivarse. Porque siempre está ahí, porque siempre ha estado aquí, pero lo habíamos olvidado. Nuestra época necesita esta re-apropiación fundamental. En términos de Ortega y Gasset, el verdadero tema de nuestro tiempo sería descubrir quién soy yo. Y des-cubrir no es inventar o crear, sino quitar las capas de ignorancia, los obstáculos que cubren el fondo de luz, para que reluzca.

“Abandone todas las preguntas excepto una: «¿quién soy yo?». Después de todo, el único hecho del que usted está seguro es que usted es. El «yo soy» es cierto. El «yo soy esto» no. Esfuércese en encontrar lo que usted es en realidad.” Esto nos aconseja el sabio Sri Nisargadatta Maharaj y, con él, todas las tradiciones sapienciales de culturas diversas. Pero esto no es lo que se sabe, o se sabía desde antiguo, sino lo que ha sido experimentado una y otra vez, y nosotros podemos llegar a experimentar por nosotros mismos.

Solicitas un método y una nueva educación. Y para ese camino o vía (“methodos”) no hay que desplazarse, sino arribar. No hay que salir de sí, sino soltar todo lo que nos está ahogando y reconocernos. No ir, sino regresar. Descansando en el silencio que somos, desde donde emergen todas nuestras posibilidades de ser y de vivir. Y claro, evitar el error que nos ha consumido en nuestra prepotente civilización moderna: convertir una experiencia en una idea o un objeto, lo interior en exterior, sustituir el ejercicio por un saber o una representación teórica. Un eje nuevo para una educación de nuestro tiempo. ¡Imagina escuelas en donde la meditación, la música, la inteligencia emocional, la filosofía practicada o la escritura creativa fueran las asignaturas! ¡Imagina de adultos, qué ingenieros, médicos, políticos, científicos o profesionales de cualquier tipo! Porque los problemas que nos acucian en nuestro tiempo no son el problema, sino la madurez de los sujetos que han de enfrentarse a ellos, su grado de desarrollo de la conciencia. Salud, para que lo veamos.


Antonio Sánchez